Por Sergio Fuster

En este ensayo Sergio Fuster despliega un completo y ágil estudio de la llamadas devociones populares, en el caso particular de Argentina. Para esto, primero se sumerge en una introducción que alumbra la base de creencias religiosas en el antiguo Egipto u otros momentos de la historia que luego derivó en el fenómeno devocional. Entonces despliega un hilo del análisis que une diversos santos populares, de ricas mitologías, como El quemadito, Pancho Sierra, el culto a la Cruz Negra, San La muerte, la Difunta Correa, la vasta fe popular de San Cayetano, o el fenómeno más importante quizá de sincretismo, de hibridación o mezcla entre elementos paganos y cristianos que convergen en el gran atractivo de El Gauchito Gil, que irradia desde su santuario en Mercedes, provincias de Corrientes.
Religiosidad popular en la Argentina, por Sergio Fuster
Consideremos aquí un aspecto central de las vivencias espirituales humanas: hablo de aquellas que se conocen como devociones populares. Este tipo de cultos “al margen” de la religión oficial son muy comunes -naturales diríamos-, y se han dado en todas las épocas y en todas las culturas. Diría más, todas las grandes religiones que hoy vemos han tenido un a priori fundacional, por consiguiente, han comenzado como manifestaciones fronterizas, en la mayoría de los casos de carácter anónimo, y se han convertido con el tiempo en lo ortodoxo.
Pensemos sino en las pequeñas efigies de Osiris que los antiguos egipcios en tiempo predinásticos colocaban en las entradas de las casas antes que el culto solar fuese la religión faraónica. Las vemos en India, donde altares y levantamientos a todo tipo de espíritus errantes figuran entre las manifestaciones más ricas de la religiosidad oriental que luego, muchas de ellos, fueron recogidas en las tradiciones brahmánicas. En Grecia son recordadas las ermitas a Hermes, el Dios de los caminos. En las rutas antiguas había emplazamientos de piedra con imágenes del Dios bicéfalo para que guiara a los comerciantes y viajeros. Estos, a mitad del sendero, le rendían culto en agradecimiento por su protección. Varios de estos Dioses luego fueron admitidos en el Olimpo.
Y, en estas expresiones pre-oficiales que se sostiene lateralmente es donde el milagro permanece vivo, activo y constantemente se “licúa”. Desde tiempos ancestrales notamos la presencia de relatos de estatuas que lloran, curaciones y de otros prodigios similares en torno a los santuarios locales. A partir de esos rumores, esos lugares se transmutan en sitios especiales. En el Génesis bíblico son frecuentes los relatos en que los patriarcas levantaban “majanos” o cúmulos de piedras sin labrar para establecer un “centro simbólico” con el cual señalar un lugar sagrado donde Dios “se apareció”. Espacio distinto en constitución sacra a otros espacios profanos. Entre otros Dioses del universo del Medio Oriente son sabidas de las advocaciones populares a Ba’al a Molok o a Kemosh, también a Istar o Aseras (estacas), entre otros.
Dicho esto, podemos argumentar que la religiosidad popular (R.P.) se presenta mayormente dentro de los politeísmos y henoteísmos, ya que su diversidad numinosa es más florida; sin embargo, hay ejemplos bíblicos y coránicos que entre los israelitas y los musulmanes se han dado fenómenos culticos como los que recién mencionábamos. Estas señalizaciones de “puntos de inflexión” en el espacio donde los Dioses “bajaron a la tierra” es una vivencia común en todas las creencias espirituales. La invención de la sepultura es una “arquitectura” en esta dirección. Un hito que marca la presencia de lo distinto.
Sin duda se recordará las llamadas “herejías” por parte de los primeros cristianos en los textos de los Padres de la Iglesia. O las fiestas rurales en la Edad Media (Sugiero consultar a Philippe Walter en Mitología cristiana. Fiestas, ritos y mitos de la Edad Media, Buenos Aires, 2004). Tema recurrente durante la modernidad del cual se interesó el joven Hegel, al ser influenciado por el crítico de arte Lessing (que escribió El sabio Natán como un precursor del meditar en el diálogo interreligioso). El filósofo de Jena pensó en la volksreligión o religión del pueblo, a diferencia de Kant o Fichte que solo hablaron de su aspecto moral. Hegel en su Fragmento de Tubinga daba a entender que lo importante de un culto no es lo externo sino su subjetividad que llamó “cosa del corazón”. Lo que evidencia que lo “periférico” es, en realidad, lo marginal a los cultos oficiales como mostración fenoménica. Hablar de lo “periférico” implica suponer una ortodoxia, y estas devociones discriminadas surgen a partir que se establecen las grandes religiones conjuntamente con un aparato de poder que se arroga la potestad y hegemonía de decir qué es verdadero y qué no.

