Por Esteban Ierardo
(Última versión 17-7-2025)
En el Museo Benito Quinquela Martín, en La Boca, Ciudad de Buenos Aires, además de sus pinturas, se encuentra una muy especial sala dedicada a los mascarones de proa. El gran artista Benito Quinquela Martín, al tiempo que creaba su pintura emblemática, gustaba mucho del mar y sus manifestaciones, como los barcos y sus especiales mascarones de proa, colmados de gracia y simbolismo. Aquí este ensayo sobre la sala mencionada y sus mascarones, pero también sobre la historia y dimensión simbólica de una experiencia del mar hoy perdida.
(Y mucho se agradece por la colaboración para la realización de este escrito, a la gran cordialidad, conocimiento y amor por el arte de Benito Quinquela Martín de Víctor Fernández, director del museo, y Walter Caporicci Miraglia, autor de Benito Quinquela Martín. El hombre que fue nosotros (2020)).
El mar en un museo
I
Volver a La Boca es siempre respirar un aire más intenso. El pintor boquense por excelencia, Benito Quinquela Martin, expresó esa vehemencia mediante pinceladas ebrias de vida. El paisaje boquense paradigmático, con sus vivos colores sobre paredes de ladrillos y chapas de cinc, es virtual creación urbana e intervención estética ambiental y barrial del artista y filántropo, que también creó un museo colorido y vital. En la diversidad de sus salas anidan buena parte de sus obras esenciales, y lienzos y formas de otros numerosos pintores argentinos.
En un recinto particular del museo se despliega un ramillete de mascarones de proa, esculturas de maderas encastradas en las cabeceras de los navíos como espíritus protectores y tutelares, presencias de cuerpos y ojos tallados que contemplaron mucho fluir de aguas de ríos y mares. Los espejos de proa, la parte trasera de los navíos, también podían mostrar llamativas decoraciones.
Ingresamos en la sala de mascarones de proa del Museo Benito Quinquela Martín (MBQM), en el barrio de La Boca. El museo irradia su magia desde su apertura en 1938. Palpita junto a una escuela, ambos productos de la iniciativa benefactora de Quinquela. Frente, el estrecho curso del río, más conocido como Riachuelo; allí, varios pájaros vuelvan sobre lo que antes fue un activo puerto; y, más allá, reposan el Dock Sur y la isla Maciel. Y aquí, en lo cercano, el ascenso al segundo piso del museo, con amplios ventanales por los que se derrama la diáfana y apasionada luz de una serena tarde.
Y allí nos esperan Víctor Fernández, director del museo, y Walter Caporicci Miraglia, nieto del artista Juan Carlos Miraglia (1900-1983), autor de Benito Quinquela Martín. El hombre que fue nosotros (2020), una gran y paciente investigación documental a partir del archivo del MBQM, y otras fuentes sobre la vida y legado del artista de la boca del Riachuelo. En la sala que visitamos muchos rostros tallados nos escrutan, a nosotros, seres de tierra.
Los mascarones de proa proceden del mundo antiguo. Su origen es incierto. Tuvieron su edad de oro entre los siglos XVI a XIX. Los mascarones tallados en maderas policromas decoraban y engalanaban los navíos en la parte alta del tajamar, en proa, bajo el bauprés. Con su raro esplendor surcaron los mares hasta que la Revolución industrial, los barcos a vapor y sus cascos de acero, los condenaron al anacronismo y la inutilidad.
Los mascarones no solo eran decorativos. Tenían un sentido simbólico principal: proteger con eficacia mágica a los navíos de las amenazas de los mares. Esculturas en proa también para irradiar mensajes de riqueza y opulencia en tiempos de paz, o de intimidación a un enemigo en momentos de guerra. Pero también, nos dice Walter Caporicci Miraglia, «los mascarones de proa cumplían una función de identificación porque como la gente en los puertos era analfabeta; el mascarón en la proa les servía para identificar a los barcos»; y «habían también mascarones que eran solo ojos para poder ver lo que había en el mar y avisar a la tripulación en caso de necesidad; e incluso a veces iba el mascarón, y al lado o a los costados tenían los ojos». Las galeras griegas y fenicias solían ornamentarse con ojos en las proas.
