Por Alejandro Bellotti
Aquí una narración de Alejandro Bellotti, editor de la sección cultura del Diario Perfil, en la que, con hábil pluma, recrea el trayecto hacia el final de Martín, personaje que fluye por el río de la existencia hasta finalmente recalar en Lima, donde se despide de las luces ambiguas de este mundo, por propia decisión.
Un devenir literario sobre la creación como último y desesperado refugio, y la inevitabilidad de la muerte y la disipación de todos los sueños…
Esta semana recibí una tarjeta postal. Desde Budapest, mi amigo Michael solo quería saludarme: “Ola Ale, espero que puedamos ver pronto. Te espero en Ginebra cuando quieres”. Adoro las postales. Las he recibido y enviado por años. Incluso, aprovechando el delay propio de las dinámicas productivas del correo, me he enviado algunas a mí mismo desde distintos lugares para luego recibirlas al llegar a mi casa. La última desde Petra, Jordania, el año pasado, a escasos días de quedar estrangulado por el arsenal burocrático desatado en el ardor pandémico. Vale aclarar que esa postal jamás llegó.
Debo confesar que no soy un archivista aceitado, por ende no podría asegurar que atesoro todas, pero sí la mayoría. Entre ellas destacan dos: una que le mandé a mi madre desde Londres –retrato nocturno de la torre del reloj del Palacio de Westminster, cuando acababa de cumplir los 21 años (la recuperé al vaciar el depto familiar luego de la muerte de mi padre; estaba en perfecto estado, en una caja de zapatos forrada que mi madre rotuló “Alejandro”). La otra es de Martín, uno de mis grandes amigos de infancia, y también parte de mi juventud.
Martín dejó el país en 2004, con rumbo desconocido. Cada tanto me enviaba un mail como quien acciona el artefacto gestor para tramitar el certificado de supervivencia. Algún dato pavo, nada muy relevante. Sin embargo, en ocasiones aparecía en mi casilla uno amplificado, donde se explayaba de muchas maneras, siempre profundas, ingeniosas. No me extenderé aquí sobre el contenido de los mismos, pero puedo arrimar que en cada expresión empleaba un tono de remordimiento defensivo que la extraordinaria inteligencia de su escritura no alcanzaba a empujar hacia un segundo plano. Solo quería despegarse de lo que le había estado provocando su sombra, necesitando para ello descartar los panes de TNT que podrían haber detonado por dentro.
(Martín creció en el encierro de la debilidad física, los pensamientos negros.)
En los primeros años de secundaria, cuando nos volvimos hermanos, leyó a pestaña quemada a Dostoievski, Melville, Rimbaud, Goethe, Dickens. Recuerdo su habitación, montada como un barco, rodeada de un acuario y una iluminación que no tenía nada que envidiarle a la naturaleza. Para entonces viajar le parecía una pérdida de tiempo, puesto que creía que la imaginación podía suministrar un sucedáneo más que adecuado a la realidad vulgar de la experiencia vivida. Los años convirtieron a Martín en una unidad atomizada: escribir y leer de manera demencial; mas luego deprimirse, recibir una herencia, hacerse millonario, viajar, desaparecer, ¿casarse? (otra postal, esta vez confusa, desde San Petersburgo), amasar la materia de su única obsesión: atacar al tiempo, a nuestro principal enemigo, si no el único. Martín buceó en la incubadora sórdida del kamikaze dispuesto a todo.
Decía: la postal partió de Cuzco el 18 de enero de 2010, desembarcó en Buenos Aires tres días después. «Ale, amigo de fierro, te pienso y te extraño. A diario. Sé muy feliz. Yo no sé si podré serlo alguna vez». Punto. ¿Punto? Me pareció desconsiderado de su parte. Le escribí un mail al instante. Quería saber cómo estaba, qué estaba haciendo en Perú, si necesitaba que me estirase hasta allí o simplemente lo esperaba en Buenos Aires.
Los detalles de la respuesta, otra vez, mejor ocultarlos. Su forma es la de la misma escena que se repite en el mismo escenario, donde se insiste con acontecimientos dramáticos insignificantes e insoportables. De modo que lo insignificante insoportable, que puede ser descripto como la gota que colma el vaso –pero también como una descarga de intensidad sobre la nada, peligrosísima y a la vez inofensiva como la de una fuga nuclear en el océano– es la materia de un ejercicio narrativo ajustado a un repertorio breve de asuntos suspendidos en la indefinición sentimental de sus múltiples personajes. Lo que sienten es por fin revelado. Pero la revelación ocurre tarde y, junto con la verdad que trae, aparece la inutilidad de comentarla. En esas circunstancias, la de saber a fondo algo de sí mismo pero sin la chance verbal de poder decirlo, las distintas caras de Martín se confiesan mediante su voz interior.
