Algunas consideraciones sobre la cultura y religión de Meroe

Por Sergio Fuster

Pirámides en Sudán, en Meroe, lugar de la antigua cultura nubia.

Durante el periodo de las antiguas dinastías egipcias, en el actual Sudán, palpitó el país de Nubia y su Reino de Kush, con capital en la ciudad de Meroe. La cultura nubia también practicó sus rituales funerario en tumbas con formas piramidales. En el reino de Kush las pirámides duplican en número a las egipcias, pero su altura y proporciones es mucho menor.

En el estudio de Meroe y de la civilización nubia nos guía Sergio Fuster, siempre apasionado por el estudio de la historia de las religiones antiguas y de las civilizaciones de la antigüedad.

AL SUR DEL ALTO EGIPTO, adentrándonos en las fuentes del Nilo, entre la primera y la sexta catarata nos encontramos con lo que fue el país de Nubia en el actual Sudan. En tiempos antiguos en esta región existió el Reino de Kush cuya capital fue primero la cuidad de Napata y luego fue trasladada a la cuidad de Meroe. Esta última designación es tardía y fue colocada por el rey Cambises en honor a su hermana. En el Antiguo Testamento perdura como “Kush” (Génesis 10: 7), con el tiempo se le llamó kushita en hebreo a todo aquel que tuviese “la piel negra” (aunque los griegos también la nominaban Etiopía). Un dato de color: en la tradición judía se cuenta un episodio de la juventud de Moisés en el que se enfrenta en batalla con los ejércitos de Kush (también llamado Saba) en un contundente triunfo militar. Es interesante notar que durante el Reino Medio (2050-1650 e. C.) este pueblo aparece mencionado en los textos regios siendo objeto de interés de los faraones por su abundancia en yacimientos de hierro y oro. No sabemos mucho de ese período temprano, aunque mencionado en inscripciones de la Dinastía XII, que hasta el momento queda en la oscuridad. Sin embargo, las investigaciones actuales se centraron principalmente en los emplazamientos del siglo VIII a. C. hasta el siglo IV d. C. correspondientes al final del Reino Nuevo y a la Época tardía perpetrándose el nombre de “cultura meroítica”. Esto fue debido a que las excavaciones arqueológicas francesas fueron reticentes a utilizar el nombre de Kush, razón por la cual en este breve trabajo lo llamaremos “Meroe” –dicción griega- no solo para evitar confusiones, sino porque se ha hecho corriente. Actualmente existe gran interés científico por las culturas meroíticas ya que figuran entre las más arcaicas del África subsahariana, además de haber sido una ruta comercial obligada entre el interior del continente negro, Egipto y el Mar Rojo.

Estado de la investigación

Debemos admitir que las exploraciones están lejos de ser conclusivas. Seguramente se seguirán encontrando muchos más datos ya que está casi todo por descubrir. Tanto el territorio como el clima hacen difícil el acceso, incluso la misma situación política actual, lo que enlentece los trabajos arqueológicos. Si hacemos un poco de historia, recién en 1821 Ismail Pachá abrió el camino al expedicionario Frédéric Cailliaud y Karl Lepsius, el que en 1844 se hizo de un rico botín en objetos de bulto y material epigráfico. En 1916 Andrew Reisner, encabezando una misión norteamericana se aproximó a un complejo de metrópolis y pudo acceder al desciframiento parcial de la escritura meoítica, de quien Francis Griffith fue un pionero tan solo una década antes. Para 1950 se publicó un relevamiento, la “Royal Cemeteries of Kush” donde presenta un amplio complejo de atractivas pirámides en punta, delgadas y mucho más pequeñas que los monumentos del Reino Antiguo, cuyas excavaciones aún hoy están en curso. Gracias a los trabajos de construcción de la represa de Asuán (1959-1970) que permitió una exploración más metódica reveló sitios donde se desenterraron entre otros objetos votivos tablas de ofrendas y estelas funerarias.

Como se dijo, sus textos están todavía poco descifrados y su escritura permanece en gran parte desconocida ya que no disponemos de tablas comparativas a no ser cuando esta se expresa en signos jeroglíficos. Solo se ha podido construir un cuadro cronológico repleto de lagunas, comenzando con los reinados de Aspalta (593/568 a. C.), de Ergameo (248/220 a. C.) y de Teqeridéamini (240/266 d. C.). Se ignoran las razones y circunstancias de la caída de Meroe, posiblemente fuese abandonada poco a poco debido a los enfrentamientos con los romanos y al asedio de tribus de la sabana que presionaban agresivamente desde el interior.