En su tiempo de auge, el mascarón de proa era órgano sensible inseparable del cuerpo de los navíos. Su presencia era reclamada como talismán protector. «Durante siglos los marineros consideraron que un barco sim mascarón de proa era un barco de mala suerte, por eso era impensado salir al mar sin mascarón», observa Walter.

Dentro de la sala, nos asombran las mujeres esculpidas en la memoria maleable de la madera. También hay figuras masculinas. Y todas tienen su propia historia de jornadas irrecuperables, primero en un taller, y luego en los astilleros y las aguas. Y Walter nos aclara: «Quinquela se dedicó a rescatar y coleccionar mascarones de proa de los barcos que llegaban al puerto de Buenos Aires. La mayoría eran construidos en astilleros de La Boca, y por eso reflejaban la identidad del barrio. No se sabe con exactitud cuándo empezó a coleccionar los mascarones. Lo hizo durante muchos años».
Entre 1923 a 1936, Quinquela tuvo su taller en Coronel Salvadores y Pedro de Mendoza. Los mascarones protegían la puerta de su lugar de creación. Y allí estuvieron hasta su traslado a su taller en los altos del futuro museo, a la espera de su inauguración en 1938. Y Víctor Fernández nos dice: «Quinquela fue un visionario porque cuando empieza a coleccionar los mascarones estos estaban muy lejos de ser considerados objetos artísticos y mucho menos que pudieran compartir las salas de un museo con muestras de un arte reconocido».
Poco antes, en 1937, Quinquela recibió una nota firmada por un señor, un tal Alexander, que se alojaba en el City Hotel, y que actuaba en representación del Museo Naval de los Estados Unidos. Este mensajero le ofreció la suma de 100.000 mil pesos para comprar toda la colección de mascarones. «Quinquela rechazó la oferta porque quería que quedara en el país», recuerda Walter.

La sala de mascarones que nació de la vocación artística de Quinquela recibió el nombre del escultor Américo Bonetti, nacido en La Boca, de origen suizo, y quien aprendió su oficio en el taller de Francisco Parodi, al que luego nos referiremos. Bonetti creó tallas de madera de animales y personaje de las selvas del Chaco; y en el barrio boquense realizó «El Ángel de la Trompeta», con su firma, del año 1889, la pieza que preside la entrada de la sala. Este mascarón, en un sentido estricto, nunca fue tal. Durante años reposó en la esquina de General Martín Rodríguez y Suárez, en lo alto del Almacén del tabernáculo. Desde allí, hacía de guía a los barcos que regresaban por el Riachuelo. Respecto a esto, Víctor Fernández nos dice que, como parte del proyecto «Museo Delivery» del MBQM, en la esquina en la que se demolió el almacén en cuya altura reposaba «El Ángel de Trompeta», se colocó una réplica de cerámica. Por esta iniciativa, en los frentes de casas, empresas o espacios públicos, «se colocan reproducciones de obras del museo a pedido de los vecinos. Ya hay cerca de cuarenta reproducciones emplazadas en distintos puntos del barrio». Y así, «El Ángel de la trompeta», «de alguna manera volvió a lo que había sido su lugar».

Y en la sala de mascarones del museo salen al encuentro del visitante, por ejemplo, el mascarón de un pailebot (una goleta pequeña), «Carmen Ventura», una mujer de generosos senos cubiertos que prometía fertilidad y protección de los navíos, de 1869, anónimo. Una esposa podía ser motivo de un mascarón de proa, como «Angélica esposa», anónimo, de 1860. El desborde de vida de una cornucopia que sostiene una figura femenina también era garantía de resguardo y buena fortuna, como en el pailebot «La abundancia», anónimo, de 1870. También hay lugar para lo impregnado de historia política, como el mascarón llamado «Bartolomé Mitre», presidente de la Argentina (1862-69), personaje controvertido, de 1886, anónimo. O el mascarón «El conquistador», donado al museo por el padre adoptivo del artista, Manuel Chinchella y, probablemente, uno de los primeros mascarones que tuvo y que apreciaba mucho, también anónimo. Y también Manuel Chinchella donó el mascarón de la Balandra “Doña María”, construida en la Boca en 1870.
