Texto y fotos de Matías Wiszniewer, agosto de 2024

En esta nueva crónica, el viajero y escritor Matías Wiszniewer nos entrega un apasionado panorama de aspectos del México Antiguo y reflexiona sobre su relación con el presente a través del intenso periplo que realizó entre febrero y marzo de 2024.
En medio de la campaña electoral que le tocó atravesar, los ecos de los movimientos zapatistas palpitados por el autor en la geografía de Chiapas parecen establecer un nexo entre las cosmovisiones mayas y los fenómenos políticos que actualmente intentan una profunda transformación del país.
En la mañana del miércoles 7 de febrero de 2024 salí desde la boscosa Palenque y no fue fácil elegir la ruta. El camino más corto e interesante de cornisas y frondosos paisajes montañosos atravesaba el corazón de Chiapas por Ocosingo (sede en 1994 de la batalla más cruenta entre el Ejército Mexicano y los zapatistas), pero podía haber allí piquetes sorpresivos de campesinos mayas, que en el mejor de los casos son para cobrar algún tipo de peaje, y en el peor, bloqueos totales que obligarían a regresar al punto de partida.
Cuando fuentes confiables me informaron que no habría cortes ese día, me lancé a las rutas. Hubo sin embargo minutos de incertidumbre: al frenar ante uno de los cientos de «topes» (pequeños lomos de burro) que interrumpen el camino, cierta banda de chicos levantó una barrera de cintitas de colores. La que parecía ser la jefa (tendría unos 12 años) se me acercó. Bajé la ventanilla y me asaltó con una oferta imposible de rechazar: bolsita de plátanos desecados a 20 pesos (poco más que 1 dólar). Una vez realizada la transacción, la barrera fue eliminada. El improvisado piquete me había obligado a pisar la mano contraria: “¡apúrese que viene un trailer!” dijo con firmeza la líder del grupo. El “bloqueo zapatista” no fue político, sino estrictamente comercial.
Entre los intensos verdores de los caminos abisales -especialmente adrenalínicos cuando tocaba pasar camiones- atravesé muchas pequeñas aldeas mayas con pintorescos puestitos sobre la calzada, pobladores caminando por las banquinas, pintadas para las elecciones presidenciales de junio (la mayoría decían “ES Claudia”, por Claudia Sheinbaum, la candidata del gobernante partido Morena) y un gran letrero del “Colectivo de Comunidades y Gobiernos Autónomos Zapatistas” (CCGAZ). Y llegué finalmente a los frescos aires de San Cristóbal de las Casas.
Fue esa bellísima comarca de los valles de Chiapas la principal plaza que el 1º de enero de 1994 -tres décadas antes de mi visita y 35 años después del triunfo de la Revolución Cubana- ocuparon las tropas indígenas del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) junto a otras poblaciones del Estado, para llevar adelante un programa que según su vocero el subcomandante Marcos no contemplaba «la toma del poder», sino «apenas algo más difícil: la implantación de un mundo nuevo». La Declaración de la Selva Lacandona (jungla-refugio donde se habían preparado los zapatistas) planteaba sus objetivos “para el pueblo mexicano que lucha por trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz.” Y advertía que “no dejaremos de pelear hasta lograr el cumplimiento de estas demandas básicas de nuestro pueblo…». Según cuentan los lugareños, todavía en nuestros días, cada 31 de diciembre, antes de la medianoche, los zapatistas llegan de la selva y desfilan por San Cristóbal, pero no para recibir al Año Nuevo, sino para recordar la sublevación de 1994.

