
IX. Del amanecer hacia el siglo XX.
La historia de China es vasta, extensa como un gran mar donde se suceden las dinastías. El movimiento comienza con la dinastía Xia (2070-1600 a.C.), de carácter legendario; la dinastía Shang (1600-1046 a.C.), cuya existencia histórica se evidencia en los huesos oraculares; y el reinado Zhou (1046-256 a.C.), que abarca el periodo de las Primaveras y Otoños y el de los Reinos Combatientes. La era imperial de la China unificada emerge con la dinastía Qin (221-206 a.C.), los tiempos de Qin Shi Huang, el inicio de la Gran Muralla y el ejército de terracota. Le sigue la dinastía Han (206 a.C.-220 d.C.), fuente étnica de la mayoría de la población actual y época del arraigo del confucianismo y el despliegue de la Ruta de la Seda.
Otras olas esenciales en este mar del tiempo son: la dinastía Tang (618-907), edad de apogeo cultural y poesía cosmopolita; la dinastía Song (960-1279), con sus avances en la brújula, la pólvora y la imprenta; y la dinastía Yuan (1271-1368), cuando los mongoles llegaron al trono a través del nieto de Gengis Kan, Kublai Kan, cuyo gobierno colapsó por rebeliones e inflación.
Finalmente, los manchúes se impusieron en la dinastía Qing (1644-1912), la última etapa imperial, que concluyó en el contexto del «Siglo de la Humillación» iniciado con las Guerras del Opio (1839) y terminó con la abdicación de Puyi, el último emperador, evocado por la película de Bertolucci y cuyos días se extinguieron como jardinero bajo el maoísmo.
Ahora sí: la dinastía Ming (1368-1644). Tras el dominio mongol, los Ming restauraron el poder de la etnia Han y consolidaron la identidad china moderna. Fue una era de refinamiento en porcelana blanca y azul, seda y laca. Pekín se convirtió en el centro del poder mediante la construcción de la Ciudad Prohibida. China devino potencia marítima gracias a las expediciones del almirante Zheng He; sus flotas navegaron hacia la India y África, integrando a China en redes globales. Hoy, Zheng He, eunuco de la minoría musulmana Hui (5), es un símbolo de la diplomacia cultural y la «Ruta de la Seda Marítima». El 11 de julio se celebra en China el Día Marítimo en honor a su primera expedición de 1405.
El emperador fundador, Zhu Yuanzhang (Hongwu), fue uno de los pocos de origen campesino. Lideró la rebelión de los Turbantes Rojos y expulsó a los mongoles. Aunque impulsó el bienestar agrícola, fue paranoico y realizó purgas masivas. Bajo los Ming, se reforzó la meritocracia y los exámenes imperiales, pero también surgió la famosa Pregunta de Needham:
«¿Por qué China, siendo líder tecnológico durante siglos, no originó la Revolución Científica?»
Esta retracción se consumó en el periodo Ming y la dinastía Qing. Kenneth Pomeranz, historiador de la Universidad de Chicago, en La gran divergencia. China, Europa y el nacimiento de la economía mundial moderna, propone el concepto de Gran Divergencia para visibilizar el proceso que, iniciado en el siglo XVI, terminó por consumarse hacia el siglo XVIII, momento en que Europa eclipsó económicamente a la China Qing.
Entonces, en China, una proactiva mentalidad tecno-científica quedó marginada. Los factores fueron múltiples: una población masiva que proveía mano de obra barata (desincentivando la invención de máquinas de vapor), un sistema de exámenes que absorbía a las mentes brillantes hacia la burocracia estatal y un neoconfucianismo que priorizaba la tradición sobre el desarrollo científico, vía tecnología y matemáticas, relegados a un plano menor. Mientras Europa, fragmentada y competitiva, fomentaba una «ilustración industrial» y la cultura del «conocimiento útil», como propone el historiador económico Joel Mokyr, China se replegó sobre su estabilidad interna y su atención a la agricultura. Hoy, sin embargo, opera una nueva gran divergencia: China ya no es el término regresivo, sino una potencia que roza la superioridad tecnológica global.
X. La huella de la Guerra del Opio.

Hubo una vez en que, entre las piedras de la Gran Muralla, se infiltró Occidente con sus intereses y astutas maniobras. Gran Bretaña importaba té, seda y porcelana en cantidades ingentes. Sin embargo, la política comercial del «Hijo del Cielo» era estrictamente proteccionista: el único puerto autorizado para el comercio extranjero era Cantón. Como Inglaterra pagaba sus importaciones en plata, esto le provocó un déficit comercial insostenible; los chinos no mostraban interés por los productos británicos, salvo por los relojes. Cuando las reservas de plata se agotaron, el «País del Támesis» halló una solución sombría: el opio. La Compañía Británica de las Indias Orientales cultivó la droga en la India y la introdujo de contrabando en China. La plata retornó a manos británicas mientras la población china se despeñaba en la adicción y su moneda se desestabilizaba. Mediante una política de Estado británica, se creó así la primera red de narcotráfico de la historia.
El funcionario Lin Zexu, cumpliendo órdenes del emperador, destruyó un gran cargamento de opio en Cantón y envió una carta a la reina Victoria. En ella le rogó sabiduría y respeto por las leyes chinas, pero la misiva nunca obtuvo la respuesta esperada. Poco después, la flota armada británica, con sus barcos de casco de hierro, irrumpió en las costas. Los cañones rugieron y los navíos de juncos chinos fueron incendiados en una lucha desigual.
La Primera Guerra del Opio oscureció el cielo sobre el río Amarillo. Más tarde, Francia se unió a la presión para obtener ventajas. Durante la Segunda Guerra del Opio, la humillación alcanzó su cénit con el saqueo y destrucción del Antiguo Palacio de Verano. Miles de piezas de arte terminaron esparcidas en museos y colecciones privadas del mundo, objetos que China, hasta hoy, sostiene una política continua por recuperar.
Las consecuencias de los «Tratados Desiguales» fueron devastadoras: China cedió Hong Kong (devuelto recién en 1997), abrió cinco puertos al comercio foráneo y pagó indemnizaciones millonarias por el opio destruido. Se legalizó el comercio de la droga y se impuso la extraterritorialidad, permitiendo que los extranjeros fueran juzgados bajo sus propias leyes en suelo chino.