Mucha autoría indeterminada, pero respecto a esto Walter asegura que «el propio Quinquela decía que la mayoría de los mascarones habían sido creados por Parodi, un italiano, el primer artista instalado en La Boca, hacia 1860, aproximadamente, y por el mencionado Bonetti. En esa época, como los mascarones no se los consideraba obras de arte no los firmaban». Walter asegura que «La fama italiana», otro notable mascarón de la sala, de bella factura, de un pailebot, hacia 1860, es de la mano de Parodi. Perteneció a Juan Capurro, y luego a su hijo, Roberto Capurro, quien se lo donó a Quinquela.
Según Rubén Granara Insúa, Francisco Parodi nació en Génova en 1830 y falleció en Buenos Aires en 1892. Se estableció en la Boca antes de 1860. Era muy hábil, y parte de su labor creativa la dedicó a tallar mascarones de proa. Su taller estaba en la calle General Martín Rodríguez a metros de Pedro de Mendoza, en una casa lindera con la ubicada en esa esquina, en la que nació el primer artista boquense, el escultor Francisco Cafferata. Su hijo, Alfieri Parodi, fue un pintor reconocido por sus marinas.
También es de destacar la bella mujer del mascarón «La República» de Lino Grilli, el escultor que realizó, a su vez, el mascarón del buque escuela Fragata Sarmiento, ahora museo.
A propósito de la visión de conjunto de la colección, Walter nos comenta que «la colección cuenta con 32 mascarones en total. En Argentina nunca se había considerado a los mascarones como piezas de colección. Esto empezó a ser así gracias a Quinquela».
En 1935, entre los vecinos de la Boca se expandió la noticia de que Quinquela atesoraba mascarones de los barcos. Así boteros, buzos, dragueros, viejos armadores, dueños de buques, lancheros o carpinteros, acordaron que los mascarones que pudieran rescatar debían tener como único destinatario a Quinquela.
Raúl González Tuñón era un poeta urbano de Buenos Aires, con un altér ego, Juancito Caminador, personaje inspirado en un artista de circo y en una marca de whisky (Johnny Walker). Tuñón donó al museo su poema «Mascarón de proa». En una de las paredes de la sala de mascarones, el poeta asegura que, en éstos, aún puede presentirse «la íntima resonancia de las ondas errantes, la canción melancólica del viejo mar perdido».
Pero los mascarones «estrellas» de la sala son una diosa y un dios.

Venus y Eolo

Venus es la diosa del amor, la sensualidad, el eros, la vida dulce y amable; Eolo es dios de los vientos, de los aires apacibles o indómitos. Las dos divinidades inspiraron los nombres de dos especiales mascarones que hoy reposan en el Museo Benito Quinquela Martín.
La mayoría de los mascarones aquí exhibidos nacieron de los pedidos de barcos asociados a la actividad del puerto de La Boca que tuvo su esplendor en la segunda mitad del siglo XIX. Pocos de los mascarones proceden de astilleros de otros puertos. Es el caso de los mascarones de los vapores Eolo (1884) y Venus (1889) comprados por la naviera de Nicolás Mihanovich, la más importante de la Argentina y de América latina, quizá.
Los vapores mencionados navegaron como transporte de pasajeros entre los puertos de Buenos Aires, Montevideo y Asunción. Los navíos y sus mascarones fueron construidos en los astilleros Danny Brothers de Dumbarton, Escocia, a fines del siglo XIX. Su peso es de ciento cincuenta kilos cada uno. Hace unos años fueron restaurados por el Instituto de Investigaciones sobre el Patrimonio Cultural de la Universidad Nacional de San Martín UNSAM (1).
William Denny and Brothers Limited fue una empresa naval escocesa que, entre comienzos del siglo XIX y su cierre en 1963, construyó gran cantidad de navíos, y se destacó especialmente en la construcción de barcos de vapor y transbordadores para el cruce del Canal de la Mancha. El río Clye fluye frente a Dumbarton, atraviesa Glasgow, y es quizá el río más importante en la fabricación de barcos en lo que fue el Imperio británico. Y Víctor nos agrega: «Si uno ve el mapa en la vuelta del río Clyde donde estaba Denny Brothers tiene rasgos que recuerdan a La Boca. En las inmediaciones hay un estadio de futbol local, como acá con el Estadio de Boca Juniors».
