Breves (16) Condición humana

Giotto: La creación del hombre, (1303-1305), Capilla de Los Scrovegni, Padua.

Parecen extraños los insectos o las creaturas del fondo del mar. Mucho más extraña es la condición humana.
Por ejemplo: su mezcla de extremos opuestos: individuos de una misma especie que irradian un aura noble y desinteresada y son capaces de pensar más allá de su yo; mientras otros, viven en un continuo cálculo manipulador.
Una parte del corazón humano quiere fundirse con lo inmenso del cielo o el mar; otra parte gusta rodar hacia cloacas y sótanos.
En la condición humana, la lucha existencial oscila entre el don y el peligro. El don es conformarse con ser cuerpo en el viento grande y generoso; el peligro: venerar al propio ego como sustituto de la gran vida, la de los mares y los bosques.
El universo es enloquecedoramente infinito. Pero la condición humana puede reducirlo a dos granos de arena en guerra; o a la pantalla digital como sinónimo de máxima realidad. O la mujer que pare nueva vida repite un ancestral secreto; pero, fíjate, muchos reducen ese poderoso secreto del nuevo nacimiento solo a la exigencia social de tener descendencia.
Es peculiar la condición humana que no percibe el mero hecho de la existencia como un milagro, y que no se maravilla por todo el espacio a nuestro alrededor.
La persona no es la máscara, el uniforme, las marcas civiles de un nombre, una herencia, una función, o la opinión ajena que te tortura. No eres como te llaman.
¿No será que la condición humana es ser río, no nombre?
La persona es pez de los ríos invisibles en los que se puede flotar dormido o nadar despierto; ser siempre arrastrado por la corriente, o zambullirse en las lunas o los crepúsculos en el desierto.
La contradicción más fuerte en la condición humana es en la acción, no en las creencias o las ideas. Alguien sigue de largo ante el dolor ajeno, ni siquiera lo roza un segundo de angustia; otro, por el contrario, se percibe responsable por todo el interminable mal del mundo del que no es responsable; alguien necesita contemplar el vértigo feroz de las galaxias; para otro, es suficiente con tomar una gaseosa.
La condición humana es insólita. Kant lo confirma: puedes afirmar con el mismo rigor  lógico que Dios existe o que no, que todo fue creado a partir de un momento fundacional del tiempo o que no; Camus le endilga al humano ser el Sísifo que siempre levanta la roca para luego perderla, recuperarla, y perderla de vuelta en un destino vacío y estéril; y para Schopenhauer el dolor es la esencia insuperable del triste sapiens engreído.
Pero Nietzsche, los místicos, los artistas de gran entusiasmo, muestran que la vida puede ser vivida como la incansable creación de la lluvia que empapa a los tigres.
Está la condición humana de la guerra estúpida, la hipocresía, el egoísmo insistente, el enfermo poder que quiere más poder, la negación de la realidad más evidente, de las injusticias más inequívocas, pero nada quiebra la condición humana que te dice:
los muertos no te alcanzarán si te alimentas de las tormentas; la ignorancia no te encadenará si quieres entender aun lo que no se entiende; la depresión no te arrasará, si eres capaz de beber el sol en una taza de café.

Esteban Ierardo

¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos?, de Paul Gauguin (1897), en Museo de Bellas Artes de Boston.​

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