
El humano necesita el alimento, también lo desespera reflejarse en los espejos de los ojos ajenos que nos miran.
Quien madura hasta el punto de hacer lo que se debe hacer, desinteresado de toda aprobación, es muy rara avis, dueño de su propio vuelo. Quizá estuvo mucho tiempo dentro de la casa de los espejos, pero aprendió, al final, a no necesitar espectadores de la propia vida; si los hay, no hará nada para impedirlo; pero ahora es guerrero que combate sin demandar ser visto, re-conocido.
Se vive dentro de la casa de los espejos para superar la sensación de no ser. En las ciudades, en los pueblos y aldeas, aun en la soledad en la noche, cada quien busca ser por alguna casa de los espejos en las oficinas, las reuniones sociales, los juntas directivas de esto u lo otro, en las pantallas y las distintas redes, Instagram y más Instagram, o X.
Es el sujeto sujetado que no entiende que más importante que el ser-visto, el ser-reflejado, es el peso propio de lo que se actúa. El que así camina, solo sostenido en su actuar, es espíritu encarnado, capaz de la acción «desreflejada», no ansiedad dependiente del aplauso.
¿Y es posible brillar sin ser mirado?
Es fácil cuestionar la casa de los espejos,
más difícil es ser impecable en la acción,
y vivir como tigre en la tierra,
delfín en el mar,
lobo en la nieve del bosque,
o halcón en el cielo,
sin ser un reflejo
en las miradas dentro de la casa,
de quienes aprueban o rechazan.
Al romper los espejos,
la casa se desploma
y lo único que queda
es actuar,
no reflejarse.
Solo derramar.
Esteban Ierardo