San Cristóbal de las Casas.
LA CAPITAL
La actual “CDMX” (Ciudad de México) fue también Tenochtitlán, ciudad de maravillas implantada en medio de un inmenso lago y última capital de la civilización mesoamericana precolombina, cuando imperaban los aztecas o mexicas.
Moctezuma II (o Moctezuma Xocoyotzin) era el Emperador cuando se produjo el choque de dos mundos. Se dedicaba, como sus antecesores, a dirigir los aspectos políticos y militares del Imperio, a guerrear, conquistar y pactar treguas con los pueblos enemigos, y a orientar como sumo sacerdote un rito religioso que debía sus orígenes a las culturas que lo precedieron, principalmente teotihuacanos, mayas y toltecas. Según narra la leyenda, habrían sido esas convicciones religiosas parte de las razones que explican la cierta facilidad con que Moctezuma perdió su reino a manos de los conquistadores castellanos dirigidos por Hernán Cortés, ya que “los dioses blancos y barbados que vendrían desde Oriente” en la profecía de la principalísima deidad Quetzalcóatl, desembarcaron en el Golfo de México en abril de 1519, y en solo dos años pasaron a ser los nuevos señores de un país habitado durante decenas de milenios por las más diversas culturas originarias. El Tecpán edificado por Moctezuma, desde donde éste había ejercido el gobierno durante unas dos décadas, era de enormes dimensiones, mayores aún que las del actual Palacio Nacional construido por Hernán Cortés sobre las ruinas de aquél, frente a la plaza principal de México hoy conocida como el Zócalo.
El viernes 16 de febrero, poco más de cinco siglos después del triunfo español, atravesé el Zócalo y la gran Catedral Metropolitana (a cuyos alrededores multitud de hombres emplumados con el torso desnudo “limpiaban” turistas a cambio de algunos pesos), y luego de cruzar un vallado penetré la calle Moneda hasta ingresar al Palacio Nacional. Quise indagar allí qué de los espíritus de Moctezuma y los suyos, de la Nueva España colonial que vino después, y del México independiente que se liberó de España en las primeras décadas del siglo XIX flotaban entre columnas, balcones y patios, y los celebérrimos murales de Diego Rivera me dieron testimonio vivo de lo que me preguntaba. Toda la historia de México parece resumida en esos frescos salvajes: la guerra y la paz, la barbarie y lo sublime, los orígenes santificados de los pueblos originarios, la sangre vertida por la Conquista, la Colonia, la Independencia, la opresión y la gloria, la Revolución de Madero, Villa y Zapata y al final, como confesión indudable de los sueños del pintor, Carlos Marx señalando el camino, sí, allí, en el corazón del poder político de los Estados Unidos Mexicanos.
A no más de cien metros del Palacio encontré las magníficas ruinas del Templo Mayor (último ombligo espiritual de Mesoamérica). Contemplar tales vestigios monumentales en medio del ajetreo de la ciudad contemporánea, sabiendo lo que ocurrió en ese espacio cuando nada de lo que ahora lo rodea era siquiera imaginable en sueños, resulta una experiencia conmovedora. Las ruinas están acompañadas por un fantástico complejo museístico que narra el alma de aquella civilización. Testigo de la Dualidad esencial de su Cosmovisión, el edificio principal del Templo Mayor de los mexicas estaba dividido en dos: la Mitad Norte, azul, dedicada al dios Tláloc, a lo femenino, a las lluvias, a la agricultura, y a la dimensión lunar, fría y oscura de la existencia, y la Mitad Sur, ocre, al dios Huitzilopochtli, a lo masculino y seco, al ímpetu guerrero, al sol, al fuego y a la luz.