Estos tratados evidenciaron el colapso de la dinastía Qing, mermada por su atraso tecnológico. La devaluación de su autoridad incentivó la Rebelión Taiping (1850-1864), una masiva guerra civil. Con millones de muertos. Su líder, Hong Xiuquan, tras fracasar en los exámenes imperiales, se creyó el hermano menor de Jesucristo con la misión de erradicar a los «demonios» Qing. Aunque impuso reformas radicales como la igualdad de género y la propiedad comunal, fue finalmente aplastado por las fuerzas imperiales.
La debacle china funcionó, colateralmente, como una advertencia para Japón, que inició la Restauración Meiji para evitar un destino semejante (6). En 1911, el gigante exhausto finalmente colapsó, dando fin a milenios de imperio.
En su retórica actual, Xi Jinping alude con frecuencia a este periodo como el inicio del «Siglo de la Humillación» (bǎinián guóchǐ). Según su visión, este fue el momento en que se extinguió el fulgor chino y el país se despeñó en una «sociedad semicolonial». Xi recuerda constantemente que «el atraso conlleva agresiones». La violencia ejercida por las potencias coloniales justifica hoy la modernización del Ejército Popular de Liberación, la autosuficiencia tecnológica y la defensa férrea de la integridad territorial. Bajo esta narrativa, se subraya que solo el mando único del Partido Comunista pudo restaurar la dignidad que ni monárquicos ni nacionalistas lograron defender. China ya no es el «enfermo de Asia», sino una potencia que, según Xi, nunca más permitirá que fuerza extranjera alguna la avasalle.
XI. De Mao a la nueva China

Tras la caída del imperio milenario, el cielo se retiró. Solo quedó la tierra habitada por millones de voces que vociferaban el cambio. La primera figura de la transformación fue la República de Sun Yat-sen, aún celebrado como el padre de la China moderna (7). A China llegaron los cimbronazos de la Primera Guerra Mundial: por el Tratado de Versalles, territorios que pertenecían a Alemania fueron entregados a Japón, lo cual dio pábulo a las protestas nacionalistas de los jóvenes que, junto con sus gritos exigiendo al «Señor Ciencia» y al «Señor Democracia», se sumaron al Movimiento del 4 de mayo de 1919. De esa efervescencia participó un incipiente activismo comunista.
Un joven bibliotecario de la Universidad de Pekín se acercó a la reunión que fundó el Partido Comunista Chino en 1921. Este hecho fue también una consecuencia de los vientos expansivos del Octubre Rojo, la Revolución bolchevique que se detonó en 1917. En la acumulación de los años, aquel joven se convertiría en el «Gran Timonel», el fundador de la República Popular China: Mao Zedong. A su rol de líder revolucionario le agregó su condición de pensador; el «pensamiento de Mao Zedong» fue una variante del marxismo-leninismo donde el sujeto revolucionario pasó a ser el campesinado y no los obreros industriales. Para el maoísmo, el conflicto, entendido como lucha de clases, era constante y se derramaba incluso dentro del propio partido. Una de sus tesis filosóficas, Sobre la contradicción, afirmó la continuidad de la oposición y la fricción. La posición maoísta abrazó a los países del «Tercer Mundo», periféricos y agrícolas, cuya fuerza revolucionaria se encarnaba en el campesinado pobre.
El momento cumbre de su liderazgo fue la Larga Marcha (1934-1935), la maniobra para escapar del cerco del ejército nacionalista de Chiang Kai-shek. Fue una marcha de 12.500 kilómetros en 370 días, en la que se atravesaron ríos caudalosos, montañas y pantanos. De los aproximadamente 100.000 soldados que empezaron la travesía, solo arribaron unos 8.000 a su destino final en Yan’an. Durante la marcha, en la Conferencia de Zunyi (enero de 1935), Mao Zedong se hizo con todo el poder. Desplazó a la anterior conducción, a la que reprochó haber equivocado la estrategia militar: sostuvo que no se debía enfrentar al enemigo en batallas frontales, sino recurrir a una guerra de guerrillas para rodear las ciudades desde el campo. Mao se inspiró en El arte de la guerra de Sun Tzu; su filosofía de combate fue: «Si el enemigo avanza, retrocedemos; si acampa, lo hostigamos; si se cansa, lo atacamos; si se retira, lo perseguimos».
El comunismo chino arriba al poder supremo tras prevalecer en la larga guerra civil y en la lucha contra Japón. Los soldados del Imperio del Sol Naciente, saturados de brutalidad, asesinaron a cientos de miles durante su invasión. Masacraron a civiles en el genocidio de Nankín y obligaron a la prostitución a miles de mujeres. En Manchuria establecieron el cuartel del infame Escuadrón 731, que perpetró experimentos humanos inenarrables para testear armas biológicas. Finalmente, las fuerzas de Mao vencieron a todos.
Mao proclamó la República Popular China en 1949, en Pekín. Durante la trayectoria política de Mao tuvo importantes colaboradores, como Zhou Enlai, diplomático y pragmático, fue Primer Ministro desde 1949 hasta su muerte en 1976 y siempre intentó contener los excesos de Mao, muchas veces sin éxito. Lin Biao, el Mariscal del Ejército Popular de Liberación, fue fundamental para las victorias militares comunistas. Durante la Revolución Cultural promovió el culto a la personalidad del Gran Timonel, y compiló el famoso Pequeño Libro Rojo. En 1971, murió en un oscuro accidente aéreo luego de ser acusado de intentar un golpe de Estado. Y Liu Shaoqi, el gran ideólogo después de Mao. En un principio se perfiló como su sucesor natural, pero criticó el fracaso de la política económica, y durante la Revolución Cultural fue encarcelado acusado de «seguidor del camino capitalista». Murió en prisión.
Durante el gobierno de Mao se sumaron hitos clave. El primero fue la Campaña de las Cien Flores (1956-1957); bajo el lema «Que cien flores florezcan y que cien escuelas de pensamiento compitan», se invitó a los intelectuales a la crítica constructiva. Tras un retaceo inicial, arribaron cascadas de misivas que cuestionaban el monopolio del poder, la falta de libertades y la ineficiencia oficial. Mao dio por concluida la campaña e inició el Movimiento Antiderechista, reprimiendo a cientos de miles de personas que fueron enviadas a campos de reeducación. Quedó la incógnita histórica de si la campaña fue un error de cálculo o una trampa deliberada.
