
El gaitero espera el momento. El atardecer. Está en alguna colina de las Highlands en el norte escocés. Gaita, del gótico gaits, es «cabra», la piel del animal con la que se hace el fuelle del instrumento. En muchos países la gaita resuena, no solo en Irlanda, en Galicia, o en Escocia. Pero desde al menos el siglo VIII, la pasión escocesa sopla la gaita con energía marcial y arrebato poético; como las gaitas que acompañan a Roberto Bruce, rey de Escocia, hacia la batalla de Bannockburn, la gran victoria ante los ingleses (1314), para terminar lo que empezó William Wallace; o las gaitas en la batalla final contra Napoleón en Waterloo.
Siglos de dolor por la miseria y la prepotencia inglesa en la tierra escocesa claman en la gaita. Y el gaitero escocés hace sonido la fascinación por la propia geografía de colinas, castillos y lagos. Su música se expande en la inmensidad del paisaje. Invita a contemplar y extenderse en lo que siempre se muestra: el camino de las nubes; las montañas calladas; la tierra de las tumbas, jardines, cosechas; el suelo aplastado por las ciudades.
Lo que se muestra es parte de lo que se olvida. A los humanos les gusta olvidar todo lo que no sea su mundo. Se olvida así la realidad en toda su extensión. La vida como don. La mentira del poder que se pretende verdad. La luz, el agua, el aire, la tierra, el origen último de lo que alimenta tu cuerpo.
Solo lo que se extiende no olvida lo que se muestra. Y el sonido de la gaita se extiende hacia el latido de todos los seres que viven de movimiento y tiempo; ese sonido que se extiende hacia cada momento de alegría y gloria, sufrimiento y horror.
Y es el atardecer. Desde lo alto de la colina, el gaitero contempla el mundo. El ambiente que se olvida. La inmensidad de lo que lo rodea, la tierra ondulada, con espadas y huesos enterrados, el cielo de vasto azul, las ruinas de un castillo de tiempos medievales, el aire que roza todas las formas desnudas. Es triste saberse separado de lo que se contempla.
Entonces, la gaita suena.
Esteban Ierardo
