Por Esteban Ierardo

Algunos hombres son capaces de incubar tormentas asesinas. Un ejemplo: Hitler. Ya hace ochenta años, el 20 de julio de 1944, un grupo de alemanes intenta matar al dictador y reinventar la historia. Mediante su asesinato, los complotados buscan la toma del poder por un golpe de Estado que imponga un nuevo régimen que negocie con las potencias aliadas el fin de la Segunda Guerra Mundial.
En la Guardia del Lobo, el refugio de Hitler en Polonia, Claus von Stauffenberg coloca una bomba en la sala de reuniones con la presencia del Führer. El efecto del dispositivo explosivo es lamentablemente amortiguado por una gruesa mesa de madera. El líder nazi apenas es herido. Mueren cuatro nazis y el recinto queda destruido. Luego de un breve periodo de incertidumbre, Goebbels, el ministro de propaganda, anuncia que Hitler está vivo. La Gestapo arresta a miles de sospechosos. Son juzgados rápidamente por el Tribunal del Pueblo, presidido por el infame Roland Freisler, que obliga a los acusados a sacarse los cinturones para, pantalones caídos, aumentar su humillación. La venganza es atroz. Stauffenberg y muchos otros de los complotados dan su último suspiro ante un pelotón de fusilamiento, o son colgados de cuerdas de piano por la osadía de atreverse a silenciar a la bestia de la esvástica. Luego, Hitler aumenta su desconfianza hacia el cuerpo de oficiales de la Whehrmacht. Se refugia en las SS bajo la dirección de Heinrich Himmler, Martin Borman y Joseph Goebbels.
La sombra del mal
El 6 de septiembre de 1939 unos soldados alemanes levantan una valla en la frontera con Polonia. Empieza la invasión germana de este país y cinco años posteriores de muerte masiva. La Segunda Guerra Mundial. La locura imperial de Hitler se anuncia en su libro Main Kampf, en 1923 (1). Finge por un tiempo moderación y pacifismo, mientras revela su verdadero rostro en la Noche de los Cristales Rotos, en noviembre de 1938, la Kristallnacht, el comienzo de la barbarie antisemita.
Ese mismo año, la crisis de los Sudetes, la invasión parcial de Checoslovaquia, alerta a altos oficiales de la Wehmarcht, y también a algunos civiles, sobre la necesidad de detener al “cabo austriaco”.
La Conspiración de Zozen o Conspiración de septiembre quiere cortar alas a la guerra que podría traer la destrucción de Alemania. Se planea arrestar o asesinar a Hitler, y luego restaurar la Monarquía bajo el nieto de Guillermo ll.
Los acuerdos de Múnich, por los que el primer ministro británico Chamberlain acepta el desmembramiento del Estado checoslovaco, suponen un fuerte logro diplomático para el dictador. Esto ahoga los primeros planes de un golpe de Estado. La hiena hitleriana disimula su salvajismo latente.
Los nazis habían subido al poder en 1933 mediante elecciones parlamentarias en la República de Weimar. Desde entonces, imponen el concepto de Volksgemeinschaft, una sociedad de homogeneidad racial y jerárquicamente organizada, una cohesión popular que une a todos los alemanes en un alma común. Esto se relaciona con la doctrina del Blut und Boden ( «sangre y tierra»). La unidad por lazos de pureza racial y suelo depende de la conducción del Führer sustentada en el Führerprinzip, el «principio de autoridad», o «principio de supremacía del jefe». La obediencia absoluta al caudillo, al líder total de un siniestro totalitarismo sin libertad.
El largo intento

La exigencia de obediencia absoluta y la oratoria exaltada del Führer enceguece a millones de alemanes. Pero no a todos. Uno de ellos es un humilde carpintero suabo, George Elser. Elser sabe que Hitler es el demente dictador que traerá las tormentas asesinas, la devastación de Alemania y parte de Europa. Por eso tiene que actuar, aun en soledad. Y lo hace. El 8 de noviembre de 1939, Hitler acude a la cervecería Bürgerbräukeller, de Múnich, en la que comenzó su fallido intento de golpe de Estado (el Putsch de Múnich), en noviembre de 1923. En el aniversario de este evento Hitler siempre da un discurso. Con sigilo y esmero, durante dos meses, en las noches, Elser coloca una bomba. El Führer se va trece minutos antes de lo esperado. La detonación mata a ocho personas y deja heridas a sesenta y tres, dieciséis muy graves. Pero el líder demencial se salva. Elser dice: » Quería evitar un derramamiento de sangre aún mayor por mi acto» , y convence a sus interrogadores de la Gestapo de que todo lo hizo solo. Le creen. Pero esto no lo salva de morir por un tiro en la nuca en el campo de concentración de Dachau.
