Carcasona, cerca de los cátaros

(Texto Esteban Ierardo, fotos Laura Navarro y E.I, con anexo Galería)

Vista de Carcasona, desde el puente sobre el río Aude.

 Como en otras partes de Europa, en el sur de Francia, la Edad Media sobrevive en el siglo XXI. En Carcasona, la ciudad moderna rodea a la llamada Cité medieval, un conjunto arquitectónico de murallas y recintos, rescatados en el siglo XIX por el fervor romántico neogótico de Eugène Viollet-le-Duc. El sitio, hoy altamente turístico, y con la historia manando de sus piedras, veredas y torres, fue habitado por los cátaros, la notable herejía que atemorizó a la Iglesia, en tiempos medievales. Aquí una crónica sobre este extraordinario lugar.

Al poco de descender del tren, cómodo y veloz, como es habitual en la Unión Europea, descubrimos una calle que, hacia la izquierda, conduce hacia un puente moderno. Al atravesarlo, en un costado del río Aude, arropada en un banco de niebla, se insinúa, mágica y misteriosa, la cité medieval que nos espera.

  El sistema de de murallas del castellum de Carcasona se extiende por más de tres kilómetros, trazado en el que yerguen unas 52 torres, algunas de las cuales son todavía visibles. Un entramado defensivo erigido en un punto estratégico de rutas comerciales y de comunicación.

El camino nos acerca a la entrada de la Cité medieval por la puerta Narbona. Allí saluda al visitante una réplica del Busto de la Dama Carcas. Según la leyenda, Carcas es una princesa sarracena en tiempo de la ocupación de la Cité por los musulmanes. La ciudad es primero opidium o fortaleza romana; luego parte del reino visigodo con capital en la actual Toulouse. Los visigodos son desplazados por los seguidores de Alá, llegados con paso invasor, desde la península ibérica. Y en siglo VIII,  el emperador de los francos, Carlomagno, intenta ocupar la plaza. 

El asedio, infructuoso, se extiende por cinco años. Luego de la muerte de su esposo, Carcas queda al frente de la defensa de la ciudad. El alimento escasea, solo queda un cerdo y un saco de trigo. Para ocultar este hecho, Carcas ordena arrojar esas únicas reservas al pie de las murallas. Carlomagno cree que los sitiados quieren mostrar su abundancia de recursos y su capacidad de resistir mucho más. El emperador levanta, entonces, el asedio. Cuando Carcas ve el ejército imperial en retirada, ordena que suenen todas las campanas de la ciudad. Entonces, Carlomagno exclama: «¡Carcas sona!». Presunto origen del nombre de la ciudad. Pero, en la estricta realidad histórica, en el 752, Carcasona es tomada por un ejército franco comandado por Pipino el Breve, padre de Carlomagno.

Entramos a la ciudad que retiene soplos de vida medieval. Nos sorprende la multitud. Escuchamos voces en español por doquier. Luego, averiguamos que la numerosa presencia hispana se explica por una festividad en España que le permite a muchos españoles elegir a Carcasona como lugar de visita recreativa.

Recreación de combate entre caballerros ante su público medieval.

Y observamos muchas personas vestidas a la usanza del medioevo. Deambulan entre la muchedumbre simulando ser letrados, caballeros templarios, doncellas y señoras, brujas y hechiceros. El deambular entre los visitantes de esos «mensajeros» de la Edad Media, contribuye, eficazmente, al juego de un desplazamiento temporal. A esto también contribuyen muchas tiendas que ofrecen merchandising medieval: gnomos, hadas, llaveros o escudos con la imagen de Carcasona, dragones, árboles con ramas que parecen brazos, remeras o perfumes con el nombre de la ciudad, que los convierte en especial souvenirs. También espadas y coronas. Laura juega a coronarse nueva reina de Francia.

Caballeros templarios y una dama vuelven de la Edad Media al presente.

Y si faltaba algo para nutrir la ficción de un terruño medieval sobreviviente, en una franja verde, junto a la entrada, se apiñan muchos individuos con vestimenta medieval que presencian la recreación de un combate entre dos contendientes con espada y escudo, como otrora; y sobre un escenario, un grupo de músicos, que también visten como medievales, irradian un vivaz ritmo que emana de trompetas, tambores, panderetas y castañuelas.

El brillante grupo de intensa música de aire medieval que tocaba frente a la entrada de la Cité.

La intensidad musical hace olvidar el cercano cementerio, que se insinúa hacia un costado, con quizás más de un centenar de lápidas solo acariciadas por el viento.

