
Una intensa aproximación al funcionalismo en arquitectura, pero que se extiende también hacia apreciaciones profundas sobre lo arquitectónico en relación a la matemática, la armonía, las teorías de la proporción y el denominado «número de oro» de Lucca Pacioli, explicado en su obra Divina proportione.
En los primeros años del siglo XX, Louis H. Sullivan, arquitecto de la Escuela de Chicago, hizo popular el lema la forma sigue siempre a la función, es decir que aspectos como la masa y tamaño de un edificio, la organización espacial, dependen de la determinación de su función. La función también se enlaza con la utilidad. El suizo Le Corbusier y el alemán Mies van der Rohe, dentro del movimiento modernista en arquitectura, son ejemplos arquetípicos de la imaginación funcionalista.
El célebre dicho de Corbusier “la casa es la máquina en qué vivir” pertenece a su libro Vers une architecture (1923). Libro aún importante para la compresión del funcionalismo como también lo es como ejemplo de este estilo su obra Villa Savoye (foto arriba) en Poissy, Francia.
El funcionalismo arquitectónico hunde raíces lejanas en el arquitecto y tratadista romano Vitruvio del siglo I a. C, y su tríada referida a los fines de la arquitectura clásica: utilitas (comodidad o utilidad), firmitas (solidez), y venustas (belleza); ésta última cualidad relacionada con la proporción, por lo que según el filósofo y escritor británico Roger Scruton, en su valiosa obra La estética de la arquitectura (1985), la teoría clásica de la proporción es «un intento de transferir a la arquitectura la idea cuasi musical de un orden armonioso, proporcionando reglas y principios específicos para la perfecta y proporcionada combinación de las partes». De ahí también la continuación del análisis de Pipo Bunorrotri sobre el funcionalismo hacia la ponderación de la proporción en el Renacimiento como continuidad de la «sección áurea» formulada por Luca Pacioli en su obra De divina proportione (1496).
Aquí entonces un excelente análisis transversal, que integra la mención de diversos arquitectos y pensadores del arte, que parte del funcionalismo y su relación con la función, hasta las cuestiones de la belleza, la armonía, la proporción, algunas de las aristas esenciales del lenguaje arquitecto en su devenir histórico.
E.I
El funcionalismo, por Pipo Bunorrotri (*)
El funcionalismo, en términos generales o como definición propia, diremos que se caracteriza o está caracterizado por el utilitarismo otorgado a las acciones que deben sostener el orden establecido en las sociedades. Es una corriente teórica que surgió en Inglaterra en el segundo decenio o principios del tercero (1930 según algunos estudiosos) en las ciencias sociales, especialmente en Sociología y Antropología Social, pero nosotros solo nos vamos a ocupar de la corriente Arquitectónica que lleva dicho nombre, el nacimiento de la misma y la influencia que ha tenido en el devenir de la Arquitectura. Por lo que no debe confundirse el funcionalismo como corriente social con funcionalismo arquitectónico, aunque el segundo parco los pasos a seguir del primero.
Funcionalismo en arquitectura, digamos o definamos, que es como el principio por el que el arquitecto diseña un edificio basándose en la utilidad al que va destinado ese edificio. Esta definición no refleja la realidad al cien por cien del funcionalismo en arquitectura, ya que dicha definición tiene mucha confusión y controversia dentro de los profesionales de la arquitectura, y más viendo lo que los profesionales del siglo XIX hasta hoy han diseñado.
Para algunos los orígenes del funcionalismo arquitectónico lo relacionan o vinculan con la definición del arquitecto romano Vitrubio concretamente en su definición de la Arquitectura (Utilitas, Venustas, Firmitas) algo en lo que yo no estoy totalmente seguro que lo que definió Vitrubio tenga que ver con la definición de funcionalismo arquitectónico.