Es interesante al abordar el tiempo actual, el observar cómo se fue desarrollando el proceso de secularización, en el cual, en palabras de Habermas, la religión dentro de una sociedad postmetafísica, como la llama, debe mantener distancias claras ente lo “Estatal” y lo “civil”. La religión entraría dentro del espectro civil, donde podrán ejercerse libremente la praxis espiritual sin mezclarse. Empero, en una observación mucho más precisa a que la plantea Habermas, se ve que la religión oficial, al menos en Occidente, tuvo un proceso de secularización paralelo al Estatal y ha dejado constantemente en los límites a expresiones populares, arrojadas a especificaciones contiguas, en muchos casos discriminadas y mal comprendidas, pero, que guardan, según mi opinión, una fenomenología todavía pura. Lo que abriría el espectro para pensar, por un lado, la distancia entre Estado e Iglesia y, por el otro, la polarización entre Iglesia oficial o piramidal e Iglesia popular, fronteriza u horizontal. Perecieran ser recuperaciones propias del origen de cualquier culto con mucha menos contaminación por el proceso de secularización. Esto le da una riqueza tal, que, en el estudio de las distintas religiones, permite acceder al arjé que han perdido los grandes bloques tradicionales.
Estudiar exhaustivamente este fenómeno es casi imposible, por ello nos limitaremos aquí a lo que observamos en la Argentina, y aun así habrá manifestaciones populares que quedarán sin mencionar. Pero, a través de estos ejemplos, podremos obtener una idea bastante más clara de la consistencia del fenómeno de la devoción popular en sí.
El espectro argentino

En el caso de nuestro país la religión oficial es la cristiana, más extendidamente la católica y romana y, por lo tanto, nos remitiremos a su periferia (Catolicismo popular: CP), pero de ningún modo se agota allí. Esto, por supuesto, dentro de otro gran paradigma que es la riqueza cultual del resto de América Latina. Recordemos que el C.P. añade veneraciones a Cristo, advocaciones la virgen y a los santos, sean heterodoxos u oficiales. Según Aldo Bunting miembro del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) nos dice que gran parte del núcleo de poder sacramental se da en los ejes marianos: “Los santuarios marianos tradicionales suelen ser focos polarizantes más potentes. Enormes multitudes acuden anualmente en las fechas consagradas por la liturgia o por la devoción popular. Existe además una característica bien definida para esta acción polarizante: suele coincidir con los límites de subculturas homogéneas en la geografía socio-cultural del país. Esto se percibe claramente en la región NE (Corrientes, Misiones, Formosa, Chaco, Norte de Santa Fe) que gravita sobre la Basílica de Itatí. Algo semejante ocurre en el NO (Catamarca, regiones de Salta, La Rioja y Tucumán) que tienen como centro el Santuario de Nuestra Señora del Valle. Un comportamiento similar se observa en torno a las
Basílicas de Luján y Guadalupe, que polarizan e irradian la devoción mariana en grandes sectores de la Pampa Gringa, pero con intensidad de influencias definidas”. Incluyen, además, ritos como procesiones, peregrinaciones y santuarios puntuales fuera del espectro de la Iglesia.

Por consiguiente, R. P. es la adoración espontánea, no la que es dada por una institución o dictada por el poder dogmátco, sino la que elige el pueblo como consenso colectivo y anónimo. Puede abarcar a santos tradicionales o paganos, según sea el caso, lo que hace que hablar de “paganismo” sea improcedente. Es frecuente incorporar, y de hecho incorporan: agua bendita, curaciones de casas, medallas, estampas, imágenes, velas, toma de gracia, invocaciones, endechas, plegarias, ofrendas, promesas, etc. mezcladas con costumbres locales. Especialmente en la religión católica se espera que el Vaticano beatifique y canonice a los santos. (Recuérdese que “canon” es la regla oficial). Y, por otra parte, la Iglesia, a través de la aceptación de santos externos se desplaza de alguna manera del monoteísmo al henoteísmo, tal cual ya hemos estudiado en varios trabajos anteriores.
