Entre la ciencia y la epistemología, Mario Bunge, P. Feyerabend, y el caso Sokal (*)

Por Avelino Muleiro García

En el tiempo donde todo refiere al sujeto, al subjetivismo, la ciencia también es alcanzada por esa tendencia. Algunos bregan por la ciencia estricta como un realismo, por el que las proposiciones son científicas en tanto se corresponden con una realidad demostrable y objetiva, posición. p.ej., de Mario Bunge; y quienes, como Feyerabend, juzgan la dinámica científica bajo la lente de un constructivismo. O la «las trampas del ciencia» como propone aquí, Avelino Muleiro García, en relación al discurso que pretende sonar como científico desde retóricas vacías o engañosas como demostró el caso Sokal.

                                                                                                                                                                                     

Las ciencias, después de todo, son propias creaciones nuestras, incluidos todos los severos standards que parecen imponernos. Es bueno recordar este hecho. Es bueno recordar constantemente el hecho de que es posible huir de la ciencia tal como hoy la conocemos, y que podemos construir un mundo en el que no juegue ningún papel (P. Feyerabend: Contra el método)

No voy a utilizar el concepto de ciencia en un sentido amplio, sino en su sentido estricto. Bajo este enfoque, la ciencia debemos entenderla como una forma de comprender el mundo de un modo similar a como lo hace la filosofía. Y asumo el concepto ciencia en el ámbito de ciencia pura o básica, que se distingue de la ciencia aplicada y de la técnica. Pueden valer como ejemplos de ciencia básica la física clásica, la física relativista, la física cuántica, la teoría de la evolución, la biología molecular, la genética, la neurofisiología, etc. En cambio, la ciencia aplicada tiene su fundamentación en la ciencia básica y su campo de aplicación es mucho más restringido que lo de la ciencia pura porque su finalidad es primordialmente práctica y controladora del mundo. En este aspecto, pueden servir de ejemplos de ciencias aplicadas la química, que estudia y manipula productos naturales, la silvicultura, que estudia un determinado tipo de bosque y de árboles, o la farmacología, que examina las sustancias beneficiosas o dañinas para ciertas especies de seres vivos.

Se deberá entender que la ciencia básica se preocupa por descubrir leyes generales, mientras que la ciencia aplicada utiliza las leyes que descubre la ciencia pura adaptándolas a determinados ámbitos del mundo real. Sin embargo, la ciencia aplicada y la técnica también dotan a la ciencia básica de nuevos materiales proponiéndole problemas interesantes.

La filosofía, desde una óptica epistemológica, revisa la ciencia para, dentro de su incuestionable grandeza, revelar también sus límites. La filosofía de la ciencia y de la técnica estudia los problemas lógicos, noseológicos o metafísicos que surgen en la investigación científica y tecnológica, como problemas metafísicos, tales como qué es el tiempo, qué es la vida, qué es la psique. O problemas noseológicos, como la diferencia entre el conocimiento científico y el conocimiento vulgar. En todo caso, la ciencia está ontológicamente dependiente del mundo.

El mundo en el que vivimos

Acudo a un texto de Mario Bunge, extraído del epígrafe titulado ¿Descubrimiento o invención?, que pertenece al libro Cápsulas:

La Antártida y Neptuno, los átomos y los fotones, las neuronas y las moléculas de ADN, ¿fueron descubiertos o inventados? Si el lector es tan realista y poco rebuscado como el autor, dirá que todo eso fue descubierto. Y agregará que todos esos objectos naturales existían mucho antes de que lo supiéramos, como posiblemente existen muchísimas otras cosas acerca de las que no tenemos la menor sospecha, pero que, acaso, serán descubiertas eventualmente. El caso de las cosas naturales es muy diferente del de los artefactos: éstos, sean materiales como los automóviles, conceptuales como las teorías, o simbólicos como las palabras, las señales viales y los mapas, son construidos por seres humanos. Hasta aquí, el sentido común.

            La novísima sociología del conocimiento niega lo anterior: sostiene que nada existe de por sí, que todo es construido y nada es descubierto. Muchos escritores pertenecientes a esta corriente sostienen además que todo conocimiento, incluso el matemático, tiene un contenido o significado social por ser una reconstrucción social, o sea, obra de un grupo de gente.

