
El 1 de septiembre de 1939 la Alemania de Hitler comenzó la invasión de Polonia, el principio de la Segunda Guerra Mundial. Con los tanques invasores llegaban la oscuridad, el sufrimiento, la muerte. En Varsovia un niño fue testigo de la ocupación. Aquí la historia de Don Piotr Gomulka, polaco, un sobreviviente, con sus recuerdos de los tiempos aciagos de la guerra, y su viaje a Buenos Aires, expresados poco antes de su partida.
Piotr, por Ricardo Mazzoccone (*)
“En cuestión de segundos, el cielo desapareció detrás de un enjambre de aviones de guerra. Los Altos Mandos nazi, le habían encomendado a la poderosa Lutwaffe, la destrucción de Polonia”.
Así comenzó la narración de la historia Don Piotr Gomulka, un sobreviviente a la invasión de Varsovia. Tenía noventa y tantos años sobre sus espaldas…
Todo comenzó una mañana en que, sin querer, escuché a dos mujeres parlotear en la puerta de mi casa. Hablaban de un polaco que vivía en el vecindario y había estado en la guerra.
Al escuchar aquello, mi corazón retumbó y no lo dudé. Salí y les pregunté por él. Como buenas chismosas me respondieron con lujo de detalles. Les agradecí, entré y en pocos segundos decidí conocerlo.
De niño que mi obsesión con la segunda guerra era abrumadora sin saber por qué. Esa tarde, a las cinco, no aguanté más y fui para verlo y conversar con él. Llegué a la casa. Era antigua, humilde y arreglada. El jardín al frente estaba bien cuidado, las paredes eran blancas, recién pintadas, también la puerta de madera maciza.
Algo indeciso aguardé unos minutos hasta que toqué el timbre. Me atendió una elegante mujer, de finos modales y voz melodiosa. Me presenté y le pregunté si allí vivía un sobreviviente de la segunda guerra.
Me respondió afirmativamente por lo que le volví a preguntar si podía conversar con él para que me contara lo que vivió en esos días. Le dije que era escritor. Aquella dama, Agnieszka, me invitó a pasar un instante para conversar. Me dijo que era su hija y que con ellos vivía también su hija Alina, divorciada hacía poco tiempo.
Cuando esta última se acercó para saludarme, me enamoré de su mirada azul . La madre me pidió algo de tiempo. Quería consultar con él y con su médico antes de dar una respuesta. Les dejé mi número de teléfono y nos despedimos.
A los dos días me llamó para decirme que era posible la reunión con su padre. Me recomendó no lo atosigara a preguntas y ante el menor indicio de cansancio o molestia, debía retirarme para que descanse. Respondí a todo que sí. Acordamos la visita para el otro día a las cinco. Esa noche no dormí pensando en que tendría frente a mí a un sobreviviente del holocausto.
Desde que me levanté que el tiempo parecía detenido. Solo sé que no recuerdo que hice y de pronto estaba en la puerta de su casa, con una botella de Nalewka, bebida tradicional polaca que había conseguido en un viejo almacén de barrio.
Me atendió otra vez Agnieszka. Bella mujer, viuda desde hacía muchos años.
─Tiene un hogar muy cálido y acogedor, señora.
Me agradeció con una sonrisa y me condujo hacia un cuarto espacioso. En un rincón reposaba una vieja cama con elásticos, patas y respaldo de hierro. Encima, un colchón envejecido, de doble espesor. Se podía ver a través de la cama desordenada. Frente a la ventana había una mesa de madera maciza donde reposaba una antigua máquina de escribir, varios pares de anteojos, hojas escritas por doquier y una foto color sepia donde se distinguía a dos niños a la orilla de un lago con cañas de pescar. En la biblioteca, había cientos de libros, algunos arcaicos, otros de escritores
contemporáneos, documentos y fotografías de un pasado en blanco y negro. La radio de válvulas en su caja dorada y su eternidad en una mesa de noche era soñada. Pero la vitrola a cuerda con un viejo disco de pasta encima me dejó anonadado.
─Es una pena que ya no funcionen─Escuché decir a mis espaldas.
Al girar lo vi. Estaba de pie, inmóvil, con gesto cortés y severo al mismo tiempo. Era un hombre de una altura superior a la mía, por demás delgado, ojos verdes y cansados, con algunos cabellos blancos, aún danzando en su cabeza. Sonreí, me apuré a saludarlo y asentí a su aseveración.
─Sí que es una pena señor─ Dije, mientras él me pedía sentarnos en un sillón cerca de la ventana para mirar el atardecer que asomaba con sus tonos rojos detrás de los árboles. La hija, atenta, nos dejó la bandeja con el té y la torta que ella misma había preparado.