EN TORNO a OAXACA y PUEBLA
Once horas al hilo habían sido necesarias el 10 de febrero para llegar desde San Cristóbal de las Casas hasta Oaxaca, con apenas treinta minutos de descanso en la Pemex del poblado de San Pedro de Tapanatepec. Alegre y sencilla, festiva y cultural, Oaxaca de Juarez es la capital del Estado que lleva su nombre. Tiene dos Zócalos (Plazas Mayores), y su museo de las Culturas -ubicado en uno de los conventos más importantes y antiguos de América- propone un profundo periplo por los pueblos que durante diez mil años habitaron el Valle y las Sierras oaxaqueñas, un ámbito geográfico que, según se cuenta, alberga la mayor diversidad étnica del planeta.
Monte Albán, el gran centro urbano de los zapotecas, ubicado en la cumbre de una colina aledaña a solo cinco kilómetros de la ciudad de Oaxaca, no es tan fácil de alcanzar. Hay que surcar estrechos y empinados senderos que primero atraviesan barrios pobres de los suburbios y luego el escarpado verdor que conduce hasta llegar al emplazamiento -uno de los más espectaculares del México Antiguo- a 1.500 metros de altura.
La metrópolis fue fundada varias centurias antes de la era cristiana, y tuvo su apogeo entre el 200aC y el 200dC, aunque perduró todavía 600 años más. La cumbre en que se encuentra, protegida por vertiginosas laderas y rodeada de profundos valles, también fue de difícil acceso durante los tiempos gloriosos. La Gran Plaza, de tamaño descomunal, tiene en uno de sus extremos, en la Plataforma Norte, al otro lado de una amplia escalinata, los también grandiosos edificios que rodean al “Patio Hundido”, utilizado para las ceremonias más importantes. Y en el otro extremo, un gran promontorio en cuyo tope hay una pirámide. El escenario es imponente, y da una idea cabal de la potencia que llegaron a adquirir los zapotecas. Dentro del recinto de la Plaza se destacan los grandes templos, el altar principal, y -sobre todo- el Observatorio, al que solo accedían los más encumbrados sacerdotes. La ciudad en su conjunto se presenta a los ojos como un gran santuario astronómico. Todo parece elevarse hacia los cielos, dando testimonio de una completa simbiosis entre ciencia y religión. Los avanzados saberes que sobre el curso de las estrellas y los planetas poseían los antiguos zapotecas, eran inseparables de las oraciones, de la vida espiritual, y de las respuestas que intentaron dar a los misterios de la vida y de la muerte.
Por la noche, ya refugiado del tórrido “invierno” y del sol calcinante de Monte Albán, acomodado en la galería de uno de los zócalos oaxaqueños con su música y su bullicio, se impuso para la despedida una exquisita copa del autóctono mezcal, “que se debe saborear de a poco”, según indican los locales.

Continuando con rumbo norte hacia CDMX, pasé por el brillo hispánico de Puebla de Zaragoza y un poco más allá, luego de los coquetos suburbios norteños, ya en el municipio de San Andrés Cholula, vi ante mí el cerro que con el paso de los milenios se tragó literalmente al templo homónimo: la pirámide de Cholula, de la cual se afirma que es la más grande del mundo ya que su volumen supera con creces a la de Keops, la mayor de Egipto. Su cumbre (es una auténtica “escalera al cielo” la que hay que subir para alcanzarla, a más de 2100 metros de altura) está coronada por el cristiano barroco Santuario de Nuestra Señora de los Remedios.
Ingresé por la principal calle del poblado actual, y enseguida a mi izquierda me sorprendió la pizzería “Ché Boludo”, decorada con una bandera argentina y adosada a un pequeño local en cuyo frente, junto a las estampas santificadas de Diego Maradona y Lionel Messi, se leía: “Iglesia Maradoniana de México”. Pero no era momento de almorzar ni de rezar, así que seguí hasta que encontré un parking desierto para dejar el vehículo al pie del promontorio.
Pasé de largo puestitos de venta de chapulines comestibles y comencé la escalada agotadora. En la cumbre, desde la pequeña iglesia en las alturas, pude contemplar el conjunto del panorama e imaginar la tragedia sucedida en 1519, cuando soldados de Hernán Cortés aliados con fuerzas indígenas tlaxcaltecas, en camino a Tenochtitlán, masacraron sin piedad a la casi totalidad de los cholultecas (aliados por entonces de los mexicas), incluyendo a sus gobernantes y sacerdotes, y pusieron fin a una de las historias más destacadas y prolongadas del México Antiguo. En la zona arqueológica los investigadores, tras décadas de trabajo, han logrado hallar solo una parte menor de los tesoros escondidos debajo de los matorrales del cerro, intentando así revelar algunos de los secretos de las siete capas de Gran Pirámide, construidas durante siglos una sobre la otra.

ALREDEDORES de TENOCHTITLÁN
Alojado en Ciudad de México, antes de partir hacia Teotihuacán, un perspicaz trabajador del hotel me dijo que -según su propia experiencia- al contemplar semejantes monumentos “uno siente lo fugaz de la vida”. Efectivamente, las pirámides teotihuacanas del Sol, de la Luna y de la Serpiente Emplumada, unidas por la Calzada de los Muertos y conformando un inmenso entorno urbano que llegó a albergar más de 150.000 habitantes en su apogeo, me transportaron a los tiempos en que brilló -mucho antes que el Imperio de Moctezuma- aquella que fuera probablemente la civilización más importante de Mesoamérica.