Dentro de la Cité, el ingreso en el castillo condal, la principal construcción, sorprende rápidamente. Al poco de llegar a un primer nivel por una escalera de piedra, irrumpe un recinto amplio en una de cuyas paredes vibra una gran pantalla digital. Lo que se proyecta en la inmensa superficie electrónica no es un simple video ilustrativo del lugar. A los escasos segundos, advertimos que lo que se ofrece es una recreación en 3d de lo que fue Carcasona en la pretérita flor de su esplendor; imágenes desde arriba, como obtenidas por un dron, que muestran la extensión y solidez de las murallas afianzadas sobre los contornos de la cima de un monte. La recreación virtual también nos sumerge en el altar de la iglesia y sus coloridos vitrales, con la figura dominante de Cristo; y, en su vuelo, un ojo imaginario traspasa una ventana, recorre un recinto, y luego traspone otra abertura hasta recuperar la altura sobre la ciudad con calles enrevesadas y techo de tejados ocres.

Un instante de la reacreación virtual dentro del Castillo condal de la Cité medieval

Luego, dentro del castillo condal, recorremos numerosos recintos que cobijan esculturas, estatuas en relieve, bolas de cañón, pinturas, una sala romana con sarcófagos y ánforas, frescos murales del siglo XII; y otras pantallas que recrean la vida medieval con combates o la labor de un herrero que forja piezas en hierro o plata.

 En muchas ocasiones regresamos a los ventanales que ofrecen la imagen del entorno de la cité. Así vemos edificios históricos cubiertos de llamativos tejados ocres, la Catedral de San Miguel de Carcasona, edificada por orden del famoso rey de Francia Luis IX, en 1247; y, más allá, una rueda de la fortuna.

Al salir del Castillo condal, y volver a perdernos por las calles curvas e irregulares, rápido llegamos hasta la Basílica de los Santos Nazario y Celso, la basílica menor católica dentro de la Cité. Impresiona por su aspecto de fortaleza como muchas otras iglesias medievales del Languedoc. Su estilo arquitectónico es gótico románico. La construcción, en su origen, es posible obra de los visigodos, durante el reinado de Teodorico el Grande, en el siglo V, uno de los soberanos más poderosos de su tiempo. La fisonomía definitiva del edificio asoma en el 1096 cuando el papa Urbano II, el que convocó a la primera cruzada hacia Tierra Santa, le confiere importancia al lugar al bendecir los materiales que darán vida a la nueva «casa de Dios». Esta se concluye en la primera mitad del siglo XII. A fines de ese siglo, se reconstruye en estilo gótico.

Cuando nos aprestamos a entrar a la iglesia, un señor con una cámara con un gran teleobjetivo, nos dice en español, con un tono británico: «ustedes hablan en español pero no son de España». Nos reímos. Le comentamos de dónde somos. «Bien, estuve en Argentina, fui hasta Chubut, esa montaña con una pared rara de piedra, que dicen que está el Grial». Se refiere a la mítica copa del rey Arturo que le fue conseguida por uno de los caballeros de la Mesa Redonda, Parsifal. Volveremos a hablar de él luego. Y «esa pared de rara piedra» a la que se refiere es la Puerta de Telsen, que está en Chubut, provincia argentina de la Patagonia, en la Meseta de Somuncurá. Da la casualidad que conozco ese lugar, de haberlo leído solo. «El Grial hace recordar también este sitio. Los cátaros pasaban también por custodios del Grial», le digo. «Sí, son todas leyendas que hacen más atractivos los lugares. Invenciones. Necesitamos de eso para que la vida se parezca más a una novela romántica que a una tragedia. ¿Tú que crees?». «Muy de acuerdo». Hablamos un rato más de devolver algo de romanticismo a las cosas. «Sí, para eso es mejor visitar lugares solitarios. Como has visto no es el caso de aquí». Volvemos a reírnos y nos despedimos.

Y nos concentramos de nuevo en la iglesia medieval de varios siglos. La entrada principal se encuentra en su muro norte. Allí se ofrece a la vista un portal romántico entre dos puertas. En una de las paredes laterales se muestra una vivaz gárgola, que se tapa los oídos, y cuyo rostro grotesco se hincha en un gesto desesperado. En el interior, una nave románica se distingue por su oscuridad respecto a los vitrales luminosos. Como se podrán imaginar, este edificio eclesiástico también es restaurado por Eugène Viollet-le-Duc.