La campaña del Gran Salto Adelante (1958-1962) fue uno de sus mayores abismos. El objetivo fue transformar a China en una nación industrializada en tiempo récord. Se eliminó la propiedad privada de la tierra y se obligó a los campesinos a vivir en comunas populares gigantescas. La vida colectiva implicó comedores compartidos para que las mujeres trabajaran en el campo mientras los hombres fundían herramientas en hornos artesanales para producir acero; el resultado fue un material de pésima calidad e inservible. Las consecuencias fueron la peor hambruna del siglo XX: entre 15 y 45 millones de personas murieron por hambre, agotamiento y violencia. Para sostener una impresión de éxito, los funcionarios falsificaron las cifras de producción, lo que llevó al Estado a requisar reservas reales para la exportación mientras el pueblo agonizaba. Los efectos ecológicos fueron desastrosos: la campaña de exterminio de gorriones provocó una plaga de langostas que devastó lo poco que quedaba.
Mao no salió indemne de la tragedia y debió entregar la gestión económica a funcionarios más pragmáticos. Su jugada para recuperar el poder absoluto fue la Revolución Cultural (1966-1976). Durante este periodo se cometieron crímenes contra las llamadas «cinco categorías negras»: los terratenientes, antiguos dueños de tierras; los campesinos ricos; los contrarrevolucionarios, los acusados de sabotear el régimen o de vínculos con el Kuomintang; malas influencias o «elementos malos», criminales comunes o personas estimadas inmorales por el Partido; derechistas, intelectuales o funcionarios conocidos por sus críticas al maoísmo.
En medio de un exacerbado culto a la personalidad de Mao, los Guardias Rojos desataron una ola de torturas, degradaciones públicas, persecuciones y asesinatos. Además de las «categorías negras», todo aquello con «sabor» occidental fue perseguido: científicos y artistas se convirtieron en víctimas. La locura fue tan notoria que el propio Partido decidió poner fin al proceso, castigar a la Banda de los Cuatro e iniciar el periodo de «eliminar el caos y volver a la normalidad» (8)
En este proceso se alzó Deng Xiaoping, quien inició las «Cuatro Modernizaciones». El actual líder, Xi Jinping, fue también víctima de aquel periodo: su padre fue purgado y él fue enviado a realizar trabajos forzados en una cueva durante años. De esa experiencia amarga no volvió con rencor, sino con el deseo de «ser más rojo que los rojos». Sus pedidos de ingreso al Partido fueron rechazados reiteradamente hasta su aceptación final. Desde allí comenzó su ascenso hacia la cima del «Reino del Centro». Hoy, Xi Jinping valora aquel legado mediante una mirada crítica, pero reivindica a Mao como el líder que concluyó el siglo de la humillación y como el modelo de una fuerte centralización política. Pero Xi no reivindica al Mao que alentó las protestas juveniles y el desorden social que dañaron las propias estructuras del Partido único.
XII. El salto tecnológico del dragón.

La capacidad de transformación es una habilidad de adaptación y, en el caso chino, la recuperación de una capacidad perdida. El Reino del Centro fue una potencia científica e inventiva. Perdió esa luz por razones que antes expusimos a propósito de la pregunta de Joseph Needham, y la cuestión de la “Gran Divergencia”. Durante la épica transformación iniciada en la era de las Cuatro Modernizaciones, China entendió que el camino era apropiarse del capitalismo, y a la vez abrazar con pasión la potencia científica que impulsó en su momento a Europa hacia laderas de progreso continuo.
Un aspecto de la acelerada evolución china es su particular urbanismo, fundado en fenómenos como la «ciudad instantánea», la urbanización in situ, el Estado como «emprendedor urbanístico», y la transición de los oficios de la tierra a los servicios digitales.
Shenzhen, el llamado Silicon Valley chino y meca de su vanguardia tecnológica, es el arquetipo de la ciudad instantánea: en 1979 era apenas un conjunto de aldeas de pescadores; hoy es una megaciudad de 17 millones de habitantes. La urbanización in situ, por su lado, es el proceso por el cual el campesino no emigra a la ciudad, sino que esta llega al pueblo mediante la reconversión de tierras agrícolas en industriales. Se trata de un fenómeno urbano sin precedentes, donde la vieja aldea permanece como una «isla» rodeada por una nueva urbanidad dictada por la planificación estatal. Bajo este modelo, el Estado chino construye infraestructuras antes de ser habitadas para estimular la transformación económica de entornos rurales. Sin embargo, esta estrategia no siempre es exitosa y genera «ciudades fantasma»: núcleos subocupados que deben aguardar años antes de que la población y la industria lleguen, si es que finalmente lo hacen.
Debido a esta urbanización masiva, pueblos que antes dependían del arroz y la pesca han migrado hacia las redes de silicio y la alta tecnología. Shenzhen, nuevamente, es el ejemplo máximo de esta dinámica: lo que antes eran aldeas de pescadores, hoy cobija a gigantes tecnológicos como Huawei y DJI, la empresa líder indiscutible en el mercado global de vehículos aéreos no tripulados (drones).
Hoy, el plan estratégico chino Made in China, anunciado en 2015, pregona una meta nítida: la superación del modelo de la «fábrica del mundo» de productos baratos para devenir superpotencia tecnológica global con alto valor añadido, mediante el liderazgo de las industrias propias del siglo XXI, el dominio de la cadena de suministro global, y la autosuficiencia tecnológica. En esta senda China sigue el concepto alemán de «Industria 4.0», la cuarta revolución industrial que demanda digitalización e interconexión inteligente de los los procesos productivos.
Ahora, el exponencial e imparable crecimiento de la tecnociencia en China bebe de tecnologías que, en algunos casos, bordean la impresión de un salto desde el presente hacia un futuro acelerado. China ya no es solo la gran fábrica del mundo, sino también su gran laboratorio de anticipación del mañana.
Por ejemplo, China hoy encabeza los desarrollos en fusión nuclear y experimenta con la creación de un “sol artificial” mediante plasma que alcanza temperaturas muy superiores a las del núcleo del Sol para, desde una cámara de vacío, generar energía limpia y potencialmente ilimitada. Avanza también en la realización de fotosíntesis artificial que, por medio de la luz solar, convierte el dióxido de carbono en compuestos químicos equivalentes a una gasolina sintética, una gasolina “a través del aire”. Asimismo, la Zuchongzhi 3.0, computadora cuántica de 105 cúbits, posee una capacidad de resolución de cálculos en segundos; las más grandes supercomputadoras no cuánticas necesitarían miles de años para igualarla. A esto se suma la nueva generación de robótica humanoide que, mediante IA, imita expresiones humanas con precisión y puede operar en condiciones de frío extremo.