Por el devenir del río Clye, el Eolo y Venus llegaron al Mar del Norte y, desde allí, emprendieron el largo periplo atlántico hasta el Río de la Plata, un virtual «río marino» por ser el más ancho del mundo. Víctor Fernández también nos refiere que el vapor Eolo fue alcanzado por la desgracia. En el puerto de Montevideo, el 4 de noviembre, entre la neblina, chocó con el vapor Dálmata. En esa ocasión murió el escritor uruguayo Enrique Kubly Arteaga. El Eolo luego fue reparado, pero en 1924, finalmente, se sumergió en las aguas en Paraná de las Palmas. El vapor Venus, por su parte, fue desarmado en 1935. «Ambos mascarones, ya muy deteriorados, fueron donados a Quinquela por el señor Carlos Haynes», asegura Fernández.
Desde entonces forman una pareja mitológica en la sala del museo boquense. Venus combina la ancestral función protectora de los barcos con la sensualidad y fertilidad como un don potenciador de esa capacidad mágica; y el Eolo protege por su poder sobre los vientos.

Historia y simbolismo de esos seres en las proas
Entre el 800 al 1100 d.C, los barcos vikingos ostentaban dientes y ojos que pretendían ahuyentar las malos espíritus como un ejercicio de magia apotropaica; efecto apotropaico (del griego αποτρέπειν, apotrépein ‘alejarse’); mecanismo de defensa mágico o sobrenatural a través de rituales, actos, objetos o frases. Su propósito era siempre alejar el mal.
Además de su función de protección mágica, los mascarones transmitían las cualidades que representaban a sus navíos. Así, los antiguos egipcios apelaban a mascarones con forma de aves sagradas, o leonas (su diosa guerrera, Sekhmet), o los fenicios a caballos, para dar velocidad; los griegos recurrían a cabezas de jabalí por simbolizar vivacidad, ferocidad; los romanos acudían a veces a mascarones con la forma de un centurión para infundir valor en la batalla. Los cisnes representaban agilidad y gracia. El león confería velocidad, patriotismo, intimidación, fuerza bélica. Muy comunes en el cénit imperial británico, muchos se tallaban en el Astillero de Bombay (hoy Munbai). Animales emblemáticos de regiones también eran motivo de mascarones: el águila era frecuente en barcos de América del Norte, el cóndor, en los de América del sur.
En el siglo XIV, los galeones eran el tipo de barco omnipresente para el comercio y la guerra. Sus mascarones se extendían en la proa sobre un hueco, en el que se encastraba una plataforma que fungía como virtual escenario. Allí se acomodaban abultadas escenografías. Una ilustración de la época muestra, bajo una corona como mascarón, una plataforma que contiene un San Jorge a caballo con una espada matando a un dragón. Estos pesados efectos escenográficos comprometían la aerodinámica y estabilidad de la navegación, por lo que el conjunto de los mascarones debieron ser colocados en posiciones más verticales.
El arte de los mascarones, como ya consignamos, refulgió entre los siglos XVII al XVIII. Esto implica que el comienzo del gran arte de los mascarones coincide con el barroco, el estilo artístico de la modernidad de la decoración excesiva y complejos diseños. Así los mascarones barrocos abundaban en figuras de dioses y diosas, reyes, sirenas, caballos alados y leones, generalmente, de tamaño natural. El nombre de la figura del mascarón solía ser el de la nave. Ya en los planos de las embarcaciones se incluía magnificentes mascarones en las proas. En el periodo barroco se incorporaron mascarones de santos, unicornios, marinos ilustres u otros personajes. El mascarón de un barco mostraba al fraile de Robin Hood.
En el barroco, el embellecimiento de los mascarones trepó a una gran exquisitez. Por ejemplo la fragata Soleil Royal fue construida en 1669, con 104 cañones. Su réplica en maqueta se halla en el Museo de la marina de París. El diseño, tanto del mascarón como del espejo de popa, es del extraordinario Pierre Puget (2). Todo rebosa magnificencia. En Marsella, Brest y Toulon, se hallaban importantes talleres en los que se esculpían, con hábil delicadeza, la madera. Los diseños de Puget, y también, en menor medida, los de Charles Le Brun, y Jean Berain, abarcaron toda la flota francesa. Cada uno de sus navíos era embajadores de la imagen de grandeza que el país de los galos quería transmitir.