La idea de canon funciona como una especie de barrera para colocar a mártires o “núminas” aceptados por la ortodoxia de santos que no lo son por su procedencia dudosa o “pagana”. Aunque a veces, con el tiempo, muchos de estos santos marginales ingresan en el catálogo oficial. En esto el Concilio Vaticano II ha sido más laxo. En realidad, la “canonización” no posee nada de revelado o sobrenatural, es una acción bien política, es la declaración solemne que realiza un Papa cuando pone a una “persona muerta” en el catálogo, sea un difunto real o imaginario y ya anteriormente beatificado. En la actualidad debe ofrecer evidencias de curas milagrosas o alguna hierofanía especial. Así fue durante toda la historia del cristianismo occidental, cuando el Imperio romano debía adosar divinidades locales -junto con reliquias y nuevas iconografías- de los pueblos extranjeros bajo su dominio. Es una manera de mantener el poder de una elite y de justificar un monoteísmo ante una pluralidad de deidades menores.
Frecuentemente el proceso como manifestación del “poder pastoral” -para utilizar palabras de Foucault- requiere investigación de parte de la Iglesia y toma muchos años, tal vez siglos. Sin embrago, la devoción popular a alguna figura, se resiste al poder religioso ya que es decidida por el consenso local por fuera de la Iglesia, y en ocasiones, trascendente al lugar alcanzando a grandes grupos de creyentes.

Por lo general se presenta habitualmente como fenómenos de necrolatría, aunque incluye a otras núminas sobrenaturales, es decir, entidades que nunca se han encarnado. Se dan mayormente en poblaciones rurales. Por ejemplo, el culto a la “Cruz Negra” que está en Mendoza conmemorando a Raymundo Pallares que murió a manos de unos bandidos. La cruz está repleta de exvotos de todo tipo. Otro culto es el que encontramos en Santiago del Estero que se extendió a Misiones y Sur de Brasil, me refiero al “Quemadito”. Un delincuente que, según la leyenda, fue incendiado y murió. En ese lugar se levantan cruces y también en todo sitio donde crece el rumor que dicen haberlo visto, por lo general los que siguen estas devociones son frecuentemente de bajo nivel educativo y con serias carencias socioeconómicas.
Aunque hay muchas excepciones, claro, como las devociones urbanas. El ejemplo típico es el culto a San Cayetano en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Si bien tiene antecedentes del siglo XIX su culto se empieza a popularizar en la crisis de los años treinta. Esta situación ligada a una barriada de obreros e inmigrantes extranjeros, especialmente italianos, conduce a la difusión de los poderes del santo con respecto a mediar por “pan y trabajo”. El día sagrado elegido fue el 7 de agosto. La cola para ver al santo se forma unos días antes y el uso del símbolo de la espiga es infaltable. Se cambia las ofrendas de velas y flores por alimentos y ropa. Rodeado de típicas santerías donde se venden todo tipos de artefactos para un sinfín de cultos cristianos y paganos como la brujería, la magia y el Tarot, etc. Para lo cual vemos, que la R.P. también es de gran porosidad, y en una dimensión profana, un próspero negocio.
Otra razón de sus manifestaciones, sobre todo, parece ser la imposibilidad psicológica de algunas comunidades de no aceptar la realidad de la muerte y de creer que los difuntos siguen vivos en el imaginario colectivo donde desde algún estado preternatural ayudan a su prójimo. Lo vemos en muchas religiones que comenzaron con un fenómeno de “necrolatría”. Podemos citar a los egipcios cuya religión primitiva era practicada presuntamente sobre los restos descuartizados del Dios, pero sin ir más lejos, el mismo culto cristiano está basado en la muerte de su maestro, Cristo, y en los rumores de su resurrección. Además de todos los fieles que murieron en martirio después de él y que se acumulan en un santoral inabarcable. El cristianismo, claramente, es el culto a un muerto que sigue activo en el mundo de lo sobrenatural. Claro que este no es cualquier muerto, sino que es el “el hijo de Dios” o “Dios mismo”. Personalmente creo que allí, en la R.P. hay una experiencia religiosa sentida que circula por fuera de lo autoimpuesto filtrado por innumerables creencias. Recuerden que al igual que ocurrió en las religiones africanas que fueron obligados a cristianizarse, lo mismo pasó con las comunidades aborígenes.