Louis H. Sullivan (1856-1924), al principio del siglo XX, arquitecto de la escuela de Chicago, tenía la creencia de que el tamaño de un edificio, su volumen y la distribución del espacio así como las demás características del mismo se deberían decidir solamente en función del edificio, esto es que se satisfacen los aspectos funcionales la belleza arquitectónica surgirá de forma natural y espontánea. Sullivan en sus obras Kindergarten Chats (1901-1902) y The Autobiography of an Idea (1922-1923), afirma que en toda experiencia verdadera de la arquitectura la forma viene determinada por su función, adecuándose perfectamente a ella. Su máxima fue Form follows function, o sea, la forma sigue a la función. Más bien creo que no existe una sola definición de funcionalismo.

El arquitecto de un edificio de viviendas puede fácilmente estar en desacuerdo con los propietarios de las mismas sobre lo que el edificio debería parecer, y ambos también en desacuerdo con futuros arrendatarios. Sin embargo, “la forma sigue a la función” expresa una idea significativa y duradera
La función existencial de la arquitectura es aquella que brinda al hombre un lugar para existir, para habitar (definición dada por Christian Norberg-Schulz) y es quizás la más importante. Soy de los que opinan que la funcionalidad técnica es la perfecta adecuación de la forma a la función y es a ella a la que se refería fundamentalmente Sullivan. La funcionalidad utilitaria viene dada por el uso al que se destine el edificio. Toda arquitectura si exclusión alguna, por lógica, se debe al uso para el que se ha diseñado el edificio, y si no es útil para lo que es concebido dicho diseño y construcción la tendremos que considerar como un auténtico fracaso. Las funciones, en su versión existencial, de la arquitectura no se agotan técnicas o funcionales; existe una función que está íntimamente ligada a la idea de significado, y esta función no es otra que la comunicación de determinados mensajes ideológicos que se quieren transmitir con el diseño arquitectónico.
Para algunos en primer orden y por encima de todas las funciones de la arquitectura esta la atención las personas ósea Humanizar la Arquitectura, Alvar Aalto, uno de los que en toda su obra está reflejada la atención al ser humano, afirma que el funcionalismo técnico no puede definir la arquitectura, y no solo no puede sino que no debe la arquitectura sin tener en cuenta a la sociedad.
Por lo que la definición más corriente, creemos para algunos, de la funcionalidad, la forma se queda reducida al simple medio para obtener la función, no es un objetivo en sí sino un mero agente; ósea la perfecta adecuación de forma a la función. Debemos contemplar al funcionalismo como la reafirmación de los valores arquitectónicos,( espacio, volumen…) frente a los valores pictóricos y escultóricos que por aquella época invadieron el campo y el espacio arquitectónico . En la ARQUITECTURA con mayúsculas la forma no se puede separar de la función, y según los funcionalistas, la experiencia estética de una arquitectura se tiene que identificar con la experiencia de la función. Una de las propiedades principales y fundamentales de un edificio es la utilidad, y un edificio no se comprende si no se tienen en cuentas sus aspectos funcionales de utilización. Para definir la naturaleza de una obra arquitectónica no nos bastan los criterios funcionalistas como doctrina, ya que son aplicados a posteriori una vez construido el edificio con una función determinada al principio de su creación.
Otra de las teorías o métodos de entender la arquitectura, es el grupo integrado por las teorías que consideran al espacio la esencia en si misma de la arquitectura. Saper veder l’architettura (1948) obra de Bruno Zeve, intuía esa idea al afirmar que «…es tal vez en la masa interna donde reside la profunda originalidad de la arquitectura como tal». Pero quizás quien por primera vez realizo una clara interpretación espacial de la arquitectura a lo largo de su historia fue Alois Riegl (Filosofo y Historiador del Arte Austriaco, impulsor del formalismo y uno de los fundadores de la critica del arte) según sus escritos sobre el arte en Die Spätrömische Kunsindustrie nach den funden in ósterreich (La producción artística romana tardía según los hallazgos de Austria,1901).
Esta teoría se impuso con más o menos fuerza y fortuna a raíz de la publicación de las obras de Heinrich y Paul Frankl, las cuales han sido defendidas con entusiasmo por Bruno Zevi, Francastel y Siegfried Giedion. todos ellos han buscado un elemento caracterizador de la arquitectura en algo ajeno a la función. Pero es que el espacio, como elemento caracterizador, por si mismo no puede explicar el valor de un edificio. Roger Scruton en su obra La estética de la arquitectura (1985), afirmaba que en el espacio sin límites estarían contenidos todas las formas posibles de espacios interiores, incluyendo las más perfectas.
