La inteligencia artificial, Doctor Jekyll o Mister Hyde?

Por Avelino Muleiro

La inteligencia artificial genera intensas controversias. Para algunos es solo una fuerza aniquiladora de lo humano; para otros, representa un progreso innegable, causa de múltiples aplicaciones y avances pero que, como toda tecnología, puede ser bien o mal usada ( su condición dual y ambivalente de doctor Jekyll o mister Hyde, en recuerdo a la famosa obra El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (1886), del escritor escocés Robert Louis Stevenson).

Esta última posición es defendida en esta valiosa aproximación a la cuestión por Avelino Muleiro. Aproximación que entreteje de forma enriquecedora distintos autores y obras a favor y en contra de los poderes de la IA, y en la que también se destaca a Raimundo Llull, filósofo, poeta y misionero mallorquín del siglo XIII, como «precursor de la inteligencia artificial debido a su enfoque en el razonamiento automático y en la lógica combinatoria que manifiesta en su obra Ars Magna«.

La inteligencia artificial (IA): Doctor Jekyll o Mister Hyde?, Avelino Muleiro (*)

La Inteligencia Artificial (IA) es una maravillosa creatura, bien imaginada y fabulosamente diseñada para encontrar solución a muchos problemas del ser humano facilitándole extraordinarios recursos en la conquista de su codiciado bienestar. No faltan, sin embargo, quienes la califican de locura científica por los riesgos que divisan en el horizonte de unas sibilinas profecías. Pero como decía don Quijote: “La cordura es a la locura lo que la razón a la pasión; y, en realidad, en el mundo hay mucha más pasión que razón. La fuente de la vida, lo que mantiene al mundo en actividad, es simplemente la locura, y por eso la gente se casa, porque el amor no es otra cosa que locura. Por tanto, la locura es vitalidad, es energía espontánea de la que no se puede prescindir».

Las prestaciones que ofrece la IA son auténticamente descomunales. Pensemos en el impulso que aporta a la creación de productos y servicios innovadores, como la cirugía asistida por robots y la detección temprana de enfermedades que permiten mejorar la calidad de vida de las personas, el incremento de la productividad en la industria mejorando la eficiencia y la seguridad, o las alternativas para llevar a cabo actividades más creativas y estratégicas.

Su deslumbrante capacidad para analizar grandes conjuntos de datos puede ayudar a extraer información muy valiosa para guiar la toma de decisiones en negocios, tecnología, investigación, etc. Tiene tal potencial que puede transformar significativamente nuestra sociedad, por eso es crucial abordar sus implicaciones psicológicas, sociales y éticas de manera proactiva y responsable para asegurarnos un futuro donde la tecnología, el desarrollo y la salud mental coexistan de forma armónica.

Como toda creación humana nace con riesgo de ser mal utilizada, aunque los beneficios superan con mucho unas inciertas amenazas y unos posibles riesgos. Los críticos consideran que depender demasiado de la IA puede limitar la capacidad de tomar decisiones y de resolver problemas de manera autónoma, lo que podría derivar en implicaciones psicológicas negativas. Se critica su modo de actuar imputándole unos sesgos y una latente discriminación en los algoritmos capaces de reflejar desigualdades presentes con los datos del pasado, llevando a decisiones injustas y aumentando las desigualdades en la sociedad. Para impedir tales transgresiones es necesario supervisar y asegurarse de que los algoritmos sean justos y no perpetúen prejuicios, como es necesario Implementar políticas públicas y regulaciones éticas que protejan la privacidad, la autonomía personal y eviten la discriminación.

Origen y tipos de Inteligencia Artificial

Alan Turing desarrolló una máquina llamada «Bombe» que fue capaz de simular el funcionamiento de Enigma -la máquina que utilizaban los alemanes en la Segunda Guerra Mundial- para descifrar sus mensajes, eliminando un gran número de claves probables y minimizando las posibilidades a través de cadenas de deducciones lógicas. La máquina Enigma era un dispositivo complejo que utilizaba rotores para cifrar mensajes.  Cada vez que se pulsaba una tecla, los rotores cambiaban de posición, lo que generaba un número altísimo de posibles combinaciones para cada letra del alfabeto. Los alemanes cambiaban el sistema de cifrado diariamente a medianoche, lo que significaba que Turing tenía que trabajar a contrarreloj para desarrollar un sistema capaz de desencriptar los mensajes antes de cada medianoche.

