Las tumbas del ego nacionalista

Por Esteban Ierardo

Tumbas de soldados rusos en la Guerra en Ucrania (Foto en The New York Times)

El ego nacionalista piensa en su grandeza, y necesita que esta sea validada o confirmada por otras naciones.

Cuando se percibe la falta de ese reconocimiento, se impone la necesidad de una compensación o reparación. Es decir, la herida del ego nacionalista debe ser «curada». El medio para la «cura» es la invención o fabricación de la guerra, solo necesaria para subsanar la imagen degradada de sí mismo del ego chovinista.

Y ante la falta de causas legítimas de peso, la creación de la furia bélica debe ser falsificada. Algunos ejemplos hasta llegar al caso de ego nacionalista exasperado más contemporáneo: el supuesto ataque polaco a una radioemisora alemana en la región libre de Danzig, en el norte de Polonia, que » justificó» el inicio de la Segunda Guerra Mundial, en 1939; el ataque a un crucero norteamericano en el golfo de Tonkín que forzó la Guerra de Vietnam (incidente que nunca ocurrió, como lo indica material desclasificado de la CIA, y como lo reconoció el Secretario de Estado McNamara). Y se podría continuar con otros ejemplos tan abundantes como una cascada continua e inagotable. Y ahora el ejemplo de mayor actualidad trágica: la amenaza a la seguridad rusa por planes de una invasión de la OTAN a través del territorio que «neonazis» ucranianos ponen a su disposición.

Y cuando hoy las hélices de la trituradora bélica matan a diestra y siniestra soldados y civiles, y animales, y destruyen ciudades enteras, surge la pregunta obligada de cómo es posible que, aun en medio de la tecno-sofisticación del siglo XXI, haya todavía margen para la invención de guerras innecesarias.

Parte de la respuesta es: la ebullición del ego nacionalista, en su estado de ceguera mesiánica.

Contra los demonios del nacionalismo beligerante y desmesurado, reaccionan, en su momento, Romain Rolland en Por encima del conflicto, cuando el escritor francés denuncia el desprecio de la fraternidad universal por los cañones de la Primera Guerra Mundial; las diatribas antibelicistas de Thomas Mann, entre los lamentos por la decadencia de la burguesía en su novela-monumento La montaña mágica; o el Stefan Zweig de El mundo de ayer, ya con la Segunda Guerra Mundial en curso, en 1942, cuando la pesadilla depresiva lo estrangula en el suicido final ante los nacionalismos radicales que provocan terremotos de exterminio.

El ego nacionalista exaltado es indiferente ante las tumbas que provoca.

Muy distinta es la autoestima de la nación realmente amenazada, y que no renuncia a las armas como escudo protector. Esta situación, antes de los ucranianos, fue la de los griegos ante la invasión de los persas; los celtas y numantinos ante los romanos; los rusos, de otro tiempo, ante la Alemania nazi. La nacionalidad en peligro real no puede eludir la defensa de su derecho a existir, la lucha por su cuerpo de tierra, bosques, rocas, metales, personas. Aquí la guerra debe ser asumida con entereza. No hay alternativa. Son inevitables, en este caso, las tumbas tendidas entre los gusanos y el viento.

León Tolstoi conoce las discordia bélicas en la Guerra de Crimea. Luego, en el largo fluir de su obra, en sus textos tardíos, recalca la «superstición obsoleta» y el «egocentrismo grosero» que fracturan la paz, o la reducen, en todos los casos, a pura debilidad. El Tolstoi cristiano no olvida que la doctrina cristiana, la verdadera, no su manipulación histórica, es llamada a la hermandad y rechazo de la violencia, salvo, agregarían Santo Tomás o San Agustín, en los casos de la llamada guerra justa. Como lúcido cultor de la sospecha y la crítica, el autor de Ana Karenina asegura que la exaltación nacionalista es excusa idónea para la consolidación del Poder sobre el cuerpo engañado de las masas.

El ego nacionalista inyecta su adoctrinamiento cuando, a los niños, se les enseña que su nación es predestinada a una gran misión, y que es superior a las otras naciones, al menos a aquellas que se las entiende como «históricamente» sometidas a su jerarquía mayor indiscutible. Y en el caso de su Rusia natal, Tolstoi se opone al Estado aliado a la Iglesia Ortodoxa Rusa, y a sus ejércitos lanzados a reducir a cadáver y cosa a los que objetan la grandeza nacional.

Entonces, la masividad de las tumbas, propia o ajenas, son «necesarias» desde las demandas del ego nacionalista mesiánico. Todas sus muertos apenas son respiros breves en la vida de la nación. Y toda muerte provocada, innecesariamente, por el ego nacionalista no son abstracciones anónimas ocultas en pozos de la tierra. Son vidas reales, únicas, sacrificadas desde la locura.

Las tumbas del ego nacionalista se apiñan ahora, como ejemplo arquetípico, en el sueño neo imperialista moscovita. Las causas últimas del Kremlin para actuar en función de su seguridad son discutibles. Su «inseguridad» podría haber sido gestionada desde medios diplomáticos e intensas negociaciones. Entonces, una sospecha se adhiere al tiempo geopolítico: lo que se presenta como un peligro, solo es «peligroso» en tanto no satisface el orgullo del nacionalismo exacerbado; y cuando se teme que la democracia y sus mandatos presidenciales limitados estén demasiado cerca de las fronteras.

Mucho dicen, aun en silencio, las tumbas innecesarias de todos los seres, humanos y animales, masacrados por el narcisismo nacionalista. Las sepulturas, antes de tiempo, inútilmente se agregan a las tierras nevadas y áridas, entre bosques o ciudades, cerca de fábricas o estepas remotas. Ahí, en cada uno de esos enterramientos, una forma de pensar aloja bajo una lápida, en muchos casos ni siquiera eso, al joven que no pudo ser padre; a la anciana que no pudo despedirse de sus muchos amaneceres en paz; a la muchacha que no pudo florecer en sus hijos o en su respirar agregado a las cosas; al niño despedazado por las bombas antes de terminar sus primeras rondas de juegos en el mundo.

El lamento es infinito por cada ser perdido por la agresión innecesaria; por la sangre desperdiciada; por el derecho despedazado a vivir en el tiempo futuro, de tormentas y alegrías, que trae cada ser al nacer.

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