Como se puede inferir de este texto, Bunge se confiesa absolutamente realista y defensor de la existencia de un mundo real, independiente de las teorías científicas. No obstante, por medio de ese texto, nos sitúa dentro de un profundo dilema epistemológico: realismo-constructivismo. ¿Es posible que no existan objetos físicos y que todo lo percibido no sea otra cosa que pura construcción humana? El propio Bunge explica que Niels Bohr sostuvo que no existen hechos atómicos o nucleares que sean independientes de los científicos, sino que todos son provocados por los experimentos.

Ludwig Fleck, un médico polaco, publicó en 1935 un libro titulado Génesis y desarrollo de un hecho científico. El hecho científico al que hace referencia Fleck era la sífilis que, según el autor, fue una “construcción colectiva”. Fleck se atrevió a decir que no había sifilíticos de no haber especialistas en “enfermedades secretas”. Esa infección venérea, la sífilis, nace al ser pensada por la comunidad médica. La tesis esgrimida por ese médico encaja perfectamente con la teoría del filósofo G. Berkeley (1685-1753): “Esse est percipi”, el ser existe cuando se percibe.

El libro de Fleck influyó de forma determinante en la epistemología de Thomas Kuhn (1922-1996). Este historiador norteamericano, al que se considera heterodoxo de la ciencia, pero uno de los más influyentes representantes de la denominada “nueva filosofía de la ciencia”, distingue entre la “ciencia normal” (actividad científica que funciona de conformidad con paradigmas establecidos) y la “ciencia extraordinaria” (la actividad que produce un cambio de paradigma, que él denomina revolución científica). Pues bien, Kuhn compartía las ideas de Fleck al considerar la verdad del conocimiento científico como una convención social.

A partir de 1940, la sociología de la ciencia abandona la etapa ideológica y se ubica en la científica. Uno de los primeros epistemólogos de este cambio fue Roberto K. Merton, quien valoró la actividad científica frente a otras actividades epistemológicas.

Después de 1970, las tesis de Merton encontraron rechazo por parte de una pléyade de filósofos, antropólogos, sociólogos e ideólogos que llevaron a cabo lo que denominaban “el mito de la ciencia”, entre los que encontramos a P. Feyerabend. Estos postmertonianos son constructivistas porque niegan la objetividad de la ciencia y la objetividad del mundo y sostienen que es el ser humano quien construye la realidad. En contra de la teoría de Merton afirman que el conocimiento científico es esencialmente local, no universal. Incluso se atreven a decir que ciencia es lo que cree la gente. El pensamiento de esta tendencia epistemológica queda sintetizado en esta famosa consigna de Feyerabend: “Todo vale”.

Debemos admitir que el universo no está sometido al deber de conformarse a cualquier deseo científico o conjetura intuitiva. De igual modo, debemos aceptar que las formas que utilizamos los seres humanos para comprender e interpretar el universo muestran aspectos y variantes diversas, tanto en los enfoques actuales como a lo largo de la historia. Sabemos que a lo largo de los siglos los seres humanos sintieron curiosidad por conocer el mundo que nos rodea y pretendieron dar explicaciones a una serie de interrogantes que nacían del propio contacto con las cosas. Así fueron apareciendo los mitos, las religiones, la magia, la filosofía, la ciencia… dejando cada una de estas formas de ver el mundo (lo que Wilhelm Dilthey denominaba weltanschauungen) unas huellas imborrables en ese largo camino de la historia.

En las últimas décadas, dos modelos cosmológicos rivalizaron por imponer su dominio en el ámbito científico en unos momentos en que imperaba la Teoría de la relatividad y se obtenían grandes hallazgos en el micro y en el macrocosmos. Por un lado, la teoría del Big Bang (gran explosión), postulada entre otros por los físicos Alexander Friedman, Georges Lemaître, Edwin Hubble y George Gamow, según la cual el desarrollo del universo primitivo y su forma se produce desde una singularidad primitiva a partir de una cantidad finita de materia.

