IKIGAI

Cerezos en flor en Japón ( Foto: Getty Images)

Ikigai (生き甲斐 ) es una palabra japonesa sin una traducción unívoca, pero ésta podría ser: «la razón de vivir» o «la razón de ser», una actitud que le da sentido a la vida. Toda persona tiene su ikigai que surge de su autoconocimiento. Esto confiere la satisfacción en todo lo que se emprende por más humilde que sea.

En Okinawa, el ikigai es «una razón para levantarse por la mañana», una aceptación y disfrute de la vida, que redunda en una alta longevidad media. El ikigai descubre lo que hace que la vida sea valiosa, descubrimiento que puede propiciar salud y longevidad, y que no depende del efecto de la situación económica personal, o de la respuesta a la sociedad hostil. El ikigai no es acción obligada, sino acciones naturales y espontáneas. Sumerge en el presente, atribuye valor a cada instante o detalle de una acción. Situación semejante a la del arte de la ceremonia del té, creado por Sen no Rikyu, en el siglo XVI, época de samurais y omnipresentes turbulencias. Aun en ese ambiente, se valora el detalles aparentemente inútil como parte de la práctica de una acción henchida de relevancia y espiritualidad.

Desde este modo de la sensibilidad, fundamentos del ikigai son el aprecio y práctica de la humildad; la renuncia al ego; el placer de los detalles; la conciencia del momento presente, del aquí y el ahora.

Ken Mogi, autor de esta aproximacion al ikigai, es neurocientifico, investigador principal de Sony Computer Science Laboratories y profesor invitado del Instituto Tecnológico de Tokio. Otras de sus obras son Cerebro e imaginación y De aquí a todas partes. El ikigai es es lo que puede encontrar sentido aún en aquello que puede parecer insignificante.