Izquierda un ángulo de la Basílica de los Santos Nazario y Celso; derecha, la gárgola de rostro grotesco y gesto desesperado.

Uno de los vitrales más antiguos del sur de Francia permanece allí, en la iglesia, sobre el coro, desde 1280. La veloz entrada y salida de turistas, como en tantos otros casos, le arrebata al lugar su verdadera naturaleza: sitio de oración y soledad para trascender la vida cotidiana de conflictos y angustia. En la iglesia abacial de Saint-Sauveur de Figeac, fundada en 838, experimentamos lo absolutamente contrario: un sitio en el que, con Laura, permanecimos largos minutos en silencio imperturbable.

Abandonamos la iglesia, y llegamos después hasta una de las torres restauradas. A un lado vemos el interior de la Cité, hacia enfrente de vuelta observamos el entorno de la ciudad moderna. Cerca, los visitantes se mueven a paso veloz, ajenos a cualquier lentitud contemplativa. Volvemos a ver a un muchacho que vimos al entrar, recostado sobre una pared, solo acompañado por su fiel perro, con su mochila, unos libros, un duende, mientras come una porción de pizza. Mira el torrente humano que va y viene. Seguramente siente la distancia absoluta respecto a los visitantes, que se le deben aparecer como destellos fugaces y fantasmales. Permanece allí como ejemplo de la soledad no percibida.

Afuera, retornar a la puerta de entrada no es mucho caminar, pero sí nuevamente un sumergirse en una multitud. Pero esto no nos impide relacionar lo visto con lo pasado que continúa vivo e imperceptible en el presente.

Así revivimos las pasiones del ayer que siguen agazapadas en esquinas invisibles del hoy. La ciudad medieval, la verdadera sigue aquí, con su población abrazada a los creencias cátaras.

Los cátaros (del griego katharos, «puros») que viven en Carcasona, cultivan un cristianismo de un dualismo radicalizado, cuya matriz doctrinaria se encuentra en los gnósticos. El gnosticismo (del griego antiguo [gnōstikós], ‘tener conocimiento’) es un movimiento religioso que emerge en el siglo I d. C, en Siria. En Bulgaria, un grupo llamado bogomilos, actúa como puente de la influencia gnóstica que, finalmente, llega hasta Alemania, los Países Bajos, y, en particular, el sur de Francia. Es en la Occitania donde la mentalidad cátara halla más propagación y vitalidad, entre los siglos XI y XIII. 

Para los cátaros que nos rodean ahora en la Cité que recorremos, la realidad se divide en dos principios opuestos: el Bien (el mundo espiritual, creado por Dios) y el Mal (que asocian con Satán y su reino: el mundo material y físico). Para los cátaros somos un alma, no solo una dinámica cerebral, y esta es prisionera de nuestro cuerpo físico. Y el alma se debe liberar. Para esto son necesarios el ascetismo, el desdén por el matrimonio, por ser medio de la procreación y la multiplicación de la ilusión de esta vida encarnada, y el rechazo de alimentos de origen animal (carne, huevos, lácteos); solo se permiten el pescado.

Los cátaros pasan sin percibirnos, pero, entre ellos, a veces, repiten que Jesús no es el Hijo de Dios, sino un mensajero enviado por el verdadero Dios, que no es el Jehová bíblico veterotestamentario, sino un Dios inaccesible, una «luz por encima de la luz», rodeada de un círculo espiritual o pleroma. Jesús trae un mensaje de ese dios, de liberación por la gnosis o conocimiento de la verdad, de la acción infame de Jehová de encarcelar las almas, primeros libres, en la celda corporal. Para cumplir su misión, que señala una vía de salvación, Jesús aparenta poseer un cuerpo. Para regresar a casa, al mundo de la libertad espiritual desencarnada, cada alma debe migrar de cuerpo en cuerpo, con algún parentesco en esto a las lógicas reencarnacionistas de la India antigua; las almas migran de cuerpo en cuerpo hasta alcanzar la pureza necesaria para regresar al mundo espiritual. 

Pero no todos los cátaros que deambulan entre las calles angostas de la Cité, representan la pureza del catarismo. En realidad, los Perfectos son quienes viven las creencias cátaras en toda sus austeras exigencias: viven en la castidad y la pobreza absoluta. Los otros, que vemos entrar y salir de las casas y del castillo condal, son «Creyentes»; a ellos se le concede vivir dentro de este mundo de maldad y aceptación de las imperfecciones.

