Breves (24) El perdido sentido común

«Sentido comun» es, primero, lo evidente o «común» para una época o una sociedad determinadas, flotando siempre en lo inexplicado de la existencia misma.

Y lo evidente del «sentido común», «sensus communis«, es, como decía Aristóteles o el escocés Thomas Reid, lo percibido sin necesidad del vuelo de la razón o las lentes de la ciencia. O Ludwig Wittgenstein recuerda que una dimensión sustancial del «sentido común» es el entramado de definiciones, juegos y acuerdos, mediados por el lenguaje, que permiten interactuar dentro de un mundo social compartido.

Pero el «sentido común» que prevale hoy es el que suda encerrado en «mis verdades», únicas, inexpugnables. El mundo termina en «mis dichos». La realidad es lo que «pienso y digo». Nunca se presiente la vastedad fuera de los refugios; eso que la mirada de las águilas ve en toda la extensión de la tierra o el mar desplegados.

Ante esto, «sentido común» a recuperar es, quizá, atender a lo evidente fuera de las burbujas ideológicas; es, acaso, advertir que, sea en el sistema que sea, los humanos se engañan, manipulan y matan. Pocas veces la energía se dirige hacia el reverdecer de los conjuntos antes que los intereses de los grupos.

«Sentido común» es percibir que la vida es fugacidad, por lo que cada instante debiera ser celebrado como un nuevo nacimiento; es aceptar que la existencia es mezcla, de modo que la vida es pasión, pero también es la región que le pertenece a la razón.

«Sentido común» es percibir que nadie es importante en sí mismo; lo significativo es el eventual efecto benéfico de nuestras acciones. Y «sentido común» es percibir lo común de los humanos que aunque se matan por la protección, muchas veces legítima, de sus fronteras, nunca dejan de ser parte de una misma especie con la misma sensación de no ser y el acecho de los cementerios.

Y lo común que en el «perdido sentido común» pervive es lo evidente que ve no lo que se quiere ver, sino lo que se da. En esa dirección, en su obra El buen sentido, Holbach abraza la experiencia comprobable como vía de conocimiento de las redes de entes del mundo natural, sin aceptar un Dios o los muchos dioses y diosas creados por el interés y la imaginación. Por un escepticismo bien fundamentado respira, en parte, el «común sentido».

Y «sentido común» es también lo que unifica la naturaleza, como Kant o Spinoza, Hegel o Nietzsche, lo entendieron a su manera; y es percibir el dolor tras las máscaras alegres, los omnipresentes hilos de la desinformación, o el humano que sufre y se malogra por las privaciones.

Pero también un «perdido sentido común cosmológico» es caminar por las calles, y aun dentro de la ciudad bulliciosa, percibir que la gran realidad es el planeta rodando como pequeña ágata dentro del cosmos inmenso, inacabable, incompresible, el del silencioso grito del enigma.

Esteban Ierardo

«El monje ante la orilla del mar», pintura del romántico alemán, Kaspar David Friedrich pintado entre 1808 y 1810 en Dresde. Ejemplo de lo «sublime romántico», pero también, quizá, del «perdido sentido común» de la evidente pertenencia humana a una realidad mayor.

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