Desde entonces, los intentos anteriores al de la conspiración del 20 de julio se multiplican: más de 40 planes malogrados. El deseo conspirador se aviva con el extermino de los judíos en el Frente Oriental, que luego se expande a los campos genocidas. La derrota de Stalingrado, en la que luego recalaremos, es también punto decisivo de alarma. En la gestación de los complots para detener a Hitler intervienen muchos oficiales de alta graduación con la participación de civiles del círculo de Kreisau, que se reúnen en torno al conde Helmuth James von Molke. En 1943, solo armado con su pistola, el mariscal de campo Ernst Busch planea asesinar al dictador en su residencia en Obersalzberg, el Berghof, pero es detenido en la entrada. Otro intento es aniquilar a Hitler durante su vuelo, el 13 de marzo, hasta el cuartel general del Grupo de Ejércitos Centro en Somolensk, Rusia.
El general Trescokow asegura: «Hitler no es únicamente el archienemigo de Alemania, sino el archienemigo del mundo». Trescokow ensambla dos explosivos que camufla en un par de cajas bajo la excusa de saldar una apuesta perdida con la entrega de dos botellas de Cointreau, el famoso licor francés a base de cáscaras de naranjas. El detonador no funciona a causa de su congelamiento en la bodega del avión en el que vuela Hitler por las bajas temperatura en la altura.
Pocos días después, el oficial del Ejército Rudolf-Christoph Gersdorff, quien había preparado los explosivos en el intento anterior, planea un ataque suicida durante una visita de Hitler a las tropas, pero su visita es tan rápida que todo se malogra. Gersdorff debe desactivar la bomba. Antes, en abril de 1943, Gersdorff descubre las tumbas masivas de la Masacre de miles de soldados polacos en Katyn (2), perpetrada por los soviéticos. Por su parte, el Barón Axel von dem Bussche-Streithorst, héroe de la resistencia anti-nazi, acepta portar una granada en una inspección militar de Hitler para hacerse detonar junto a él, pero el evento se cancela.
La gran oportunidad

El 20 de julio de 1944 es el día del Plan Valquiria, el intento para conseguir lo que antes se tornó esquivo. Matar de una vez por todas al psicópata dictador.
La Operación Valquiria usa para sus fines un plan de movilización aprobado en julio de 1943 para la puesta en acción de grupos de combate en un estado de emergencia. Se pretextaría que el asesinato del Führer supone una amenaza nacional que, para una respuesta defensiva, debe movilizar fuertes contingentes de soldados que ocupen los puntos estratégicos claves en todas las ciudades. Se aprovecharía este movimiento para desarmar a las SS, o ejecutar a sus líderes en caso de resistencia. El 1 de julio, Stauffenberg es nombrado coronel y jefe del Estado Mayor del general Fromm, por lo que puede acercarse a Hitler en reuniones de la cúpula militar. La consumación del Plan Valquiria apremia por el desembarco aliado en Normandía el pasado 6 de junio, y la gran ofensiva rusa del 22 de junio para envolver y destruir al Grupo de Ejércitos Centro alemán.
En el gobierno que se constituirá luego del golpe, Ludwig Beck sería el presidente del Reich. Al fracasar al complot, para evitar las torturas y el enjuiciamiento intenta suicidarse. En ese momento está presente el abogado y militar de carrera Fabian von Schlabrendorff, otro conspirador que salva su vida en circunstancias casi cinematográficas. Freisler lo procesa y le grita que «lo mandará directo al infierno», a lo que von Schlabrendorff, siempre desafiante, le responde que «con gusto le permito ir delante». Antes de dictarse su sentencia, un bombardeo lanza sus bombas furiosas sobre el tribunal y mata a Freisler, que queda debajo de una columna con el expediente de Schlabrendorff en su mano.
Cuando Beck intenta suicidarse no lo consigue a pesar de dispararse dos veces. Según von Schlabrendorff, testigo del hecho, un sargento accede a rematarlo. Al suicidio también recurre von Tresckow.
El político y economista monárquico conservador Carl Friedrich Goerdeler hubiera sido el canciller del nuevo gobierno. Y el mariscal de campo Erwin von Witzleben sería el comandante en jefe del ejército. Cuando es juzgado por Freisler, de forma visionaria, von Witzleben le advierte: “Pueden entregarnos al verdugo, pero dentro de tres meses el pueblo, asqueado y vejado, les pedirá cuentas y les arrastrará a todos ustedes entre la inmundicia de las calles”.
Y el coronel Claus von Stauffenberg sería el secretario de Estado del futuro gobierno. Tras la frustración, la navaja de la muerte se hunde en el pecho de todos.
Pero antes del fin de la ilusión, en la Guardia del Lobo (Wolfsschanze), en un bosque de Prusia, ocurre el gran intento de partir la cabeza de la gran locura.
