
Al nacer nacemos con la vida, tan misteriosa como todo átomo de tiempo. En el mundo todos son anillos anudados en otros anillos; en uno de ellos, hay planetas, personas, engranajes, alas y aletas, caballeras, ramas, algunas calles de adoquines en fotos decoloradas.
En algún cruce de esos anillos nacemos, libres pero encadenados, según la célebre observación de Rousseau; o como maldición, según un sileno recordado por Nietzsche, o como lo que debe suicidarse acorde a un Dios que se ha suicidado (Mailander). O nacemos como tarea y responsabilidad futura para la mirada existencial (Sartre), en tanto nosotros mismos debemos darnos un sentido, desde el obligado uso de la libertad.
Y el nacer es acto simbólico. El cuerpo desnudo del recién nacido representa la intemperie del ser humano. Desde el primer instante, somos fragilidad necesitada de protección, resguardo, entre ropas, cuevas, techos y paredes. Pero, desde la acumulación de grano y riqueza de la revolución neolítica de la agricultura, esa necesidad ha engendrado algo que no debiera ser: una pirámide que es un círculo a la vez (una forma simbólica de expresar su rareza, su anomalía), compuesta por quienes se protegen, se elevan, gozan, disfrutan, se liberan de la necesidad, a través del organizado robo de la vida ajena.
El círculo piramidal atraviesa, meticulosamente, la historia. Las castas del poder: los emperadores y los reyes, sus aristocracias y cortes primero; luego, las bandas de la política moderna, los líderes moldeados en el barro de la feroz hipocresía maquiavélica, y sus consiguientes burocracias que se dan sus garantías y privilegios, por las leyes y los Estados que convierten en propios. El lenguaje del poder que finge empatía y conmiseración, y que solo es fiel a su único Dios: su propio interés y su propia imagen. Oscuridad en una de las alas de la pirámide circular; y en otra parte de la pirámide, disfrutan los que dominan por el puño del poder económico, en todos los sistemas, que solo extienden sus dedos para acariciar el nuevo dinero. En su reino protegido, gustan caminar en el bello jardín de sus ganancias.
Monarcas, políticos, jerarcas del dinero, de todos los sistemas, no olvides; los habitantes de la irracional pirámide jerárquica, escalonada, con forma de círculo, de peso monstruoso que aplasta a los que sufren fuera de la construcción segura.
Y la pirámide del círculo para no dejar de existir necesita de una mala alquimia, no la conversión mágica del plomo al oro, sino la transformación de tu vida a ser vivida en vida saqueada, robada, obstruida, invadida, dentro de la interminable tormenta de los hipócritas y manipuladores que solo son por su ambición de siempre ser en una narcótica sensación de poder.
La alianza entre los discípulos de Maquiavelo y sus asesores oscuros, y los dueños del dinero, siempre te prometerán que te devolverán la vida. Cada tanto, por algunos periodos, se ven obligados a devolverte algo de lo que te sacaron, para renovar la ilusión de que son el camino hacia la vida protegida y feliz. Pero a su ADN profundo poco le interesa las velas desplegadas del bien común, salvo si esto es un momento dentro de su sueño del poder que necesitan con tanta desesperación como el pez arrebatado del río y el mar necesita del aire. Lo sabido: los que mienten y ostentan desde la pirámide circular, poco saben del milagro de una acción noble.
Y nunca disfrutarán de esta mañana, sin engaño y falsedad, de alguien que camina hacia un bahía que se desnuda frente al océano. Aquí, las gaviotas vuelan otra vez; de nuevo, rugen las olas. El mar siempre las deja ser.
Esteban Ierardo