Por Esteban Ierardo

Antes era jugar en una pantalla; ahora, matar a distancia, en el mundo real de los humanos y su locura. Y en la tierra, una mañana, el rumor de los tanques. Su meta era Kiev. Tomar la capital, derrumbar un gobierno. El Kremlin, entonces, gritaría victoria.
Décadas de propaganda para instalar la imagen invencible del ejército ruso, habían convencido al mundo de esa invencibilidad. Pero los invencibles fueron vencidos. La historia es lo inesperado.
Ya hace dos años que Volodímir contribuye a despedazar cuerpos, tanques, artillería y baterías de misiles a la distancia. Las primeras semanas fueron difíciles, no por el manejo de la tecnología, sino por el cambio paradigmático: de atacar en un videojuego a hacerlo en el mundo externo, desnudo, real.
Volodímir nunca ve de cerca a las víctimas de sus drones. No huele sangre, la fetidez de los cadáveres; no ve piernas o brazos descoyuntados.
Cuando llega la orden, desde un lugar secreto, lanza al ataque. Solo al principio pensó la muerte del enemigo como una pérdida irreversible; solo una vez, no discriminó entre “nosotros” y “ellos”; y sintió algún escozor, alguna culpa, por ser aéreo ángel exterminador que arroja explosivos sin compasión. Sólo una vez.
Volodímir no debe vacilar. No hay alternativa: solo queda defenderse. Si hay algo de humanidad en los invasores, de a poco, las órdenes, la autorización para violar, saquear, humillar, arrasa con todo resquicio de ternura, les inocula el odio programado para el exterminio, para reducir a los invadidos a carne perforada y arrasada.
A veces, Volodímir recuerda sus días pasados: el instituto de ingeniería en Járkov, los estudios de técnica, matemáticas y sistemas informáticos. Y sabe que él no solo opera un dron, sino que se asimila a él. Su modo de organizar su mirada no es ya la de sus ojos corrientes, sino desde una cámara en vuelo. Se acomoda a la lente del dron para mejor ubicarse en paisajes y reconocer un objetivo, y someterlo desde un cielo feroz.
Su dron es FPV (de vista en primera persona), o también llamado de vista remota (RPV), para el pilotaje por video. El vehículo es radiocontrolado por un piloto. El piloto: Volodímir, él, el operador que domina los escenarios de ataque, en primera persona, mediante una cámara que transmite las imágenes a unas gafas FPV, o a un monitor.
Varios de sus compatriotas se dedican a los drones autónomos impulsados por inteligencia artificial (IA) que, solos o en enjambres, se elevan y atacan con fría precisión. Su diseño los hace resistentes a condiciones meteorológicas hostiles. Al llegar a un objetivo previamente designado, la carga explosiva se activa automáticamente. Pueden funcionar también mediante un “guiado terminal”, de modo que el piloto selecciona manualmente un objetivo. Luego, la IA termina de hundir el puñal explosivo de forma autónoma. Estos pájaros “inteligentes” y letales ya han alcanzado una base aérea enemiga más allá del Ártico.
Los drones se miniaturizan, se hacen más pequeños en sus componentes, sin disminuir su eficacia, o la mejoran, en algunos casos; y el abanico de la familia drónica, al abrirse, lanza al vuelo a drones interceptores, de reconocimiento, o kamikazes y suicidas; y a los de cable de fibra óptica, los que evaden interferencias electrónicas y llevan fuego quirúrgico a distancias seguras.
Y Volodímir piensa que es momento de pasarse a algún equipo de drones autónomos; y no puede sospechar que toda la sofisticación de los drones disfraza una violencia arcaica. No decidió ser un ojo de dron, sino que esto se le impuso. No hubo decisión sino determinación. Por lo general, lo que llamamos decisión es aceptación de lo que ya nos controla. Cuando un poder o una circunstancia se imponen, la libertad no es lo opuesto a la tiranía, a lo que exige y ordena, sino el resignarse ante una determinación externa.
Aceptar lo impuesto tiene que justificarse. Tanta muerte, tanta incineración de los sueños, tanto deberse al país antes que a sí mismo, no debe desvirtuarse. La nobleza de resistir a la dominación externa no debe aprovecharse para el propio beneficio.