Esta sincretización polimorfa y plástica evidencia la manifestación viva de la conversión. Por ello en sus fiestas, capillas, altares y rituales de variada procedencia despierta lo mágico, lo animista, el naturalismo cósmico y la densidad mística que se corporiza en el ambiente y en el espíritu de la celebración como muestras la actividad numinosa en toda su potencia. Las comunidades postergadas toman el sentido de la fiesta, el baile y la diversión como una salida inmediata a una condición de pobreza y exclusión. Aquello que lo oficial cataloga de “demonismo” y “superstición” muchas veces es más auténtico en cuanto a la experiencia de lo sagrado que el culto establecido.
A estos santos “dudosos” los legitima la gente común. En la medida que estos les cumplen los pedidos los devotos deben cumplirle las promesas creando un “círculo mágico” de dones y ofrendas, lejos de la gracia, ya que se sostiene en el mercantilismo de dar para recibir. Entra en juego aquí una red psicológica de obligaciones y represalias. De este modo trasladan su mentalidad y condición de vida al tipo de espiritualidad que manifiestan por proyección, logrando así una ligación sin intermediaciones institucionales (re-ligare) entre el devoto y la númina; compromisos que atan al sujeto a la imagen y al espíritu invisible que esta representa que, puede entenderse como trascendente al objeto cultico o inmanente a él.
Allí no hay lugar para elucubraciones teológica y metafísicas como la redención como teoría, ni el misterio trinitario, tampoco especulaciones sobre la encarnación, menos para la gracia o la fe en la segunda venida de Cristo. Todo es símbolo-signo, mito y rito. Los dones, los cumplimientos, las ataduras y las consecuencias de estar bajo el dominio de lo
sobrenatural son inmediatos, aquí y ahora, la esclavitud a la que se someten los devotos ante los caprichos de las núminas espirituosas y bajo la red de imposiciones es, en ocasiones, muy angustiosa.
La dialéctica por lo general es mágica, atravesada frecuentemente por las practicas del maleficio o “hacer el daño”, asimismo las maldiciones y las bendiciones son claramente concretas y visibles. La espiritualidad se densifica deviniendo en un espiritualismo “pesado” y semimaterial. Por lo que las devociones populares son proclives a mezclarse con las manifestaciones chamánicas autóctonas, además de practicar fenomenológicamente liturgias lamenteras o festivas ya vistas en las culturas afroamericanas, donde se llega a una frontera donde todo se confunde y resiste la mirada ordenadora del investigador imparcial. Muchas núminas del santoral no canónico (C.P.) suelen estar presentes en el altar africano y ser adoradas también por las religiones negras. Esto solo muestra que la R.P. es como un cono de sombra de sociedades que carecen frecuentemente de educación académica y de injusticias sociales, que tiene una cosmovisión de la vida, la familia, el poder, la sexualidad y la muerte muy precarizada
Soneira nos dice que “Es interesante observar cómo las características del C.P. han motivado enfoques divergentes dentro del propio catolicismo, a la vez que un cambio importante en su reconocimiento. Así, desde una visión tradicionalista que considera a la R.P. como una forma vulgar, popularizada, inculta y deficiente de la religión oficial se transitó hacia su revalorización, tanto por su momento humano, liberador y de resistencia histórica y cultural sin reducirla al mismo. En esta apreciación incidieron en gran medida los encuentros episcopales de Medellín (1968) y de Puebla (1978). El Documento de Puebla N· 488 dice: ‘La religiosidad del Pueblo en su núcleo es un acervo de valores que corresponden con Sabiduría Cristiana a los grandes interrogantes de la existencia’”. (CF.: Soneira, J.: Sociología de la religión, Buenos Aires, 1996). Pero también hay que decir, que muchas de estas miradas antropológicas amables fueron utilizadas e impulsadas por políticas de izquierda y teologías marxistas, para justificar y promover un espíritu revolucionario profano que poco tiene que ver con la vivencia espiritual.