En Shenzhen, los robots ya están presentes en hoteles, parques y restaurantes, mezclados con la vida cotidiana, e incluso se ha inaugurado una tienda especializada en su venta (9).
El asombro disruptivo ante la megaevolución tecnológica china se reaviva con megaproyectos que seguramente se consumarán: túneles submarinos de alta velocidad, puentes sobre abruptos acantilados construidos en meses, tuneladoras inteligentes que trituran roca mediante IA, e investigaciones para producir de forma masiva chips con nuevos materiales que superarán al silicio.
Y una realidad ya en curso, también sorprendente, son las difundidas “fábricas en penumbra” (o dark factories): plantas fabriles con producción absolutamente automatizada, sin intervención humana directa en la línea de montaje. La proyección de China como potencia manufacturera inteligente cobra vida en las fábricas automatizadas. Allí, la presencia humana se limita a la verificación remota de los sistemas. El nuevo concepto de fábrica funciona mediante brazos robóticos, sensores de alta precisión y supervisión por algoritmos de IA. La ausencia de trabajadores humanos hace innecesaria la iluminación, el aire acondicionado o la calefacción, por lo que las máquinas operan en la oscuridad. El viejo sueño capitalista de máximas ganancias con mínimos costos de personal se hace realidad: se acallan los reclamos salariales, los descansos, las vacaciones y los cambios de turno.
También el trabajo humano se redefine. Bajo este sistema, la compañía Xiaomi produce un smartphone cada segundo, las 24 horas del día, hasta alcanzar los 10 millones de teléfonos al año. En su apabullante avance en robótica, ya en 2022, China consuma la instalación de más de 50% de los robots industriales del mundo. El proceso de producción es casi totalmente autónomo, pero a los humanos aún les cabe la supervisión remota desde salas de control externas
El gran desarrollo tecnológico obedece a varias causas posibles: una política de Estado que garantiza una inversión de enorme magnitud; la interacción fluida entre el laboratorio y la rápida traslación de lo investigado a la producción; y la atención estratégica a las interfaces cerebro-computadora, con el desarrollo de chips que conectan el cerebro humano con máquinas, en abierta competencia con Neuralink, fundada por Elon Musk. En 2025, pacientes con parálisis en China lograron controlar robots y videojuegos mediante implantes cerebrales, un hito revolucionario en este campo.
Asimismo, se promueven investigaciones experimentales como los cerebros artificiales orgánicos, en particular los estudios de la Universidad de Tianjin sobre sistemas brain-on-chip: el uso de células madre humanas para cultivar organoides cerebrales que se integran en chips electrónicos, lo que permite a los robots realizar tareas cada vez más complejas.
La educación es también un pivote crucial de esta expansión tecnológica incesante. La promoción del sistema educativo STEAM, basado en la primacía de la ciencia, la tecnología, la ingeniería, las artes y las matemáticas, constituye una política sostenida. Hoy por hoy, China genera más graduados en carreras de ciencia y tecnología que Estados Unidos y Japón combinados.
Pero la gran evolución tecnológica china no es consecuencia solo de una política educativa centralizada. El gran impulso proviene también de un proceso desconocido en Occidente: el Shanzhai (山寨), o «fortaleza de montaña», expresión para referirse a los bandidos que perpetraban sus fechorías fuera del alcance de la mano punitiva del Emperador. Su sentido en el ámbito tecnológico es un pululante tejido de talleres y pequeñas fábricas, en particular en Shenzhen, que colaboran en una red de innovación mutante e hiperacelerada; una estructura que acopla circuitos y software compartido, reinventando la «copia barata» en un mundo Shanzhai de código abierto. Las innovaciones así surgidas pasan de su nuevo diseño a las tiendas en tan solo dos semanas.
En el ecosistema innovador Shanzhai, la pulsión tecnológica adquiere la libre movilidad de un pulpo que todos los días emana nuevos brazos, compuestos por extrañas variaciones de los productos ya conocidos. Esto es muy diferente a las empresas occidentales como Apple o Samsung, que lanzan un nuevo producto superador una vez por año. Grandes empresas actuales como Xiaomi, DJI (drones) y Transsion (fabricante de teléfonos móviles, de fuerte presencia en el mercado africano) se beneficiaron de la experimentación Shanzhai rápida y de bajo costo. Gracias a esta suerte de democratización tecnológica low cost, los usuarios de los países en desarrollo accedieron a smartphones en tiempos en los que las marcas globales tenían precios prohibitivos.
Otra singularidad china en sus «saltos de tigre» tecnológicos son las Super-Apps, lo que también marca una nítida diferencia respecto al mundo occidental. En Occidente, cada app tiene una función determinada: WhatsApp, por caso, es solo mensajería. En cambio, en China, el modelo de Super-App es WeChat, una sola aplicación que es, a la vez, el medio para chatear, pedir comida, pagar impuestos, ver anuncios, comprar productos dentro de una transmisión en vivo, pedir un médico o solicitar un préstamo. Todo ocurre en la misma interfaz, que actúa como un ecosistema digital del que no es necesario salir. A través de WeChat, se crean «tiendas dentro de la gran tienda virtual» mediante Mini-Programas. Por eso, a los occidentales les da la impresión de que los chinos «viven» dentro de la aplicación.
Bajo la inspiración china, en Occidente se busca mutar hacia los negocios All-in-One. Elon Musk, confeso admirador de la competitiva tecnología china, busca transformar X (Twitter) para que avance hacia una «aplicación para todo» en la línea del modelo de WeChat.
Dentro del universo contemporáneo de individuos reducidos a datos de deseos o preferencias, el sistema de Super-App permite una eficaz recolección de datos transversales (lo que se entiende como el «Santo Grial» del Marketing). De esta forma, el algoritmo permite ofrecer, en la misma interfaz, desde la compra de un boleto de tren hasta la reserva de un hotel. Esto supone un desafío frente a la fragmentación de datos de Occidente (repartidos entre Amazon, PayPal o WhatsApp) y las regulaciones antimonopólicas. El sistema de una sola Super-App, bajo control del Estado, implica que todos los datos personales terminan concentrados en un solo poder, en una suerte de Mercado Nacional de Datos, en el que los datos deviene otro factor de producción esencial, como la tierra o el capital. Aquí se sitúa la contradictoria Ley de Protección de Información Personal (PIPL), implementada en China, un equivalente al RGPD europeo (el Reglamento General de Protección de datos, normativa europea de privacidad, vigente desde mayo de 2018). La ley en cuestión abriga un doble objetivo: por un lado la protección de los datos de sus ciudadanos ante su uso abusivo por empresas privadas nacionales, e impedir que los datos estratégicos lleguen al extranjero sin autorización estatal.