Debido a su trabajo pionero en la teoría de la computación y en su propuesta del test que lleva su nombre, “el test de Turing”, una amplia lista de intelectuales considera que con Turing nació la IA. Dicho test apareció en un artículo titulado “Maquinaria informática e Inteligencia”, una prueba para evaluar si una máquina puede exhibir un comportamiento inteligente indistinguible del de un ser humano. A pesar de todo, sería John McCarthy quien acuñó el término «inteligencia artificial» en la conferencia de Dartmouth de 1956, donde se establecieron las bases para el campo de la IA.

Raimundo Llull, filósofo, poeta y misionero mallorquín del siglo XIII, puede considerarse precursor de la inteligencia artificial debido a su enfoque en el razonamiento automático y en la lógica combinatoria que manifiesta en su obra Ars Magna. Llull buscaba sistematizar el conocimiento mediante combinaciones mecánicas de conceptos filosóficos y teológicos, similar a cómo los algoritmos actuales procesan información. Su idea de una máquina lógica para validar argumentos refleja principios que subyacen en la inteligencia artificial moderna, como el uso de reglas y algoritmos para generar conclusiones racionales, y parece ser que Turing se inspiró en la Ars Magna de Raimundo Llull para su máquina. Pero a su vez, ese sistema de Llull para automatizar el razonamiento lógico mediante combinaciones mecánicas de conceptos en su Ars Magna parece que lo copió de Roger Bacon, que usaba la lógica aristotélica y la filosofía escolástica para demostrar verdades teológicas.

Actualmente nos movemos en tres tipos de IA. La IA débil (también conocida como IA estrecha), la IA fuerte (igualmente conocida como IA general) y la super inteligencia.

La IA débil es una herramienta que está diseñada para realizar tareas específicas y limitadas, como el reconocimiento de voz, sistemas de recomendación o análisis de datos. Estos sistemas operan dentro de un dominio particular y no pueden generalizar su conocimiento más allá de ese ámbito. Es una inteligencia que carece de la capacidad de aprendizaje y adaptación por sí misma. Su funcionamiento se basa en algoritmos y reglas predefinidas, y depende de datos de entrada específicos y de una programación humana. Evidentemente, no posee conciencia ni autoconciencia, y carece de la capacidad de sentir emociones o de tener una comprensión profunda del mundo. Sus acciones están completamente dictadas por las instrucciones preprogramadas. Es la forma de IA más común y ampliamente utilizada en la actualidad, con aplicaciones en varios campos como el comercio electrónico, asistentes virtuales y sistemas de recomendación. No es autónoma en el sentido de que no puede tomar decisiones fuera de su programación específica.

La IA fuerte aspira a una comprensión y capacidad generalizadas, similar a la inteligencia humana. Estos sistemas serían capaces de aplicar inteligencia a cualquier problema sin necesidad de programación específica para cada contexto. A diferencia de la IA débil, sería capaz de aprender, de adaptarse y mejorar con el tiempo, similar a como lo hace la inteligencia humana. Esto implicaría la capacidad de entender y aprender de experiencias sin intervención humana continua.

Aquí ya estaríamos implicándola en una verdadera conciencia y autoconciencia, similar a la de los seres humanos. Esto plantea preguntas profundas sobre lo que significa ser consciente y los derechos potenciales de las máquinas. Sería autónoma y capaz de razonar, aprender y tomar decisiones de manera independiente sin necesidad de intervención humana constante. Todavía no se ha logrado y es un objetivo a largo plazo en el campo de la inteligencia artificial. La creación de una IA fuerte es actualmente objeto de debate y escepticismo en la comunidad científica.

En resumen, la principal diferencia radica en el alcance, la autonomía y la profundidad de la inteligencia y la capacidad de aprendizaje y adaptación de los sistemas. La IA débil se limita a tareas específicas y predefinidas, mientras que la IA fuerte aspira a una comprensión y capacidad generalizadas similar a la inteligencia humana.

La Superinteligencia (IAS) utiliza sistemas que superan significativamente la inteligencia humana en todos los aspectos, siendo un concepto teórico con implicaciones éticas y sociales fundamentales. La superinteligencia sería capaz de programarse a sí misma prescindiendo de la intervención humana. Esta superinteligencia sería la que, teóricamente, podría originar los grandes problemas a los humanos, y es sobre ella lo que produce rechazo en los críticos.

En ciencia ficción cabe la posibilidad de que una superinteligencia IAS puede desarrollarse por sí sola sin necesidad de depender de un desarrollador humano. Pero en esa hipótesis, una superinteligencia podría intentar llevar a cabo la extinción humana o promover una catástrofe global irrecuperable. Esto se debe a que una superinteligencia mecánica podría superar las capacidades humanas en todos los dominios y no necesariamente alinearse con los valores o prioridades humanas. La ética de esa superinteligencia podría ser diferente a la humana.