Apariciones

Una característica insoslayable de la R.P. es que debe estar sostenida por evidencias subjetivas de manifestación sobrenatural. Por ejemplo, muchos de estos cultos tienen una etiología en el rumor de la “aparición”. Ven o escuchan “algo”, que sostiene la construcción de la devoción. Estos fenómenos del misticismo abren el espectro el estudio del fenómeno de los milagros. Algo ocurre que hierofaniza el ambiente. Por ejemplo, el cristianismo se funda en el rumor de la aparición de Cristo luego de haber sido crucificado. En las ermitas, santuarios y parajes desolados existen las mismas leyendas que constituyen después todo un complejo mítico y ritual.
Muchos de esos rumores de apariciones, especialmente de la virgen o algún santo específico, llegan a ser investigados por la Iglesia y pueden ser, después de muchas andanzas, convertidos en cultos oficiales. (No solo hablamos de apariciones, sino también de “milagros” sobre las imágenes, sean los relatos de testigos que dicen que lloran lágrimas -a veces de sangre-, oímos además de hostias sangrantes o licuefacción de las
reliquias plásmicas de algún santo. Estos fenómenos del misticismo son estudiados a menudo por la parapsicología, pero en nuestra interpretación vemos mejor llamarlos “fenómenos pararreligiosos” ya que constituyen el universo del creyente y su actividad santa y para librarlos de un cientificismo vetusto y positivista. Cf.: Fuster, S.: El campo de la trascendencia, 2 Vols. Buenos Aires, 2016, 2020).
Roy Abraham Varghese nos dice textualmente: “El término aparición se usó en épocas del pasado aplicado a fantasmas y espíritus. Hoy, hasta el Oxford American Dictionary lo define, en primer lugar, como ‘una apariencia, algo que aparece, especialmente algo extraordinario e inesperado’. Esta definición más actual encaja a la perfección con el uso del contexto mariano. Se deben distinguir las apariciones, por un lado, de los sueños, ilusiones y alucinaciones (ninguno de los tres existe en ningún otro lado que en la mente del sujeto), y por otro, de las visiones. En una aparición el testigo ve a una persona tridimensional que está realmente, pero que tiene un cuerpo glorificado (cuerpo resucitado). Mientras que una visión es un acontecimiento interno, una aparición es externa: una persona está presente en un determinado lugar en espacio y tiempo y es visible (en muchas de las grandes apariciones) a más de un testigo. Las visiones pueden ser imaginadas (hay imágenes de por medio) o espirituales (sin imágenes), pero en una visión un cuerpo no está objetivamente presente, aunque la entidad que se presenta ‘asume’ un cuerpo” (Varghese, R. A.: Enviada de Dios. Una historia de las apariciones de María, Buenos Aires, 2001.). Esto último es discutible (Tyrrell, G.: Apariciones, Buenos Aires, 1965).
Pero no está a mi alcance hacer conclusiones cuyo terreno de estudio desconozco. Vayamos a lo cultural. Estudiemos aquí algunas de las principales devociones que atraviesa el folklor de nuestro país y que el lector juzgue por sí mismo.
Folklor
La expresión folklor deriva del ingles folk, que significa literalmente “pueblo”, y lore, que significa “saber”; “conocimiento”; “conocimiento popular”. Abarca costumbres, saberes, cosmovisiones locales, tradiciones orales y elementos identitarios de una etnia determinada. En nuestro caso nos interesa el folklor religioso. En “fenomenología de la religión”, se establece que en el momento en que se pone por escrito el texto sagrado, es el consenso popular quien lo precanoniza, es decir, el que es el primero en seleccionar el corpus textual que después será oficial. De este modo, vemos que, sobre los hechos y sus recuerdos como patrimonio de la experiencia de una comunidad, aquellas narrativas que no ingresan al canon, o sea, los relatos “sobrantes”, quedan en paralelo. Una vez que la tradición oficial se canoniza, las demás tradiciones, o se olvidan, o se mezclan, y pasan a formar parte del folklor del grupo. Con las devociones populares ocurre más o menos lo mismo. Algunas entidades míticas como protagonistas de sus exposiciones logran llegar a ser Dioses aceptados por la ortodoxia y otros quedan al “margen” (otros, en cambio, se olvidan), pero no por ello dichos espíritus dejan de poseer un grupo de adorantes o seguidores que mantiene viva a esa númina, activa, y esta, de acuerdo a si es más o menos milagrosa adquiere estatus diversos y, a través de los fenómenos mágicos y religiosos la sostiene místicamente animada.