En la época napoleónica, el mascarón de un barco causó sorpresa y debate. El mascarón del “El Boucentaure”, buque insignia de la flota francesa en Trafalgar. Su figura era un centauro, una criatura mitad hombre mitad caballo, con ambos brazos sobre su cabeza, y sosteniendo un arma. Ese mascarón hoy yace en lecho marino, quizá cerca del Castillo de Santa Catalina, en Cádiz. El debate en torno al majestuoso agregado náutico era sobre si realmente pudo ser real o solo pura fantasía.
En el tiempo de los galeones, de las barcos del barroco o de la era napoleónica, los mascarones eran gigantescos, muy pesados, por lo que, ya se dijo, comprometían la estabilidad de los navíos. En el año 1800 se habían abolido pero, luego de las guerras napoleónicas, resurgió la moda de los mascarones, aunque como pequeños bustos. En el siglo XIX, aparecieron los clíperes, barcos de vela rápidos y elegantes, con mascarones nuevamente completos, pero ligeros y pequeños. Una costumbre que no quería desaparecer entre los puertos y el mar.
Supersticiones y colecciones
En 1796, el Almirantazgo británico ordenó suprimir los mascarones de proa de los nuevos barcos. Pero hubo resistencia. Seguía muy arraigada la superstición entre los marinos de que un buque sin mascarón era de mala suerte, una invitación a las desgracias.
El HMS Atlas, un navío de línea de la Guerra de la Independencia Americana de 1782, portaba un mascarón que representaba al Dios Atlas. Una gran talla que, por su tamaño y ubicación, debió ser cortada. La parte removida correspondía al hemisferio en el que se encontraban las colonias en rebeldía respecto al trono inglés. Los marinos vieron esto como un mal presagio. Y efectivamente fue así.
Entre las supersticiones de los marinos se encontraba la creencia de las sirenas, mujeres fantásticas, peligrosas, seductoras, rebosantes de engaños para atraer a los barcos y hacerlos naufragar en las costas rocosas y los arrecifes de coral. Las sirenas surgieron de la mitología griega, como híbridos entre mujer y ave. Estas mujeres mitológicas son protagonistas del canto X de la Odisea de Homero, en el que buscan seducir a la tripulación de Ulises. El héroe que inventó el Caballo de Troya ordenó entonces que sus hombres se taponen los oídos. Él se hizo atar a un mástil. Plinio el viejo, el gran enciclopedista del mundo romano antiguo, confirmó esa creencia. Con el tiempo, las sirenas se transformaron en la mezcla de mujer y pez. Los marineros valoraron las mascarones de sirenas que se convirtieron en los más comunes, y que aseguraban buen tiempo. En otra arista de su simbolismo, las mujeres-pez devinieron deseo de lo desconocido, la atracción de la belleza del mar, que no se detiene en una evaluación racional de los riesgos.
En Alemania, Bélgica y los Países Bajos se creía que espíritus o hadas llamados Kaboutermannekes (gnomos, hombrecillos, hadas) habitaban en los mascarones de proa. El espíritu protegía el barco de enfermedades, rocas, tormentas y vientos peligrosos. Si el barco se hundía, los Kaboutermannekes actuaban como psico-pompos; es decir, conducían las almas de los marineros a la Tierra de los Muertos. Según los marineros holandeses, el marino que se hundía sin un Kaboutermanneke vagaría por siempre por el mar, como un ser espectral.
Entre los marinos era un temor muy extendido el ser expulsados de cubierta de los barcos por eventos como una tormenta, fuertes vientos u olas, o el golpe de una cuerda que se cortaba. La caída a las aguas era una muerte casi segura. Era parte también de las supersticiones marinas que el mar cobraba un precio por deambular por su reino y así, a la manera de un «castigo» o «compensación», algún marino debería ser engullido por el océano.
Entre los marinos escandinavos, por su parte, reinaba la creencia en Kraken, un calamar o pulpo que, como Moby Dick, era capaz de mandar a pique los barcos; su sola aparición a la distancia era advertencia de naufragios o tormentas. Barcos fantasma también surcaban la línea del horizonte jaspeada de sal y olas. El Holandés errante es la leyenda más famosa de este tipo. La ópera de Richard Wagner, Der fliegende Holländer, recoge la historia legendaria. Sobre el barco y su tripulación pesa la condena de errar eternamente entre los mares y los puertos, donde nunca le es posible recalar. El origen de la leyenda sería un capitán holandés, probablemente llamado Van der Decken, quien se impuso doblar el Cabo de Buena Esperanza a como diera lugar. Ignoró una gran tempestad. Quiso desafiar a Dios. Entonces, fue condenado a navegar por siempre.