Más al norte, ya en el Estado de Hidalgo se encuentra Tula, donde erigieron su vida los toltecas, herederos de Teotihuacán, y antecesores de los aztecas. Sobre una de las pirámides del gran centro administrativo, religioso y político que rodea la plaza central junto a otra pirámide, un palacio, una cancha de juego de pelota y otros edificios, se yerguen -recordando quizás en la imaginación a los Moai de la Isla de Pascua- las cuatro enormes figuras antropomorfas conocidas como “Atlantes de Tula”. Desde la cima de la llamada “Pirámide B” ellos parecen aguardar, firmes, en posición lista para entrar en combate, el llamado de los antepasados de Teotihuacán o de los futuros emperadores de Tenochtitlán, ambos ubicados en ese Sur al que dirigen sus miradas.

RETORNO AL SURESTE
De regreso al punto de partida atravesé las rutas de los Estados de Veracruz y Tabasco, donde pude tomar contacto con la enigmática semilla de todas las demás civilizaciones mesoamericanas: me refiero a los olmecas, cuyo legado más visible es el conjunto de casi veinte colosales cabezas de supuestos gobernantes esculpidas en piedra, algunas de las cuales pude apreciar en Villahermosa, capital de Tabasco.

Al ingresar al Estado de Campeche, me encontré con los intensos turquesas del Golfo de México. Estaba de regreso en la Península de Yucatán, desde el siglo XIX dividida en tres estados: Campeche, Yucatán, y Quintana Roo. Se trata del territorio que alberga -junto a Guatemala, Belice, partes de Honduras y de El Salvador, y al Estado de Chiapas- el corazón del Mundo Maya.
Se sabe que los primeros grupos mayas habitaron la zona desde hace unos 13.000 años, pero el esplendor de su urbanismo, su arte, sus rituales y su ciencia se da entre el primer milenio aC y el siglo X de nuestra era. A diferencia de las otras grandes civilizaciones mesoamericanas, los mayas -que lograron extraordinarios avances en astronomía, administración del calendario, matemáticas, escritura y muchas otras ciencias y técnicas- no se organizaron en torno a un centro político exclusivo, sino que a lo largo y a lo ancho de sus comarcas formaron numerosos centros urbanos que muchas veces combatían entre sí.
Antes del periplo mencionado al principio, que me llevó a las zonas altas de Chiapas y a San Cristóbal de las Casas, me tocó descubrir sobre el Mar Caribe la zona arqueológica de Tulum, la “Ciudad del Amanecer”. El conjunto que presencié allí de templos y castillos inundados de iguanas y casi colgados sobre el inmenso espejo marítimo, bajo un sol de «invierno» que a pesar de los fuertes vientos que lo alivian no deja de ser abrasador, provocaron que el viaje en el tiempo me resultase abrumador.

En la selva de Chiapas me sumergí allí donde los arqueólogos han logrado sacar a la luz parte de la perdida Palenque (¡solo un 2% de lo que fuera esta gran urbe está a la vista actualmente!). Después de su esplendor alrededor del siglo VII, Palenque decayó misteriosamente, y a partir del siglo XI fue completamente devorada por la selva. Dentro del Templo de las Inscripciones -la gran pirámide escalonada del recinto- se ha descubierto el sarcófago del rey Pakal, el más importante de los monarcas de Palenque. La similitud con los ritos funerarios del Antiguo Egipto hace que uno no pueda dejar de preguntarse sobre la enigmática relación que pudo haber habido entre ambas civilizaciones.