Aun cuando Bruno Zevi afirma que «… la esencia de la arquitectura no reside en la limitación material impuesta a la libertad espacial, sino en el modo en que el espacio queda organizado en forma significativa a través de este proceso de limitación… las obstrucciones que determinan el perímetro de la visión posible, más que el «vacío» en que se da esta visión», no omite el estudio de esos límites, del mismo modo que Siegfried Giedion, al tratar la teoría espacialita, no deja de conectarla con un cierto análisis histórico. En la opinión de este último, se dan tres etapas en el desarrollo de la arquitectura. Una primera, en que el espacio adquiere realidad por la interacción de volúmenes (Egipto, Sumer, Grecia…), época en que no se tenía en cuenta el espacio interior y se prestaba especial atención al exterior. La segunda fase comienza con el Imperio Romano y representa la conquista del espacio interior y, finalmente, la tercera que se inicia a comienzos de nuestro siglo XX y que, como resultado de la revolución óptica que representó el Cubismo al acabar con la perspectiva de punto de vista único, inició las relaciones entre espacio interior y espacio exterior. Lo cierto es que el espacio, si bien es condición necesaria para la existencia de la arquitectura, no agota su experiencia ni su sentido.
Existe un numeroso grupo de teorías positivistas que explican la arquitectura por las condiciones que la han originado. Son teorías derivadas del Positivismo filosófico surgido en Francia e Inglaterra hacia 1830. En este apartado situaríamos las teorías historicistas, que ven los diferentes estilos de la arquitectura como expresiones del tiempo histórico en que se crearon. Esto plantea evidentes conflictos: si un edificio manifiesta el espíritu de su época, lo mismo ocurre con todos los demás del mismo período; si es así ¿dónde radica la diferencia entre un buen y un mal edificio? Este tipo de interpretación se aplica, como la funcionalista, a posteriori. Es decir, puede aplicarse a los edificios una vez terminados, pero no afecta a la naturaleza intrínseca del edificio. El iniciador de esta teoría, que busca en la historia la explicación de las formas arquitectónicas, fue Jacob Burckhard y de él llega, a través de su discípulo Heinrich Wölfflin y Paul Frankl, a Siegfried Giedion y a Nikolaus Pevsner. Dentro de las corrientes historicistas, otro grupo de teóricos buscan la esencia de la arquitectura y del arte en la denominada krunstwollen o voluntad artística dominante, en un determinado período que reflejaría en la producción arquitectónica y artística del momento. Si bien es cierto que en la mayoría de los casos el conocimiento general de la historia, del gusto artístico del momento, puede contribuir a la comprensión de una obra, como ha demostrado sobradamente Erwin Panofsky, no brinda un conocimiento de lo que es propio de la arquitectura, de su esencia. Dentro de este grupo debemos situar asimismo las interpretaciones deterministas, según las cuales la morfología de las arquitecturas se explica a través de las condiciones geográficas y geológicas, además de por las técnicas y los materiales de que se dispone en cada tiempo y en cada lugar.
Es también muy nutrido el grupo de los partidarios del formalismo. Como asegura Arnheim «… la forma puede ser desdeñada, pero no es posible prescindir de ella». En este apartado debemos situar teorías como la de la «Visibilidad pura» de Wölfflin, para quien las formas y su evolución son las protagonistas del arte, y otras basadas preferentemente en la composición. De entre estas teorías, que dan preponderancia a la forma, a la apariencia de los edificios, sobresalen las que tienen su clave en la proporción, una regla o un conjunto de reglas para la creación y combinación de las partes.

