
¿Dónde está, realmente, nuestro corazón?
Las palabras son uno de los materiales más dóciles. Palabras en los labios y en las letras, usadas para el vértigo del engaño y el auto engaño.
Alguien dice, escribe, prosperidad, derechos y protección universales, ¿pero realmente su corazón palpita en su papel de justo indignado por los males del mundo, o su verdadero latir oculta otro ritmo?
¿Dónde está realmente tu corazón, nuestro corazón?
¿En el decir y parecer, o en el ser?
Quien no se hace esa pregunta con valor siquiera una vez, aunque sea para sí, cambia la realidad por la apariencia que mejor conviene a sus propios intereses, cerca de la mentira que clava cuchillos en los sueños.
¿Dónde está realmente nuestro corazón?
¿Todo aquel que dice estar obsesionado por la justicia y el florecer del prójimo realmente lo está?, ¿o íntimamente construye laberintos para no hacerse la pregunta, para no asumir que lo único que lo guía es su egoísmo esencial?
¿Basta con decirse comprometido con el bien para estarlo en verdad? Mostrarse heraldo del bienestar social, enemigo de las derechas insensibles, ¿inmuniza de ser la negación del propio decir?
¿No es clara señal de inquietud presentarse como noble protector de la patria y portador de elevados valores? ¿No desnuda aquello la dolorosa incapacidad para darse sentido fuera de la auto idealización, y de la pretensión de superioridad moral compartida con otros que tampoco nunca se hacen la pregunta?
Tal superioridad no existe. Sí lo contrario: un tipo de acción silenciosa que beneficie y mejore a algo o a alguien distinto de sí.
¿No es lo más común el banal espejismo, la desesperada necesidad: ser por el poder, y no desde el lento desinflarse de nuestro ego?
Y la noche cerca de los edificios inteligentes, del vuelo de los drones, de la jauría de los lobos, o de los lagos como espejos, es el momento de la prueba pendiente, de la pregunta para matar las ilusiones.
El momento de caer desde arriba, y aún como un delicado acto secreto, al asumirse en el suelo, enfrentar la pregunta que, quizá, nos devuelva a la realidad:
¿Dónde está, realmente, nuestro corazón?
Esteban Ierardo
