
El día es tormentoso, un pájaro busca refugio. Está algo confundido. Distingue dos casas rodeadas de árboles. Hacia ellos vuela.
Durante mucho tiempo, él o ella miraban a través de sus grandes ventanales, un casa chica, verde, discreta, no muy lejana. Sus habitantes siempre le parecieron fantasmas, una pareja que solo se atenía a lo aburrido y, según ellos, lo único necesario: trabajar, ahorrar, alimentarse, cuidar con afecto a sus hijos; también estudiar, rozar con dedos curiosos las puertas del mundo; abrir picaportes para saber algo más de lo que nunca se sabe.
Por mucho tiempo, para él y ella, la síntesis de sus vecinos: mediocridad, timidez, incapacidad para gozar de todo lo necesario que ofrece la selva hiper-abundante del mundo tecno-cotidiano. La oferta exponencial de objetos cuyo consumo fortalece el vigor de las empresas en bolsa, y beneficia los mercados y sus mercadotecnias, y nuevas tecnologías optimizadas por IA para acelerar y simplificar las necesarias compras en línea.
Durante mucho tiempo él y ella repasaban a diario las necesidades de su día. La mesa de su gran salón de imitaciones de cristales y oro debía colmarse con más «inteligentes » e impostergables adquisiciones:
los últimos celulares ultralivianos; mejorar el colegio de los hijos por prestigio, no por formación; visitar la casa preferida de alta costura para vestir la mejor imagen; remplazar libros obsoletos por relojes decorativos, réplicas del necesario Rolex a mostrar; no olvidar regalar por la necesidad de recordarle al obsequiado la propia superioridad, el buen nombre, orgullo y dignidad del que regala; y no olvidar que es necesario que en la mesa no quede ningún retazo de nada y vacío.
Y la tormenta de lo real es ya tan violenta que el pájaro encuentra su refugio, entre remolinos de uvas, hojas y pétalos de flores que suben y se empapan de aguas frescas y furiosas, que rodean un árbol de raíces hundidas, muy hondas, en la tierra mojada y profunda, entre racimos de semillas necesarias que trae el viento.
Antes, el ser de las alas desechó árboles caídos sobre una gran casa, y una mesa quebrada por maderas fatigadas por el viento, el dolor, la soledad, y vanas apariencias que gemían en el aire.
Y la rama sobre la que el ave descansa sigue sólida aún entre la borrasca; mientras la casa verde resplandece, bajo la lluvia que disuelve las ilusiones.
Esteban Ierardo