La despedida de todo aquello fue donde debía ser: me refiero al sitio arqueológico más visitado del país, cuyo nombre significa “Boca de pozo de los itzáes” (en lengua maya, “Chichén Itzá”). Como en las áridas extensiones de Yucatán casi no llueve, los pozos de agua que las nutren (llamados “cenotes”) no solo han tenido históricamente el valor sagrado del acceso al inframundo, sino además la vital importancia de ser fuente única del líquido vital. El Cenote Sagrado de Chichén Itzá, en el extremo norte de su entramado urbano, con 20 metros de altura del pozo y otros 20 de profundidad de las turbias aguas, fue el fundamento de esa gran ciudad en su tiempo más glorioso, aunque no le quedan muy atrás ni la perfección simétrica del “Castillo” (pirámide central), ni su cancha de Juego de Pelota, la más grande de Mesoamérica. Fue mientras recorría esa cancha que escuché al guía de un grupo decir que solo “la mayoría” de los arqueólogos sostiene que el sacrificado luego de los juegos de pelota era el capitán ganador, en tanto “una minoría” afirma que lo era el perdedor. No hay ciudad del México Antiguo que no ostente al menos una cancha de Juego de Pelota: pero no se trataba de una mera competencia deportiva, sino de una sagrada contienda que ponía en escena las fuerzas del universo entero, y por eso, como en todas las grandes celebraciones dedicadas a los dioses, el sacrificio humano no podía faltar.
Por la noche experimenté en Chichén Itzá quizás lo más inolvidable del periplo: el celestial espectáculo de luz y sonido proyectado sobre una de las laderas del Castillo. Pude observar allí una reproducción de aquello de la ciencia de los antiguos mayas que la naturaleza solo deja ver en los equinoccios: el modo en que el sol, cada 21 de septiembre y de marzo, rosa con tal precisión una de las aristas de la gran pirámide que su luz se convierte en serpiente emplumada.

Todo el Mundo Maya, con sus diversos matices y realidades locales, vivió su apogeo en los siglos en que en Europa nacía y se consolidaba el cristianismo. El sagrado Árbol de la Ceiba, “eje del cosmos” de los mayas, representaba la articulación entre el inframundo y el supramundo, es decir, la Dualidad universal de los opuestos que todo lo mueve. Y este elemento esencial -como en los cristianos- era simbolizado por una cruz. Pero no había lugar para santos ni vírgenes en el panteón maya: el alma de los dioses estaba vinculada al cacao, al sol, a la lluvia, a la luna, al jaguar, a la serpiente y al maíz.
EL PRESENTE
La campaña electoral que inundó mis sentidos desde el minuto en que pisé el territorio mexicano continuó más allá de mi estadía. Los mexicanos y las mexicanas de nuestros días tenían que decidir qué hacer ante el final del sexenio de “AMLO” (Andrés Manuel López Obrador), presidente innovador que predicó e intentó llevar a cabo una “Cuarta Transformación” en la historia moderna de la Nación.
Mi percepción general en las distintas geografías que me tocó recorrer fue de respaldo popular a los logros de esta presidencia, sobre todo en cuanto a mejoras en la calidad de vida de trabajadores y capas medias, a la estabilidad y el crecimiento económico, y al respeto por la diversidad étnica que sigue habitando al país. También noté una oposición minoritaria pero convencida: por ejemplo cierta “Marcha Rosa” que un domingo de mi estadía -ondeando innumerables banderitas y carteles de ese color- colmó el Zócalo de la capital para expresar su furia contra la gestión del López Obrador, al que consideraban -sin que yo pudiera comprender bien por qué- una “amenaza para la democracia”.
El 2 de junio de 2024 la candidata de AMLO, Claudia Sheinbaum, arrasó en las elecciones, garantizando seis años más de “Cuarta Transformación”. El México de raíces precolombinas mestizadas con la Nueva España católica e inquisitorial, el supuesto México machista, proclamaba de esta manera a su primera presidenta mujer y judía.
Entre cosmovisiones mayas, mexicas, zapotecas y toltecas, bajo el espíritu de las estrellas y de los inframundos, de las revoluciones independentistas y de los pronunciamientos zapatistas, entre las amenazas de una globalización que pretende homogeneizar un mundo tan complejo, se verá qué queda y qué no de la consigna central que el movimiento político triunfante en estas elecciones sostuvo durante la batalla electoral: “Morena, la esperanza de México.”

Pintada electoral en favor de la candidata Claudia Sheinbaum entre los poblados mayas de la selva de Chiapas
(*) Aclaración del editor: las valoraciones políticas del gobierno actual de México solo representan la libre interpretación del autor.
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