─Un gusto conocerlo. Me llamo Héctor y soy escritor─ Dije casi sin respirar.
─El gusto es mío. Quiero agradecer su entusiasmo en conocer mi historia y será un placer contarle lo que recuerdo. Le pido disculpas si por momentos no es coherente pues a esta altura, los recuerdos están remendados, fragmentados, con océanos de olvido entre ellos─, me respondió poéticamente y una sonrisa de pocos dientes.
Hablaba pausado, con un casi extinto acento polaco. ─El objetivo era el bombardeo masivo y la aniquilación de la civilidad. Consideraban vital la muerte de Varsovia para quebrar la voluntad de nuestro pueblo. Yo tenía trece años y ese día estábamos jugando con mi hermano Pawel, un año más
pequeño y otros niños, a la guerra con espadas de madera. Mi padre era el dueño de una panadería con sus padres, mis abuelos. Mi madre se quedaba en la casa como era la costumbre─ Dijo y se detuvo para beber su té.
─Pruebe una porción, es exquisita y no lo digo porque la hace mi hija.
Así lo hice y debo decir que era deliciosa. Con la torta acabé el té de hierbas, mientras hablábamos de fútbol, recordando a Grzegorz Lato, ídolo máximo de Polonia durante la década del setenta y a quien vi jugar siendo yo muy niño. Él expresó su admiración por Mario Kempes, nuestro ídolo argentino en aquella época.
─Bien, si le parece continúo con el relato antes que lo olvide─ Dijo riendo.
─De pronto el cielo se oscureció y el ruido nos dejó sordos. Esa masa de aviones de guerra en el cielo era el instrumento para nuestro genocidio.
Fue a las ocho de la mañana que todo se inició con una furia ciega, cientos, miles de bombas caían sobre la ciudad. El sonido de las explosiones era ensordecedor, los gritos de dolor de la gente, desgarradores, los desmoronamientos y derrumbes, brutales.
Con mi hermano salimos corriendo de la escuela. Intentamos cruzar las calles, pero no pudimos. Los aviones comenzaron a volar bajo para descargar su enfermiza ira sobre la gente que corría sin saber hacia dónde. Mataron gente herida, jóvenes, niños, mujeres y hombres con sus ametralladoras y bombas. Nos quedamos quietos y temblando debajo de unos bloques de piedra que se habían
desprendido del edificio del hospital─Dijo y calló.
Comenzó a respirar agitado. Sus ojos enrojecieron y su piel se blanqueó.
Al no escuchar voces, Agnieszka, quien nunca se despegó de la puerta, entró al cuarto y rogó para que me vaya. Esos viejos recuerdos, dolorosos lo habían afectado.
─Le llamaré ─Me dijo algo circunspecta.
Más de pronto, en medio de una lenta recuperación Piotr habló y dijo.
─Héctor, estoy cansado, es verdad lo que dice mi hija, pero necesito seguir conversando con usted. ¿Podrá venir mañana a la misma hora? Lo espero.
Miré a la mujer. Esta asintió con sus bellos ojos grises, tristes y cansados.
─Mañana estaré aquí, Piotr y gracias, muchas gracias por su tiempo y su buena voluntad─ Le respondí y le tendí la mano.
Luego Alina me acompañó hasta la puerta.
Era de noche. Caminé hasta mi casa por la desierta calle con las sombras rondando. Estaba feliz pues estaba concretando uno de mis sueños, escuchar a un sobreviviente del holocausto. Me vi caminando por esas calles con Piotr…
Al llegar, comí un sándwich y pasé en limpio la conversación a mi computadora. Era el testimonio más valioso de mi vida. Me acosté y me dormí con un libro en el pecho. Los primeros rayos de sol jugaron en mi rostro hasta despertarme. Apagué la luz que había dejado encendida, me calcé el equipo y salí a correr.
Al regresar, me di una ducha, me vestí y con el termo y el mate, fui al estudio para terminar de escribir Las Harpías, un relato donde el terror se mezcla con la mitología. Casi sin darme cuenta llegó el medio día por lo que me preparé algo de comer. Terminado el almuerzo, seguí corrigiendo la historia y cuando vi en mi viejo reloj de pared que eran las cuatro, corrí a cambiarme para llegar en horario.
Me recibió Agnieszka, esta vez con una sonrisa y me llevó directamente al cuarto de su padre quien estaba otra vez de pie, aguardándome con una sonrisa luminosa. Esta vez, fue su nieta la que dejó la bandeja con el té y dos porciones de Apfelstrudel.
─Bien, ¿Cómo ha descansado? ─Le pregunté como para iniciar el diálogo.