En la Guardia del Lobo

La Guardia del Lobo es el refugio de Hitler, en el que se dirige la invasión a Rusia y la macabra ejecución del Holocausto. En unos 4 kilómetros cuadrados se esparcen 80 edificios, 50 de los cuales son búnkeres construidos con cemento y acero. El perímetro es protegido por alambres de púas, 54 mil minas, y árboles y pantanos como defensas naturales. Aquí viven y trabajan 2 mil personas. Hay un búnker para invitados, en el que se alojan, en su momento, el colaboracionista francés Pierre Laval y Mussolini. El lugar cuenta con dos pistas de aterrizaje, una usina eléctrica, y una estación para el Amerika, el tren personal de Hitler, quien llega al cuartel a mediados de 1941, inmediatamente después de la invasión a la Unión Soviética. Permanece aquí más de 800 días, hasta noviembre de 1944, cuando el fin muerde los talones del nazismo.
En esta virtual capital de facto del Tercer Reich, el coronel Stauffenberg prepara el gran golpe. Es el momento de liberar la furia de todos los leones. El coronel trae un maletín con dos explosivos.
Un primer mal presagio es que, por el calor imperante, el bunker donde se produciría el atentado es remplazado por la sala de conferencias. Con sus gruesas paredes de hormigón, el bunker habría contenido y multiplicado la energía de la explosión.
Stauffenberg y los otros conspiradores se adaptan a la nueva situación. El maletín es colocado junto a la mesa de la reunión. El temporizador es ajustado para que la bomba estalle en 10 minutos. Con una excusa de atender a una llamada, Stauffenberg se retira e inicia la fuga hacia Berlín para asumir sus funciones en el nuevo gobierno. Luego de su retiro, un oficial alemán corre el maletín que queda detrás de una gruesa pata de madera.
El explosivo detona a las 12:42. En la sala hay 25 asistentes, entre ellos Hitler. Stauffenberg cree que el dictador está muerto, no pudo haber sobrevivido. Pero el cambio de posición del maletín, y las ventanas abiertas por el calor estival, amortiguan la detonación. Mueren algunos, pero el Führer sale casi ileso. El anuncio de su supervivencia aniquila el plan Valquiria. Stauffenberg escapa de la Guardia del Lobo, pero no de una pared manchada con su sangre.
Los conspiradores
Los conspiradores son de distinta procedencia, por ejemplo militares de distintas jerarquías: cinco generales, entre los que se encuentran Friedrich Fromm, comandante de las tropas de reserva de Berlín, quien tras el fracaso se desentiende del complot pero luego es ejecutado; también es conspirador entusiasta el mencionado general Henning von Tresckow, para la Gestapo el gran promotor y «espíritu maligno» de la intentona; o Friedrich Olbricht, temprano anti-nazi, y autor intelectual de la manipulación del Plan Valquiria a favor del complot. Y es destacable el almirante Wilhelm Canaris, jefe de la Abhwer, la inteligencia del ejército alemán, participe de la conspiración, aunque no como un protagonista principal. Canaris es detenido y enviado a un campo de concentración. Es ahorcado el 9 de abril de 1945.
Se intenta sumar a Enrich von Manstein, el estratega que idea el “golpe de hoz”, el movimiento por la zona boscosa de las Ardenas para invadir Francia, en 1940 (3). Pero el general de ilustre familia prusiana se mantiene neutral. La participación de Erwin Rommel, el famoso «zorro del desierto «, es aún controvertida, pero tras el complot Hitler lo obliga al suicidio bajo la amenaza de acusarlo de traición.
No faltan los nazis antisemitas, pertenecientes a la Wehrmacht, a las SS o la policía, que ya no toleran a Hitler. Es el caso del jefe de la policía de Berlín, Wolf-Heinrich von Helldorff; o el ex comandante Arthur Nebe; antisemitas a favor de la expulsión de los judíos pero no mediante el exterminio; posición también del jurista y político Johannes Popitz, o del hermano de Stauffenberg, Berthold von Stauffenberg.
Himmler sabe de la intención de los conspiradores, pero no interviene bajo la expectativa de que cualquier desenlace podría beneficiarlo. También participan de la conspiración, civiles de diversas profesiones, comunistas, los miembros del círculo de Kreisau de tendencia social cristiana, nobles prusianos, y anti nazis desde siempre como el diplomático Ulrich von Hassell.
El político socialdemócrata Julius Leber, que sería el Ministro de Interior del nuevo gobierno, acusado por un agente infiltrado de la Gestapo, es arrestado antes del complot.
Pero en la recepción futura del complot, el coronel von Stauffenberg funge como su más visible conductor. En la campaña del norte de África, pierde el ojo izquierdo, la mano derecha y dos dedos de su mano izquierda. Reafirma la decisión de Tresckow y Olbricht, y repudia la vacilación o condescendencia de los generales y mariscales de campo. No es social-demócrata a la manera de la República de Weimar; es monárquico; no blasfema contra el régimen desde su raíz. Es «nazi arrepentido» » o temeroso de la derrota humillante e inevitable de Alemania.