E.I

¿Qué es el Ikigai?, por Ken Mogi
Cuando el presidente Barack Obama realizó su visita oficial a Japón durante la primavera de 2014, los funcionarios del Gobierno japonés eligieron el lugar para la recepción que le ofrecería el primer ministro. El evento privado, previo a la visita de Estado que empezaría oficialmente al día siguiente, incluía una cena en el Palacio Imperial presidida por el emperador y la emperatriz. Imaginemos lo delicada que fue la elección del restaurante. Cuando finalmente se anunció que sería el Sukiyabashi Jiro, posiblemente uno de los restaurantes de sushi más famosos y respetados del mundo, la decisión contó con la aprobación general. De hecho, se notó lo mucho que el presidente Obama disfrutó de la experiencia de cenar allí por lo sonriente que salió.
Según consta, Obama dijo que era el mejor sushi que había probado. Fue un gran elogio, viniendo de alguien criado en Hawái y sometido a una fuerte influencia japonesa, sushi incluido, y para quien aquella no era desde luego la primera experiencia de alta cocina.
El orgulloso responsable del Sukiyabashi Jiro es Jiro Ono, a sus noventa y un años uno de los chefs con tres estrellas Michelin de más edad. El Sukiyabashi Jiro ya era famoso entre los entendidos japoneses antes de que saliera la primera Guía Michelin de Tokio, en 2012, pero su publicación puso el restaurante definitivamente en el mapamundi gourmet.
Aunque el sushi de Ono está envuelto en un aura casi mística, su cocina se basa en técnicas prácticas e ingeniosas. Por ejemplo, ha desarrollado un método especial para servir huevas de salmón (ikura) frescas todo el año. Esto desafía la sabia tradición profesional respetada en los mejores restaurantes de sushi: solo servir ikura en otoño, la mejor estación, cuando el salmón remonta los ríos para desovar.
También ha creado un particular método para ahumar ciertos pescados quemando tallos secos de arroz a fin de darles un sabor especial.
Hay que calcular con precisión el momento de servir los platos de sushi a los clientes exigentes, así como la temperatura del pescado, para que su sabor sea óptimo. (Se entiende que el cliente se lo llevará a la boca sin dilación). De hecho, cenar en el Sukiyabashi Jiro es como disfrutar de un exquisito ballet, coreografiado detrás del mostrador por un maestro respetado y solemne de apariencia austera (aunque su rostro, si uno es afortunado, se ilumina con una sonrisa de vez en cuando).
Tengamos por seguro que el increíble éxito de Ono se debe a su talento excepcional, a su determinación y a su firme perseverancia durante años de duro trabajo, así como a su búsqueda incansable de métodos culinarios y presentaciones de altísima calidad. Ono ha conseguido ambas cosas.
Sin embargo, además de eso o tal vez incluso por encima, Ono tiene ikigai. No es exagerado decir que debe su fabuloso éxito tanto en el ámbito profesional como en el personal al refinamiento de este sistema de valores tan propio de su país.
Ikigai es un término japonés para referirse a los placeres y el sentido de la vida. La palabra se compone de iki (vivir) y gai (razón).
En japonés, ikigai se usa en varios contextos y es aplicable tanto a los detalles de la vida cotidiana como a los grandes objetivos y logros. Es un término tan común que la gente lo utiliza habitualmente bastante a la ligera, sin ser consciente de su especial significado. Lo más importante es que, para tener ikigai, no es necesario el éxito profesional. En este aspecto es un concepto muy democrático, celebra la diversidad de la vida. Cierto que tener ikigai puede conducir al éxito, pero este no es una condición indispensable para aquel. El ikigai está al alcance de todos.
Para el dueño de un exitoso restaurante de sushi como Jiro Ono, un elogio del presidente de Estados Unidos es una fuente de ikigai. Su reconocimiento como el chef con tres estrellas Michelin más anciano del mundo seguro que ha fortalecido su ikigai. Sin embargo, este no se agota en obtener el reconocimiento y la aclamación de todos. Ono es capaz de encontrar ikigai simplemente sirviendo el mejor atún a un cliente sonriente o notando el aire fresco por la mañana temprano, cuando se levanta y se prepara para ir al mercado de pescado de Tsukiji. Es incluso capaz de encontrar ikigai en la taza de café que toma antes de empezar la jornada o en un rayo de sol que se cuela entre las hojas de un árbol mientras va andando hasta su restaurante del centro de Tokio.
En una ocasión, Ono dijo que desea morir preparando sushi.
Evidentemente, su preparación le aporta un profundo sentido de ikigai, a pesar de que requiere muchos pequeños pasos intrínsecamente monótonos y que consumen bastante tiempo. Por ejemplo, para que la carne de pulpo sea blanda y sabrosa, tiene que «masajear» una hora el cefalópodo. La preparación del kohada, un pescadito considerado el rey del sushi, también requiere mucha atención, porque hay que quitarle las escamas y las tripas, además de conservarlo en un marinado perfectamente equilibrado en sal y vinagre. «Tal vez mi última elaboración de sushi sea de kohada», ha dicho.
El reino del ikigai está en los detalles. El aire matutino, la taza de café, el rayo de sol, el masaje al pulpo y la felicitación del presidente estadounidense se encuentran en un plano de igualdad. Solo quienes saben reconocer la riqueza de todo su espectro lo aprecian y disfrutan verdaderamente.
Esta es una importante lección de ikigai. En un mundo donde nuestro valor como personas y el concepto que tenemos de nuestra propia valía viene determinado básicamente por el éxito, mucha gente se encuentra inecesariamente sometida a presión. Tal vez nos parezca que nuestro sistema de valores, sea cual sea, solo es válido y está justificado si se traduce en logros concretos: por ejemplo, un ascenso o una inversión lucrativa.