Algunas de sus divinidades

Estatua de un elefante en Massawarat es-Sufra, el gran complejo de templos meroiticos en el Sudán moderno, que data de principios del siglo III a.C (Wikimedia)
 

Como era de esperarse es escaso nuestro conocimiento de su panteón, aunque es posible hacer una imperfecta reconstrucción a partir de los datos recolectados suturados con nuestro saber de la religión egipcia. Por ejemplo en la Estela de Py (siglo VII a. C.) nos topamos con una lista de deidades homónimas a las egipcias. Para la Dinastía XXV varios de los faraones eran nubios como Shabaka, Shabataka, Tanutamon y Taharqa (este último es mencionado en la Biblia en 2 Reyes 19:9 e Isaías 7:9), donde aparecen bajorrelieves con epítetos divinos en jeroglíficos, entre ellos Amón, que simboliza en este caso al Ser supremo. Eventualmente esta divinidad se representaba en forma cinocéfala, además de amuletos tanto con cabeza de carnero como en silueta antropomórfica correspondiente la misma entidad. También encontramos el conocido disco solar alado. Efigies de Shu y Teknú y un Dios con una corona identificado con Onuris-Shu en función de cazador.

  Otra presencia divina es la Diosa Isis, con aspecto de una mujer que porta un tocado circular como un disco y, en ocasiones, con cabeza de vaca como aparece en el templo del León de Mussawarat, del que en breve hablaremos con un poco más de detenimiento. Se la ve aquí con alas entrecruzadas junto a un sacerdote en cuyo cartucho se puede leer “Amado de Isis”. Por su constancia, como ocurrió en otros lugares del culto durante le época grecorromana, pareciera tener más relevancia que su compañero Osiris. Aunque las tablas de ofrendas de las estelas meroíticas abran casi siempre con la fórmula: “¡Oh Isis; oh Osiris!” donde la Diosa es mencionada en primer lugar. Según Heródoto, Osiris fue asimilado a Dioniso y junto con Amón figuran entre los entes valorados por los etíopes. Osiris también se halla en tumbas y en capillas locales. Los altares a Isis y a Neftis, también a Anubis, son frecuentes cada uno con sus  respectivos amuletos, asimismo de la presencia de Horus. Los reyes kusitas eran enterrados con joyas cuya inscripción era “Horus hijo de su padre”.

    Aparte de los Dioses egipcios conocidos hay evidencias que ostentaban un panteón propio. Vemos la presencia de deidades leontomorfas como Apedemak (eg.: Pa-jere-meky, lit.: “El protector” o “El cazador”), el Dios sanguinario (mihos) con triple cabeza con características negroides y en ocasiones representado con cuatro brazos y adornado con collares africanos. Por la multiplicidad de miembros las relaciones con las deidades de la India son sugestivas. Integra una tríada con Isis y Horus. Amesemi figura como la consorte del Dios león, se la dibuja frecuentemente corpulenta con una media luna en la cabeza y sobre ella la estampa de un halcón. En Nuga hay un bajorrelieve donde se expone su hocico poderoso en el templo de la pareja real Natakamani y Amanitere quienes le rinden homenaje. En las columnas del mismo edificio se plasma a una serpiente con cabeza igualmente leonina. El símbolo del león es muy abundante en Meroe. La relación de Apedemak con Amón es actualmente discutida ya que las encarnaciones de un león cornudo también están presentes.

   En Mussawarat convergen grabados de elefantes donde transportan a Apedemak, de sus trompas parte una cuerda donde están amarrados tres enemigos. Las relaciones del león con el paquidermo son enigmáticas, empero, encontramos estatuas de cerámica gastadas donde se muestra a una deidad antropomórfica con cabeza de elefante portando la corona blanca del Alto Egipto, lo que nos hace sospechar de un “Ganesha africano”, el hijo de Siva, deidad india con aspecto similar. Son frecuentes las imágenes de Apedamak con el cetro uas y con el anj entregando los atributos vitales al Dios Sbermeker, posiblemente una deidad del África interior, en la función de creador. Se menciona una desconocida entidad femenina descripta con piel negra cuyo modelo está ausente siendo su nombre dudoso, nombrada como mk o mk-lh, quizás sea un atributo más que un nombre propio, ya que se lo ha traducido como “deidad grande” o “deidad solar”.

Costumbres funerarias

Por ahora nuestro conocimiento es limitado y las conclusiones, siempre abiertas, serán tratadas aquí en comparación con las costumbres funerarias egipcias. Sabemos sí, que las personas comunes eran inhumadas de una manera mucho más modesta que los reyes. Si observamos la necrópolis más antigua que ubicamos, la de Kurru, en Napata que data de 850 a. C. podemos seguir su evolución.

