
Artsaj, más conocido como Nagorno Karabaj, país casi nunca reconocido, sucumbió y se disolvió bajo la presión de Azerbaiyán. Este hecho le permite a la autora de este artículo trazar un interesante análisis entre la supuesta globalización, las ilusiones nacionalistas, y el hecho de ser de algún lugar.
Orgullosos de ser de algún lugar (*)
Por Esther Bajo

Desde el pasado 1 de enero, hay un país menos. Sus instituciones se disolvieron, su Ejército entregó armas y su población tiene ahora que “familiarizarse con las condiciones de reintegración presentadas por Azerbayán”, según el decreto, aunque el 60 por ciento de sus 120.000 habitantes fue obligado a abandonar su antiguo país en horas y sin saber dónde dirigirse. El país en cuestión se llamaba Artsaj, más conocido como Nagorno Karabaj. A raíz de la disolución de la URSS Azerbayán y Armenia se disputaron este territorio de 4.000 kilómetros cuadrados. Durante tres años hubo nada menos que 25.000 muertos, hasta que la población del lugar, compuesta mitad y mitad por azeríes y armenios, decidió en referéndum (con el 99,98%) no pertenecer a ninguno de los dos países y constituirse en República independiente. Pero el hostigamiento (operaciones militares antiterroristas, bloqueo de su única carretera…) ha continuado, hasta que tuvieron que rendirse. Lo cierto es que ningún país reconoció a la nueva República de Nagorno Karabaj, pero tampoco nadie ha reconocido su desaparición. Mientras, poco se sabe de lo que está sucediendo allí, puesto que se ha prohibido la entrada de periodistas y ONGs, pero sí se sabe que dos etnias que querían seguir conviviendo han sido divididas y ambas están siendo víctimas de violencia, hambre y violaciones.

Nagorno Karabaj había sido uno de los pocos no-países que reconoció a otro no-país, Trnasnistria, un país que existe de hecho pero no oficialmente; sin embargo, es calificado por los analistas políticos como “un polvorín”, puesto que juega un papel crucial (aunque, insisto, no existe) en la guerra en Ucrania y las pretensiones rusas sobre Moldavia.
Transnistria es una zona cuya superficie es algo menos de la mitad de la Comunidad de Madrid y la población de la provincia de León, en la ribera del río Dniéster. La capital es Tiráspol y sus habitantes tienen tres pasaportes: uno ruso, otro moldavo y otro de Transnistria. También tienen tres lenguas oficiales: ruso, ucraniano y moldavo (que es el rumano, pero escrito en alfabeto cirílico). Se declaró independiente en 1990, lo que provocó una guerra de dos años y 1.500 muertos, y como tal ha seguido funcionando aunque no está reconocido por ningún miembro de las Naciones Unidas, a pesar de lo cual muchos –Rusia, Ucrania y la Unión Europea- mantienen relaciones económicas con él.
Históricamente, estuvo habitado por tribus eslavas y formó parte, sucesivamente, del Rus de Kiev, del Gran Ducado de Lituania, del Imperio Otomano, del Imperio Ruso y de Rumanía. Tiene un Gobierno propio, Parlamento, Constitución, Ejército, himno nacional, bandera (con la hoz y el martillo), escudo, sistema postal y moneda, el rublo transnistrio. Tiene una economía mixta: intervencionista y de mercado y básicamente, dependen del gas ruso, aunque los dueños del país son dos oligarcas rusos.