Nunca debe perderse de vista que la velocidad evolutiva de la tecnología china se sustenta en una política estratégica de Estado. El centro de esta política son las Nuevas Fuerzas Productivas de Calidad (New Quality Productive Forces). El desarrollo ya no depende del trabajo intensivo de una gran mano de obra, sino de una tormenta de innovación sin descanso dentro de una alta tecnología que moderniza las industrias digitalizando sus estructuras y atendiendo a un «crecimiento verde».
Otro principio cardinal de este salto hipertecnológico es la Autosuficiencia Tecnológica (Self-Reliance). La producción ya no depende solo de «ensamblar» productos de baja calidad, sino de «inventar» todo el proceso. El objetivo es superar la dependencia de componentes extranjeros, en especial en software básico, semiconductores (chips) e Inteligencia Artificial. La autosuficiencia pretende una apertura al comercio exterior, pero bajo la superioridad del propio modelo tecnológico. El XV Plan Quinquenal (2026-2030) del gobierno chino aspira a la autonomía tecnológica total.
Los frutos asombrosos de este árbol en crecimiento —robots, drones, computadoras cuánticas o IA— no tienen una intención puramente comercial, sino también la modernización de la defensa nacional. En este contexto, el Estado chino busca el control de los mercados futuros de la Economía de Baja Altitud: actividades económicas en el espacio aéreo por debajo de los 1,000 metros (o hasta 3,000 metros en algunos casos).
La integración completa del cielo a la vida urbana depende de drones de avanzada para la entrega de paquetes, inspección de tendidos eléctricos o agricultura; y de los vehículos eléctricos de despegue y aterrizaje vertical conocidos como «taxis voladores». Todo esto forma parte de una nueva eficiencia logística y de la descongestión urbana. China ya proyecta un «cielo digital» con vuelos que mejoran la agilidad en las grandes ciudades mediante sistemas de redes integradas con 5G-A (5.5G), que permiten el vuelo simultáneo de miles de drones evitando colisiones. A esto se suma la creación de Vertipuertos (estaciones de carga y aterrizaje) en las azoteas de edificios. Hoy, en el cielo chino ya operan drones-ambulancia que transportan sangre o desfibriladores a zonas de accidentes sorteando el tráfico. En Shenzhen, además de la presencia rutinaria de robots en el paisaje terrestre, se realizan vuelos de prueba que cruzan el río Perla en minutos, un trayecto que por tierra demandaría dos horas. Aquí influye también la versatilidad de la población china para asimilar innovaciones. La experimentación con continuas novedades convierte a la sociedad china en «laboratorio viviente» de las nuevas tecnologías como el pago biométrico o los robots de delivery.
La integración cielo-tierra supone que, en la horizontalidad del suelo, China aspira también al dominio del mercado de los Vehículos de Nuevas Energías (NEVs), que incluyen tanto autos eléctricos como autónomos. La estrategia se completa con la primacía en la cadena de suministro de paneles solares y baterías, junto a una infraestructura digital líder basada en el 5G, el 6G y la computación cuántica en desarrollo.
El despliegue tecnológico chino está intrínsecamente ligado a los lineamientos de su política exterior. La ‘Nueva Ruta de la Seda’ (la Iniciativa de la Franja y la Ruta) tiene su equivalente digital en la provisión a países en desarrollo de redes 5G, cables de fibra óptica, centros de datos e incluso el sistema de satélites chino BeiDou, el equivalente al GPS estadounidense con cobertura global.
Bajo la concepción de centralismo político del Estado chino, resulta esencial su concepto de Soberanía Cibernética (Cyber Sovereignty), el cual se contrapone a la idea de un internet global y abierto promovida por el llamado ‘mundo libre’. La soberanía cibernética defiende que cada Estado debe tener control total del ciberespacio dentro de su territorio. Esta es la premisa que justifica el Gran Cortafuegos (Great Firewall) y su filtrado de contenidos, lo cual favorece una sociedad de vigilancia digital y protege a los gigantes tecnológicos locales de la competencia de empresas como Google o Meta.
En su ambición por conquistar los mercados globales, China se perfila para convertirse en la máxima potencia mundial en Inteligencia Artificial (IA) para 2030. En esta dirección, el apoyo estatal masivo y las inversiones del sector privado aspiran a expandir su capacidad informática a más de 300 exaflops para potenciar su IA. El exaflop, dentro de la llamada computación a exaescala, es una medida de rendimiento supercomputacional mil veces más rápida que el petaflop, el estándar anterior.
La vasta población china contribuye significativamente al entrenamiento de modelos avanzados de IA, los cuales buscan vincularse no solo con el consumo, sino con la automatización masiva en campos fundamentales de la dinámica social, como la agricultura, la salud, la manufactura y la logística. Todo esto ocurre mientras las empresas chinas ya registran más patentes de IA que cualquier otro país y lideran la producción de publicaciones de investigación científica en la materia.
Sobre las inquietudes por el avance de la IA, resulta muy atractivo el aporte de Kai-Fu Lee, exejecutivo de Google China y Apple, en su obra Superpotencias de la Inteligencia Artificial. Así como al final de la Segunda Guerra Mundial la meca del arte de vanguardia pasó de París a Nueva York, hoy el centro del poder tecnológico se desplaza de Silicon Valley hacia China. Lee observa que hemos superado la «Era del Descubrimiento» para pasar a la «Era de la Implementación». La aparición a principios de 2025 de DeepSeek, la startup china de IA con sede en Hangzhou, es el «momento Sputnik» de la «implementación» de la inteligencia artificial en China. Y dado que la etapa inicial del deep learning (aprendizaje profundo) ya se ha asentado, el factor determinante ya no es quién inventa el algoritmo, sino quién lo aplica a gran escala. En este terreno, China marca la diferencia gracias al apoyo gubernamental, la menor restricción en la privacidad respecto a Occidente y la competitividad de sus emprendedores.