La leyenda imagina barcos fantasma, y también islas espectrales, como la Isla de San Borondón, relacionada con las islas Canarias. A esta isla habría llegado el monje irlandés San Brendan, durante sus viajes en el siglo VI. El navegante medieval describió la isla como un paraíso terrenal solo habitado por monjes. Por un hechizo, la isla era invisible para la mayoría de los navegantes.
Otras supersticiones marineras aseguraban que el espíritu de los marinos succionados por el mar permanecen como almas en pena, como espectros que vagan por el gran mundo líquido buscando paz y que se manifiestan como fantasmagóricas luces denominadas «fuegos fatuos» (3). Para evitar que un marino muerto se convirtiera en alma errante se le colocaba una moneda sobre los ojos para pagar su paso al más allá. Las supersticiones incluían la necesidad de llevar un gato a bordo, siempre símbolo de buena fortuna, antídoto mágico de plagas y maldiciones. Y no se debía silbar. Los silbidos convocaban los vientos que desataban tempestades.
El propio poder mágico protector de los mascarones de proa era una de las principales supersticiones marinas. La presencia polisémica de los mascarones se mantuvieron, en algunos casos, hasta la primera mitad del siglo XX.
El HMS Rodney, acorazado de la Marina Real británica, miembro de la clase Almirante, botado en 1800 y desguazado en 1909, fue el último acorazado británico en llevar mascarones de proa. En 1910, el transatlántico alemán SS Imperator, exhibía un águila de bronce (el símbolo imperial alemán), sobre un globo terráqueo. El HMS Ganges fue un buque escuela de la Marina Real Británica en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Entonces, aún exhibía un prominente mascarón de proa. Navegó hasta 1976.
Y si se llega hasta un dique seco, en Greenwich, la mirada se posa sobre el velero británico Cutty Sark del siglo XIX, uno de los últimos veleros de tipo clipper y que fue construido justamente por la mencionada empresa Danny Brothers de Dumbarton, Escocia, la misma que dio vida a los vapores Eolo y Venus. Hoy es una embarcación museo, con más de 100 mascarones. La colección de mascarones más grande del mundo. El Museo de la Armada de Estados Unidos en Washington Dc; el Museo de Salerno; el Museo de Marina de Brest; el Museo de los marinos de New Port Virginia, con 85 mascarones, también albergan valiosas colecciones de figuras talladas que, en su momento, otearon los ríos y mares. En Sudamérica, además de la sala del Museo Quinquela Martín, en Chile, en Isla Negra se atesora la colección de mascarones de Pablo Neruda. Sobre una sirena que habitó una proa, el poeta chileno escribió:
«La niña coronada por las antiguas olas,/ allí miraba con sus ojos derrotados:/ sabía que vivimos en una red remota/ de tiempo y agua y olas y sonidos y lluvia,/ sin saber si existimos o si somos su sueño».
Hoy, en numerosas latitudes, aún se construyen mascarones con propósitos solo decorativos, o como piezas para turistas. En el sur de Chile, en la Isla Chiloé, todavía se representa a la Virgen María, o a la Pincoya, mujer mitológica que regala fértil abundancia marina. Y la fragata Libertad, aún recorre los mares, con su mascarón Úrsula (4).
Lo que Venus y Eolo saben

El mar es lo presente, y lo perdido. Cuando las embarcaciones eran frágiles corpúsculos flotantes en el mar, los marinos experimentaban fascinación y terror. Dualidad de la experiencia que Rudolf Otto, en Lo santo, señaló como corazón de la sensibilidad religiosa antigua. Lo fascinante por la inmensidad oceánica; terror, ante su grandeza ingobernable, honda, insondable, inefable en su presencia misteriosa.
Adentrarse en el mar demandaba audacia, amor por lo desconocido, avidez por la exploración y sus beneficios. Y la creencia en fuerzas mágicas que pudieran remendar, en parte, la pequeñez humana en los grandes océanos. Durante mucho tiempo, solo los vientos y las estrellas orientaban en la navegación.
