
Antes que los músicos afinen sus instrumentos, la música es primero composición no humana en la naturaleza y el cosmos.
La música es el arte quizá de más inmediato y poderoso efecto. Lo mejor es sumergirse en su resonancia. En este caso, nos adentraremos, principalmente, en la música que desborda y precede a la música humana, esa música que «es primero composición no humana en la naturaleza y el cosmos». Música dentro de la música. Pero también nos remitiremos a algunas de las expresiones o estilos musicales en nuestra historia. En el futuro, nos concentraremos, en particular, en la experiencia humana de lo musical.
En esta primera visión…
en lo hondo del silencio se esconde el fondo de la vida del que la música es signo y mensaje. Esto lo comprende Schopenhauer, en el tercer libro de Mundo como voluntad y representación, y Nietzsche en El nacimiento de la tragedia. Reducimos lo musical a creación sonora humana. A física del sonido. O psicoacústica. Pero lo musical no es solo lo compuesto por los músicos. Es la arteria que late desde lo más profundo de la vida.
La realidad es estado musical.
Los antiguos, el pensamiento medieval, las culturas orientales, entendieron algo que ya no entendemos: la música es primero musicalidad no humana. Todo genera su sonido que, en el secreto de lo no percibido, se combina con otro; todo es vibración en combinación con otras vibraciones.
Las vibraciones distintas:
de las micropartículas en el átomo;
de los cometas y la detonación de las estrellas;
el sonido del insecto deslizándose sobre una rama;
la ola volcando su curva de espuma sobre arenas y piedras.
El viento que lame el borde de una taza de café
en una mesa en la vereda.
La lluvias y los ríos.
La vibración de la luz
en la piel del felino.
La nube sobre la montaña.
La rama sobre el semáforo.
El relinchar del caballo
en la tormenta.
Rápido, el sapiens del comienzo comprende que en el fluir musical viven fuerzas mágicas.
El tambor chamánico como puente entre el humano y lo invisible, impulso hacia el éxtasis del vuelo del chamán.
En las culturas antiguas la música es energía sacra y estímulo marcial. La música anima la fiebre del combate; y eleva hacia los dioses por el peán solemne apolíneo, o por el ditirambo dionisiaco, asegura Nietzsche.
O la elevación hacia sutilezas divinas por los coros gregorianos, en la edad media; al tiempo que San Agustín, como Boecio y Pitágoras, entienden que la música es matemáticas, orden oculto del cosmos.
Y dentro de la gran música algunas otras formas de la música humana: las polifonías del Renacimiento. El bajo continuo del barroco. El órgano de Bach. La armonía clásica mozartiana. Lo sublime romántico en Beethoven y Wagner. El gamelán balinés. La percusión africana. La atonalidad en Schönberg.
Y también todos los ruidos de las ciudades, como proponen los futuristas.
La música expresa que nada es fuera de la vibración, en este y todos los infinitos tiempo-espacios posibles.
Si Dios es la gran autoconciencia, es música que se escucha a sí misma. ¿Esa música será escuchada por el humano que vibrará dentro de millones de años; o, ahora, por seres de mundos a espaldas de las estrellas que desconocemos?
Música en Spotify, en YouTube; en los conciertos y recitales; en las palabras dichas o escritas por los habitantes de un edificio que se refleja en una vidriera en el invierno. Pero también la música en los ríos de deshielo; en los cantos de las aves, y en las tormentas, y en el movimiento de los peces en el mar.
En lo lejano, y en lo cercano, en la grandeza de lo pequeño, John Cage siempre advierte que toda cosa o ser son música. Música dentro de la gran música continua. Un acto tan fino como el vuelo de luciérnagas en la noche.
Esteban Ierardo