Dicho esto, y para concluir esta escueta exposición, mencionemos a manera de excurso algunas devociones más importantes para ilustrar el caso. Las he dividido arbitrariamente en: “Expresiones femeninas de lo sagrado”, “Gauchos milagrosos”, “Líderes espirituales” y “Santos peligrosos”. (Me basaré principalmente en la obra de Félix Coluccio: Las devociones populares de la Argentina, Buenos Aires, 1995).
Excurso:
Expresiones femeninas de lo sagrado

La Difunta Correa: El culto a esta “Diosa” se da en una región como es la de Cuyo, donde curiosamente no hay santuarios marianos locales. Esto quizás evidencia la necesidad de un sostén espiritual “femenino” en estas tierras. Veamos brevemente esta expresión sacro-cultural.
Cuenta la leyenda que en San Juan, que un hombre llamado Pedro Correa era perseguido por la justicia. Las montoneras arrestaron a Pedro y al yerno. Su hija Deolinda, quedó sola con su niño recién nacido. Los maleantes quisieron abusar de ella y esta escapó sola hacia La Rioja con su hijo en los brazos. Caminó por valles y cerros hasta que las fuerzas la abandonaron y, finalmente, cayó muerta. Milagrosamente sus pechos tenían leche y su hijo sobrevivió. Cuando unos arrieros la encontraron le dieron cristiana sepultura rescatando al niño. Se creó sobre su tumba un santuario. Aun los fieles creen que ella les da sus pedidos y protege a los pobres y necesitados. Las novias le llevan vestidos y zapatos, y su culto se extendió a varias provincias, inclusive a Chile. Sus ermitas están llenas de exvotos de flores de papel, coronas, velas, placas de broce y otros regalos.
El dolor de lo femenino está presente en otra devoción salteña: Juana Figueroa. El marido la asesinó al descubrir su infidelidad. Pronto comenzó a hacer milagros y la gente acude el día de su muerte a su casa donde llevan ofrendas de todo tipo. Hay una relación entre la santidad y el martirio en la mentalidad católica. Otra devoción interesante de mencionar es “La degolladita” en la provincia de Corrientes. Secundina Duarte fue asesinada por su esposo por infidelidad también y además asesinó a su pequeña hija junto con ella. En su santuario se colocaron dos cruces de hierro que hoy están desaparecidas por el planeamiento urbano.
La Telesita: En la devoción a la Telesita se pueden ver claramente los fenómenos de los símbolos y los ritos reviviendo historias míticas. Aquí la manifestación de lo sagrado y lo profano se acoplan en algo vivo. Telésfora Castillo, a quien llamaban “Telesita” vivía en Santiago del Estero. Era, según cuentan, de extraordinaria belleza y ambulaba por los bosques frecuentando algunos boliches donde se cantaba y bailaba. Un día amaneció quemada en su rancho. Lo cierto es que a partir de ese evento fue vista por los campesinos en incontables oportunidades y se le atribuyeron milagros sorprendentes (Faro de Castaño, T.: De magia, mitos y arquetipos, Buenos Aires, 1985).
Las personas comenzaron a invocarla por ayuda. Las ofrendas son bailes y danzas, al compás de música de guitarra y de alcohol. Se prepara un muñeco de papel o de trapo y se lo coloca sobre una mesa simulando el cuerpo de la “Telesita”, se la vela con cinco o seis cirios y se comienza la fiesta. Bailan siete chacareras y en el intermedio beben caña
o aguardiente. El culto festivo termina a la madrugada, hora en que la imagen de la “Telesita” es quemada ritualmente.
