Borges: todo y ninguno (cuento)

Por Nicolás Cardozo

(I.A.Bing)

Un logrado cuento de Nicolás Cardozo que mediante una pulida expresión y amplia imaginación, recupera el inagotable universo creativo de Jorge Luis Borges.

No quedará en la noche una estrella.

No quedará la noche.

Moriré y conmigo la suma

del intolerable universo (1).

Las cigarras aún cantaban en la noche húmeda del denso verano. Para mitigar el hastío del agobiante insomnio, regresé a la costumbre cíclica de los libros. Por comodidad, traspuse una y otra vez las páginas del mismo tomo desgastado que había leído la noche anterior: el primer libro de la obra completa de Borges, cuidadosamente revisada por el autor y editada por Emecé años atrás. Me demoré en los laberintos, espejos y tramas de las narraciones, siguiendo alternativamente el antojo o el azar, hasta agotar las horas. Pero, antes de ser doblegado por el sueño, me aventuré en aquella historia del oriente propiciada por un puñal, que tiene lugar en una región olvidada del Indostán y que fue publicada en 1949 en El Aleph. Entonces, una metáfora detuvo el tiempo, pero no el tiempo del relato como toda metáfora, sino mi propio tiempo, espeso como el plomo, que languidecía en el reloj de aquella noche. Por alguna razón, las palabras me develaban una resonancia que traía consigo ecos del propio autor. La metáfora hallada en el párrafo sexto de El hombre en el umbral es la siguiente:

A mis pies, inmóvil como una cosa, se acurrucaba en el umbral un hombre muy viejo. Diré cómo era, porque es parte esencial de la historia. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia (2).

Tal vez era una atribución equivocada por el letargo de mi estado, pero la misma descripción con el recurso exacto de la metáfora final la había leído la noche precedente. En cualquier caso, la duda era menos tolerable que el insomnio. Sabía que un recorrido lineal a través de más de seiscientas cincuenta páginas era un procedimiento asimismo arduo e innecesario, así que solo intenté trazar el mismo camino que había realizado la noche anterior. Si bien recordarlo por completo configuraba un verdadero obstáculo, el hallazgo se hizo presente. A continuación, transcribo las palabras encontradas en el décimo párrafo de El sur (1944):

En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia (3).

En este hecho, de aspecto insignificante, observé la indudable presencia de Borges, como quien descubre en el lienzo, a través de los desperdigados trazos, la mano del pintor. Aunque esta ilustración retórica no es casual: hacia el siglo XIX, Giovanni Morelli consideró que las obras son factibles de ser reconocidas no a partir de los motivos que conquistan la atención del observador, sino mediante elementos menores presentes a fuerza de repetición, los cuales encierran una persistencia que develan la identidad del autor. Los estudios, publicados originalmente para la revista Zeitschrift für Kunst, presentan un escrupuloso catálogo donde se observan las particularidades de las manos, las orejas y los pies en pinturas de Botticelli, Bramantino, Bonifacio y Signorelli, entre otros maestros del Renacimiento. Esta metódica observación establece un sistema de validación sustentado en el reconocimiento de signos indiciales, que descubren al autor en la ejecución reiterada de ciertos detalles. No era la obra que se desplegaba ante mí, sino el propio Borges.

Pero existe un entramado ulterior esbozado con indecisa intención. Un velado antagonismo, bajo el cual se sugiere que el artista moldea sinuosamente los relieves sobresalientes de la obra, mientras el autor subyace en los detalles arrojados sobre la materia en ausencia de toda técnica, donde sus manos caen distraídamente sobre las costumbres pasajeras que son el hábito de sus días, y donde insisten las pasiones que sostienen el tempo de su vida. Así pues, el artista es la máscara de un rostro sin bordes, una simple categoría atribuida a los caracteres de la enunciación. Por el contrario, el autor se hunde más allá, en el afuera de la materia discursiva: entre los bastidores de un escenario que no puede traspasar, porque su piel no pertenece al actor de la obra que sus manos representan. Y este hecho no es arcano para Borges. Borges sabe que el otro existe y que se oculta a la vista de todos. Lo busca a tientas, porque lo sospecha de soslayo y lo invoca en ocasiones:

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar (4).