Para Peter Hoffmann, uno de los investigadores de la resistencia alemana al régimen nazi: «La decisión de Stauffenberg de intentar matar a Hitler fue la culminación de un largo proceso de despertar moral y político. Sus acciones el 20 de julio de 1944 fueron impulsadas por la profunda convicción de que solo la eliminación de Hitler podría salvar a Alemania de la destrucción total.»


Stalingrado.

Blut und Boden, la expresión alemana que significa “sangre y tierra”, es el lema de la Alemania nazi como unidad nacional definida por la pureza racial, la «sangre», y una zona de asentamiento, el «suelo». Esto conecta con la creencia en el Lebensrsum, el espacio vital que reclama Alemania para su desarrollo y que alienta la expansión por Europa del Este, mediante la conquista de la población eslava y báltica según el Generalplan Ost, el Plan General del Este, el plan secreto nazi de limpieza étnica que planea deportar a 31 millones de personas desde Polonia y las zonas occidentales de la Unión Soviética a la inmensidad de Siberia.
En cumplimiento de este plan, Hitler lanza la Operación Barbarroja, el 22 de junio de 1941, el comienzo de la invasión a la Unión Soviética. En ese contexto ocurre la gran derrota en Stalingrado. Esta catástrofe militar persuade a muchos de que Alemania se desbarranca en una hondonada final.
El 23 de julio de 1942, el Führer ordena la conquista simultánea de Stalingrado y el Cáucaso mediante la directiva 45. La ciudad sobre el Volga que homenajea a Stalin se convierte en un remolino de sangre y dolor que devora la vida de alrededor dos millones de personas. Entre la nieve, los escombros y la metralla incansables, alemanes y soviéticos y de otras nacionalidades combaten por cada centímetro de terreno. El Sexto ejército de Von Paulus recibe la orden de combatir sin rendiciones. En una lenta hemorragia, su fuerza es demolida. Casi 900.000 mil bajas entre alemanes, rumanos, húngaros e italianos. Contraviniendo las órdenes de Hitler, von Paulus pide la rendición el 2 de febrero de 1944. Caen en manos rusas alrededor de 90 mil prisioneros. Diez años después solo regresan a Alemania algo más de 5000.
Una de las batallas más trágicas de la historia concluye. Luego de la derrota de von Paulus, es innegable la incapacidad de sostener la logística de un frente de combate desde el Ártico hasta la península de Crimea.
El coronel general Franz Halder es uno de los testigos de las malas decisiones de Hitler que llevan a la gran derrota de Stalingrado. Halder participa de la Conspiración Zozen. Ya iniciada la guerra abriga la convicción de que Hitler debe ser eliminado, pero esto no le impide participar en las atrocidades contra judíos y rusos en el Frente Oriental. Luego de la rendición alemana se encarga de dirigir una investigación sobre todo lo acometido por el ejército alemán en el terreno militar. Para varios historiadores, Halder ayuda a construir lo que se conoce como el mito de una Wehrmarcht imparcial, independiente de las intenciones homicidas de Hitler, algo hoy plenamente refutado (4). También escribe el folleto “Hitler, señor de la guerra’”, en el que describe la incompetencia militar del führer. Da testimonio de sus gritos, rabietas y exabruptos cuando es contrariado en las reuniones de la cúpula militar. Para Hitler no importan los conocimientos técnicos sino solo la fanática fe en los dogmas nacionalsocialistas. Y Halder observa: “En el frente ruso fue donde contribuyó al desastre final del ejército alemán”. Hadler le reprocha el gran error de la invasión a Rusia, la no prevención de la llegada del invierno luego del tiempo perdido para marchar sobre Yugoslavia e invadir Grecia para auxiliar a Mussolini. A todo esto le agrega la imbecilidad de enviar al lodo y los escombros de Stalingrado a un millón de hombres “como si se trataran de un batallón en un desfile”. En esa ciudad devastada la esvástica empieza a partirse sobre montañas de cadáveres cubiertos por la nieve.
La compleja red de la resistencia alemana
La resistencia alemana ante los diversos males del nazismo es muy compleja, trasciende en mucho el atentado del 20 de julio. Involucra a militares y civiles de muy diversas procedencias y posturas ideológicas, que involucran las distintas clases sociales desde obreros comunistas hasta la aristocracia prusiana. Grupos prácticamente sin ninguna interacción en las diversas acciones de resistencia. Situación muy distinta a la de la resistencia francesa que se unifica bajo la conducción de Jean Moulin, al menos hasta que este fue capturado por la Gestapo y torturado salvajemente por Klaus Barbie (5).
Entre 1933 y 1945, alrededor de tres millones y medio de alemanes, opositores del régimen, son internados en campos de concentración. Unos 77.000 aproximadamente son víctimas de consejos de guerra y diversos tribunales civiles. Muchos son empleados del Estado o militares. En 1935 ya circula la frase: «Querido Señor, manténme callado para no terminar en Dachau.»