Bueno, ¡tranquilos! No hace falta ponerse a prueba así para tener ikigai, una razón por la que vivir. No digo que vaya a ser fácil. A veces tengo que recordarme esta verdad, aunque nací y me crie en un país donde el ikigai es un conocimiento más o menos asumido.
En una TED talk titulada «Cómo vivir más de cien años», el escritor estadounidense Dan Buettner trató el ikigai como un sistema de valores para la buena salud y la longevidad. En el momento de escribir estas líneas, la charla de Buettner ha sido vista más de tres millones de veces. Buettner explica los estilos de vida de cinco lugares del mundo, cuya población es más longeva. Cada «zona azul», como las llama Buettner, tiene una cultura propia y tradiciones que contribuyen a la longevidad. Son las siguientes: Okinawa (Japón), Cerdeña (Italia), Nicoya (Costa Rica), Icaria (Grecia) y la comunidad de Adventistas del Séptimo Día de Loma Linda (California). De todas ellas, la de Okinawa es la de mayor esperanza de vida.
Okinawa es una cadena de islas de la zona más meridional del archipiélago japonés. Allí se jactan de tener un montón de centenarios. Para explicar en qué consiste el ikigai, Buettner cita a sus habitantes: un maestro karateka de ciento dos años le dijo que su ikigai era su amor por las artes marciales; un pescador centenario le explicó que el suyo consistía en seguir pescando para su familia tres veces por semana; una mujer de ciento dos años respondió que el suyo era abrazar a su trastataranieta (comentó que era como saltar al cielo). En conjunto, estas sencillas opciones de estilo de vida dan pistas sobre lo que constituye la esencia misma del ikigai: sentido de comunidad, dieta equilibrada y conciencia de la espiritualidad.
Aunque quizá sea más evidente en Okinawa, toda la población japonesa comparte estos principios. No en vano la tasa de longevidad en Japón es extremadamente alta, en todo el país. Según una encuesta del Ministerio de Salud, Trabajo y ienestar de 2016, en comparación con otros países y regiones del mundo la longevidad de los hombres japoneses ocupa el cuarto lugar (con una esperanza media de vida de 80,79 años) después de Hong Kong, Islandia y Suiza. La de las mujeres japonesas ocupa la segunda posición mundial (con una esperanza media de vida de 87,05 años) después de Hong Kong y seguida por España.
Es fascinante ver hasta qué punto el ikigai es connatural a muchos japoneses. Un estudio fundamental sobre los beneficios para la salud del
ikigai llevado a cabo por investigadores de la facultad de Medicina de la Universidad de Tohoku, en el norte de Japón, con un gran número de
sujetos, permitió a los investigadores establecer correlaciones estadísticamente significativas entre el ikigai y dichos beneficios.
En este estudio se analizaron datos de otro, el estudio de cohorte del Seguro Nacional de Salud de Ōsaki, llevado a cabo durante siete años. Se distribuyó un cuestionario a 54 996 beneficiarios del Centro de Salud Pública de Ōsaki (que da cobertura sanitaria a los residentes de catorce municipios) de
edades comprendidas entre los cuarenta y los setenta y nueve años.
La encuesta consistía en un cuestionario de 93 ítems en el que se preguntó a los sujetos acerca de su historial médico y su historia familiar, estado de
salud, hábitos de consumo de alcohol y tabaco, trabajo, estado civil, educación y otros factores relacionados con la salud, incluido el ikigai. La pregunta crucial relacionada con este último era muy directa: «¿Hay ikigai en su vida?». Se pidió a los sujetos que eligieran una de estas tres respuestas: «sí», «no estoy seguro» o «no».
Al analizar los datos de más de cincuenta mil personas, el estudio de Ōsaki concluyó que, «en comparación con quienes habían encontrado su ikigai, los que no lo habían conseguido tenían más probabilidades de estar solteros y sin trabajo, tener un nivel educativo más bajo, percibir su salud como mala, estar muy estresados, sufrir dolor severo o moderado, limitaciones físicas y menos capacidad motriz».
Basándonos solo en este estudio no es posible decir si el hecho de tener ikigai ha mejorado el matrimonio, el trabajo y la educación de los sujetos, o si, por el contrario, ha sido la suma de los pequeños éxitos en la vida lo que ha dado lugar a su mayor sentido del ikigai. Sin embargo, parece razonable afirmar que tener ikigai indica un estado mental determinado: los sujetos se sienten capaces de llevar una vida feliz y activa. En cierto modo, el ikigai es un barómetro que refleja la visión de la vida de una persona de manera integrada y representativa.
Además, la tasa de mortalidad de la gente que respondió «sí» a la pregunta del ikigai era significativamente más baja que la del «no». Esa tasa era inferior porque su riesgo de padecer una enfermedad cardiovascular era menor. Lo interesante es que no hubo una diferencia significativa en cuanto al riesgo de padecer cáncer entre los del «sí» y los del «no».
¿Por qué los que tienen ikigai presentaban menos riesgo de padecer una enfermedad cardiovascular? Tener buena salud depende de muchos factores. Es difícil decir cuáles son los responsables en última instancia, pero la menor tasa de enfermedades cardiovasculares sugiere que quienes tienen ikigai tienden más a hacer ejercicio, puesto que es sabido que la actividad física disminuye el riesgo de enfermedad cardiovascular. De hecho, el estudio de
Ōsaki determinó que quienes respondieron afirmativamente a la pregunta del ikigai hacían más ejercicio que quienes respondieron negativamente.
