Por Rafael Julivert Ramírez

Groenlandia está hoy en uno de los centros dinámicos de la geopolítica global. Una de las razones poco atendidas sobre el interés de la Administración de Trump sobre este inmensa isla ártica, helada y poco habitada, es la posibilidad de servir de territorio de arraigo para la expansión de la IA y sus necesidades operativas. Aquí un muy sustantivo articulo sobre esta cuestión en el cruce de utopías futuristas libertarias, «un país digital» sin regulaciones del Estado. y las ríspidas relaciones internacionales.
En el imaginario colectivo, Groenlandia es una vasta extensión de hielo, naturaleza salvaje y aislamiento, pero para un selecto grupo de las élites tecnológicas de Silicon Valley, esta isla representa algo radicalmente distinto: el lienzo en blanco perfecto para edificar la utopía definitiva. Este proyecto, bautizado como Praxis, busca transformar el hielo ártico en la primera «nación digital» del mundo, un enclave diseñado para operar libre de impuestos, leyes estatales y las regulaciones gubernamentales que rigen al resto de la civilización. Lo que a primera vista suena al guion de una novela de ciencia ficción distópica está, según sus promotores, más cerca de la realidad de lo que pensamos, impulsado por una combinación de ideología libertaria y necesidad tecnológica.
El concepto fundamental detrás de Praxis es ambicioso y desafiante: fundar una ciudad-estado soberana gobernada no por políticos electos, sino por los principios del libre mercado absoluto. El objetivo es establecer un territorio sin la supervisión estatal tradicional, materializando el viejo sueño del libertarismo tecnológico de crear una sociedad de «hombres libres» —e inmensamente ricos— que puedan innovar al margen de las normativas convencionales. La cara visible de este movimiento es Dryden Brown, un joven emprendedor tecnócrata que ha logrado captar la atención y el capital de algunas de las carteras más profundas del planeta. Con una retórica que mezcla el destino manifiesto con el futurismo, Brown asegura haber recaudado ya 525 millones de dólares y haber convencido a más de 150.000 personas para unirse a esta aventura ártica bajo la promesa de «reunir a Occidente» y construir un hogar para los «valientes».
Sin embargo, aunque Brown actúe como el portavoz carismático, los verdaderos cimientos de Praxis se asientan sobre el apoyo financiero e ideológico de figuras titánicas de la industria. Entre los nombres que orbitan este proyecto destaca Peter Thiel, cofundador de PayPal y donante clave de Donald Trump, conocido por su filosofía de que la libertad y la democracia ya no son compatibles. Thiel ha dedicado años a financiar iniciativas que buscan crear comunidades autónomas fuera del alcance de los gobiernos. Junto a él aparece la figura de Ken Howery, socio inversor de Thiel y ex embajador de Estados Unidos en Dinamarca bajo la administración Trump. Esta conexión política arroja nueva luz sobre el interés que el expresidente mostró en 2019 por comprar Groenlandia; lo que entonces parecía una ocurrencia errática, hoy cobra sentido como una prospección de terreno para una nueva era dorada corporativa.
Pero más allá de la ideología política, existe una razón pragmática, económica y física para elegir el Ártico: la Inteligencia Artificial. Groenlandia se mueve gracias a energías renovables y posee un clima de frío extremo, condiciones que la convierten en el lugar ideal para albergar la infraestructura física del futuro digital. Los servidores necesarios para entrenar y mantener modelos de IA masivos generan un calor inmenso y consumen cantidades exorbitantes de energía. En este contexto, Praxis deja de parecer solo una fantasía ideológica para revelarse como un negocio inmobiliario estratégico: la «ciudad utópica» funcionaría en la práctica como una gigantesca granja de servidores refrigerada naturalmente. No es casualidad que el proyecto cuente también con el respaldo de figuras como Sam Altman, CEO de OpenAI, quienes buscan reducir los costes operativos de la próxima generación de inteligencia artificial.
El proyecto se vende al público con imágenes generadas por ordenador de rascacielos dorados emergiendo entre glaciares, evocando una estética de «sabiduría suprema». No obstante, los críticos señalan que detrás de esta fachada brillante se esconde una realidad mucho más cruda: la creación de búnkeres de lujo para una élite desconectada de los problemas del ciudadano común. Mientras el mundo debate sobre la ética de la IA, la desigualdad y el cambio climático, este grupo de multimillonarios parece haber decidido que la solución no es arreglar el sistema actual, sino comprar una isla y desconectarse. Groenlandia, inaccesible para la mayoría de los mortales, podría convertirse pronto en una tecnópolis fría donde la democracia es sustituida por la suscripción y el futuro se diseña estrictamente bajo invitación.

(*) Fuente: Rafael Julivert Ramírez, La obsesión de Trump con Groenlandia: Un paraíso helado para alimentar a la Inteligencia Artificial, texto republicado desde Masticadores, página nacida en Cataluña, que Jr Crivello dirige y con numerosos colaboradores en el mundo.