En varios mails (y postales, lo hemos dicho), frente a una situación dramática que amenaza llegar a esa cumbre de revelación con la que todos soñamos cuando hablamos a fondo con alguien, los personajes se repliegan, se muerden la lengua y, sin que el interlocutor los oiga, dicen por lo bajo: “Ay, si supieras”. Las sensaciones suceden en el interior y se quedan en el interior, sin entregarse a la vergüenza de la sinceridad. Los temas de Martín son la debilidad corporal –osamenta descolada que lo acompaña desde niño–, el deseo, la intimidad familiar como espacio de ignorancia y, sobre todo –y aquí tenemos el elemento más aterrador del sistema– una única certidumbre vital: la de que el tiempo ya pasó. No sólo pasó sino que también puede ser contemplado al nivel de sus efectos, aunque no sean visibles.
En Martín, en lo que transmitía Martín, lo que llamamos personalidad no es otra cosa que maldad contenida por la reserva. Por los orificios imperceptibles de las enormes estructuras mentales de sus formas de ser, reprimidos por uno de los grandes tabúes de occidente (el que prohíbe decir lo que verdaderamente pensamos de los otros), se fugan las líneas de veneno con que Martín forma sus maravillas literarias.
Lo cierto es que si bien el desenlace no fue contemplado de antemano, sí lo estuvo la intención de reunir el fondo con la forma en un cierto escenario. Ya lo había escrito Martín en otro de sus correos: la decisión de morir es ennoblecedora. De manera que tejía su guion psíquico acorde al tamaño de la angustia y su figura, y lo ejecutó a la perfección, con desesperación, y frialdad, la misma de quien padece una altísima tasa de plomo en sangre.
Su pequeña obra (escrita en cuadernos de tapa dura, blanda, blocs diminutos, papeles sueltos, mails, postales) puede leerse como una preocupación acerca del funcionamiento estúpido del mundo, donde apunta a desmitificar la inteligencia, el gusto, el poder burgués. En esa guerra en la que se imponía de un modo conmovedor aunque no le ganara a nadie, lo hacía para prepararse el terreno para el retiro espiritual, luego de liquidar unos bienes y abandonar el ruido mundanal de París para instalarse cerca de la playa, en Lima. Su historia es la de alguien que reduce la excentricidad a la individualidad, y el acto snob y automático de consumir a la experiencia de crear. El individuo es el dios de sí mismo.
En uno de sus tantos mails epilépticos lo noté: la descripción tomográfica de su interior mental experimentaba una doble ruina. Su cabeza era una sala de máquinas a la que se le habían trabado los engranajes. Su identidad colapsaba. El gigante estaba cayendo. Nos enteraremos por el ruido. Pensé. En realidad me enteré por Belén, su prima, la única de su familia con la que mantuvo relación alguna. Una noche sonó el teléfono: Alejandro, Martín se suicidó. Se colgó del techo alto de su casa ancha de Barranco.
…
Las exequias de Martín P. R. se celebraron dos días después de su muerte. El cortejo estrecho partió pasadas las diez de la mañana de San Isidro, luego del velatorio improvisado en la piecita fría que Belén había rentado, alejada del centro comercial, cerca de una plaza minúscula. Además del coche fúnebre, tres autos en caravana (una sola persona en cada uno), fundidos en el denso tránsito de la autopista, atravesaron el norte de la ciudad hasta llegar al cementerio de Chacarita, hacia el mediodía.
En la explanada hendida de concreto, bajo un océano de nubes, en medio de aquel crescendo de zozobra etcétera, a metros de la nave mal iluminada y frente al ingreso primordial de la capilla, las tres personas aguardan la llegada del cuerpo, y con ésta la del funcionario municipal quien, con el apremio obsesivo del ritual perfectible, indicará los pasos a seguir según las estrictas cláusulas protocolares. Asistirán a la misa, breve. Al finalizar, cuatro operarios se apoderarán otra vez del ataúd para caminar unos quinientos metros hasta las escalinatas centrales; descenderán un nivel y aguardarán allí a que el silencio sudoroso sea acuchillado por los llantos.
Belén, la prima de Martín, carga con un cuerpo más bien cónico; piel morena, pelo teñido con los tintes del pavo real, ojos de color castaño luminoso (resaltados por el centelleo de una chillona sombra de ojos), grandes pechos en punta y labios de churrasco (acentuados por un rojo carmesí intenso); tiene en la frente una graciosa verruga pringosa y sus rizos de colores se sacuden como el fresno en medio de un vendaval. Frente al panal de nichos, atraída por la librea de las cotorras y el quejido del óxido, Belén se siente consumida por la culpa. En las profundidades de su interior regurgita un amasijo de penas que asciende por el tubo digestivo hasta quedar atorado en el preámbulo de la garganta.
–Tomá, Belén, tomá agua –Marcos blande una bolsa de tela con botellas dentro. Es todo simpatía. Flaco, de tez biliosa, lleva un pantalón de tergal negro y una camisa blanca con manchones de grasa. Sus pómulos están húmedos e hinchados por el llanto (una intensa brisa regala el aroma dulzón de los azahares en parto). Sofoca un hipo de dolor.