Una «resistencia no organizada» ayuda a los judíos a escapar del Holocausto; o distribuye panfletos, o busca entorpecer en lo posible la perversa maquinaria nazi. Otros se empecinan en los planes para matar a Hitler, como la Operación Valquiria.
La resistencia compone una red de muchos hilos. Por ejemplo, los socialdemócratas y comunistas, principalmente empeñados en la incitación a la huelga; los anarcosindicalisitas que distribuyen propaganda nazi y ayudan a los perseguidos a salir del país.
Se destacan dos círculos anti-nazis: primero, el Círculo de Solf, grupo intelectual creado ya antes de la guerra, por Hanna Solf, procedente de la poderosa familia industrial y banquera Dotti. Los miembros de este círculo son parte de la nobleza alemana y de la alta burguesía. Son delatados por un agente infiltrado de la Gestapo. Y, segundo, el Círculo de Kreisau, antes mencionado, de importante participación en el Plan Valquiria. Lo componen veinte personas heterogéneas: socialdemócratas, católicos protestantes, juristas, conservadores. Todos liderados por el conde Helmuth James von Moltk, finalmente ejecutado.
La Orquesta Roja, con antifascistas y comunistas alemanes, es otra importante organización anti-régimen. También destacable son las minorías disidentes dentro de las iglesias cristianas, tanto católicas como protestantes. El Concordato entre Alemania y la Santa Sede en 1933, descarta la oposición institucional y unificada de la Iglesia Católica. Por eso, la resistencia religiosa no parte de las instituciones sino de las voluntades individuales. Un ejemplo entre los protestantes: el pastor Dietrich Bonhoffer, o el obispo católico Clemens von Galen (6). El rechazo de algunos católicos se enciende por los asesinatos en masas del nazismo, como el programa nazi de “eutanasia” Aktion T4, aplicado sobre personas con deficientes mentales y biológicas, que ya en 1941 ha matado más de 70.000 personas.
La resistencia es también una oculta red dentro del Estado alemán que se expande al Ejército, al Ministerio de Relaciones Exteriores, y la inteligencia militar, el Abwehr. Aquí figura clave es el decidido y temprano anti nazi coronel Hans Oster, segundo del Almirante Wilhelm Canaris, quien construye una trama de oposición en el Ejército y los servicios de inteligencia; aunque muchos oficiales no participan de la conspiración mantienen un código de silencio sobre estas actividades.
Algunos jóvenes afilan las navajas contra el régimen, como los «Piratas del Edelweiss». Grupos de jóvenes de la clase obrera, una verdad subcultura juvenil que, además de escuchar jazz y swing, música “degenerada” para los nazis, repudian a las Juventudes Hitlerianas, y rechazan la fanática y manipuladora propaganda nazi. Algunos de estos jóvenes quedan encarcelados; trece de ellos son colgados en Colonia en octubre de 1944. Desde de la Ocupación Aliada, no son ni pro-británicos ni pro-estadounidenses.
Durante el régimen nazi estalla una sola manifestación pública de rechazo a la persecución nazi: la protesta de Rosenstrasse, en febrero de 1943. Hasta seis mil mujeres principalmente, que incluye a las esposas de 1800 judíos alemanes deportados, reclaman la liberación de los detenidos. En este caso, los deportados son liberados, y aún se discute si esto es por presión de la protesta o por la rectificación de un error del propio aparato nazi al olvidar lo establecido para los matrimonios mixtos.
Pero un recuerdo especial merece el grupo de alumnos de la Rosa Blanca de Múnich. También como una repercusión del fracaso en Stalingrado, algunos estudiantes inician una campaña de panfletos contra la guerra en la Universidad Luis-Maximiliano. Su ideario opositor y pacifista se frustra por las detenciones de sus promotores: Hans Scholl, Sophie Scholl y Christoph Probst. Freisler, otra vez, los condena a ser rápidamente decapitados. Antes del cumplimiento de la sentencia, las últimas palabras de los condenados son: «Sus cabezas caerán también» (7).
Antes de la guerra, la popularidad del líder nazi roza el cielo ideal de aprobación. Se le atribuye la solución del problema del desempleo tras la crisis de 1929, y la reparación del orgullo alemán a horcajadas de sus anexiones de Renania, Austria y Checoslovaquia, sin todavía los costos de un conflicto armado. Entonces, la resistencia tiene poco oxígeno para avivar la llama opositora.
Luego, cuando la realidad siniestra del régimen empieza a perder sus máscaras, los fuegos de la resistencia, chisporroteantes desde distintos focos, aumenta el calor de la rebelión clandestina.