No obstante, Lee no desvía la mirada del gran problema: la automatización como fuente de desempleo masivo. Según el autor, la pérdida de trabajo no podrá solucionarse simplemente con la Renta Básica Universal (10), como propone Silicon Valley, sino con una reestructuración que dignifique las actividades que solo los humanos pueden realizar desde la empatía y el cuidado: las «profesiones del corazón», las cuales deberían ser subsidiadas por el Estado. El ser humano enfrentará una crisis de propósito ante el acoso de las máquinas inteligentes; un desafío complejo que solo se agravará si EE. UU. y China no cooperan frente a este dilema global.
Y desde una esquina del pensamiento chino actual también puede hallarse otra fuente de inquietudes respecto al camino tecnológico de la China contemporánea. En esa dirección puede leerse la filosofía de la tecnología del pensador hongkonés Yuk Hui, quien en La pregunta por la técnica en China insiste en los conceptos de cosmotécnica y tecnodiversidad. La tecnología moderna occidental, que China ahora hace propia, se funda en el conflicto entre naturaleza y cultura, y no supone la única forma de técnica posible. El modelo hoy universalizado es el Gestell heideggeriano: una técnica sustentada en la extracción de recursos desde una visión de mundo materialista, sin lugar para el enigma o la trascendencia espiritual.
De ahí surge la crítica de Hui sobre la desconexión entre las raíces ancestrales chinas, en las que la técnica es indisociable de un camino moral, y el capitalismo de características chinas con su tecno-aceleración actual; un camino por el cual ‘China deja de ser China’. La propuesta de Hui busca recuperar la cosmovisión de la unificación del Dao (orden supremo o camino) y el Qi (herramienta u objeto técnico) como alternativa a la imitación del modelo técnico occidental. Esta recuperación no supone renunciar a los avances actuales, sino impregnarlos de una dimensión de trascendencia filosófica, ahora ausente en el gigantismo tecnológico chino.
XIII. Certezas y dudas ante el gran dragón

China ha despertado. Lejos está de la decadencia de la dinastía Qing o de los fanatismos y turbulencias del siglo XX. La concepción milenaria del Zhongguó, el «Reino Central», da identidad a la China del siglo XXI. Esta noción es también parte de una narrativa que otorga impulso y justificación: China asume una misión o destino civilizatorio al actuar como una fuerza pacífica e impulsora del desarrollo mundial.
Estados Unidos tiene su doctrina del «Destino Manifiesto» autojustificador: el intervencionismo en el mosaico de naciones para salvaguardar sus intereses bajo la mascarada de velar por la salud de una democracia liberal en expansión. Parte de su estrategia en la lucha por la supremacia global. El «destino manifiesto» de Pekín, en cambio, es el «Sueño Chino» anunciado por Xi Jinping: el gigante asiático convertido en un modelo de civilización que aspira a una hegemonía mundial más allá de lo comercial y del financiamiento de infraestructuras críticas. El país del panda y el dragón busca brillar como la indiscutida vanguardia civilizatoria del futuro.
La política exterior china asume un compromiso de cara a una «comunidad de destino y futuro compartido» entre las naciones. Desde el centro, China cataliza el desarrollo de los continentes a condición del respeto y la aceptación de su rol como líder global. En su caso, el etnocentrismo es un sinocentrismo que se propaga mediante un asistencialismo salvífico hacia los países beneficiados por inversiones en infraestructura, a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. África es uno de los escenarios con mayor asistencia en la construcción de carreteras, puentes y puertos; sin embargo, estas obras se expanden también por Europa y América Latina, alimentando la percepción de una creciente dependencia económica respecto a la capacidad financiera superior de China, y sus intereses.
Lo que la China imperial fue, hoy busca revivirlo bajo los estándares de la economía de mercado, mediante el «capitalismo con características chinas» y una tecnociencia indisociable de las tecnologías de vanguardia. El liderazgo fuerte y concentrado del jefe de Estado, el Partido y el Ejército emula la centralidad del emperador, cuya autoridad se fundamentaba antes en el «Mandato del Cielo». Si el emperador justificaba su poder desde lo divino, ahora el «Cielo» es el pueblo, devenido en un dios secular que legitima el poder concentrado en tanto este gestione con éxito el bienestar popular y potencie el prestigio internacional del Zhongguó. El poder reside en el líder a condición de dar protección y bienestar a un sujeto popular general que, tras justificar al Estado, queda bajo su control.
No obstante, la divinización de la soberanía popular, que actúa como una teología política, no es exclusiva de la «dictadura democrática popular» china. En Occidente, el pueblo también es fuente de legitimación como un todo idealizado. La divinización de lo político ya no procede del Cielo, sino del pueblo entendido como un conjunto de individuos que, en un estado de naturaleza previo a la ley, delegan sus derechos para legitimar el poder. En ambos casos, no opera el pueblo real, sino una versión idealizada: la secularización de un proceso de velada teología política.
Por caminos distintos, tanto en el Occidente democrático como en la China contemporánea, el «pueblo» es un concepto abstracto que prescinde de la participación real de las masas en el gobierno. Pese a esto, el Occidente liberal se acerca más a la ilusión de participación mediante periodos de gobierno acotados y elecciones periódicas, frente al poder vitalicio de la autocracia china.
China no se despoja de contradicciones. La China ancestral es tradición y variedad filosófica; la China contemporánea ha hecho suyos el libre comercio y el consumismo estructural. En esta China materialista, el Tao, Confucio o el budismo son trazas de identidad recuperadas, pero su sentido ya no es puramente espiritual, sino actuar como alfiles de una imagen de sabiduría ancestral que compensa el vacío del consumo capitalista.
La aceleración tecnológica proyecta a China hacia el futuro, pero también plantea dudas sobre su singularidad política: ¿podrá el desarrollo económico coexistir siempre con la concentración total del poder?
Esa concentración es refractaria a la libertad de expresión, pero también socava los derechos civiles reconocidos por el sistema jurídico vigente en China. Por ello, a principios de los años 2000, surgió el Movimiento Weiquan (protección de derechos), el cual apela a las leyes en vigor para demandar su cumplimiento. Este movimiento es impulsado por los abogados weiquan, junto con académicos e intelectuales, quienes defienden a víctimas de desalojos forzosos, contaminación ambiental o abusos de autoridad. El movimiento invoca un Estado de derecho, enfrentando impedimentos y una vigilancia que perturba su gestión civil. Ante este escenario, cabe preguntarse: ¿no crecerá en el interior de la sociedad china un reclamo por mayores cuotas de libertad e, incluso, por el multipartidismo?
