Breves (19 ) Otra forma de orar

Atardecer (Pintarest)

Nos enseñaron a orar como un ruego, un pedido de ayuda a un Dios que ampara y consuela. En el Catecismo de la Iglesia Católica se encuentran varias formas de oración que siempre se relacionan con un Dios personal, al que se puede bendecir como Ser creador; quien le ora se estima criatura suya. O la oración es de intercesión, la plegaria por otra persona; o de acción de gracias, como expresión de gratitud por las bendiciones recibidas: salud, comida, refugio, familia, amigos. O la oración de alabanza que ensalza al «Padre Nuestro que estás en los Cielos» por su grandeza.

Pero la llamada oración de petición, como pedido para alcanzar las propias metas es, seguramente, la modalidad del orar más repetida. La imploración por una ayuda sobrenatural. Algo comprensible, incluso aconsejable, especialmente en situaciones límites. Nuestra profunda fragilidad necesita de un cielo protector. Pero quizá el orar es algo más profundo que la espera de beneficios y consuelos.

La larga tradición cristiana coexiste con otras tradiciones y posibilidades del orar, como el rezo en el judaísmo que lamenta la destrucción de su Templo y reza por su restauración, o su bendecir (beraká) como agradecimiento a Dios por todo lo creado; o la oración del Islam del Salat y su rezar cinco veces al día. En los tres monoteísmos, judeocristiano y musulmán, el destinatario principal del orar es un Dios personal e invisible.

Pero también hay un otro orar hacia la divinidad no visible, pero mezclada, encarnada, inmanente en la magnificencia del mundo manifiesto.

El viento entonces cambia de dirección y el orar empieza a verterse en las redes ardientes de las cosas: el ancestral sintoísmo japonés y su adoración de los kamis o espíritus de la naturaleza; o una de las oraciones centrales del hinduismo, a través del mantra Gāyatrī o Gáiatri (personificación de la diosa Gáiatri), en el Rig-veda, el mas antiguo texto de la literatura de la India, del II milenio a. C. Los sacerdotes brahmanes oran en su mente antes del amanecer y durante el atardecer:

«Tierra, cielo y paraíso

ese dios del sol adorable,

en su luz de dios medito;

meditando en aquel, nosotros nos entusiasmamos».

Entusiasmo en la oración al sol al morir en el atardecer, en la noche, y en su renacer en el amanecer.

Orar que no pide,

agradece por el sol, la Tierra, el cielo;

orar con el cuerpo y la mente, la unidad del ser,

que recibe con electricidad en la piel y el pensamiento

el viento, la luz, las ramas de los árboles

que se reflejan en edificios de fuego y cristal.

La otra forma de orar del sujeto que medita en lo que está fuera de sí, y venera el mundo exterior, y su abrumadora inmensidad.

El otro orar bendice la espiral de lo interior y lo exterior, sin lamentos, sin resentimientos. Orar incluso para no oscurecerse con lo malo y vulgar, y para no perder la veneración asombrada aun en los tiempos de selva y dolor. El otro orar como un agradecer la luz del sol que estalla y estalla, que es un venerar el movimiento que no se detiene.

El otro orar no como rogar y pedir sino como latir en la fascinante profundidad de la vida grande que, cuando muere, renace y renace.

Esteban Ierardo

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Amanecer (GETTY)

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