La teoría clásica de la proporción es, como explica Roger Scruton en su obra La estética de la arquitectura (1985), un intento de transferir a la arquitectura la idea cuasi musical de un orden armonioso, proporcionando reglas y principios específicos para la perfecta y proporcionada combinación de las partes. En definitiva, serán las relaciones matemáticas las que brindarán las reglas geométricas que regirán las composiciones arquitectónicas que buscan la perfección en la proporción. Esta concepción de la arquitectura no nació con el Renacimiento. De hecho la búsqueda de la secreta armonía matemática tras la belleza arquitectónica ha sido una de las más populares concepciones de la arquitectura, desde los imperios del Próximo Oriente hasta nuestros días. La idea fundamental parte de la existencia de formas y líneas diferentes que necesitan ser armonizadas entre sí por el arquitecto para lograr un buen resultado. Éste debe descubrir la ley matemática de la armonía, «así —afirma Scruton— el deleite de los edificios construidos siguiendo la ley resultante será semejante al de la música o al de una demostración de matemáticas». El primer paso para la construcción de una teoría de la proporción es tomar una medida básica, que sirva de módulo, a partir del cual se hallarán las restantes magnitudes. A pesar del paralelismo que pueda establecerse entre la matemática y la arquitectura, las teorías de la proporción no afectan la esencia de la arquitectura, no ofrecen ninguna estética general de la construcción. Entre las teorías de la proporción podemos señalar el denominado «número de oro» de Lucca Pacioli, explicado en su obra Divina proportione (1496-1497), la serie Fibonacci estudiada por Leonardo Fibonacci (1171-1230), y el «Modulador» de Le Corbusier. La actual crítica arquitectónica no niega la utilidad de las teorías de la proporción, puesto que resultan útiles para entender la armonía, la adecuación, el orden, pero dicen poco de la significación estética.
Junto a las teorías vistas hasta aquí existen otras que vinculan arquitectura y voluntad artística, otras que establecen cierta «simpatía» simbólica entre las formas y su significado (horizontal como expresión de racionalidad, de inmanencia; vertical, con connotaciones de infinitud; línea recta que expresa decisión, rigidez, mientras que la curva sugiere flexibilidad y la helicoidal es símbolo de ascenso, de liberación de la materia terrena…), y otras que afirman que sólo en la percepción estética y en el placer experimentado a través de ella puede basarse la comprensión de la arquitectura.
Como hemos visto, muchas de estas teorías resultan interesantes y permiten el acercamiento al fenómeno arquitectónico, pero ninguna de ellas en solitario puede ser considerada como la teoría que explique y permita la total interpretación de la arquitectura. En consecuencia, creemos que la solución radica en realizar una síntesis de todas ellas, eligiendo los aspectos más positivos y que más luz puedan arrojar sobre el lecho arquitectónico.

Desde la Antigüedad se creía en la existencia de una proporción privilegiada que, durante el Renacimiento, fue formulada por Luca Pacioli en su obra De divina proportione (1496), con el nombre de «Sección áurea». La armonía entre dos dimensiones es considerada perfecta cuando ambas están entre sí en la misma proporción que la mayor de ellas y la suma de las dos. Es decir, si las dos magnitudes son X e Y, siendo X la menor, tenemos X/Y=Y/X + Y; si damos a X un valor X=1, tenemos: X/Y=Y/1 + Y; Y2 – Y-1=0; Y=1+5/2=1,61083 (=número de oro).

El rectángulo cuyos lados guardan esta proporción es el que presentan la creencia de Le Corbusier de que la arquitectura es orden y que la armonía se puede conseguir obedeciendo las leyes universales de la proporción, le llevó a presentar, después de la segunda guerra mundial, su sistema Modular o sistema de medida destinado a la obtención de proporciones armónicas en las obras arquitectónicas. En estos estudios tomó como base dos series halladas a través de «Número de oro» y las proporciones humanas. La medida base es de 216 cm, que corresponde a un ser humano con un brazo levantado. Cada término de serie, obtenida por la multiplicación del precedente por el «Número de oro» (1,618), es a la vez igual a la suma de los dos que le precede.
(*) Este texto fue publicado originalmente en Masticadores, página nacida en Cataluña, dirigida por J r Crivello, y con numerosos colaboradores en el mundo.