A estas inquietudes se suma la gestión de la desigualdad. En 2020, China erradicó la pobreza extrema; sin embargo, el 10% más rico aún posee el 67% de la riqueza. Xi Jinping intenta mitigar este «ácido» social mediante la «Prosperidad Común» (Gòngtóng fùyù), limitando los ingresos excesivos y tratando de elevar los niveles más bajos, concentrados principalmente en el oeste y el centro del país. Queda por ver si esto se convertirá en una realidad o si la desigualdad es un rasgo estructural del capitalismo heredado. Regiones como Gansu (la de PIB más bajo), Guizhou, Yunnan e incluso el Tíbet padecen un retraso económico debido a determinismos geográficos relacionados con su aislamiento montañoso. El 62% de la población más pobre del país se concentra, en particular, en el oeste y entre la áspera altitud de las áreas montañosas.
Finalmente, ante la automatización y las «fábricas en penumbras», China podría convertirse en el mayor laboratorio de la pérdida del trabajo humano, obligando a la aparición de ingenierías sociales aún desconocidas. Mientras tanto, el sistema se sostiene sobre la hiperexigencia: bajos salarios, control sindical y la cultura del 996 (de 9 a 9, 6 días a la semana). Ante esto, la Generación Z y los millennials han comenzado a reaccionar mediante el rechazo a la competitividad extrema (neijuan) por dos vías de una suerte de contracultura; mediante dos filosofías: Tang Ping (Acostarse plano), hacer lo mínimo indispensable para sobrevivir, renunciando al matrimonio, la compra de viviendas o los ascensos; y Bai Lan (Dejar que se pudra), respuesta más nihilista, que acepta el fracaso y la imposibilidad de cumplir expectativas sociales. La oposición juvenil ha generado una respuesta realista del Estado.
En 2021, la Corte Suprema de China declaró ilegal el sistema 996 y determinó la realización de inspecciones en empresas tecnológicas para garantizar el cumplimiento de la norma. Desde la jerarquía gubernamental, se ha comenzado a aceptar que la caída de la natalidad y la baja del consumo interno están relacionadas con la falta de tiempo de los ciudadanos para formar familias o consumir. Asimismo, el fenómeno del burnout (agotamiento extremo) está obligando a las empresas a reconocer la importancia de la salud mental dentro del ciclo productivo.
¿Aumentará la resistencia de las generaciones jóvenes a los imperativos de la exigencia laboral, el consumismo y la pura eficiencia?
Aun en medio de esta corriente de cambios, China se mueve hacia la vanguardia tecnológica desde su condición de inmenso Estado digitalizado. Pero toda digitalización interactúa necesariamente con lo físico; lo digital, encerrado en sí mismo, es propio de la conciencia hiperdigitalizada, pero no de la geografía, donde se dirime la realidad última de la geopolítica y la supervivencia de las naciones. El poder chino, volcado sobre la dimensión primaria del espacio y los recursos, se manifiesta en la geopolítica de los minerales estratégicos y las tierras raras, esenciales para la fabricación de smartphones, pantallas LED y baterías (en 2025, China fabricó más del 80% de las baterías del mundo). A esto se suma la «oceanopolítica», marcada por la competencia por los cables submarinos de fibra óptica y la construcción de la primera estación científica submarina, así como su proyección extraplanetaria mediante la estación espacial Tiangong («Palacio Celestial»), sus misiones lunares y el proyectado viaje a Marte para el año 2050.
¿No será China la que potencie su imperio de vanguardia mundial mediante la tan prometida y nunca cumplida, en Occidente, exploración de la roja piel del planeta que evoca a un dios de la guerra?
China es un ejemplo vigente de una extraordinaria capacidad de refundación. Su conservadurismo político se integra a un capitalismo de Estado que no solo reinventa el socialismo, sino las propias dinámicas del capital. El caso chino demuestra que el libre comercio es una instancia ineludible para la generación de riqueza: sin esta apertura, el país nunca habría superado la pobreza extrema.
Esta fuerza de progreso convive con un marcado paternalismo en política exterior y una política interior que recurre a la represión y la censura cuando considera que la estabilidad está en riesgo. En Occidente, el debate oscila entre quienes idealizan al gigante asiático y quienes lo convierten en una sombra siniestra que amenaza al «mundo libre». Ambos extremos rompen amarras con la realidad.
Si el dragón chino continúa su vuelo, el futuro se manifestará en metas pioneras y rendimientos hipertecnológicos que, no obstante, encierran sus propios peligros, como la expansión de la automatización robótica.
Al final, el caso chino es una prueba de la fecundidad de la diferencia cultural. Es la China que asoma cerca del rumor del Río Amarillo, con su pasado imperial y sus filosofías (el budismo, el confucianismo y el Tao), convergiendo con la China de los abismos maoístas y sus ciudades hipermodernas. La singularidad china representa hoy un progreso que golpea las puertas del mañana. Un gigante que, para algunos, es una amenaza, y, para otros, un poder que agita el aire con una promesa de mayor bienestar.

Notas
(1) El periodo comprendido entre la apertura económica (1978) y el año 2010 se produjo un crecimiento extraordinario en la economía china. Entre 1979 y 2010, la economía china mantuvo una tasa de crecimiento anual promedio cercana al 9,9%. En 2010, el PIB de China creció un 10,3%, permitiéndole superar a Japón para convertirse oficialmente en la segunda economía más grande del mundo. En 2001, China ingresó a la Organización Mundial de Comercio, esto disparó sus exportaciones. En 2025, se observó una desaceleración gradual durante el año, pasando de un robusto 5,4% en el primer trimestre a un 4,5% en el cuarto trimestre. De todos modos, se cumplió el objetivo fijado por Beijing. El PIB alcanzó los 140,2 billones de yuanes (aproximadamente 20,4 billones de dólares). Esto no impide dificultades, Por ejemplo, la inversión tiende a caer, tanto la extranjera como la nacional. El mercado inmobiliario sufre perturbaciones, la bancarrota del gigante promotor inmobiliario ‘China Evergrande’.
(2) Si sumamos las áreas geográficas de las Zonas Económicas Especiales (ZEE) principales, estas se acomodan en una superficie aproximada de 36.500 kilómetros. Es una pequeña parte de la superficie total de la República Popular China de 9.596.961 kilómetros cuadrados, el tercer país más grande del mundo por superficie terrestre. Por un estrecho margen, China supera en superficie a Estados Unidos, y se ubica solo por detrás de Rusia y Canadá. Sus fronteras terrestres se prolongan por más de 22.000 kilómetros. Limita con 14 países, y es la nación con la frontera terrestre más larga del mundo.