Otras mujeres asesinadas: En relación a los femicidios encontramos el culto a María Soledad Morales que fue secuestrada, vejada y asesinada el 7 de septiembre de 1990. Para su adoración se le construyó un templete en su tumba donde todavía se marcha en silencio. Otras manifestaciones son a Cristina Días en San Luis a Ramona Moreno (La Ramonita) y a “La finadita Juana” conocida como “La Brasilera”.
Los gauchos milagrosos

Existe en nuestro país una verdadera tradición de “gauchos santos”. Por lo general fueron personas que tuvieron problemas con la justicia y han sufrido, como Jesús, una muerte violenta. Se cuentan leyendas que les han quitado a los ricos para ayudar a los pobres. Ante la muerte sufriente, crística, primero hay conmiseración y luego decanta en devoción. No se tarda en achacarle algún milagro, curación o encontrar algún objeto perdido o algún animal. En Santiago del Estero también tenemos el caso de “Carballito” quien la policía mató atándolo a un árbol (según otras versiones fue enterrado vivo en la época del cólera). El árbol se convirtió en un espacio sagrado donde se le bridan ofrendas al santo. En Corrientes, en el cementero de Saladas, está la tumba del Gaucho Lega (Olegario Álvarez). Su tumba de material y elevada sobre el terreno está pintada de rojo donde los fieles le rinden culto. Flores, coronas reales o de plástico, velas y placas de broce las cubren. En Mendoza, en el cementerio de Las Heras está la tumba del Gaucho Cubillos. También abundan los exvotos y las ofrendas. En San Juan encontramos el santuario del Gaucho José Dolores con la misma lógica.
Juan Bautista Bairoletto: Bairoletto o “El pampeano”, como le decían (tenía muchos alias), nace un 11 de noviembre de 1894 en la ciudad de Santa Fe. Era el segundo de seis hijos. Su madre muere siendo él adolescente. Luego de ello se convirtie en delincuente. Pasó sus días entre prostíbulos, comités y prisiones. Pronto se levanta la leyenda que les robaba a los ricos para dárselo a los pobres. La gente lo ayudaba a escapar de la policía, hasta que, finalmente, en 14 de septiembre de 1941 en General Alvear es sorprendido por la policía y abatido. Su tumba se convirtió en un santuario donde, aún hoy, asisten todo tipo de creyentes a pedirle favores, en especial los más humildes, quienes creen que Bairoletto les protege.
Gaucho Gil: El Gaucho Gil (Gauchito) como una figura religiosa es objeto de devoción popular. Su fundamento histórico está en la persona del gaucho Antonio Plutarco Cruz Mamerto Gil Núñez, de quien se sabe poco con certeza. Muchos de estos personajes son malvivientes acabando en una muerte violenta. Nació en Pay Ubre, cerca de Mercedes, en la Provincia de Corrientes, alrededor de 1840 y fue asesinado el 8 de enero de 1878 a unos pocos kilómetros de la misma ciudad.
Hay varias versiones sobre su vida. A continuación, mencionamos la más conocida. Antonio Gil fue un hombre trabajador de la zona rural, que tuvo un romance con una viuda adinerada. Esto le hizo ganar el odio del jefe de la policía local, quien la había anteriormente cortejado. Como consecuencia del peligro que implicaba, Gil dejó el área y se alistó para pelear en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870). Luego de regresar, fue reclutado por el Partido Autonomista para pelear en la guerra civil correntina contra
el opositor Partido Liberal, pero él desertó. Dado que la deserción era delito, fue capturado, colgado de su pie (como la carta del “El colgado” del Tarot) en un árbol de espinillo y degollado. Antes de ser ejecutado, Gil le dijo a su verdugo que debería rezar en su nombre por la vida de su hijo, quien estaba muy enfermo; al principio, el verdugo desconfió de él, pero luego de la ejecución cuando regresó a su hogar, encontró a su hijo casi agonizando, desesperado, el verdugo le rezó a Gil y su niño sanó milagrosamente. Él le dio al cuerpo de Gil un entierro apropiado, y las personas que se enteraron del milagro construyeron un santuario que creció hasta hoy.