─ ¿Usted cree que yo descanso bien, Héctor? Ojalá pudiera, pero nunca en mi vida pude dormir más de cuatro horas. Haber visto y escuchado morir a tanta gente, familia, amigos, a uno lo enferma, no deja de preguntarse nunca por qué está vivo. Y esos pensamientos y los fantasmas de la guerra son los que interrumpen el sueño, pero bueno, digamos que me he acostumbrado a ellos y ellos a mí─ Dijo.
Con una sonrisa luego me preguntó dónde habíamos dejado.
─Estaban debajo de unos escombros intentando cruzar la calle.
─Ah, sí. Bien. Desde ese lugar veíamos como masacraban a nuestros vecinos, amigos, compañeros de colegio, familiares. Vi a mis tíos morir acribillados.
Cuando escuchamos que las ametralladoras menguaban en intensidad, miramos al cielo y al no ver aviones cerca cruzamos a toda velocidad para meternos en la casa, la cual estaba casi destruida. Living y cuartos estaban bajo los escombros. Caminamos a toda prisa por el pasillo hasta llegar a la cocina ubicada en el fondo.
Allí, en ese sacrosanto lugar, nuestra madre pasaba la mayor parte del tiempo. Cocía los alimentos en la cocina a leña, lavaba en el viejo piletón, arreglaba la ropa, tejía nuestros abrigos y rezaba por la salud de la familia.
Reía con ganas, soñaba con un mundo mejor y leía los libros que le traíamos de la biblioteca y algunos que ella había adquirido. Amaba la poesía. Tuvo la suerte de recibir educación, leía y escribía sin errores y era quien llevaba las cuentas. En cambio, papá leía con dificultad y con los números apenas podía. A muy temprana edad comenzó a trabajar y no hubo lugar para su instrucción. No obstante, trataba de superarse día a día. Preguntaba todo.
Al llegar, encontramos la puerta cerrada y la abrimos a las patadas, desesperados. Más al hacerlo, lo que vimos no podré olvidarlo jamás─ Dijo y se detuvo.
─ ¿Se encuentra bien Piotr? ¿Quiere que llame a su hija? ─Le pregunté.
─No, no, ya está. Es solo angustia, tristeza, impotencia, desazón, asombro, todo junto. Alcánceme tan solo un vaso con agua─ Me pidió y con prisa se lo alcancé. Bebió y pareció serenarse. Enseguida respiró hondo, me miró, sonrió y me dijo.
─Gracias, es usted un buen hombre. Pero cuénteme… ¿Jugó al futbol? Porque yo sí. Jugué en la reserva de Chacarita Juniors, pero dejé un día para trabajar en los ferrocarriles donde me jubilé. Según decía era bueno, jugaba de centro forward y hacía muchos goles─ Dijo feliz al recordar esa etapa de su vida.
─Lo felicito, noble tarea la del ferroviario y es una pena no haya podido seguir jugando. En mi caso nunca jugué al futbol, me fui de mi casa siendo adolescente y la calle fue mi universidad, me ocupé en todo tipo de tareas laborales, me casé, tuve dos hijos y me divorcié hace cuatro años. Ahora escribo, algo que siempre fue mi pasión.
Me miró, me guiñó un ojo y continuó el relato.
─Al abrir la puerta de la cocina encontramos a nuestros padres sentados a la mesa, comiendo una mísera ración de pepinos, con crema agria y perejil. Temerosos recogimos las sillas y nos acercamos a la mesa para que nuestra madre llenara nuestros platos con aquella comida y algo de pan.
Afuera tronaba y ante cada explosión la mesa se movía y todo se derramaba.
—Levanten el plato cuando escuchen una bomba—Decía ella sonriendo amargamente. El polvillo que caía de los techos anunciaba el derrumbe. Nerviosos, mi hermano y yo no comíamos pues no entendíamos como mi padre podía comer y estar tan tranquilo. Mi madre no decía nada.
─ ¿Cómo pueden comer en medio de un bombardeo? ─Pregunté.
─ ¿Acaso Jesús no tuvo su última cena sabiendo que lo esperaban para crucificarlo?
Hijo, esta es la última comida con tu madre. Además, sabemos que ustedes saldrán de este infierno, vivirán una vida plena en otro lugar y eso nos hace felices. Sí, no me miren así y escuchen; en unos minutos entrarán al túnel que está detrás del viejo aparador. Los llevará al bosque. Allí habrá gente de la resistencia aguardándolos. Confíen en ellos. Los subirán a un barco con destino Sudamérica.
Nosotros estamos viejos y no podemos huir ya, enfrentaremos a los soldados cuando llegue el momento. Nos llevaremos a muchos con nosotros, no duden de ello─ Dijo.
En ese momento, un estruendo pavoroso en la casa de al lado nos avisaba que las bombas estaban cada vez más cerca.
