
Las fake news son parte del lado oscuro de nuestro tiempo. Estrategia de desinformación y distorsión o pérdida de la realidad que le es funcional a los gobiernos manipuladores que niegan y ocultan la verdad para mantenerse en el poder, o medio para llamar la atención y capitalizar ganancias. Pero esta práctica no es reciente. Tiene muchos antecedentes. Uno de ellos es fake news o bulos para favorecer el negocio periodístico como cuando un periódico difundió la falsa noticia del descubrimiento de vida en la Luna.
Aquí un artículo que relaciona este hecho puntual con la generalización de la desinformación en los tiempos que corren.
Creer para ver, por Esther Bajo (*)
En 1835 el New York Sun publicó una serie de artículos según los cuales un astrónomo inglés, John Herschel, había descubierto, a través de un gigantesco telescopio construido en Sudáfrica, que había vida en la Luna. No agua, bacterias o formas básicas de vegetación. No. Pudo ver grandes y bellísimas praderas y bosques habitados por toda suerte de criaturas, entre ellas pacíficos seres humanos con alas. La gente se lo creyó a pies juntillas; profesores universitarios debatieron sobre el asunto; para no quedarse atrás, los demás medios se subieron al carro y se llegaron a publicar certificados de autoridades civiles, religiosas y científicas avalando la visión de esos seres bajitos que volaban, hablaban, construían templos, hacían arte y fornicaban en público y que suponían una variedad mejorada de la especie humana –“Vespertilio Homo”, se les llamó- y formaban parte de “un estado universal de armonía entre todas las clases de criaturas lunares”. Lo cierto es que el astrónomo en cuestión se enteró del asunto años después y lo recibió con un ataque de risa.
Los artículos los había escrito un joven periodista, Richard Adams Locke (descendiente del filósofo John Locke) alentado por el director del periódico, Benjamin Day. Ambos sabían que necesitaban una historia sensacional para que el diario y sus carreras profesionales despegaran y, puesto que eran los años de los grandes descubrimientos científicos y los viajes de exploración, la historia encajaba perfectamente. La cuestión es: ¿cómo es posible que la mayoría de la gente se la creyera? Pues por el mismo motivo por el que, recientemente, muchos se creyeron la imagen, creada por Inteligencia Artificial, del Papa con un abrigo de Balenciaga o el mensaje viral de Twitter que decía que desde 2021 se han destruido casi trescientas presas en España. En el caso del Papa, se lo creyeron todos aquellos a los que no les gusta su forma de actuar y en el segundo, quienes están dispuestos a creer que hasta la sequía puede ser obra de demonios rojos que quieren destruir la agricultura española para importar productos de Marruecos, del mismo modo que la gran estafa de la Luna se la creyeron todos los que deseaban o necesitaban reafirmar las ideas de los astrónomos católicos de que los cuerpos celestres están poblados porque Dios los ha creado con seres inteligentes que puedan apreciar su obra.
Los bulos los cree quien quiere creerlos. Lo importante no es el bulo en si, sino crear esa predisposición y ésta la ha creado el proceso de desconfianza en los medios. Si aceptamos que una democracia no existe sin la participación del pueblo en la toma de decisiones y que la capacidad de decidir no existe si la gente no está previamente informada, los informadores tienen en su mano nada menos que la salvaguarda de la democracia.
La crisis de los medios de comunicación es un hecho desde hace décadas y se ha achacado a Internet. Es verdad que los instrumentos han evolucionado más deprisa que los periodistas, pero, en mi opinión, los nuevos formatos no tienen por qué perjudicar el periodismo sino todo lo contrario, lo enriquecen como género literario (así lo definió Gabriel García Márquez). Del mismo modo, la nueva amenaza de la Inteligencia Artificial Generativa, si bien facilita la creación y extensión de bulos, puede ser útil para traducir, resumir o corregir textos. El problema de la crisis periodística no es Internet ni la IA, sino la falta de transparencia que da lugar a la desconfianza, algo que debería haberse solucionado hace muchos años con las recetas que ahora propone el Gobierno, sobre todo y como mínimo que se conozcan los propietarios de los medios y el dinero que les llega en forma de publicidad institucional.
Nunca defendería a los periodistas por que ésa sea mi profesión; no creo tampoco que para ser un buen periodista haya que tener el título. Las normas periodísticas son sencillas y la clave de todas ellas son la cultura y la ética; algo que se le puede y debe exigir a un periodista. Por eso, los periodistas firmamos nuestras informaciones, porque nos hacemos responsables de su veracidad, en tanto los bulos se propagan a través de vídeos, frases con menos de 280 caracteres, memes… normalmente sin firmar. Todo esto sirve para confirmar prejuicios o alimentar odios, no para informar e inducir a la reflexión. Pero no haber aprobado leyes de transparencia en su momento; no haber actuado contra periodistas –con título o sin él- que mienten, empresarios que utilizan los medios para sus intereses personales y políticos que compran la información con fondos públicos, ha llevado a que hoy muchas personas crean antes una pseudo-información de una frase y sin firma que un artículo o reportaje en la prensa.
Las consecuencias son graves. Cambridge Analytica y Facebook podrían atribuirse la victoria de Donald Trump y Rupert Murdoch, dueño de un emporio mediático de desinformación desde hace décadas, puede llamarse a sí mismo el padre del Brexit, además de haber reconocido que la campaña de fraude electoral que provocó el asalto al Capitolio de los “trumpistas” se basaba en falsedades. “¿Habría podido intervenir para evitar la difusión de esas informaciones falsas?”, le preguntó un juez, y Murdoch contestó. “Habría podido. Pero no lo hice”. Luego pagó 787 millones de dólares para evitar un juicio por difamación y tan campante. Sí, el riesgo es alto y eso tampoco es nuevo: recordemos que una información falsa publicada por el predecesor de Murdoch, Randolph Hearst, en 1989 –“La destrucción del Maine fue obra del enemigo. Oficiales navales creen que el Maine fue destruido por una mina española”- provocó la declaración de guerra de Estados Unidos a España y la pérdida de Cuba.

Pero, insisto, el problema no es el bulo. Cualquiera a quien le interese la verdad, cuando recibe un meme desconfía si la información no está firmada y, si lo está, busca en Internet datos sobre el autor o el medio, la contrasta (hay ya muchas webs sobre bulos), verifica la fecha, sube la imagen a un buscador… No es difícil. Quien no lo hace es porque quiere creer cualquier cosa que reafirme sus opiniones (como que las vacunas se hicieron para matar a parte de la población y controlar al resto aunque, años después, haya resultado evidente que no) y no está dispuesto a creer nada que las rebata (incluso que la Tierra es redonda).
Como ha escrito mi filósofo de cabecera, John Ralston Saul, la desconfianza pública es el primer paso hacia la destrucción de un sistema político y sólo beneficia a los falsos populistas, los corporativistas y demás enemigos de la democracia.

(*) Fuente: Este texto fue publicado originalmente en Masticadores, página nacida en Cataluña, que Jr Crivello dirige y con numerosos colaboradores en el mundo.