Acabar con los líderes
Los británicos preparan su propio plan para matar a Hitler. El general Hastings Ismay, el asistente militar principal de Winston Churchill, observa que “desde el punto de vista estrictamente militar, sería casi una ventaja que Hitler continuase controlando la estrategia militar, teniendo en cuenta los errores que ha cometido, pero, desde un punto de vista más amplio, cuanto más rápidamente sea apartado, mejor”.
Churchill no se opone y así la inteligencia británica elabora la Operación Foxlet, desclasificada en 1998. Tras descartar un ataque al tren de Hitler, se proyecta seriamente la posibilidad de un francotirador que dispare al Furher durante un trayecto que hace a pie en su residencia del Berghof. El plan nunca se ejecuta.
Durante la Segunda Guerra Mundial diversos líderes titilan en el radar continúo de los atentados.
La Operación Weitsprung (Operation Long Jump) es el supuesto plan nazi ordenado por Hitler para el asesinato de los tres grandes líderes Aliados, Stalin, Churchill y Roosevelt, durante la Conferencia de Teherán en noviembre de 1943. La inteligencia soviética detecta los preparativos para la operación secreta; pero Skorzeny, famoso por la liberación de Mussolini, asegura en sus memorias que la Operación Weitsprung ha «existido solamente en la imaginación de algunos autores«.
En otoño de 1944, la inteligencia alemana, también, con el conocimiento directo de Hitler, planea matar a Stalin en el Teatro Bolshoi. El asesinato se le encarga al desertor ruso Piotr Tavrin, su apellido real es Shilo. El favorito del führer, el mencionado Otto Skorzeny (8), prepara personalmente a Tavrin.
Educado en el Seminario Conciliar de la ciudad georgiana de Gori, Stalin gusta de escuchar música en el antes teatro imperial del zar. En su ingreso al edificio, Tavrin se haría pasar por poseedor de La Estrella de Oro del Héroe. Para acreditar esto se imprime un ejemplar falso del Pravda con un decreto que supuestamente le confirió el título de Héroe de la Unión Soviética.
Tavrin debe acercarse hasta la columna del palco donde se encuentra Stalin y dejar un maletín con una bomba controlada por radio. Luego de la detonación y muerte del «Hombre de hierro «, y de otros dirigentes de la URSS, mediante una operación de asalto los alemanes tomarían el Kremlin. Todo está preparado con gran detalle, pero la contrainteligencia soviética descubre el plan. Luego de que en un campo en las cercanías de Moscú aterriza un avión Arado Ar 232 el 5 de septiembre de 1944, los soviéticos capturan a los agentes y equipos.
Antes de la guerra se perpetran atentados para cancelar procesos políticos mediante la liquidación de los líderes. Anteo Zamboni, un joven de 15 años, es muerto a puñaladas luego de disparar sin éxito a Mussolini; Giuseppe Zangara, en 1933, busca acabar con Franklin D. Roosevelt, pero termina en la silla eléctrica; el incidente de Toranomon es el intento de asesinato de Hiroito, en Japón, cuando este es príncipe regente, en diciembre de 1923, por el comunista Daisuke Nanba.
Incluso Eisenhower puede estar bajo la mira de un atentado letal. En diciembre de 1944, la Operación Greif (Unternehmen Greif) es liderada por el conocido especialista en operaciones especiales Otto Skorzeny. Una operación de falsa bandera para infiltrar soldados alemanes con uniforme y vehículos aliados y convincente manejo del inglés, para sabotear y sembrar caos en las filas enemigas. Algunos de los soldados alemanes capturados, bajo interrogatorio declaran que es rumor entre ellos que el verdadero objetivo de la Operación es asaltar el Cuartel General de Dwight D. Eisenhower en París, y asesinarlo. Estalla el pánico ante un peligro que quizá nunca existió, y en ese periodo Skorzeny es llamado el hombre más peligroso de Europa.
Como la Operación del 20 de julio, todos los atentados, reales o imaginarios, fracasan. Salvo, quizá, la supresión del dolor de cabeza del molesto general polaco Wladislaw SIkorski, decidido defensor de la independencia de Polonia, acaso asesinado por un plan de Churchill o Stalin. Sikorski muere en muy sospechoso accidente de avión el 6 de julio de 1943 cuando volaba desde Gibraltar hacia el Reino Unido.
Las razones para matar a un dictador
Una motivación fuerte para matar a Hitler en la Guardia del Lobo es la falsa suposición de que, muerto el líder nazi, los Aliados aceptarían acordar la paz por fuera de su alianza con la Unión Soviética. Algo que nunca roza el ánimo de Churchill o Roosevelt; ya desde la Conferencia de Teherán estos aclaran que se exigirá la «rendición incondicional» de los alemanes.
A su vez, los Aliados están decididos a que Alemania debe ser derrotada con seguridad apabullante en el campo de combate para anular toda posibilidad del nuevo uso futuro del mito de la “puñalada por la espalda“, algo que Hitler usa hábilmente para encaramarse en el poder cuando usufructúa la creencia popular de que Alemania no había perdido la Primera Guerra Mundial a nivel militar sino que colapsó por un golpe interno de comunistas y socialdemócratas.