─Llegó la hora─ Dijo con un nudo en la garganta mientras nuestra madre, en medio de un mar de lágrimas, nos entregaba una pequeña maleta a cada uno. Allí había ropa, algunos eslotis, un relicario y galletas.
─Sean felices y vivan la vida que no pudimos terminar de vivir─ Dijo mi padre. Nos aferramos de sus piernas pues no queríamos irnos sin ellos. De pronto el techo comenzó a ceder por una nueva explosión y fue allí que nos empujaron hacia el túnel y cerraron la entrada con los muebles. De inmediato una balacera de muerte y gritos enfermizos nos indicaron que los soldados alemanes habían llegado a la cocina.
Escuchamos el grito de guerra de mi padre: “RECORDAD ZARAGOZA” y a continuación una explosión terrorífica. Había hecho estallar todo, muriendo con mi madre y decenas de soldados nazis. Comenzamos a correr hacia la salida a toda velocidad con lágrimas en los ojos y los corazones destrozados por el dolor.
A la salida, polacos de la resistencia nos recibieron, nos dieron mantas y algo de comer. Con mi hermano buscamos el rincón más alejado, nos abrazamos y así nos quedamos. Estuvimos allí varios días, comiendo raíces y carne hervida, la cual supe después era de ratas. Éramos muchos y la comida escaseaba. Compartimos las galletas con otros niños.
Una noche, el líder nos comunicó que era tiempo de marchar hacia el Báltico. Tardamos días en llegar pues tomamos caminos internos para eludir al enemigo. Fue penoso ver a muchos morir en el viaje, ya sea por mala alimentación, por picaduras de insectos y víboras. O de tristeza. Se dormían a la noche y no despertaban.
Cuando llegamos al puerto, sentimos que la guerra comenzaba a quedar atrás. Con precaución caminamos hacia el muelle donde estaba atracado El Argentino. De a poco y en pequeños grupos, fuimos abordando el mismo para escondernos en la bodega. Cuando se llenó, el barco zarpó con destino Buenos Aires. Era la primera vez que navegábamos y los mareos, vómitos y desmayos nos perseguían. Pero con el paso de los días, todo se puso peor y la disentería se llevó a la mitad de los
que habíamos abordado─Dijo y de pronto se detuvo. Suspiró y siguió.
─Y mi dolor más grande fue aquella mañana donde encontré a mi hermano, frío, muerto. Se había ido durante la noche ─Dijo e hizo un breve silencio. Continuó.
─Una mujer de unos treinta años que me estaba observando se acercó, me abrazó y no me soltó en casi todo el día. Me quedé en su regazo mientras me acariciaba la cabeza como lo hacía mi madre cuando estaba triste. Tuve suerte al hallar a aquella mujer, Anna era su nombre. De hecho, fui a vivir con ella y sus dos hijas a un conventillo de la Boca cuando llegamos aquí.
Esa noche, los marinos envolvieron el cuerpo de mi hermano y lo lanzaron al mar. Arribar a la costa de Buenos Aires trajo consigo recuerdos y sueños; recuerdos de vida y muerte en Varsovia. Sueños de una vida digna en esta tierra. Y esos recuerdos de la guerra morirán conmigo, forman parte de mí y nada ni nadie podrá alejarlos de mí. Los compartiré con la muerte cuando venga a llevarme.
Y a fuerza de ser sincero, mis sueños aquí se cumplieron, tuve una buena vida. Fui feliz, más de lo que esperaba, trabajé, progresé, me casé, tuve una hija, Agnieszka y enviudé hace nueve años, tuve amigos, viajé un poco y tengo a la mejor nieta del planeta.
Y esta, Héctor, es mi historia. Ahora mi alma está tranquila pues sé que la tratará bien. Gracias, querido amigo. Solo tengo un enorme agradecimiento a la vida y a todas las personas que formaron parte de ella. Y a usted.
Me abrazó y me despidió. Salí de la casa con lágrimas en los ojos pues sabía que era la última vez que lo vería. Esa misma noche, Piotr cerró los ojos para siempre.
Seis meses más tarde…
Era una tarde de abril, otoñal, gris y melancólica.
A las cinco de la tarde haría la presentación de mi libro en un antiguo teatro de la Boca donde concurrirían personas del mundo literario y amigos. Me dolía en el alma la ausencia de Piotr aún sabiendo que él estaba presente de alguna forma.
Cuando terminó la ceremonia, me calcé el abrigo, tomé a Alina de la mano y salimos a la calle en aquel triste atardecer sabiendo que ese polaco que sobrevivió a la peor de las guerras, nos miraba desde algún lado con su hermano y seres queridos.
(*) Fuente: Este texto fue publicado originalmente en Masticadores, página nacida en Cataluña, que Jr Crivello dirige y con numerosos colaboradores en el mundo.