Se toma la tradición de envolver con banderas rojas o pintar de rojo los santuarios de veneración al Gauchito Gil, dado que es el color que caracteriza al Partido Autonomista en la provincia de Corrientes. Actualmente, el santuario construido en un emplazamiento cercano al lugar de su muerte donde recibe a cientos de miles de peregrinos cada año, especialmente en el aniversario de la muerte. Su tumba está en el cementerio de la Ciudad de Mercedes. El culto del Gauchito Gil se ha extendido desde la Provincia de Corrientes hacia el resto del país, observándose a lo largo de caminos urbanos y rurales, santuarios caracterizados por poseer banderas y cintas rojas.
Líderes espirituales

Pancho Sierra: Pancho Sierra nació en la estancia San Francisco (Pergamino). Terminado sus estudios secundarios ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Luego abandonó la carrera y se aísla en el campo; en ese ostracismo social ocurrió un cambio sorpresivo cuando retornó reflexivo, abstraído e interesado en sus semejantes. Después de estar en Rojas, se instaló definitivamente en la estancia «El Porvenir» en Las Carabelas (Buenos Aires), asumiendo el papel de confesor, hombre de fe y pseudo médico. Pronto surgió la fama acerca de sus dotes sobrenaturales, multiplicándose más allá de los límites del país. Lugar de peregrinos, la estancia era frecuentada por personas de todas las clases sociales. Murió en 1891. Sus exequias fueron destacadas por la cantidad de personas que acompañaron al féretro hasta el cementerio del Salto y por el grupo de ciudadanos de renombre nacional que pronunciaron emotivas palabras.
La Madre María: La Madre María, curada por Pancho Sierra, solía ser vista por sus seguidores como la continuadora del trabajo de su mentor, aunque ella afirmaba que vino a enseñar el camino hacia Dios. Profesaba la existencia de Dios y que solo la fe es lo que produce la purificación espiritual y la regeneración humana. Sostuvo la existencia de las reencarnaciones del espíritu para alcanzar la pureza. Los creyentes dicen que fue considerada virtualmente la continuadora de la obra de Jesús, sufriendo la cruz moral de la incomprensión, la persecución, la ingratitud y la ignorancia, y muchas veces, su nombre fue usado por mistificadores, curanderos y manosantas.
Santos peligrosos

San La Muerte: En el litoral la figura de San La Muerte (quien no debe confundirse con La Santa Muerte, manifestación mexicana donde a la condición de “muerte” se le da entidad y probablemente tenga sus raíces en las culturas prehispánicas. Cf.: Navarrete, C.: San Pascualito rey y el culto a la muerte en Chiapas, México, 1982), es un curioso
culto de origen guaranítico con fuerte influencia católica, su efigie funciona además como fetiche ambivalente.
La figurilla hecha frecuentemente de restos óseos humanos tiene gran poder sobre la psicopatía de los creyentes. Representaciones similares suelen colocarse bajo la piel. Es una deidad adorada por convictos. Se dice que si alguna de estas figuras es bendecida por un cura tiene un inmenso poder, tanto para dar dones como para causar algún tipo de daño. Es más, el propietario de una imagen esquelética del santo bendecida corre grave riesgo. El ídolo se debe colocar en diferentes posiciones para la práctica del maleficio. Por ejemplo, mirando la foto de la víctima o acostado con la cabeza en dirección a la casa de la persona que se quiere dañar. Algunos lo ponen cabeza abajo o lo entierran hasta que el santo cumpla lo pedido.
Se dice que su origen fue a partir de la muerte de un jesuita que pereció plácidamente y lo encontraron con la guadaña sentado. Es también conocido como “el Cristo de la buena muerte” (La relación de San La Muerte con las religiones afroamericanas es problemática. No pocos lo consideran un Exú, dentro de la cosmovisión afro, sin embargo, no hay consenso en cuanto a ello. Algunos kimbandistas lo aceptan y otros no, diciendo que es una entidad oscura del “bajo astral”).
San Pilato: En Jujuy, “el nudo” de San Pilato funciona como fetiche maléfico. El victimario pide a una curandera que «ate» un nudo en un pañuelo o una cuerda y de esa manera se logra lo pedido. Esto es muy frecuente en casos de infidelidad, en que el transgresor es atado mágicamente para que no pueda estar con ninguna otra mujer.
Fuente: Sergio Fuster «Religiosidad popular en la Argentina», ensayo que es parte del libro inédito «Teología e historia de las religiones».