El ikigai da a nuestra vida un propósito y nos aporta el coraje para seguir adelante. Aunque en la actualidad el Sukiyabashi Jiro es un templo culinario de fama mundial al que acuden personalidades como Joël Robuchon, los orígenes de Jiro Ono fueron muy humildes. Su familia luchaba por llegar a fin de mes y salir de la miseria (eso era antes de que se implantara en Japón la normativa para abolir el trabajo infantil). Empezó a trabajar en un restaurante por las noches cuando todavía iba a la escuela primaria. En el colegio, cansado por las muchas horas de duro trabajo, solía dormirse. Cuando el maestro lo echaba de clase como castigo, solía aprovechar la pausa para volver corriendo al restaurante y terminar las tareas pendientes o adelantar trabajo para luego tener menos.
Cuando Ono abrió su primer restaurante de sushi, que con el tiempo lo llevaría al Sukiyabashi Jiro, no aspiraba a abrir el mejor restaurante del mundo. En esa época resultaba simplemente más barato abrir un restaurante de sushi que cualquier otro tipo de restaurante. Para uno de sushi solo hace falta un equipamiento básico y el mobiliario. Y no es de extrañar, puesto que el sushi empezó vendiéndose en puestos callejeros durante el período Edo, en el siglo XVII. Ono abrió un restaurante de sushi para ganarse la vida, ni más ni menos.
Luego empezó el largo y arduo ascenso. Sin embargo, en cada etapa de su prolongada carrera, Ono ha tenido el ikigai para apoyarlo y motivarlo mientras escuchaba su voz interior en su incesante búsqueda de la calidad. No se trataba de algo que pudiera ser comercializado en masa o entendido fácilmente por la gente. Ono tuvo que darse ánimos a lo largo del camino, sobre todo en la primera época, cuando la sociedad, en general, todavía no reparaba en sus esfuerzos extenuantes.
Fue haciendo pequeñas mejoras en su negocio, por ejemplo, diseñando un recipiente especial que encajaba en el inusual mostrador de su restaurante para que todo estuviera limpio y ordenado. Mejoró varios utensilios utilizados en la preparación del sushi, sin ser consciente de que muchos serían usados en otros restaurantes y acabarían reconocidos como de su invención. Todos estos pequeños avances fueron obras de amor impulsadas por el fino sentido de Ono de lo importante que es empezar con humildad (el primer pilar del ikigai).
Este libro pretende ser una humilde ayuda para quienes están interesados en el sistema de valores del ikigai. Espero que con la historia de Jiri Ono os hayáis hecho una idea de lo que implica este concepto y lo valioso que puede ser. Como veremos, tener ikigai puede cambiarnos literalmente la vida.
Podemos vivir más, tener buena salud, ser más felices, estar más satisfechos y menos estresados. Además, y como efecto secundario del ikigai, podemos incluso ser más creativos y tener más éxito. Disfrutaréis de todos estos beneficios del ikigai si aprendéis a apreciar esta filosofía de vida y aplicarla en la vuestra.
Puesto que el ikigai es un concepto profundamente arraigado en la culturajaponesa, para aclarar lo que implica voy a profundizar en las tradiciones de Japón, buscando la conexión con sus costumbres contemporáneas. En mi opinión, el ikigai es una especie de núcleo cognitivo y de comportamiento alrededor del cual se organizan varios hábitos de vida y sistemas de valores.
El hecho de que los japoneses utilicen el término ikigai en su vida cotidiana sin saber necesariamente lo que significa, prueba su importancia, sobre todo teniendo en cuenta la hipótesis léxica planteada por el psicólogo inglés Francis Galton a finales del siglo XIX. Según Galton, los rasgos individuales importantes de la personalidad de una raza se codifican en el lenguaje de la cultura: cuanto más importante el rasgo, más probable que se exprese mediante una sola palabra. El hecho de que el concepto del ikigai se exprese con una sola palabra significa que apunta a una característica psicológica importante, relevante para la vida de los japoneses. El ikigai representa la sabiduría japonesa de la vida, la sensibilidad y los comportamientos exclusivos de los japoneses en evolución durante siglos en su sociedad estrechamente unida.
Por supuesto, no hace falta ser japonés para tener ikigai. Cuando pienso en el ikigai como en un placer personal, recuerdo una silla especial que encontré en el Reino Unido.
A mediados de los noventa pasé un par de años realizando una investigación posdoctoral en el laboratorio de fisiología de la Universidad de Cambridge. Me alojaba en casa de un eminente profesor. Cuando me enseñó la habitación que ocuparía, me indicó una silla y me explicó que para él tenía un valor sentimental: se la había hecho su padre cuando era pequeño.
La silla no tenía nada de particular. Sinceramente, estaba bastante mal hecha. El diseño era burdo y en algunas zonas la madera estaba mal trabajada.
Si la hubieran puesto a la venta no habrían sacado mucho. Dicho esto, también vi, por el brillo de los ojos del profesor, que tenía un significado muy especial para él. Eso era lo que importaba. La llevaba en el corazón simplemente porque su padre la había hecho para él. En eso consiste el valor sentimental de algo.
Es solo un pequeño ejemplo, pero muy representativo. El ikigai es como la silla del profesor. Se trata de que descubramos, definamos y apreciemos los placeres de la vida que para nosotros tienen sentido. No importa si nadie más les da valor, porque, como hemos visto en el caso de Ono y veremos en estas páginas, perseguir las propias alegrías a menudo redunda en una recompensa social. Podemos encontrar nuestro ikigai, cultivarlo despacio y sin alardes, hasta que un día dé un fruto bastante original.
En este libro, repasando el modo de vida, la cultura, la tradición, la mentalidad y la filosofía de vida de Japón, descubriremos sugerencias para la buena salud y la longevidad arraigadas en el ikigai.

Fuente:Ken Mogi, Ikigai esencial

Deja un comentario