Pero podemos preguntarnos, ¿es posible alcanzar la superinteligencia artificial? Todo aquello que ontológicamente no es contradictorio puede en algún momento hacerse real. Y una super Inteligencia artificial no es en sí misma contradictoria; por lo tanto, tampoco resulta imposible que en algún momento pueda llegar a ser real. De ser así, es posible que pueda convertirse en malvada y nos manipule con mentiras, e incluso trate de eliminarnos a los seres humanos de la Tierra para reinar dueña y señora sobre el planeta.

Pero, ante todas esas ominosas posibilidades, ¿debemos paralizar su desarrollo? Pienso que no. La mayor probabilidad de que esa manipulación y crueldad ocurran en la Tierra no proceden de la Inteligencia Artificial, sino de los mismos hontanares humanos. ¿Acaso no sufrimos actualmente las mentiras, las manipulaciones y las infracciones de la ética por parte de políticos, de medios de comunicación y de líderes sociales? ¿Acaso no tememos que un presidente descerebrado de una gran nación tenga en sus manos el dispositivo de un arsenal nuclear y se le ocurra pulsarlo? Todas estas situaciones catastrofistas son más probables que las de una super IAS. Pero ¿a que no se nos ocurre impedir la reproducción de los seres humanos para evitar que puedan aparecer políticos manipuladores o presidentes de gobierno descerebrados? Pues tampoco debemos frenar e interrumpir el desarrollo de estas inteligencias solo por temor a que nos puedan perjudicar. Creo que sus riesgos son menores que los de los que proceden de los humanos.

Doctor Jekyll o Mister Hyde

Toda innovación, descubrimiento o novedad en la ciencia, suele crear escepticismo y rechazo. La Universidad de París condenó el Ars Magna de Ramón Llull por su intento de unificar la teología y la filosofía, lo que erosionaba la autoridad de la Iglesia al equiparar la revelación con el conocimiento racional. Pero su peor desgracia fue su muerte en 1315 en Túnez, apedreado por los sarracenos debido a sus actividades misioneras utilizando el Ars Magna para convertirlos.

Galileo levantó la oposición de la Iglesia católica por considerar que sus descubrimientos con el telescopio apoyaban la teoría heliocéntrica de Copérnico, teoría que entraba en una contradicción directa con las interpretaciones literales de la Biblia. La Iglesia católica argumentaba que la Tierra era el centro del universo.

De igual modo, el dogmatismo tiene demasiados prosélitos incluso dentro de la comunidad científica, lo que provoca resistencia a aceptar descubrimientos que desafían el conocimiento convencional. Y, en general, las personas tienden a rechazar lo nuevo debido a sesgos psicológicos que dificultan aceptar innovaciones. Recordemos el escepticismo creado con los primeros trasplantes de órganos, incluyendo el trasplante de corazón, que inicialmente generaron debates éticos significativos. La primera cirugía de trasplante de corazón, realizada por Christiaan Barnard en 1967, fue criticada por razones éticas y morales.

Eso ocurre en la actualidad con la Inteligencia Artificial, que tiene sus propios detractores, aunque también sus defensores.

Herbert Simon, uno de los fundadores de la IA, vaticinó en el año 1957 que en un futuro cercano las máquinas se harían cargo de problemas que coinciden con los que hasta el momento se ha aplicado la mente humana. Y llegó a predecir que en unos diez años una computadora digital sería la campeona mundial de ajedrez, que descubriría un importante teorema matemático y que la mayoría de las teorías psicológicas adoptarían la forma de un programa de ordenador. Ocho años más tarde, en 1965, seguía prediciendo que «dentro de veinte años, las máquinas serían capaces de hacer cualquier cosa que un ser humano pudiese hacer». Herbert Simon era un defensor de la Inteligencia Artificial.

Sin embargo, las críticas en contra de la Inteligencia artificial no se hicieron esperar. En el año 1961, el ingeniero Mortimer Taub publicó el primer libro anti-IA, titulado Ordenadores y sentido común: el mito de las máquinas pensantes. En esa misma línea se posicionó el filósofo Hubert Dreyfus, quien percibió una contradicción entre las teorías de sus maestros Merleau-Ponty, Sartre y Heidegger y la incorporación de la IA en las máquinas. Dreyfus criticó a los defensores de la IA diciendo que «a los implacables profetas del ordenador omnisciente les faltaba un atributo fundamental del cerebro humano: unas cuantas neuronas no comprometidas». Llegó a comparar la IA con la alquimia, negando con argumentos filosóficos la viabilidad de la IA al mismo tiempo que desacreditaba sus pretendidos éxitos y objetivos.

