Breves (4) La ley del tiempo

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La muerte viene, sino a desnudar, sí al menos a desvanecer el engaño de los que mucho nos han mentido, para sentirse poderosos. Pero quienes mucho han engañado se irán, sus falsas palabras no podrán parar al poder superior del tiempo.

 Y en una mañana de lluvia, musgos, hojas y hormigas en las veredas, pienso en ese poder superior del tiempo. ¿Nosotros lo inventamos? Ningún sujeto  kantiano lo hizo, a pesar de lo que digan todos los acólitos de la subjetividad filosófica. Y aunque juguemos a que el devenir es ilusión, como diría Borges, el tiempo es tigre. Fuego. De el que estamos hechos. Es nuestra última ley. 

¿Y de dónde viene esa ley? En este caso, es mejor que no la busques en los códigos jurídicos, los textos constitucionales, o los decretos de los dictadores. Y no pierdas parte del día o la noche preguntándole a la Inteligencia artificial de dónde viene esa ley.

 La ley superior del tiempo viene de «sí misma», que es como decir: del misterio más rabioso, en el que aúllan mil lobos, en el que estallan todas las bombas, o en el que suenan los más suaves violines.

 En su traje de enigma, la ley superior del tiempo sin descanso recorre todas las contradicciones. Las cárceles. Los hospitales. Los que sufren sin pan ni esperanza. Pero la ley superior del tiempo, también consiente otras cosas:

Las estrellas inauditas.

El  nacimiento de un nuevo ser.

Los ojos llenos de planetas.

Los mares que unen los puertos.

Las fuerzas creadoras de los artistas, que renuevan las olas de hierba.

El tiempo crea y vivifica, erosiona y mata. Es la divinidad más cercana, y no es solo lo que pasa y te envejece, y te arranca, poco a poco, otra capa del cuarzo radiante de la juventud.

Porque el tiempo es también el silencio del fondo de la vida, que atraviesa todos los sonidos entre el águila, el humano, y la piedra. El tiempo es un divino lenguaje que no sabemos entender, y que, en todos sus instantes, oculta quizá el gran sentido. Ese sentido lo respiramos en cada momento, sin sospecharlo siquiera. 

 En eso pienso, cuando veo pasar a una señora,  con una bolsa de las compras. Que me saluda. No sé por qué. Sí, quizá aún el azar y el caos sean una forma del gran sentido, mientras que, silenciosa, la ley superior del tiempo vierte en nosotros ese sentido, lo mismo que sobre las frágiles flores y las tormentas.

Esteban Ierardo

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