El mismo día que desapareció como país Nagorno Karabaj, la Unión Europea admitía en el espacio Schengen a Kosovo, de modo que sus habitantes pueden ahora moverse libremente con su pasaporte kosovar, por ejemplo por España, aunque España no lo reconoce como país, pues sigue considerándolo parte de Serbia. Kosovo tiene una historia como para marearse, en la que prácticamente nunca ha dejado de haber violencia entre sus menos de dos millones de habitantes.
Recientemente, un reportaje de Le Monde Diplomatique comenzaba con estas declaraciones de una profesora de francés de Transnistria: “Si un extranjero me pregunta, le respondo que soy de algún lugar entre Ucrania y Moldavía”. Un habitante de Kosovo podría decir que es de algún lugar entre Montenegro, Albania, Macedonia del Norte y Serba y uno de Nagorno Karabaj podría en puridad decir que no es de ninguna parte. Sin llegar a estos pequeños países, hay incluso ciudades que en poco tiempo han pertenecido a un montón de países, como la ciudad de Zhovkva, que ha estado en el Imperio Austrohúngaro, en Ucrania, en Polonia, en Alemania, en la Unión Soviética y ahora de nuevo en Ucrania (aunque eso depende de cómo avance la guerra).
Como nos recuerda Isaac Salama, ex miembro del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, “hay una idea romántica de que el sentimiento nacionalista parte de las personas de un pueblo que aspira a ser liberado”, pero “las naciones no son una creación espontánea, sino que se crean desde arriba, por los poderes nacionalistas, y evolucionan hacia abajo. Nunca al revés”.
Con todo, ese sentimiento nacionalista está ahora en alza, fundamentalmente –así opina el columnista de The New York Times, The Guardian y La Vanguardia, John Carlin- a causa de la globalización: “Se ha implantado en amplios sectores sociales la sensación de que las identidades se diluyen en un mar de McDonald’s, Google, Netflix…”. Los nacionalismos serían, pues, un acto desesperado por mantener lo propio en medio de este panorama, pero es que la globalización es inevitable y, en distinta medida, antigua. Respecto a “lo propio”, no existe como tal: los mitos que consideramos propios se dan en culturas muy lejanas: el del diluvio y el arca existe en la mitología sumeria, la quiché, la griega, la hindú y la judeocristiana; además de Jesucristo, resucitaron Osiris, Dioniso, Tammuz, Orfeo, Odiseo, Gilgamesh… y, como él, fueron sacrificados por Dios para bien de la humanidad Pangu, Purusha, Ymir… y no hay grandes diferencias entre Eva y Pandora, Moisés y Akenatón o María, Isis y otras cuantas. Las culturas de los pueblos están formadas por una telaraña de relaciones: no en vano, todos descendemos de los mismos ancestros y aún compartimos el 99,9 por ciento de nuestro ADN.
El sentimiento nacionalista no es sino el sentimiento tribal que heredamos de la Prehistoria y, en mi opinión, haríamos bien en mantenerlo ahí, es decir, prestar lealtad a nuestra familia (toda o en parte), amigos, familiares de amigos, amigos de familiares y para de contar. Lo de menos es dónde se ha nacido, algo tan azaroso como la propia vida, y lo absurdo es pensar que el lugar en el que nacemos es mejor que los demás y posee características únicas o, en todo caso, que eso nos define. Las fronteras han sido y son siempre artificiales. Importa sólo ser de algún lugar y que sea uno u otro no es más que una suerte o una desgracia. “Todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de que pueda enorgullecerse, se refugia en este último recurso de vanagloriarse de la nación a que pertenece por casualidad”, dijo Arthur Schopenhauer. Yo, humildemente, añadiría: todos somos de algún lugar y que ese lugar sea mejor depende en gran parte de nosotros.
(*) Este texto fue publicado originalmente en Masticadores, página nacida en Cataluña, dirigida por J r Crivello, y con numerosos colaboradores en el mundo.
Monumento Tatik Papik (“La abuela y el abuelo” o “Somos nuestras montañas”), al norte de Stepanakert, Artsaj, representa la herencia armenia sobre la región de Nagorno-Karabaj. Azerbaiyán tiene un historial de destrucción del patrimonio cultural armenio, lo que genera la preocupación internacional el futuro de este monumento tras su ocupación de Artsaj, en septiembre de 2023 (Foto: Artsakh Parl).