En su ilusión, los complotados creen que al liberarse de Hitler podrían concentrarse solo en su guerra abismal con los soviéticos. Muchos historiadores confirman que la verdadera intención de los conspiradores del 20 de julio se debe principalmente a la derrota inminente de Alemania. En este sentido, Joachim Fest, en su libro Plotting Hitlers Death afirma: «Muchos de los conspiradores, aunque horrorizados por las atrocidades nazis, solo actuaron cuando la derrota de Alemania era inevitable y sus propios intereses estaban en peligro. No fue tanto una cuestión de principios morales como una medida desesperada para salvar lo que pudieran de su país y de sí mismos.» O Ian Kershaw, en Hitler, también suscribe: «Para muchos de los conspiradores, el 20 de julio fue menos un acto de resistencia moral y más un intento pragmático de evitar la completa destrucción de Alemania. Su acción fue tardía y motivada por la desesperación más que por un rechazo temprano y constante del régimen nazi.»
Otros autores, como Hans Mommsen, Peter Hoffmann, o Richard J. Evans, también asumen posiciones semejantes.
En las últimas décadas se alienta la visión de los organizadores del atentado del 20 de Julio como exponentes de una valerosa conciencia anti-nazi abroquelada en resquicios de la compleja maquinaria del Estado y del ejército y el servicio secreto alemán. Esto no es totalmente así. Pero también es cierto, que la decisión de matar a Hitler implica un alto riesgo personal, la posibilidad cierta de pagar con la vida el intento, como ocurre luego en la feroz persecución y enjuiciamiento de los conspiradores.
Aunque fallidos, los numerosos intentos de acabar con Hitler evidencian la ilusión de todo control total sobre la población. Movidos sólo por intereses propios o sectoriales, o por genuino desacuerdo moral, siempre existen los disidentes, los que no son totalmente controlados y manipulados. La percepción de las mentiras de un régimen, nunca pueden ser erradicadas de la mirada inquisitiva.
El modelo máximo de resistencia heroica acaso haya que buscarlo en Elser, el humilde y lúcido carpintero que él solo decide cargarse con toda la responsabilidad trágica de detener el abismo; o en los estudiantes, y unos pocos profesores, de la Rosa Blanca. Todos ellos actuaron fuera de toda estructura de encubrimiento o de una red de cooperación y protección, para enfrentar, sin amilanarse, la rabia del monstruo.
Los militares y civiles que se involucran directamente en el complot son una pequeña minoría. Esa debilidad subraya la osadía del Plan Valquiria. Tras el fracaso de la operación, el régimen nazi acrecienta sus mentiras sobre armas milagrosas y salvadoras, y continúa sus asesinatos masivos en los campos del Holocausto. Y el oscuro resplandor de los bombarderos letales de los Aliados asola varias ciudades alemanas, mientras los soviéticos, ávidos de revancha, se acercan a Berlín entre el estrépito arrollador de su Gran Guerra Patriótica.
Nadie pudo matar al líder siniestro. Por eso, la locura del nazismo continúa hasta que el ocaso termina por desangrase, tras la infinita muerte.

Citas:
(1) El libro Mi lucha (Main Kampf) Hitler lo escribe mientras está en prisión luego del fracaso de su intento de golpe de Estado en Múnich, en 1923. Aquí ya se avizora el antisemitismo y el imperialismo nacionalsocialista, y su anticomunismo. En Mi lucha, Hitler da como realidad una inexistente conspiración judía ávida de obtener el liderazgo mundial; expone también el el Drang nach Osten («empuje hacia el este», es decir hacia Rusia), como parte de la doctrina del Lebensraum («espacio vital»).
(2) La masacre de Katin o masacre del bosque de Katin es el asesinato en masa de oficiales del ejército, policías, intelectuales y otros civiles polacos ejecutados por la policía secreta soviética (NKVD bajo la conducción de Lavrenti Beria en1940, luego de la invasión soviética de Polonia de 1939 durante la Segunda Guerra Mundial. Las víctimas son al menos 21 768 ciudadanos polacos, asesinados o en el bosque de Katin, hoy en territorio de Rusia, y en las prisiones de las ciudades de Kalinin, Járkov y otros lugares. Los muertos se dividen entre cerca de ocho mil militares prisioneros de guerra, seis mil policías y el resto civiles integrantes de la intelectualidad polaca -profesores, artistas, investigadores e historiadores- acusados de ser saboteadores y espías y otras acusaciones.
(3) Enrich von Manstein, el estratega que idea el “golpe de hoz”, el movimiento por la zona boscosa de las Ardenas para invadir Francia, en 1940; un plan que elude la línea defensiva francesa, la Línea Maginot, adentrándose con las unidades panzer de alta movilidad por el Bosque de las Ardenas, en el norte francés para envolver y sorprender a los ejércitos francés e inglés en Bélgica y Flandes. El éxito del plan explica la rápida conquista de Francia.
