Utopías

Por Nacho Valdez

Visiones utópicas, imagen generada por IA

Con el comienzo de la Modernidad, el espíritu utópico asoma en Utopía (1516), de Tomás Moro. Utopía es una isla en el Pacífico que acoge un sistema social alternativo respecto al puño autoritario monárquico de su tiempo. Lo utópico se vislumbra así como crítica lateral de un presente flagelado de injusticias. Pero lo utópico es, asimismo, aspiración a tesoros perdidos, nuevos horizontes, otras posibilidades de ser. Y como sostiene aquí Nacho Valdez: «Lo utópico es, por definición, imposible e ilógico, aunque, sin embargo, nos vincule de manera primordial con nuestra propia época.»

La proyección utópica se trenza con nuestra actualidad y con el futuro; de ahí que los viajes espaciales en ciernes reavivan el deseo utópico de lo nuevo y desconocido, líneas del horizonte hacia lo mejor. Este texto fue publicado originalmente en Masticadores, página nacida en Cataluña, dirigida por J r Crivello, y con numerosos colaboradores en el mundo.

Utopías, por Nacho Valdez

Los motores sociales y culturales son imaginados, siempre marcando un horizonte inalcanzable. Se esconden de manera inmarcesible mientras embargamos la existencia en la búsqueda incesante de respuestas. Lo utópico es, por definición, imposible e ilógico, aunque, sin embargo, nos vincule de manera primordial con nuestra propia época. Su carácter, irremediablemente idealista y esencialista, se disfraza de lo material y empuja de manera definitiva al descubrimiento y al avance. Sin esta determinación externa el ser humano quedaría sin estímulos y ambición, sin ánimo para continuar su periplo interminable fundado en el conocer. Lo inteligible, por tanto, se fusiona con lo fáctico para, en cada momento histórico, ofrecer esa linde supuestamente infranqueable contra la que chocamos invariablemente para, por último, rebasarla y marcar un nuevo sendero con objetivos cada vez más elevados.

Lo utópico, por definición, carece de entidad. Tomás Moro juega con el concepto, con un no-lugar, para ofrecer una crítica mordaz a la Inglaterra de los Tudor. No en vano, Enrique VIII, su antiguo discípulo, terminaría por decapitarlo, después de años de encierro y escarnio, por negarse a firmar el acta de supremacía. Con todo, y antes de caer en desgracia, el inglés supo marcar desde una perspectiva platónica un contraste para determinar los errores propios y determinar unos presupuestos ideales. De manera obvia, bajo esta apariencia de juego se escondía una premisa que pedía seguir avanzando para desarrollar una comunidad en la que la violencia, la depredación y lo pecuniario quedase de lado frente a la humanidad y lo social. Esta vieja pretensión encuentra en esta obra clásica las mimbres para analizar el fenómeno de lo utópico.

Las referencias, dialogadas en el caso de la obra de Moro, resultan confusas. En este caso, es un marinero el que señala en un diálogo las maravillas contempladas en su periplo. Como no podía ser de otra manera, se trata de un descubrimiento casual y gracias a esta dinámica serendípica se da el feliz desenlace. Los conocimientos adquiridos después de arribar a esta misteriosa isla, a este lugar negativo en cuanto a su facticidad, son un patrimonio fundamental para el juego comparativo con la sociedad inglesa. Lo que abunda en un régimen falta en el otro y así se conforma una propuesta para establecer una linde a seguir dejando de lado el peso del autoritarismo monárquico, arbitrario, caprichoso y, por supuesto, peligroso en el que había caído la comunidad.

Que se trate de una isla no es un tema baladí, pues, hasta el desarrollo de los primeros cronógrafos, el cálculo de la longitud en el ámbito de la navegación resultaba poco menos que imposible. Por este motivo, las ínsulas conocidas llegaban a ser reconocidas gracias a la navegación por cabotaje, de imposible práctica en las inmensidades oceánicas. El gran azul era el gran desconocido, el lugar en el que encontraban tesoros perdidos y, como hemos podido comprobar, la sabiduría más importante y fundamental que permite la organización de la vida en sociedad; anhelo desde épocas clásicas como puede comprobarse a la luz de la literatura generada en este sentido. Así, el universo desconocido se encontraba frente a nosotros, pero la inmensidad y peligrosos de la agitadas aguas atlánticas o pacíficas suponían un obstáculo insalvable. En este sentido, no hay más que recordar las Islas Salomón, extraviadas durante largo tiempo y cuajadas de promesas y riquezas.

El terreno de lo utópico también se adentraba en la tierra, aunque se opusiesen obstáculos formidables para alcanzar este goloso destino. Por ejemplo, la época de expansión cristiana por medio de las cruzadas no solo buscaba liberar tierra santa, mientras, por supuesto, se entregaban al muy cristiano pillaje, saqueo y violación de todo lo que se interpusiese entre estos supuestos paladines de la moral y sus objetivos. El caso es que los reinos islámicos no suponían la última frontera, pues, más allá de estos territorios, se suponía la existencia de territorios cristianos gobernados con sabiduría, templanza y muchos medios económicos por un monarca cristianísimo dispuesto a unir occidente y oriente bajo el fulgor único de la cristiandad. Huelga decir que estas tierras eran producto de la imaginación, o quizás de la propaganda, de la época. El caso es que la invitación al enriquecimiento y la sabiduría suponía un acicate nada desdeñable para empujar a la violencia integrista de la religión.

Otro ejemplo de promesa terrestre puede localizar en El Dorado. Una ciudad de oro hundida en la selva amazónica, pero muy presente para los españoles embargados en esta historia de conquista, depravación y sed de riquezas. Aquí, más que conocimiento, se localizaba el vil metal que empujaba a seguir adelante en terrenos ignotos, húmedos y prácticamente impracticables. Este delirante objetivo provocó derramamientos de sangre, traiciones e innumerables muertes, aunque abrió un territorio prácticamente virgen al saqueo occidental. La historia, como no podía ser de otra manera, estuvo presente junto a otras leyendas estimulando la imaginación y los espejismos que hemos ido persiguiendo como colectivo. Si bien el oro no llegó en forma de ciudad, los recursos arrancados de tierras americanas, además, claro está, de los saberes asociados, fueron innumerables.

Hoy por hoy la utopía se mantiene entre nosotros. Nuestro planeta se ha quedado pequeño, pero nos hemos lanzado a la exploración espacial. De hecho, parece haberse revitalizado esta propuesta y son varias las misiones a la Luna para los próximos años. Los ofrecimientos siguen siendo parecidos: metales escasos en la Tierra, sociedades ideales instaladas en bases extraterrestres y, por encima de todo, la búsqueda del conocer a lomos, en este caso, del desarrollo científico y técnico. Seguimos encontrando el respaldo en las mismas instigaciones y el afán de riqueza y curiosidad mantiene vivo el espíritu utópico como motor colectivo

El Dorado, el mito de la ciudad de oro perseguida por los españoles durante la conquista de América. (Fuente: Medium – Crédito: Difusión)

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