El cristianismo tiene 7 sacramentos, pero los cátaros solo uno: el Consolamentum, un bautismo espiritual por imposición de manos que confiere salvación y hace del Creyente un Perfecto. La fidelidad a sus creencias lleva a la ineludible colisión con la Iglesia. Desprecian la autoridad del Papa, lo vituperan como el Anticristo. Y en esta desavenencia son acompañados por la nobleza, los artesanos y el campesinado. Los cátaros son un movimiento cultural, no solo una herejía de teólogos aislados con escasos seguidores. Todo el sur de Francia ve en la causa cátara una opción de independencia respecto a Roma y el Papa y la dinastía de los capetos en el norte de Francia, que perciben como sombra y amenaza.

Para salir de la Cité debemos esperar el lento avanzar de los numerosos visitantes. En esa situación, hablamos con dos españolas, madre e hija. Muy amables. La hija es enfermera. En medio de la multitud hablamos del desamparo, la necesidad de ayuda y comprensión de las personas que atiende. Me explica los cuidados paliativos antes de la muerte cercana. Por unos instantes nos concentramos en esas cuestiones abstraídos de la multitud. La señora mayor, le comenta a Laura que en verano España se convierte en el destino de muchos europeos de Alemania, Inglaterra o los países nórdicos que buscan climas cálidos y mediterráneos. Curiosamente conoce Vitoria-Gasteiz, nuestro próximo destino, sus inmensos parques circundantes, como el de Salburua, que nos recomienda, habitados por árboles, lagos y cuervos de señoriales guampas.

Mientras tanto, la noche llega. Advertimos a muchas personas con antorchas. Nos dicen que hoy se revive una tradición medieval: la Marche aux Flambeaux, la Marcha de las antorchas que baja desde la Porte Narbonnaise, en la muralla, hasta el centro de la ciudad, en La Bastide. Luego de una espera, a partir de cierto momento, se pone en marcha una compacta marea humana de luz hipnótica y ritual. Lo cotidiano conocido se quiebra por una sensación de algo arcaico que regresa para ahuyentar la densidad del mundo moderno sin magia.

La marcha de las antorchas en la noche.

Seguimos a la multitud de las antorchas hasta el pie de una de las torres. Desde allÍ se contempla la ciudad magnética y encendida. En esa contemplación necesito imaginar a Raimundo Roger Trencavel, nacido en Albi, en 1185, miembro de la casa Trencavel, vizconde de Carcasona, Béziers, Albi y Rasez, ya a los 9 años. Luego de la muerte de su padre, Roger II Trencavel, fue educado por su tutor Bertrand de Saissac, simpatizante cátaro. Cuando la tensión con los cataros es insoportable para Roma, el papa Inocencio III convoca a una especial cruzada, no un movimiento armado por arrebatarle Jerusalén a los infieles, sino para combatir y exterminar a los cátaros: la cruzada cátara o albigense (1209-1244).

Inocencio III considera que los cátaros son peores que los musulmanes. En sus propias palabras, en sus cartas antiheréticas: «los enemigos de la fe cristiana y de la Iglesia, los herejes, son, pues, por lo mismo, los mortales enemigos de la Cristiandad, como los paganos, como los moros, Es más, peores que ellos, ya que estos son enemigos externos, mientras que los herejes viven en medio del ‘pueblo cristiano´, tanto más peligrosos cuanto más difícilmente se escapa el lobo disfrazado de oveja y más a mansalva comete éste estragos en el redil».

El poderoso ejército papal asola el sur de Francia. Antes que a Carcasona, llegan a Béziers, en la llamada «campaña relámpago» al comienzo de la cruzada albigense. Béziers es puesta bajo asedio, el 22 de julio de 1209, por las fuerzas a las órdenes del legado papal Arnaldo Amalric. A este se le pregunta hacia dónde arrojar los proyectiles porque se estiman que en la ciudad hay herejes cátaros, pero también cristianos files al Papa. A Arnaldo se le le atribuye la respuesta, incomprobable, pero en definitiva grabada en la leyenda: «¡Matadlos a todos: Dios reconocerá a los suyos!».​ Los sitiadores toman la ciudad. Buena parte de la población es pasada a cuchillo.

Un libro sobre el «País cátaro» que descubrimos.