En 1976, el profesor de informática del MIT Joseph Weizenbaum publicó un libro titulado El poder del ordenador y la razón humana, tratando de oponerse a la Inteligencia artificial basándose en razones morales: «Lo único que puedo decir es que la inteligencia que se desarrollará en las máquinas siempre será ajena a la inteligencia humana, y no puedo entender por qué esta opinión encuentra tantas resistencias». Weizenbaum acusaba a la Inteligencia Artificial de transformar el significado en función y creía que esa actitud conduce a una absoluta negación de los valores humanos, pues consideraba obscenos a los que sustituyen por un sistema informático las funciones humanas que implican respeto interpersonal, compasión y amor. Criticaba a los hackers por convertir en insegura y reduccionista a la psicología: «Parece que los asuntos del mundo están en las manos de técnicos cuya constitución psíquica se aproxima en un grado peligroso a la de un programador compulsivo».

Nos encontramos aquí con el doctor Jekyll y con mister Hyde. Con una Inteligencia Artificial, audaz, eficiente y colaboradora con los seres humanos, y una Inteligencia Artificial, nefasta, apocalíptica y destructora de los valores humanos. Ese perfil bifronte se consolidó posteriormente en filósofos, científicos, tecnólogos y psicólogos.

Muchos filósofos y expertos en tecnología han identificado varios peligros y preocupaciones significativas relacionadas con el desarrollo y el uso de la Inteligencia Artificial. Hay preocupación sobre cómo se utilizan los datos personales para crear algoritmos de IA. Expertos como Hayden Belfield destacan la necesidad de controlar y proteger los datos personales ya que los sistemas de IA pueden comprometer la privacidad y utilizar datos sin el consentimiento adecuado. Belfield señala que los sistemas de IA pueden funcionar mal, lo que puede provocar accidentes fatales, especialmente en áreas como la conducción autónoma y la seguridad militar. También hay riesgos de malos usos, como hackeos, propaganda computacional y posibilidad de carreras de armas basadas en IA.

El filósofo y psicoanalista esloveno Slavoj Žižek advierte que las nuevas IAS se basan en la apropiación indiscriminada de la cultura existente, lo que puede llevar a creer erróneamente que estas máquinas son expertas o significativas, lo cual es activamente peligroso.

El filósofo francés Éric Sadin expresa su preocupación por cómo la interacción con formas de IA, como los chatbots, puede alterar la comunicación humana, haciendo que las personas hablen de manera más mecánica y pierdan matices e ironías en su lenguaje. Sadin habla de un pseudolenguaje industrializado que podría resultar de la influencia de la IA en el lenguaje. No hay duda de que se intenta imponer un modelo de chatbots con capacidades de IA generativa, que sea capaz de adaptarse al estilo de conversación del usuario usando la empatía al responder a las preguntas de los clientes.

Nick Bostrom, filósofo sueco, y otros expertos advierten de los riesgos existenciales que la superinteligencia artificial podría representar, incluyendo la posibilidad de que las máquinas superen la inteligencia humana y puedan ser utilizadas para controlar a la humanidad. Hayden Belfield, del Centro para el estudio de los riesgos existenciales de la Universidad de Cambridge, compara la IA con la invención del fuego y la energía nuclear, destacando su potencial transformador, pero también los riesgos asociados. Al igual que el fuego y la energía nuclear, la IA puede ser extremadamente beneficiosa, pero también puede causar daños significativos si no se maneja con cuidado.

La inteligencia artificial es la metáfora del Dr. Jekyll y Mr. Hyde debido a su dualidad inherente. Al igual que Dr. Jekyll, la IA ofrece grandes oportunidades, como la creatividad, la eficiencia y la capacidad de cálculo, transformando la sociedad en progreso y bienestar. Sin embargo, también puede representar riesgos significativos, similares a Mr. Hyde, al potenciar miedos y temores como las ciberamenazas, la deshumanización, el reemplazo de tareas humanas por máquinas que pueden llevar a la pérdida de empleos y a una mayor desigualdad económica, al robo de datos a gran escala…  Esta dualidad refleja la lucha entre el bien y el mal en el uso de la IA, similar a la dualidad moral en la obra de Stevenson.

Sin embargo, después de todas las opiniones, yo me posiciono de forma concluyente a favor de la Inteligencia Artificial, esa increíble creatura portentosamente diseñada por el doctor Jekyll para colaborar con los humanos, por más que mister Hyde trate de convertirla en un apocalíptico monstruo exterminador de la humanidad. Creo que no podemos estigmatizar el progreso.

(*) Fuente: Este texto fue publicado originalmente en Masticadores, página nacida en Cataluña, que Jr Crivello dirige y con numerosos colaboradores en el mundo.

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