Por Esteban Ierardo

En el frío y el calor de la historia, dos fuerzas se hacen la guerra: la afirmación de la vida y la exaltación de la muerte. El sol nadando en los arroyos alumbra el deseo de vivir; las masacres, los asesinos de humanos y animales, gritan la muerte.
El parpadeo oscuro de la muerte siempre justifica las guerras innecesarias, y constituye al otro como enemigo o amigo (“amistad” a su vez que encubre los intereses comunes, y que cambian según las coyunturas distintas). Y Tánatos, dios de lo muerto y disgregado, divide lo que ve: la mejor humanidad será la dividida en regiones de combate y competencia. Y Tánatos disfruta con disgregar individualidades: la persona dividida entre su imagen y su ser; el consumidor que sólo es para comprar o vender; el ciudadano no como sujeto de derechos, sino la marioneta a manipular.
Y la muerte es una forma de repetición. Puede repetir la reducción de un pueblo a lo que le entrega a los dueños del poder riqueza y una sensación de grandeza; y la muerte repite la inmovilidad histórica, es decir: eso que no cambia aunque cambien los saberes, las tecnologías, el aspecto de las ciudades; lo que no cambia y se repite: la desesperación por el mando, o la obsesión de los “hombres de Dios” por manipular la fe para dominar las mentes. A diferencia de esto, bajo la lluvia o el sol, el don del puro caminar, sin muletas ni dolores, es una bendición, una riqueza que no necesita dominar a otros.
La mirada contra la muerte sabe ver el peligro de los racismos, los narcisismos nacionalistas que se emplazan en una imaginaria majestad, o en el deseo de la superioridad nacional que olvida la fragilidad común que nos iguala, no en nuestras legítimas diferencias, sino en nuestras condiciones existenciales. En la vida que se distribuye y circula en el negro, el amarillo, el blanco, el indio, en cada humano en su propio río, se encarna la carencia común existencial: el acecho de la enfermedad, la incapacidad de comprender por qué la luz es luz, la dependencia de todos los seres orgánicos vivos del aire, el alimento y el agua.
La mirada contra la muerte aborrece la voluntad que extermina, no la muerte misma como acontecer biológico. Esa muerte es solo un momento del renacer posterior, por los nuevos nacimientos de nuestra especie o, quizá, por una supervivencia de la conciencia dentro del enigma de aquello que da la vida consciente y que no puede ser destruido (acaso «Dios» o lo «divino», la matriz abismal y misteriosa de la que todo, sin que sepamos cómo, invariablemente procede; y también, o precisamente, la materia, para aquellos que atribuyen un origen material al todo).
El pensamiento respira la libertad extraña de negar lo evidente o de incentivar la vida evidente, amenazada por la muerte no como momento de camino y renacimiento o transformación, sino como goce destructor. Nietzsche insiste en la vida sobreabundante que, como el sol, se da sin esperar recibir nada a cambio; y que nunca renuncia a nuevas cumbres y que no se apaga en la inercia de la repetición rutinaria. Bataille acude al eros, que es lo que reintegra el espíritu a corrientes de la vida percibida fuera de las divisiones; Lao Tsé encuentra la vida extendida como un juego mayor que integra todos los contrarios y que se transforma sin dejar de ser, como el agua que se aviva en sus movimientos en las corrientes de deshielo.
O el Artaud que, desde la cosmovisión de un extraño emperador romano de origen sirio, Heliogábalo, percibe a los dioses como fuerzas que calientan de vida cada matiz de la naturaleza; o el Van Gogh que percibe una vida más secreta que pulsa por salir y expresarse en un cielo nuboso sobre los campos de trigo, o la noche recorrida por corrientes invisibles y efervescentes entre las estrellas.
Y la mirada de la muerte necesita de un mundo estático. De nuevo lo inmóvil: desde siempre y por todas partes, la muerte repetirá el chantaje de las minorías a las mayorías, la reducción de la naturaleza a mera fuente de recursos.
Y el poder se repite en su alianza con las concentraciones de intereses que obstruyen el mejor acceso a la vida y el bienestar. Para la mirada de la muerte, el mundo debe seguir siendo la orgía de los falsos conflictos y el desdén por todo lo que proponga acuerdos en lugar de la radicalización de la separación y el enfrentamiento, que solo beneficia a las formas de la muerte concentradas en el poder-individuo, poder-ideológico, poder-nación que siempre lo quiere todo para sí.
Pero volvamos a la mirada vivaz, al deseo de más vida. Biofilia. Lo vivo se enciende más cuando combate el encierro. La mirada contra la muerte usa las llaves que abren la mente y el mundo; despierta la conciencia integrada en la casa más grande del universo; piensa la humanidad unida en una identidad planetaria. Quizá algún día, finalmente, en un ultrafuturo todavía impensable, se viva en la vida real, y no sólo en los sustitutos virtuales de la existencia física, las divisiones políticas y económicas, las segregaciones raciales, los aparatos bélicos, los particularismos sectarios. Las fuerzas de Tánatos.
La mirada contra la muerte solo es contrapoder si no cae en el engaño. No ser engañado en lo esencial. La vida no es solo consumo continuo, la fijación en el scrolleo y la hiperconexión digital, el culto por la IA que pierde su condición de herramienta legítima para convertirse en reemplazo del esfuerzo del sujeto.
La mirada contra la muerte es lo que no cae en el engaño de restarle misterio a las montañas y los mares, y a todos los rostros humanos; la mirada contra la muerte no se apagará ahí donde siga la conciencia de la vida extrapantallas: las muchas culturas, los muchos caminos para el pensar, los muchos mundos, los muchos paisajes y ecosistemas grávidos de lo enigmático que todo destila; la vida vasta que quiebra los cercos. La mirada atenta contra una de las ambiciones de la voluntad tanática: cerrar la mente libre.