* * *

La noche seguía su curso infatigable. Antes de cerrar el libro, busqué un señalador, pero la breve sentencia me oprimió: “No soy, allí donde soy el juguete de mi pensamiento; pienso en lo que soy, allí donde no pienso pensar”5. Consideré, entonces, que la veracidad de estas palabras demostraba, en el hallazgo, un hecho opuesto y singular: la ausencia de Borges. Borges, el erudito conspicuo y escritor inmarcesible, no es el autor de aquellas palabras, ni siquiera el artista… allí yace otro Borges: uno que es el resultado de procesos cuyo origen desconoce, vislumbrado a través de minuciosos fragmentos desapercibidos para sí mismo, pero mediante los cuales podemos asomarnos al secreto abismo que lo habita. Uno que es cíclico como el transcurso de las agujas en la esfera del devenir, que no conoce el pulso de la máquina porque, incapaz de rememorar el flujo de hechos pasados, mora en el constante e indisoluble presente que no se desgarra en el tiempo. Uno de rostro abstracto que no revelan los espejos, el mismo que se ocultó frente al reflejo la primera vez. Uno que es el producto de hábitos mentales sobre los cuales descansan sus actos absurdos y que pretende explicar con vana razón. Pero también uno que no puede elegir recordar y, sin embargo, recuerda, y a pesar de su propio dolor y bajo formas diversas y con mecanismos que no comprende. Uno que transcribe con deformada literalidad la impresión del mundo con huellas de mármol. Una pulsión que fluye con estrepitoso vigor, bajo la rigidez de la solemne apariencia otorgada por la ceguera y por la vejez. Uno que no es objeto de su propio pensamiento, sino que se halla subsumido en el vacío que le impide pensarse.

La luz del alba resplandecía y el nuevo día entraba inquietante por la ventana. Soplé el polvillo del escritorio y dejé el libro sobre los demás. Pero ese exiguo acto me invadió de ausencia y me impuso un pensamiento final: la imposibilidad de todo otro, pero no del heterónimo que relumbra en el anverso, sino del que inquieta las sombras afuera. Aquel libro cerrado y el polvillo desperdigado habían hecho lo imposible: habían borrado la historia de los imperios, derribado las fronteras del mapa y abolido la existencia de cada hombre en la Tierra, ahora asolada bajo un repentino gesto solipsista de completa locura. Busqué a Borges, y no hallé a nadie. Y pude comprender algo: Borges es la invención de un demiurgo que ahora escribe estas páginas con desolada resignación, una obra concebida con temores y perplejidades, para justificar repeticiones subrepticias, que se deslizan en la apariencia de un error. Borges no es más que un objeto conjetural vislumbrado entre metáforas y metonimias de generaciones de palabras que discurren en el absurdo uso del lenguaje. Una apropiación ilusoria de pensamientos que vagan encerrados en una biblioteca espectral. Una proyección en el plano, arrojada por los engañados sentidos, que sobrevuelan inquietos ante las impresiones sensibles del mundo. Un enunciador soñado en un templo de barro, que esparce sus sombras entre grafías cinceladas con símbolos y con puntos. Pero no hay lectores, sino fantasmas; ni palabras ni silencios. Solo yo, conmigo mismo, jugando como un niño con el genio maligno que arrebató mi vigilia.

“Buenas noches”, dije en voz alta, como quien necesita escuchar unas palabras antes de dormir, pero ni siquiera la noche había quedado junto a mí.

(1) Borges, Jorge Luis. “El suicida”, en La Rosa profunda, Obras Completas 3, Buenos Aires, Emecé Editores, 2007. Pág. 97

(2) Borges, Jorge Luis. “El hombre en el umbral”, en El Aleph, Obras Completas 1, Buenos Aires, Emecé Editores, 2007. Pág. 654.

(3) Borges, Jorge Luis. “El sur”, en Ficciones, Obras Completas 1, Buenos Aires, Emecé Editores, 2007. Pág. 565.

(4) Borges, Jorge Luis. “Borges y yo”, en El Hacedor, Obras Completas 2, Buenos Aires, Emecé Editores, 2007. Pág. 197.

(5) Lacan, Jacques. “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud” en Escritos II, Siglo XXI, México, 1975. Pág. 498.

Fuente: Nicolás Cardozo, «Borges: todos y ninguno», publicado aquí de forma original.

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