.(3) Nos referimos a lo acontecido durante la Segunda Guerra Sino-Japonesa (1937-1945). Entonces, el Ejército Imperial Japonés ejecutó crímenes de guerra sistemáticos, como: trabajos forzados de civiles en minas y construcción, con gran mortalidad; la Masacre de Nankín (1937), en el ensayo mencionada, el asesinato masivo de unos 300.000 civiles y soldados desarmados, junto a violaciones de decenas de miles de mujeres; el Escuadrón 731, también referido, y sus experimentos humanos atroces con prisioneros chinos; las «Mujeres de consuelo», miles de mujeres chinas reducidas a esclavas sexuales en prostíbulos militares; y la deleznable política de los «Tres Todos»: «matar a todos, quemar todo y saquear todo».
(4) Julien y su obra sobre China gira en torno a la estrategia del rodeo, es decir la autocomprensión del pensamiento occidental a través de lo otro de China, asumiendo que la cultura china ancestral es diferente no solo desde lo filosófico, sino también desde su distinta raíz lingüística.
(5) Zhan He era un eunuco. Y, en el estado imperial chino, los eunucos eran hombres castrados que servían en la corte. Además del Emperador, los eunucos eran los únicos autorizados para vivir dentro de la Ciudad Prohibida. Su castración les impedía sostener relaciones con las concubinas, o tener herederos. Por su cercanía al Emperador, se convirtieron en sus consejeros, y fueron un contrapoder de la burocracia de los funcionarios letrados, los mandarines. Muchos eunucos alcanzaron gran poder. El último eunuco imperial, Sun Yaoting, nació en 1902 y murió en 1997. Así concluyó una tradición de más de dos mil años.
(6) En Japón, luego de la Restauración Meiji y su modernización militar, el país abrazó una política exterior más decidida y agresiva. Entre 1904 a 1905, Japón se impuso en la Guerra Ruso-Japonesa, conflicto iniciado por la rivalidad imperialista por el control de Manchuria (en China) y la península de Corea. La guerra se decidió en la Batalla de Tsushima, en la que la flota japonesa aniquiló a la Flota del Báltico rusa, que navegó por casi todo el mundo para llegar hasta las aguas del combate, en el estrecho de Tsushima conectando el mar de Japón.
(7) Sun Yat-sen, es hoy considerado el «Padre de la Patria» tanto en la China continental como en Taiwán. Sun Yat-sen (1866-1925) lideró el movimiento que puso fin a 2.000 años de poder imperial, convirtiéndose en el primer presidente provisional de la República de China en 1912. Los principios de su acción política fueron Nacionalismo (liberación del dominio extranjero), Democracia (gobierno del pueblo) y Bienestar Social (reforma agraria y justicia económica). Fundó el Partido Nacionalista Chino, el Kuomintang, para unificar un país fragmentado por señores de la guerra. Es el raro ejemplo de líder respetado tanto por el Partido Comunista (que lo ve como un «precursor de la revolución») y por el Nacionalismo en Taiwán.
(8) La Banda de los Cuatro fue un grupo de altos dirigentes del Partido Comunista Chino que ejerció un poder absoluto durante los últimos años de la Revolución Cultural (1966-1976). Encarnaban la facción más extrema y ortodoxa del maoísmo; se oponían a las reformas más moderadas de Zhou Enlai y Deng Xiaoping. El integrante de la «banda» de mayor notoriedad fue Jiang Qing, exactriz y esposa de Mao Zedong (conocida como «Madame Mao»). Entre 198ü a 1981, los miembros de la Banda de los Cuatro fueron sometidos a un juicio público masivo donde se los acusó de la muerte de miles de personas y de intentar usurpar el poder. Jiang Qing fue primero condenada a muerte, luego a prisión perpetua. finalmente se suicidó, en 1991.
(9) China es hoy la vanguardia tecnológica global, centro de la robótica humanoide y la IA incorporada (embodied AI). En Occidente muchas empresas todavía experimentan con prototipos. A diferencia de esto, las firmas chinas ya venden sus modelos y aspiran a convertir al robot doméstico en un bien de consumo tan común como un smartphone. El año 2025 fue declarado el «año uno» de la producción masiva, con más de 140 fabricantes lanzando unos 330 modelos diferentes. En 2026, la empresa Unitree exhibió robots capaces de realizar saltos mortales, artes marciales y tareas de alta precisión. Actualmente, China opera más de 2 millones de robots industriales, lo que representa casi el 50% de la flota mundial. Además, controla toda la cadena de valor: desde las tierras raras para imanes de alto rendimiento hasta los sensores y las baterías. Los modelos de la DeepSeek-R1 impulsan la evolución de los robots de tareas repetitivas a la «IA incorporada», de modo que la máquina se mueven en su entorno físico de forma autónoma con más eficacia y, a su vez, sus movimientos imitan cada vez la movilidad del cuerpo humano.
(10) La Renta Básica Universal (RBU) es una propuesta de política social que surgió inicialmente en el siglo XIX, pero que en los últimos años ha recuperado importancia ante el auge de la automatización, el desempleo y la aceleración en el cambio de la matriz laboral. Esta medida consiste en la entrega, por parte del Estado, de una suma de dinero a todos los ciudadanos de forma periódica, individual e incondicional, independientemente de sus ingresos o situación laboral. Se presenta como una estrategia para erradicar la pobreza y garantizar la subsistencia frente al desplazamiento laboral causado por la IA. A diferencia de los planes sociales tradicionales, la RBU se otorga a todos los miembros de la sociedad sin exigir tareas a cambio. Referentes como Elon Musk sostienen que será «inevitable» ante la gradual extinción del empleo convencional. Por otro lado, Kai-Fu Lee argumenta que, si bien la RBU soluciona el problema económico (la falta de dinero), no resuelve el problema psicológico: la pérdida de propósito y dignidad que brinda el trabajo. Por ello, su propuesta no se basa en dinero «gratis», sino en el financiamiento de las «profesiones del corazón» (como el cuidado de ancianos, la educación personalizada y el acompañamiento emocional), actividades cuya empatía humana no puede ser sustituida por la inteligencia artificial.
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