Mykola, amigo de Volodímir, se siente cómodo entre los meandros de la burocracia. Nunca le interesó la literatura. Salvo Kafka. En la complejidad de los procesos administrativos hay hendiduras en las que ocultarse. Luego de estallada la guerra, las donaciones fluyeron hacia las arcas ucranianas como musicales y generosos arroyos. Había que mojarse en ese agua, refrescarse en ella, nadar en un beneficio que podría mantenerse debajo de la superficie, fuera de miradas escrutadoras. El dinero donado para convertirse en armas, municiones, nuevos drones, o alimentos o insumos sanitarios, es corriente de la que es posible apropiarse una parte.
En solo seis meses, el funcionario Mykola dejó su pequeño departamento alquilado para comprar una casa bonita, con techo a dos aguas, cerca de una granja y un río, lejos de las zonas de posibles ataques rusos.
¿Cómo estás, Mykola? Muy bien, amigo Volodímir. Tendrías que dejar de manejar drones y sumarte a mi “operación”. No habrá otra oportunidad como ésta. Y Mykola sonríe, sonríe. Siempre luce su campera con los colores de la bandera ucrania, azul y amarillo.
Y Volodímir recuerda cuando, con Mykola, eran compañeros en una pequeña escuela en las afueras de la ciudad. Siempre uno respaldaba al otro, se ayudaban y jugaban al fútbol, y les pedían a sus padres que les enseñaran a manejar y que les prestaran sus autos.
Y Volodímir se lamenta de su carrera suspendida como ingeniero, del sueño de crear otro tipo de dispositivos, distintos a su dron asesino de cada día. Añora a muchos de sus compañeros de estudios, muertos en combate, que no volverán a respirar el viento tan antiguo como el planeta; se lamenta de la noticia reciente, de que Kateryna, una joven de bella cabellera de trigo y un mar azul en sus ojos, y su madre, murieron, quemadas, en un viejo edificio, tras el ataque de un misil ruso, en un suburbio de Járkov; ellas, y sus perdidos compañeros, y tantos más, obligados a alejarse, por anticipado, de los tesoros de este mundo.
Volodímir piensa en la diferencia entre postergación y perdida irreversible. Y agradece por ser todavía un “postergado” y no un “perdido”.
En esta vida existe lo incomprensible, lo inalcanzable por irrealizable. Y lo imperdonable. La tecnología mata sin sentimientos. El portento técnico no es un fenómeno de la emoción, sino un instrumento para la eficacia. Por más de dos años, Volodímir ha sido un agente de la eficacia técnica.
¿Cuándo iremos a pescar querido Volodímir? Nos subimos a mi camioneta Toyota y llegamos pronto a un lugar que conozco, en la orilla del río que está cerca de mi casa. Pronto, pronto amigo Mykola, dice Volodímir, con gentileza mecánica y una amargura contenida.
Y por la ventana del lugar de sus operaciones de dron en Járkov, Volodímir ve un cielo nuboso que oblitera la luz. Los rayos luminosos, antes una bendición, ahora son lo perdido.
Le fueron enviadas, como siempre, las coordenadas para dirigir su dron. Pero falta aún una hora para empezar la nueva cacería. Está quieto, frente a la ventana, cerca de su mesa con una copa de cristal. Tanta muerte, tanto horror asesino, al que hay que acostumbrarse, tanta vida destruida.
De nuevo, medita en lo imperdonable, y en la eficacia. A lo eficaz no le acompaña la emoción. A él sí.
Piensa de nuevo en la mucha pérdida irreversible. Lo imperdonable.
Y rompe la copa de cristal. Recupera el control. El movimiento a seguir lo ha decidido y planeado hace cuatro meses. Con nadie lo ha hablado; no ha consultado a sus padres, a su pareja, Lesia, al sacerdote de la iglesia, a su jefe de operaciones. Nadie lo sabe. Nadie lo sabrá. Nunca. Una decisión para ocultar debajo de las piedras, o bajo los restos de un dron abatido.
Ha dudado. Pero ya no. De vuelta, lo imperdonable.
Y reprograma las coordenadas; verifica el correcto funcionamiento de la cámara. Y su creatura eficaz se eleva.
Vuela, avanza. No está lejos de una casa bonita, con techo a dos aguas, junto a una granja y un río.
Cerca, un hombre, con campera azul y amarilla, camina hacia una camioneta Toyota.
(*) Este cuento pertenece al volumen inédito de «Cuentos de la era digital».