
El poema que sigue a continuación es el que le da nombre al último libro de Jorge Luís Borges. Fue publicado un año antes de su muerte, en 1985. Muchos de sus textos, aclaró el autor de Ficciones, surgieron como sueños, y no como ficciones deliberadas.
Los conjurados evoca el tiempo de formación juvenil del escritor argentino en Ginebra, Suiza. Este país pasó por conflictos en la Edad Media que fueron superados cuando adquiere un estatus federal. Este hecho es celebrado por Borges como un símbolo de concordia y hermandad. Al elegir la tierra suiza como lugar para su descanso definitivo, Borges vuelve a uno de los ciclos iniciales de su vida.
Luego de ser diagnosticado de cáncer de hígado en un hospital en la Ciudad de Buenos Aires, deja Argentina siendo consciente de que no volvería. En ese entonces había regresado la democracia al país, y se sometería a juicio a los militares luego de la dictadura. Una de las razones para su partida sin retorno, era que no quería que su muerte se convirtiera en un gran circo, con políticos exhibiéndose delante su féretro.
Pero también quiso que su partida obrara como invitación a la reconciliación nacional. Por eso, el poema Los conjurados cierra el libro del mismo nombre, escrito en paralelo a la guerra de las Malvinas y los últimos estertores de la opresión militar. Frente a la oscuridad de los conflictos que dividen y matan, el autor de El Aleph, defiende la tolerancia, la comprensión reciproca de quienes piensan distinto, la confraternidad y el cosmopolitismo. Un modelo de existencia de una inteligencia social en el que, los “hombres de diversas estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan en diversos idiomas han tomado la extraña resolución de ser razonables… olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades”.
La utopía, o la profecía, de la unidad.
E I.
Los conjurados, por Jorge Luis Borges (*)
En el centro de Europa están conspirando.
El hecho data de 1291.
Se trata de hombres de diversas estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan en diversos idiomas.
Han tomado la extraña resolución de ser razonables.
Han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades.
Fueron soldados de la Confederación y después mercenarios, porque eran pobres y tenían el hábito de la guerra y no ignoraban que todas las empresas del hombre son igualmente vanas.
Fueron Winkelried, que se clava en el pecho las lanzas enemigas para que sus camaradas avancen.
Son un cirujano, un pastor o un procurador, pero también son Paracelso y Amiel y Jung y Paul Klee.
En el centro de Europa, en las tierras altas de Europa, crece una torre de razón y de firme fe.
Los cantones ahora son veintidós. El de Ginebra, el último, es una de mis patrias.
Mañana serán todo el planeta.
Acaso lo que digo no es verdadero; ojalá sea profético.
(*) Los conjurados (1985), en volumen III, Obras completas Emecé, Buenos Aires.