La sangrienta caída de Béziers propaga el temor por toda Occitania. Los cruzados sitian luego Carcasona. Alli, están de vuelta, ávidos de muerte, al pie de las murallas. Ramon Roger saben que deben resistir con fuerza desesperada para evitar que Carcasona sufra la misma suerte que Béziers. Los primeros días son de lucha feroz, pero el calor y la escasa agua harán colapsar a los defensores en poco tiempo. Ramon lo asume. Debe negociar. Bajo garantías, se presenta en el campamento cruzado. Allí lo esperan el legado papal Almalric y Simón de Montfort, jefe del ejército cruzado, instrumento no solo del Papa sino también de la Corona francesa para conquistar el sur francés. Se llega a un acuerdo. Carcasona se rinde, pero a condición de que se respete la vida de sus 25000 habitantes.

Amalric y Simón de Montfort no cumplen totalmente lo convenido. Capturan a Trencadel. Lo encierran en las mazmorras de su propio castillo; es decir, en el edificio de gruesos muros de piedra que acabamos de visitar. Se lo despoja de todo. Sus posesiones quedan en manos de Simón de Montfort. Todo se consuma en nombre de la Iglesia católica.

Trencadel sufre un cautiverio infame. Escasa alimentación, nada cercano a una mínima higiene. Sabe que no hay posibilidad de rescate para él aunque le puedan haberle prometido lo contrario. Ningún rayo de luz acaricia su inmovilidad. No hay un sol, una luna, un tendal de estrellas a los que dirigirse, como figuras creadas por Dios, para implorar esperanza o liberación. Se enferma. A los dos meses muere supuestamente de disentería. Quizá fue envenenado.

Luego la leyenda, nacida en la propia Edad Media, asegura que el célebre personaje Parsifal, el mítico caballero del Grial, protagonista del poema épico del mismo nombre, escrito por Wofram vom Eschenbach en el siglo XIII, es Ramon Roger Trencadel. En Parsifal se inspira Richard Wagner en su ópera homónima estrenada en Bayreuth, en 1882. Otto Rahn, el misterioso personaje atrapado en las obsesiones esotéricas del nazismo, autor de la Cruzada contra el Grial, también identifica al vizconde de Carcasona con Parsifal.

Nos alejamos de la marcha de las antorchas. Descendemos hasta la Rue Gustave Nadaud, calle angosta, flaqueada por casas con viejos postigos de madera en sus ventanas, camino hacia un puente, desde el que, cuando casi la noche besa la tierra, contemplamos la Cité ya crepuscular e iluminada. Emprendemos el camino hacia nuestro alojamiento. En el trayecto pasamos frente a dos bares de la comunidad turca.

Y la oscuridad nocturna se agota, y da lugar al siguiente día. Se asoma un nuevo sol que se entrega radiante y generoso. Recorremos el camino que atraviesa el puente sobre el río Aude, donde, entre la niebla, entrevimos luego de nuestra llegada la misteriosa Carcasona medieval. Al pasar nuevamente renacen en la mirada las murallas y torres bañadas de diáfana luz. La noche anterior imaginé a Trencadel como una presencia continua, imborrable, en la Cité medieval. Pura ensoñación. Pero su fisonomía imaginaria era muy nítida. Su rostro joven y apesadumbrado cuando asume que debe acordar la rendición ante las salvajes fuerzas papales para evitar una masacre. Lo imagino, erguido, meditativo, junto a una de las torres, contemplando una Carcasona centellante de luces artificiales, después del ocaso.

Trencadel entonces mira la ciudad extraña, cuyos habitantes nada saben del sufrimiento vivido en la cité asediada. «Mejor que lo olviden», quizá piensa. Y no puedo evitar recordar su esmero para salvar a sus cátaros de Carcasona. Recuerdo sus días finales en las mazmorras, solo, enfermo, en la espera resignada de la muerte. Su nobleza y tragedia hace comprensible que se lo asocie con Parsifal.

Y rápida y repentinamente, la niebla regresa. De nuevo, la ciudad medieval palpita escondida. Y entre esa bruma, antes de dejar el puente atrás, en la distancia, Trencadel, baja desde el castillo, y llega hasta la orilla del río; y, allí, quizá, recuerda todo lo que ya no se recuerda.

Visión parcial de la Cité medieval

ANEXO: GALERÍA

De camino hacia la Puerta Narbarona de la Cité medieval en Carcasona
Recreacionistas de la Edad Media
Una de las torres restauradas y, en el fondo, la Basílica de los Santos Nazario y Celso.
Una calle solitaria dentro de la Cité

Uno de los muros con sus torres.
Vista de la Cité, cuando empieza a caer la noche, desde la Rue Gustave Nadaud
Recreación digital del trabajo de un herrero.
El muchacho con su perro fiel
Una de las torres iluminada ya en la noche.
Desde los muros de Carcasona

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