(4) El mito o la leyenda de la Wehrmacht inocente es la teoría que sostiene que el ejército regular alemán, la Wehrmacht actúa en la guerra como una institución apolítica, inocente por tanto de los crímenes de guerra y de lesa humanidad cometidos en el Frente Oriental , en el Holocausto, y otros escenarios de invasión. Esta teoría que intenta salvaguardar la honorabilidad, el coraje y la disciplina del soldado alemán y relativizar sus crímenes, se halla hoy muy desacredita. Ver por ejemplo libro que desmonta este mito: Wolfram Wette, La Wermacht: los crímenes del ejército del ejército alemán, editorial Crítica.
(5) Klaus Barbie Altmann (1913-1991), militar y criminal de guerra alemán, alto oficial de las SS y de la Gestapo, involucrado en muchos crímenes de guerra contra la humanidad, condenado a cadena perpetua en 1987, conocido como «El carnicero de Lyon». Ejerce principalmente su labor siniestra en Lyon. Después de la guerra, ayudado por los servicios secretos estadounidenses y las Ratlines gestionadas por el Vaticano, encuentra refugio en Bolivia, Brasil y Paraguay.
(6) El pastor Dietrich Bonhoffer (1906-1945), líder cristiano en el movimiento de resistencia contra el nazismo. Se opone vivamente al maltrato de los judíos. Su pensamiento: «La Iglesia permanecía muda, cuando tenía que haber gritado… La Iglesia reconoce haber sido testigo del abuso de la violencia brutal, del sufrimiento físico y psíquico de un sinfín de inocentes, de la opresión, el odio y el homicidio, sin haber alzado su voz por ellos, sin haber encontrado los medios de acudir en su ayuda. Es culpable de las vidas de los hermanos más débiles e indefensos de Jesucristo». Se lo acusa de ser uno de los conspiradores del 20 de julio. Antes de ser ejecutado el lunes 9 de abril de 1945, sostiene un servicio religioso para los prisioneros. Es ejecutado en la horca. Se le ordena desnudarse para subir al cadalso. Entonces exclama: «Este es el fin; para mí el principio de la vida». Según el testimonio del médico del campo: «Se arrodilló a orar antes de subir los escalones del cadalso, valiente y sereno. En los cincuenta años que he trabajado como doctor nunca vi morir un hombre tan entregado a la voluntad de Dios«
Por su parte, el obispo Clemens von Galen (1878-1946) pronuncia su famoso sermón del 3 de agosto de 1941 en el que denuncia el programa secreto Aktion T4 que asesinó a miles de enfermos mentales y de discapacitados. El gran impacto del sermón del obispo detiene las matanzas. Poco después, von Galen empieza a atacar la ideología racial del nuevo régimen, y fustiga las ideas racistas Alfred Rosenberg, uno de los ideólogos máximos del régimen.
(7) Sobre la trágica muerte Sophie Scholl y los otros los implicados en la Rosa Blanca, es recomendable la película Sophie Scholl. Los últimos días (2005), del director Marc Rothemund y el escritor Fred Breinersdorfer.
(8) Otto Skorzeny (1908-1975), coronel austríaco de las Waffen-SS, especialista nazi en operaciones especiales durante la Segunda Guerra Mundial y la postguerra, rescató a Mussollini de su prisión en el Gran Sasso; lideró la Operación Greif (Unternehmen Greif), lo operación de falsa bandera, durante la batalla de las Ardenas, en diciembre de 1994, por la que infiltró a numeroso soldados alemanés camuflados con uniformes aliados y con un solvente manejo del inglés para operaciones de espionaje y sabotaje.
Bibliografía:
Joachim C. Fest, Plotting Hitlers Death: The German Resistance To Hitler, 1933–1945
Joachim C. Fest, Yo no. El rechazo del nazismo como actitud moral, ed. Taurus,
Ian Kershaw, Hitler. La biografía definitiva. ed. Península.
Danny Orbach, Los conspiraciones, ed. Tusquets.
Richard Evans, Hitler y las teorías de la conspiración. El tercer Reich y la imaginación paranoide, ed. Crítica.
F. von Schlabrendorff, La oposición bajo Hitler.
Hans Mommsen, Germans Against Hitler: The Stauffenberg Plot and Resistance Under the Third Reich , Ed Tauris 2009
Peter Hoffmann, Stauffenberg, Editorial Destino.
Wolfram Wette, La Wermacht: los crímenes del ejército del ejército alemán, editorial Crítica.
Jesús Hernández, Operación Valquiria. Operación: eliminar a Hitler. Todos los detalles del complot que pudo cambiar la historia del siglo XX, Nowtilus.