Pero en el año 1949 apareció un modelo alternativo al Big Bang, otro modelo cosmológico conocido como teoría del Estado estacionario, desarrollado por Hermann Bondi, Thomas Gold y Fred Hoyle, según la cual la cantidad de materia en el universo es infinita. Cuando se expande, está creándose continuamente materia para evitar que el universo se enrarezca. Este modelo sostenía que el universo nunca tuvo un origen, sino que siempre existió de la misma manera como lo conocemos hoy. Sin embargo, en el año 1965, esta teoría sufrió un duro golpe al descubrirse la radiación de fondo de microondas y la presencia de quásares en las galaxias más distantes. Era evidente que el universo estaba cambiando y que el modelo estacionario, en el que se defiende un universo siempre igual, ya no servía para explicar estos nuevos hallazgos.

Aparece así la teoría del Gran Rebote, que representa una aportación a la teoría del Big Bang. Esa teoría explica que el universo actual, en lugar de empezar de la nada en una singularidad de densidad infinita, es resultado del colapso de un universo anterior. Es decir, que el Big Bang no sería el inicio del tiempo, sino el momento en que un universo anterior que regresaba a su inicio en el Big Crunch, rebotó para empezar de nuevo.

En todo caso, el mundo en que vivimos está interpretado por incalculables teorías científicas, entre ellas estas últimas. Pero hay otras muchas.

Las trampas en la ciencia

Un preludio de las actuales fake news está en el ya reconocido escándalo Sokal, uno de los episodios más controvertidos en la historia académica moderna. Este caso no solo puso en entredicho el rigor de ciertas disciplinas, sino que inició un debate intelectual sobre la naturaleza de la verdad y de la ciencia.

Era el año 1996 cuando Alan Sokal, profesor de física de la Universidad de Nueva York, decidió realizar un experimento social nada convencional. En su opinión, había un evidente declive en los modelos de rigor intelectual en las humanidades. Por eso decidió enviar un artículo a la prestigiosa revista de estudios culturales Social Text, que publicaba la universidad de Duke, pero era dirigida por miembros vinculados a la universidad de Nueva York.

El título era tan rimbombante como incomprensible: «Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica». El propio Sokal manifestó más tarde que ese artículo era una parodia, ya que él lo había diseñado para que sonara como sofisticado, pero que carecía de sentido. El texto estaba deliberadamente infestado de afirmaciones absurdas, citas fuera de contexto y un lenguaje posmoderno utilizado como ornamento más que como herramienta de pensamiento. En su argumentación citaba autoridades e intelectuales famosas como Derrida o Deleuze para validar afirmaciones científicas absurdas. Una de las afirmaciones que aparece en el artículo era que la gravedad cuántica era una construcción social y política. Pero, a pesar de eso, el artículo fue aceptado y publicado sin someterlo a una revisión por pares de físicos especialistas, asumiendo que el contenido científico era correcto porque encajaba con su línea ideológica.

El mismo día de la publicación, Sokal reveló el engaño con otro artículo en la revista Lengua Franca, dejando claro que su anterior artículo era un absurdo total. Sus conclusiones fueron devastadoras por la falta de rigor. No se explicaba como una revista académica había publicado un texto que cualquier físico calificaría como absurdo. Sokal reveló que su artículo era un experimento diseñado para comprobar si una revista prestigiosa publicaría un texto sin sentido siempre que confirmara sus prejuicios ideológicos. En su opinión, el artículo fue aceptado porque decía lo que los editores querían oír, es decir, que la ciencia es subjetiva.

Me parece necesario que este caso debería provocar una reflexión ética y científica, abogando que el pensamiento crítico y la claridad deben estar por encima de la ideología, y que la utilización de un léxico rebuscado no vale más que para ocultar la falta de ideas.

La vigencia del escándalo Sokal se manifiesta en la acrtualidad a través de la IA. Una reciente validación de artículos médicos con representaciones anatómicas ficticias pone de manifiesto una brecha peligrosa en el proceso de revisión por pares. Este fenómeno nos recuerda que la aceptación acrítica de contenidos, sean humanos o de la IA, compromete la integridad del conocimiento científico. No todo vale!

Fuente:  Avelino Muleiro García, «El mito del saber científico y sus trampas epistemológicas«, texto republicado desde Masticadores, página nacida en Cataluña, que Jr Crivello dirige y con numerosos colaboradores en el mundo.

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