
Desde su hogar en lo alto, su ojo acerca lo lejano. Las alas del gran pájaro planean con suavidad, acicalan dulces rumores de aire, intuyen y anticipan las corrientes del viento.
El águila, el pájaro del gran vuelo, ave de la mirada poderosa, de la tormenta, el ímpetu guerrero, símbolo de lo que vuela alto. Y eleva y renace.
En el lenguaje de los jeroglíficos egipcios, la letra A se representa con la imagen del águila. Su significado es el calor vital, lo diurno, el origen. Para los hititas es la divinidad sol. Su opuesto es la lechuza, pájaro de la noche y la muerte.
Como un relámpago, el águila cae sobre su víctima. Es, por tanto, tempestad y fuerza guerrera. En el Monte Aventino (una de las siete colinas sobre las que se construyó la antigua Roma), Rómulo contempla un águila. La estima señal de buen augurio. El ave se convierte luego en estandarte del Imperio Romano.
Para los chinos el pájaro es vigor, fortaleza. En la India es Garuda, que lleva al dios Indra el soma, la bebida de los dioses.
Para los aztecas, el águila es ave imperial. Por eso su aristocracia guerrera se une en la Orden de los guerreros Águilas y Jaguares.
Las virtudes combativas del gran ave relucen en los escudos de armas y emblemas nacionales. En 1433, el pájaro de dos cabezas, el águila bicéfala, asociado con la deidad romana Jano, se convierte en blasón de los emperadores romanos-germánicos. Imagen fundamental de la heráldica.
Pero lo combativo del águila es también su determinación para renovarse. Para renacer…
El águila real puede vivir setenta años. Pero para eso debe luchar por renacer. A los cuarenta años sus uñas y su pico, sus plumas y alas, envejecen. Mucho le cuesta cazar y alimentarse. Entonces o se deja morir o decide una difícil y valiente renovación. Debe volar a una cumbre y buscar un nido rocoso. Comienza entonces a golpear la roca con su parte puntiaguda para arrancársela. Luego espera la regeneración de su pico. Cuando esto ocurre, con su nueva boca sobresaliente arranca sus viejas uñas y después sus plumas. Tras cinco meses, el ave renace. Entonces, vuelve a volar. Para treinta años más de poderoso dominio del cielo.
Y el águila vence la oscuridad. Es matadora de serpientes y dragones. Serpientes en un pico de águila aparecen en el blasón de México. En la iconografía cristiana se asocia con el evangelista Juan, el profeta Elías y el Cristo resucitado, que sube hacia el cielo.
En los antiguos sepelios reales, se icinera al soberano. Se suelta entonces un águila. Es el rey que vuela hacia los dioses.
En la Siria Antigua, el águila con brazos humanos simboliza la adoración solar. En los vitrales góticos, el águila eleva a sus polluelos aun no aptos para el vuelo, para enseñarles a ver el sol. Para algunos Bestiarios medievales, el águila ve el Astro Rey sin enceguecerse. Es así no sólo animal que ve lejos. Es lo visionario, lo contrario de la ceguera.
Y la agudeza intelectual: los «pensamientos de águila». Para el humano bajo su influencia, la vida no es sólo lo cotidiano y repetido. Es cielo y abismo aun al caminar por las veredas, o al esperar un semáforo.
En las antiguas monedas macedónicas, se acuña la estampa aguileña como expresión del rayo. Es así el pájaro de la tempestad. Los indios de la costa noroeste de Estados Unidos representan al águila como Thunderbird, el pájaro de trueno. Al combatir con los espíritus del mundo de los muertos provoca las tormentas.
Y otra de esas tormentas llega. Abajo es la ciudad. Basura y botellas rotas en una calle. Abajo, las ratas salen a buscar comida; más abajo, otras ratas, salen de nuevo a engañar y manipular sin culpa.
Y arriba el águila vuela en la tormenta.
Ahí está, mirala, allá está.
El gran pájaro.
Su vuelo.
Sus alas.
Los ojos que atraviesan la niebla.
El pensamiento que asoma a lo secreto.
Esteban Ierardo
Algunas de las 19 especies de águilas:
