Los chinos, precursores de la ciencia y de la técnica modernas (*)

Por Joseph Needham

Poster de Joseph Needham, el bioquímico e historiador británico, autor de una obra fundamental sobre la historia de la ciencia en China.

Aquí un texto de Joseph Needham (1900-1995), bioquímico británico y un eminente historiador de la ciencia que consagró alrededor de 50 años a investigar el desarrollo científico y tecnológico chino en Ciencia y Civilización en China (1954, hasta el presente).

 En esta obra, Needhman estudia diversos campos de la historia de la ciencia en China como la ingeniería mecánica, la náutica, la medicina, la alquimia, la astronomía y las contribuciones chinas a inventos como la brújula, el papel y la pólvora. En un principio, su única ocupación era la bioquímica en Cambridge. En 1937, tres estudiantes de posgrado chinos (incluyendo a Lu Gwei-djen, experta de la historia de la ciencia y tecnología en China, además de doctora en nutriología), lo inspiraron en su decisión de dedicarse al estudio de la historia de la ciencia en China. Y en el curso de su vasta investigación, se planteó la que se conoce como » la pregunta o la cuestión de Needham»: «¿por qué la ciencia moderna, tal como la conocemos hoy, se desarrolló en Europa durante el siglo XVII y no en China, a pesar de que China poseía una tecnología avanzada y un vasto conocimiento científico en ese momento?». En el siglo XVI, la ciencia china pionera empieza a retroceder respecto al innegable desarrollo de la ciencia occidental firmemente sostenida en la experimentación y las matemáticas. El «milagro europeo» frente a la retracción en el desarrollo científico chino o «la gran divergencia».

La Hipótesis de Needham como explicación de esta cuestión es que el sistema social chino (un «feudalismo burocrático») era eficaz como instrumento para la estabilidad, pero no ofrecía los estímulos mercantiles y de innovación como sí lo hacía Europa en los primeros siglos de la modernidad. A esto se agrega, y esto es fundamental, el desinterés por las matemáticas en el periodo dinástico moderno.

Hoy, la retracción en el desarrollo en China ha sido totalmente superada. Al punto que el gigante país de Asia se acerca a convertirse en el líder de la vanguardia tecnológica a nivel mundial.

E.I

Los chinos, precursores de la ciencia y de la técnica modernas (*), por Joseph Needham

LA inventiva y la intuición extraordinarias de la China antigua y medieval en lo referente a la naturaleza plantea dos cuestiones fundamentales. En primer lugar, por qué se anticipó tanto el gran país oriental a otras civilizaciones y, en segundo lugar, por qué en la actualidad no lleva varios siglos de ventaja respecto del resto del mundo. Pensamos que ello se debe a que los sistemas social y económico de China y Occidente son muy distintos.
La ciencia moderna empezó a desarrollar se en Europa el el siglo XVII, cuando se dio con el método más idóneo de investigación, pero los descubrimientos e inventos que se realizaron en esa época, así como posteriormente, se basaron a menudo en los adelantos conseguidos por los chinos en materia de ciencia, tecnología y medicina durante los siglos anteriores.
Según el filósofo inglés Francis Bacon (1561-1626) fueron tres los inventos el papel y el arte de imprimir, la pólvora y la brújula magnética que contribuyeron a transformar el mundo moderno y a desligarlo de la antigüedad y el medievo en mayor medida que las convicciones religiosas, las influencias astrológicas o las hazañas de los conquistadores. A su juicio, los orígenes de estos inventos eran «oscuros y anónimos» y el sabio inglés murió sin saber que nacieron en China. Nosotros hemos hecho todo lo posible por aclarar
este punto.
Naturalmente, los occidentales, dejándose llevar por el triunfalismo, intentan siempre reducir la enorme deuda que Europa contrajo con China en la antigüedad y el medievo, pero en muchas ocasiones las pruebas circunstanciales no admiten discusión. Por ejemplo, los primeros altos hornos para la fundición del hierro, que, según investigaciones recientes, se empezaron a construir en Escandinavia a finales del siglo VIII d.C, tienen una forma muy
parecida a los que se utilizaban en China en el siglo anterior. Hasta el siglo XVII las brújulas magnéticas de astrólogos y topógrafos señalaban el sur, no el norte, como siempre había ocurrido con las brújulas chinas.
Sin embargo, existen muchos casos en los que aun no hemos podido detectar los por los que se transmitieron los conocimientos de Oriente a Occidente, no obstante lo cual hemos adoptado la razonable suposición de que cuanto mayor es el periodo transcurrido entre la aparición de un descubrimiento o invento en una parte del mundo y su aparición posterior en una parte alejada de ésta, menores son las probabilidades de que esa novedad fuera descubierta o inventada de una forma independiente.
Pero, una vez aceptado todo lo anterior, hemos de plantearnos una pregunta muy importante. Si los chinos estaban tan avanzados en la antigüedad y el medievo, ¿cómo es que la revolución científica, el inicio de la ciencia moderna en el mundo, sólo
tuvo lugar en Europa?

Lo cierto es que el siglo XVII presenta diversos problemas. La revolución científica se produjo al mismo tiempo que la reforma protestante, la ascensión del capitalismo y el dominio de la burguesía. Los rasgos distintivos de la ciencia moderna, que se desarrolló en esa época, fueron la formulación matemática de hipótesis sobre la naturaleza y la experimentación continua. Las ciencias de los mundos antiguo y medieval estuvieron marcadas por un indeleble sello étnico, pero en el siglo XVII empezó a hablarse de la naturaleza en una lengua universal e internacional, en el idioma preciso y cuantitativo de las
matemáticas, en un idioma que puede emplear y dominar tras el aprendizaje pertinente todo hombre y toda mujer, independientemente de su color, credo o raza. Y
esto mismo es aplicable a la técnica de la experimentación.

Cómo se entienda la causa primaria de tal fenómeno dependerá de la formación de cada cual; si se trata de un teólogo, pensará que el factor determinante fue la liberación que aportó la Reforma; si de un científico de la antigua escuela, lo normal será que piense que primero tuvo lugar el movimiento científico, el cual desencadenó todo lo demás; si se trata de un marxista, pensará con seguridad que la principal responsabilidad recae en los cambios económicos y sociales.
Un factor de gran importancia es la circunstancia innegable de que el feudalismo fue completamente distinto en China y en Europa. El feudalismo europeo tuvo un carácter aristocrático-militar. Los campesinos estaban bajo el dominio de los señores que vivían en sus feudos, y éstos a su vez se hallaban sujetos a los barones, que vivían en castillos, mientras que el rey, desde su palacio, gobernaba a todos. En épocas de guerra, el monarca necesitaba la ayuda de los estamentos más bajos de la jerarquía feudal, que tenían la obligación de cederle un número determinado de hombres.
El feudalismo chino, calificado con razón de burocrático, fue muy distinto. Desde la época del primer emperador Qin Shih Huangdi (siglo III a.C), las viejas casas feudales fueron atacadas y destruidas poco a poco, mientras el rey o emperador (rango que pronto pasó a ostentar el soberano) gobernaba con la ayuda de una burocracia gigantesca, un funcionariado de una amplitud y un grado de organización inconcebibles en los minúsculos reinos de Europa. Las investigaciones que hoy se llevan a cabo están demostrando que la organización burocrática de China favoreció extraordinariamente en sus primeras etapas la expansión de la ciencia; por el contrario, en las últimas la retrasó, impidiendo el avance que en cambio iba a experimentar Europa. Por ejemplo, a principios del siglo VIII d.C ningún otro país hubiera podido realizar la medición de un arco de meridiano de sur a norte de unos 4.025 kilómetros ni organizar una expedición destinada a observar las estrellas del hemisferio sur, aparte de que a nadie se le hubiera ocurrido semejante cosa.
Es posible que suceda algo semejante cuando se acopie y se escriba la historia de la ciencia, la tecnología y la medicina de las grandes culturas literarias clásicas, como
as de la India o Sri Lanka. Europa participa de su herencia, produciendo una ciencia y una tecnología universales y ecuménicas válidas para todos los hombres y mujeres
que habitan la Tierra
. Es de esperar que los defectos de las tradiciones inconfundible mente europeas en otros terrenos no corrompan las civilizaciones no europeas.
Por ejemplo, las ciencias de China y el Islam jamás habían separado ciencia y ética, pero cuando con el advenimiento de la revolución científica quedó eliminada la causa final de Aristóteles y la ética fue expulsada de la ciencia, las cosas empezaron a ser muy diferentes y adquirieron un cariz mucho más amenazador. Esta circunstancia resultó beneficiosa por cuanto aclaraba y discriminaba las grandes manifestaciones de la experiencia humana, pero también muy perjudicial y peligrosa, pues abrió las puertas a los malvados capaces de
emplear los grandes descubrimientos de la ciencia moderna en actividades de consecuencias catastróficas para la humanidad.
Es necesario vivir la ciencia junto a la religión, la filosofía, la historia y la experiencia estética; por sí sola puede producir grandes daños. Lo único que podemos hacer hoy día es confiar en que los poderes increíblemente peligrosos de las armas atómicas, que el desarrollo de la ciencia moderna ha puesto en manos de los hombres, continúen bajo el control de personas responsables, y en que un puñado de locos no deje en libertad unas energías capaces de destruir no sólo a la humanidad sino toda la vida sobre la Tierra.

(*) Fuente. El Correo de la Unesco, octubre 1988.

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