Whale 52 Hz

Por Nicolás Cardozo

Para el poeta romántico Percy Shelley en la «Carta del camaleón», como la llamaba Cortázar, el poeta se identifica con cualquier ser, y percibe la vida, entonces, desde su punto de visita. La identificación sensitiva con otra criatura viviente, que el propio Cortázar ensaya en Axolotol. Aquí, en una experiencia semejante, Nicolás Cardozo se sumerge en las profundidades de los mares en su devenir ser el animal conocido más grande que nada entre la intensidad de sus sensaciones, y pensamientos.

E.I

Whale 52 Hz

Por Nicolás Cardozo

“Para vivir solo hay que ser un animal o un dios – dice Aristóteles -.

Falta el tercer caso: hay que ser ambas cosas – un filósofo…” (1)

Nietzsche

Cuando la luz crepuscular desciende hasta las aguas profundas, -donde me refugio de la noche y descanso de las criaturas que me asedian- sé que es inminente el amanecer y debo partir, pero ciertos días son tibios y aplanados. En la mañana la claridad comienza a templar las aguas y las máculas de krill de rojizo bermellón se disipan con lentitud y se sumergen bajo la superficie. Tal vez se ocultan de mí. Aunque inútilmente pueden escapar cuando emprendo con mis embestidas. En la faena el cardumen se dilata con estrépito para agigantarse en los extremos, se desliza con velocidad y luego se contrae cerca de mis fauces con desesperada belleza. En ocasiones, me deslumbran aquellos contornos que se repliegan y se extienden como el color de la tinta derramada por las sepias, así que me precipito solo para ver cómo se despliegan bajo nuevas formas. Después me retiro, y desde lejos vuelvo a la carga para sorprenderlos en su inocencia; finalmente me alejo, y a la distancia me sonrío; y así paso mi tiempo. Los días son largos y creo que está bien divertirse un poco de vez en cuando. Pero también siento algo de culpa por mi insensata afición, así que solo espero en el hondo océano, quizás hoy algo suceda o alguien se acerque buenamente.

Cuando las corrientes son propicias, me arrastran hasta llevarme por arrecifes incrustados en rocas con farolas que iluminan las sendas nocturnas; por fosas impenetrables, cuya abominación ahuyenta a los advenedizos visitantes; por rincones con algas que se pliegan como pañuelos en el aire ligero y con moluscos simétricamente tallados que se recuestan en el lecho; por jardines secretos con minerales relucientes y nautilos delineados con nácar. Y así, sin querer, viajo hasta sentir que el océano me pertenece, y olvido el tiempo que llevo perdido, y me invade el ahogo de la respiración contenida bajo el todo. Entonces, salgo con vehemencia hasta la superficie para saltar hacia los vientos salvajes que surcan las mareas y no puedo dejar de observar la bóveda del cielo, que siempre se abre disímil como escapando de las formas del ayer. El firmamento puede desplegarse entre nubes cuidadosamente rastrilladas que se pierden en el horizonte; o extenderse como un terciopelo de color añil desde las márgenes insondables; o derrumbarse oscuro sobre el oleaje indómito. La magnificencia me subsume con un éxtasis insaciable. Y solo después, puedo, por fin, respirar hondamente para sentir la frescura de las aguas y la inmensidad del océano.

Pero a veces olvido que este laberinto sin puertas también es habitado por otros, cuya existencia deploro. Y en aquella calma se cobija la desazón ante los extraños que me observan y me aplastan bajo una mirada que se proyecta como los faros sobre la noche brumosa, y aquel momento se desgaja y deja de pertenecerme: no soy más que una bestia sometida a los ojos que me escudriñan latentes y me rebajan a una infame cosa. Desde lejos se detienen para examinarme con cautela y escucho las murmuraciones de sus mezquinas conversaciones, aunque no puedo comprenderlas. En ocasiones, pierden la curiosidad y se echan a andar hacia otro lugar; en otras, aguardan impasibles hasta que los acometen los depredadores o simplemente se van cuando las aguas revueltas presagian algún vendaval. Entonces, la prodigiosa tormenta vuelve todo a su lugar. La humedad se arrastra en el viento, la luz se esconde entre los grises que pueblan el cielo y las sombras de las nubes se desploman sobre la superficie. El océano vigoroso brama irrefrenable como el rayo que conquista la noche. La tormenta se desata impetuosa y observo la copiosa lluvia desde el interior del océano como quien observa las flores crecer desde abajo. Y la lluvia se vuelve océano y el océano se vuelve a mí; y la vida se hace vida como el cuerpo se hace presente cuando duele; y el proceso se hace anhelo de estar muerto.

Una cosa es cierta. Nadie ha visto el mundo como yo, en la completa soledad: ese estado que brota hacia el espeso punto de fuga del ser, donde se rasga la tautología de la conciencia, abierta como el cielo atravesado por la voracidad del relámpago y el trueno, bajo un solo grito de luz y resplandor. La soledad de saber que soy el mundo mismo, un mundo cuyo tiempo es una clepsidra vacía con espuma de mar, indescifrable como el rastro del pescador arrojado sobre el piélago en su barca oscilante.

(1) Nietzsche, Friedrich. “Sentencias y Flechas”, en Crepúsculo de los Ídolos o Cómo se filosofa con el martillo, Alianza Editorial, España, 2010. PP 33

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