Por Alejandro Bellotti

Situaciones contempladas de forma inesperada en una ciudad, que no es la propia, pueden encender constelaciones de recuerdos infantiles, algo que hace recordar a la célebre experiencia de la magdalena de Proust. En este relato, Alejandro Bellotti, escritor y editor del suplemento cultural del diario Perfil, en la Ciudad de Buenos Aires, nos sumerge en la corriente de evocaciones en la que asoma su propia infancia, la figura paterna, y un libro, muy conocido otrora, sobre el niño bajo la sombra de una familia autoritaria.
El día se presenta espléndido (escasas nubes hinchadas de cielo). Es domingo. Mi padre y mi madre ríen, charlan junto al grueso de la pandilla que transita el día, tuestan las porciones permitidas. Se percibe un intenso olor a almizcle, el rumor del aire mueve suavemente las hojas de los sauces. Mi mamá carga en sus brazos a mi hermano, recién nacido. Frente a ella está papá, al otro lado Esteban, el primo de mi madre. Ostenta una cabellera bien alimentada. Esa bocota fuera de lugar, desmesurada para el rostro delicado, tallado con destreza. Su mirada es deslumbrante, profunda, hechicera. (Si conseguías realmente detenerte en ella, o más que eso, penetrarla hasta el hueso, te dabas cuenta que todo cabía ahí, en ese instante.)
Esteban ahora ceba mate debajo del ceibo que escupe desde lo alto. Entrega el mate y se mira las manos, como si temiera hacerse daño. Debe tener la vejiga del tamaño de una sandía, porque jamás se excusa para ir al baño. De vez en cuando observa el cielo que cada vez es más claro. Las jornadas en el club caminan en cámara lenta. Mate, té, jugo de pomelo, torta frita. En aquel rincón donde se procede a la suspensión de la realidad para explorar el interior entrópico de ese colosal monumento a la bata y la chancleta. Trozos de un puzzle que enhebran el sistema por el cual se revela el ideologema del sujeto oxidado y brota uno de los cortes de difusión de los grandes éxitos medicinales: la pasión verista por la materia sanadora. Para ello, claro, acatamos el master plan que nos alerta (ojo) que la intimidad familiar se licuará como ingrediente de un postre molecular.
Por mi parte, me resisto a contemplar la escena a la distancia, a los pies del fresno, anudado como estoy a este tronco celador de mis actos (me quedo con la convicción del remordimiento, como en la sordidez nocturna al que lo arrastra el vicio de la conspiración).
Hasta que cumplí cinco años, mi padre empleaba conmigo un método de educación no formal que consistía en una resolución simple y efectiva para evitar cualquier accidente que pudiera ocurrirme: atarme. Con un arnés, con una soga. Atarme. A un árbol, a un poste, a una tranquera. Atarme. Esteban estaba espantado; mi padre justificaba el procedimiento con lecturas zoquetes de algunos estudios sin nombre que aseguraban que de esa manera el infante adquiría autonomía, forjaba el carácter y así. Nunca creí que aquello fuera cierto, siempre supe que mi padre ejercía la paternidad con pereza, le gustaba echarse a leer, cavilar, del mismo modo que lo hacía en su consultorio para ganarse el sueldo: echarse para escuchar, recetar psicofármacos de ser necesario. Echarse. Y con el niño atado, él podía hacerlo.
Aquel domingo logré zafar del nudo; en cuestión de segundos abandoné el sector familiar para salir a recorrer el predio. En apenas un instante aquella cabecita de nene de 4 años estrellada contra el filo de una hamaca criminal. La sangre que brota como manadero del cráneo todavía palpitante.
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Esta semana volví a exhumar de la biblioteca El asesinato del alma. La persecución del niño en la familia autoritaria (Siglo XXI, 1977), de Morton Schatzman. La primera vez que di con el ejemplar, hace unos veinte años, descansaba en la mesa ratona del consultorio de mi padre, donde solía dejar junto a anotadores y algunos papeles sueltos, libros que leía entre paciente y paciente. Lo que me llamó la atención en aquella ocasión no fue el título si no la portada, nutrida con dibujos de niños sujetados con correas, tanto en la cabeza (barbilleras) como en los hombros; una niña –largo vestido con bordados– recostada sobre la cama, sujetada al colchón por los brazos. Como sea, Schatzman fue psiquiatra y psicoanalista –al igual que mi papá–, graduado en el Columbia College y en el Albert Einstein College of Medicine. El libro, que generó cierto revuelo cuando se publicó en inglés en 1973 (Soul Murder. Persecution in the family), se montaba sobre la historia de Daniel Paul Schreber (1842-1911), un juez alemán que enloqueció a los cuarenta y dos años, se recuperó y volvió a enloquecer casi nueve años después. Los celadores de la mente de entonces lo consideraban un caso típico de paranoia y esquizofrenia. Aunque luego de algunos años se encenderían ciertas fallas en la ejecución del diagnóstico. Era hijo de Daniel Gottlieb Moritz Schreber (1808-1861), un destacado médico y pedagogo alemán que, para decirlo de manera muy acotada y torpe, consideraba que la moral en esos años estaba resquebrajándose y que si no se reparaban los cimientos de la sociedad (niños y niñas), todo se desmoronaría. Fue así que enhebró un plan con la intención de fabricar chiquilines obedientes, educados, bestias domesticadas para el ejercicio productivo de la nación (el plan incluía comprensión torácica y congelación del bebé con cubos de hielo). Sus preceptos, muy difundidos en aquellos días (hoy hubiera sido un comentarista/panelista de esos que engordan la televisión vespertina vernácula), despertaban admiración. Lo curioso es que sus dos hijos enloquecieron y el mayor de los dos, Daniel Gustav, además optó por suicidarse. Pero bueno: quién no se suicida alguna vez.
Ya termino. Decía que Morton logra relacionar los métodos educativos del padre con las experiencias de Daniel Paul Schreber, que le valieron fama de loco. Para lograrlo recupera, como lo hiciera Freud, pero también Lacan, Deleuze y Guattari, entre otros, la descripción de sus propios delirios psicóticos volcados en su autobiografía Memorias de un enfermo de nervios, pero además incorpora la investigación que había iniciado al respecto W.G. Niederland en los años 50.
En la primera parte de este desvarío relaté como, siendo yo un travieso deambulador, mi padre me ataba. Consideraba que en ese espacio controlado por prepotencia de la cuerda, no solo estaría seguro, sino que aprendería a manejarme con independencia, conocer los límites, blabla. Con los años comprendí que nada de eso pensaba, o si lo hacía era simplemente para encender el exabrupto discursivo. Su verdadera razón era que le provocaba malestar estar al cuidado de un niño inquieto. Mi padre siempre fue un padre perezoso.
Meses antes de desatarse la pandemia a escala planetaria pasé unos días en Santiago de Chile. Es una ciudad que me atrae de alguna manera, aunque nunca entendí porqué. Fue durante un paseo matinal, un domingo caluroso de Enero, que me encontré con una situación desconcertante, a la vez divertida. Papá y mamá (suponemos) trenzados por las manos, caminan junto a sus dos hijos (conjeturamos también); uno de ellos suelto, camina libremente al igual que el perro; el otro niño, de unos cinco años, anclado en sus caderas por el arnés que liberaba, no sin antes oprimir open en el dispositivo, algunos metros de soga para que el niño pasee sin sobresaltos; controlar los riesgos que pudieran arrebatarle a la familia un domingo feliz de sol en Santiago.