  Primero hallamos simples fosas cubiertas por un túmulo y, ocasionalmente, en algunas tumbas la presencia de una capilla que la antecede. Los cuerpos se localizaron sin ataúd. Py, quien alardeaba de su conquista de Egipto ya ostenta una tumba en forma triangular. Dentro una galería cubierta conduce hasta la cámara principal. Esta pirámide es aguda y bastante pequeña y no es la única (hay más de 900 de ellas), sino uno de los varios edificios que marcan el estilo meroítico. Estas edificaciones puntiagudas, bajas y bastante bien conservadas, al parecer, no imitan a las grandes construcciones faraónicas del Reino Antiguo, sino a las sepulturas del Reino Medio, cuyas bóvedas características están actualmente en el Valle de los Reyes y de las Reinas.

     En el cementerio de Nuri, también en Napata, vemos la profunda egipcianización que pretendieron faraones como Taharqa, asimismo de sus antecesores. Toda su dinastía reposa sobre sarcófagos de granito decorados con pasajes de El libro de los muertos. Además de objetos símiles como vasos canopos, amuletos y sawabtis o ushebtis (figuras de sirvientes para la otra vida). Todos los soberanos de este período fueron enterrados aquí, hasta el 380 a. C. hasta que Nastesen, por vez primera, se hizo edificar una tumba en Meroe.

     Estas pirámides reales en medio del silencio del desierto evidencian la espectacularidad de la influencia kemética entre los meroítas. Tienen una altura media entre 18 y 6 metros. Sus paredes no están aplanadas sino que son tipo escalonada con la punta trunca. La arquitectura monumental tiene por lo general una cara que sirve de entrada con pilones con decoraciones egipcias. Una capilla que desemboca en un pasillo abovedado que daba acceso a varias cámaras subterráneas talladas en la roca. La fosa real estaba bajo tierra y justo debajo de la punta de la pirámide. Quizás para la ascensión del espíritu del muerto. Lamentablemente los saqueos que estas tumbas han sufrido no nos han permitido apreciar su esplendor en toda su dimensión. A partir de ahí los demás reyes se hicieron sepultar en Meroe ostentando una amplia necrópolis. No todos los cuerpos tuvieron ataúdes, muchos de ellos no fueron momificados y sus cuerpos estaban descansando sobre lechos de piedra o madera mostrándonos que, a pesar de la fuerte influencia egipcia, seguían guardando bastante de sus costumbres locales.

     Esto también se evidencia en la presencia de sacrificios y objetos votivos que acumulan estas tumbas. Se observa restos óseos de servidores, caballos, camellos y burros inmolados. No faltan las estatuas del ba, pájaro con cabeza humana simbolizando el alma del difunto, así como el altarcillo de ofrendas, que ambos conforman una constante en el interior de las cámaras de las enhiestas y pequeñas pirámides. Las oraciones de los grabados en las paredes reproducen escenas mortuorias de la mitología egipcia, así como alabanzas a Isis y Osiris para que disponga del alma del cadáver hacia su nueva morada. Para tal travesía por el inframundo era condición necesaria inscribir frecuentemente el nombre propio y los sucesos más destacados de su vida para que pueda seguir su camino al más allá. Lo que es sumamente valioso para las investigaciones históricas actuales.

   De momento las indagaciones están en curso constante y lo poco que sabemos quizás pronto se enriquezca cuando las nuevas excavaciones y traducciones más fecundas de los textos arrojen otras perspectivas sobre esta extraordinaria civilización que floreció cerca de la cabecera del Nilo.

Bibliografía sugerida

Arkkell, A.: A History of the Sudan from the earliest times to, Londes, 1961.

Dunham, D.: The Royal Cemeteries of Kush, Vol. 5, 1963.

Estigarribia, J.: “El elefante africano: su empleo como arma de guerra por los Ptolomeos y su domesticación por los Meroítas”, en Revista Aegyptus Antiqua, N-1, Buenos Aires, 1974.

Fuster, S.: “Relaciones entre Egipto e Israel durante el Tercer Período Intermedio”, en Revista de Egiptología Isis, N-13, Málaga, 2003.

Leclant, J.: “La religión meoítica” en Puech, C.: Las religions antiguas Vol. 1, Máxico, 1970.

Reisner, G.: “The Meroitic Kingdom of Ethiopia: A Chronological Outline”, The Journal of Egyptian Archaeology, Vol. 9, N-. 2, 1923.

Deja un comentario