Por los mascarones de proa el pequeño humano mitigaba su temor, confiaba en la ayuda de diosas y dioses y sirenas para protegerse de olas y tormentas. El mar era tambien escenario en el que transmitir bravura guerrera, o un mensaje de riqueza y opulencia.
El mar es misterio, profundidad secreta, juventud de lo que no envejece, música de las olas en concierto con el cielo del mediodía o las noches de lunas y estrellas.
El mar como teatro del enigma hondo de la vida, indiferente a las ciudades y leyes humanas. Y en sus largos viajes, los mascarones escudriñaron el reino marino. Como la diosa Venus, una de las estrellas de la sala de mascarones del museo creado por un pintor de La Boca.
Alguna vez, esa Venus divisó por primera vez las aguas, en Escocia. Y por un río llegó al mar. Desde lo cercano a lo lejano, el océano todo lo cubría, era el continuo respiro de olas, el frescor de las mañanas, el sol íntimo, arriba, y las tempestades que rugían con sus puñales en el viento. Y Venus, al final, atisbó un río que parecía un mar. Allí, navegó por años. Y hoy, en un museo con pinturas de puertos y fuego, reposa y susurra el secreto del agua, a quien quiera escuchar.
Y el otro dios, Eolo, también surcó ríos y océanos; sonrió y gritó entre tormentas y tranquilas mañanas azules, entre aguas y espumas. Y, una vez, oyó algo macizo que se quebraba y perforaba, un agudo chillido de metal. Entonces, descendió al lecho. Allí durmió por varios años. Unas manos amables lo rescataron. Y hoy, también, al final, en un museo con pinturas de puertos y fuego, reposa y susurra el secreto del agua, a quien quiera escuchar.
Citas, notas.
(1) Por la restauración la cabeza de Venus ya no mira hacia el frente, sino hacia abajo.
(2) Pierre Puget (1620- 1694), fue un notable escultor, dibujante, y pintor y , a veces, arquitecto francés, gran exponente del arte barroco. Muchos lo llamaron «el Miguel Ángel de Francia», el equivalente en escultura, de Nicolas Poussin para la pintura.
(3) Un libro sobre grandes leyendas y supersticiones del mar es Mitos y Leyendas del Mar, de Peter D.Jeans, que explora relatos sobre monstruos marinos, barcos fantasma, naufragios, piratas y exploradores. Mitos y Leyendas del Mar de Editorial Juventud, otra opción con el mismo título que explora las historias y creencias asociadas con el mar en diferentes culturas. El Mar: Mitos y Leyendas de Angelo Rappoport, el mar es aquí visto como un ser vivo, xon muchas historias que se han creado a su alrededor. «Mitos y Leyendas del Mar: El Alma de las Estrellas» de Sean McDugham, con la conexión entre el mar y el mundo espiritual, y la relación de las estrellas, y otros elementos celestiales, con las historias del mar.
(4) La fragata Libertad es un buque escuela de vela, con gavias dobles y tres palos cruzados (trinquete, mayor y mesana), que fue construido en el Astillero Río Santiago para la Armada Argentina. Como buque escuela, la fragata Libertad es parte de la formación profesional de los guardiamarinas. Su primer viaje de instrucción fue en 1963. Su mascarón de proa, llamado Úrsula, es de roble colorado, una madera noble que repele el agua y no se deteriora. Úrsula fue tallada, entre 1963 a 1964, por el escultor gallego, Carlos García González, que residía en Buenos Aires cuando realizó la obra. Hubo otra versión del mascarón encargada al gran escultor Luis Perlotti, pero cuando la colocaron quedó claro que su cara daba hacia abajo, mirando al agua. Hoy se encuentra en el parque del Museo Naval de la Nación en Paseo Victoria 602, Tigre, Provincia de Buenos Aires, Argentina. En cambio, Úrsula, tiene la mirada erguida, de cara al agua y al viento.
Galería, parte 1 (especial agradecimiento a Walter Caporicci Miraglia, autor de Benito Quinquela Martín. El hombre que fue nosotros (2020), quien nos envió las fotos de valor histórico exhibidas aquí, y procedentes del archivo del museo)












Julia Prilutzky Farny de Zinny (1912-2002), publicada en La Nación.
Galería, parte 2, mascarones en colecciones del mundo











