Por Esther Bajo
El disturbio climático innegable, el aumento del calor y de la sequía, condena al árbol Castaña de Indias, en España, a su muerte o reemplazo por otro tipo de especie arbórea capaz de soportar los golpetazos, cada vez más ardientes, de temperaturas desquiciadas. Símbolo del trastorno atmosférico en alza, la suerte adversa de este árbol afecta al ambiente y toca al humano y a la vida. Como propone Esther Bajo en este artículo: «…estos seres vivos, dotados de sensibilidad y lenguaje, actúan sobre el clima: son nubes ancladas en la tierra que fluyen hacia el cielo, seres que atraen la lluvia como la vida atrae a la vida».
Adiós hermanos, por Esther Bajo (*)
En estos momentos, en los que la avaricia y la ignorancia han ganado por goleada a la ciencia y la razón, podría entonar un réquiem por el planeta Tierra. Negar hoy el cambio climático es tan absurdo como negar que la Tierra sea redonda o alegrarse de que los castaños este año hayan florecido en Ponferrada a finales de noviembre; más aún desde que sabemos que empresas como ExxonMobil tenían ya información detallada sobre el calentamiento del planeta y sus efectos catastróficos, proporcionada por sus propios investigadores ya en los años 70. Hoy no sólo son los miles de investigadores que, en múltiples ramas de la ciencia, dan fe del deterioro brutal de la Tierra, sino que ya estamos inmersos en sus nefandas consecuencias. No hay ni un solo desastre que no haya sido profusamente predicho, incluidos los incendios de California (se había alertado de ese posible efecto tras detectar cinco grados más de temperatura y un quince por ciento menos de humedad) o la Dana que ha arrasado buena parte del Levante español: durante todo el año pasado (y los anteriores) se ha advertido de la gravedad de la situación y sólo unos días antes leí que se habían batido récords en las temperaturas del aire y del mar y ello multiplicaba el riesgo de danas.
Teniendo en cuenta que la crisis climática está matando a la gente (400 niños cada año en Europa y Asia, según Unicef), extendiendo enfermedades como el dengue o la malaria, causando hambrunas y catástrofes; acabando con la diversidad biológica o que más de un tercio de los árboles están en peligro de extinción, parece frívolo que yo me centre en un solo árbol -un árbol además ornamental- pero, al fin, es un compañero tan constante y bello que intuyo que su desaparición, prevista para sólo dentro de cinco años, dejará un vacío a la altura de su imponente porte.
Me refiero al castaño de Indias. Cierto es que no es un castaño -aunque sus amargos frutos hayan servido para alimentar a los caballos en Turquía y, en realidad, sean semillas, porque el verdadero fruto es el erizo que las contiene- ni es originario de la India (ni de la América confundida con La India), sino del Cáucaso y la Península Balcánica. Pertenece a la familia de los arces y su nombre viene de una doble confusión: la del parecido de su semilla con una castaña y el parecido del propio árbol con el Aesculus índica. No obstante, en la India y en Sri Lanka es venerado como símbolo de perseverancia y resistencia y yo me pregunto: ¿si muere un símbolo de resistencia, qué esperanza queda para los inteligentes pero frágiles seres humanos?
No puedo asegurar que, como se cree en La India, este árbol cuenta con una fuerza espiritual que ayuda a superar obstáculos y adversidades; tampoco he probado las cualidades medicinales de su corteza, hojas y semillas, reconocidas por la Comisión Europea por sus efectos antidematosos en el tratamiento de eczemas, varices, insuficiencia venosa crónica, calambres post-parto, etc. Pero sí doy fe del placer que proporciona sentarse a su sombra “igual que un estudiante bajo el castaño de Indias”, que escribiera Arthur Rimbaud en un poema.
Es el primero en anunciar la ansiada primavera, con esas flores en forma de espectaculares pirámides, masculinas y femeninas a la vez, cuyos pétalos, ribeteados en blanco, tienen un color amarillento que cambia al rosa y el carmesí para avisar a los insectos de que la flor ya está fecundada y no merece la pena que derrochen su energía en visitarla. Es el perfecto parasol, con sus más de quince metros de altura, durante el verano y, en otoño, es también el primero en despojarse mansamente de sus hojas de cinco dedos creando auténticas alfombras con todos los tonos del “autumnus”, la plenitud del año, y de sus semillas, con las que tantas veces he jugado con mis hijas empujándolas como piedrecitas, juntándolas para formar nombres o dibujos, y, por supuesto, con mis perros, para que las persigan mientras dan botes por las aceras.
Los castaños de Indias conviven con los españoles desde el siglo XVI y cien años más tarde estaban ya tan de moda que se convirtieron, con los tilos y los arces, en los protagonistas de todos los parques. Han acompañado toda nuestra vida en León –dándonos luz, sombra, amortiguando el ruido, convirtiendo nuestro aire en respirable- y la de nuestros padres… ¡quién sabe si también la de nuestros abuelos, pues llegan a tener más de 250 años y se han catalogado ejemplares de dos mil!
Como todos los árboles, han sido y son nuestros hermanos más altos y más profundos, calmando nuestra vida con su sosiego; mostrándonos la esencia de la vida, la unión perfecta de todos los elementos. Como todos los árboles, han sido y son el albergue de los pájaros y las musas cuyo murmullo inspira a los poetas; como inspiró a Bhagwan Shree Rajneesh a escribir: “Si la vida pudiese ser como ese árbol, extendiendo ampliamente sus ramas de modo que todos pudiesen guarecerse bajo su sombra, entonces podríamos comprender lo que es el amor”. Pero además, estos seres vivos, dotados de sensibilidad y lenguaje, actúan sobre el clima: son nubes ancladas en la tierra que fluyen hacia el cielo, seres que atraen la lluvia como la vida atrae a la vida.
Símbolo sempiterno de la protección, los árboles nos protegen de nuestros errores; por eso, leer que los castaños de indias –un “árbol fermoso”, yaciendo a cuya sombra, Gonzalo de Berceo “perdió todo cuidado”; protagonista de la naturaleza que nos queda en las ciudades y que llamamos parques- están condenadas a morir y, en el mejor de los casos, a ser reemplazados por otras especies más resistentes al calor y la sequía, es un serio mordisco a la esperanza.
(*) Fuente: Este texto fue publicado originalmente en Masticadores, página nacida en Cataluña, que Jr Crivello dirige y con numerosos colaboradores en el mundo.



