Astronauta en el sur (ficción)

 Por Esteban Ierardo

(IA Bing)

Hace muchos años, Tom, el astronauta, dejó de serlo. Un día, luego de su último vuelo a la Estación Espacial, le notificaron que sería reemplazado por una nueva generación de viajeros espaciales, preparados para soportar la presión de un despegue, y luego romper la jaula gravitatoria del planeta, y salir arrojados al espacio exterior.

Su despedida fue un hecho inevitable, como la hoja que se desprende del árbol y pierde una juventud irrecuperable.

Antes de su jubilación forzada, Tom cumplió tareas administrativas y pedagógicas, ayudó a la preparación de nuevos astronautas; también hizo varios recorridos por universidades y colegios explicando sus aventuras espaciales.

En su momento, se cansó de todo aquello. Prefirió el anonimato y el olvido. No quería ninguna exposición obligada, le incomodaba la luz de los escenarios.

Alguna vez, fue un audaz y temerario comandante de naves con cohetes de fuego lanzados a cielos abismales. Ahora, no quería vivir de recuerdos. Mejor era asumir que su corazón ya solo latiría en un lento ocaso.

 Hacía varios años que era viudo. Melany fue su mujer. Ella lo acompañó en la tierra y también, a su manera, en sus aventuras en el espacio. Melany era originaria de Sudamérica. Quizá, por eso, decidió mudarse al sur de América, a una ciudad de cara a un gran río que parece un mar. Y Tom alquiló una habitación en una inmensa casona, ubicada en una esquina entre unas calles que se llaman Salta y Carlos Calvo, con una planta baja y un primer piso repleto de habitaciones y ventanas. Una imponente edificación que, en su momento, perteneció a unos empresarios enriquecidos por el comercio de la leche.

 El dinero de su retiro era suficiente para sufragar todos sus gastos por muchos años. Luego de instalarse, lo primero que hizo es comprar una tablet en un gran negocio de computadoras. Tenía varias opciones:  Apple, Samsung, Xiaomi, Lenovo, Microsoft. Se decidió por Samsung Galaxy Tab. Y a su nueva computadora le puso como imagen de fondo una plataforma de lanzamiento para cohetes espaciales.

  Con cierta rapidez, aprendió el idioma de su país de adopción. Alternó amistades con gentes nativas y residentes de su misma nacionalidad. Todos los supuestos amigos eran solo nubes grises que pasaban sin dejar huellas.

 Sin darse cuenta, en los atardeceres, se acostumbró a la evocación nostálgica de su pasado como astronauta. También mucho recordaba a la mujer que amó cuando aún él no habitaba en las frías bahías de la despedida.

 Sus evocaciones volvían a sus aventuras como visitante del espacio exterior. En su memoria, también regresaba al tiempo de sus exámenes de aceptación y de sus exigentes jornadas de preparación para ser astronauta.

En sus recuerdos, el fuego de los cohetes salía arrojado como un volcán al revés que expelía toda la energía necesaria para volar hasta las estrellas. Entonces, comenzaba la cuenta regresiva, 10…9…8…, y la emoción del despegue volvía a arderle en los huesos, en el fondo de los ojos y el cerebro. El fuego ardía en chorros abrasadores. Y 1…0 ¡DESPEGUE! ¡DESPEGUE!, y la fuerza de todos los seres vivos, de todos los insectos, los humanos y leopardos, se concentraba en el cohete, en la cabina de la nave, en el traje de materiales sintéticos, en el casco con visor de policarbonato con una delgada capa de oro. Y, entonces, la nave se afinaba como flecha arrojada al espacio sideral y las galaxias.

Por un momento, volvía a sentir la flotación y la ingravidez dentro de la Estación Espacial. Y también revivía ese momento en el cual el cohete, agotado de tanta tormenta y fricción, se desprendía y se dejaba abrazar, plácidamente, sin resistencia, por el espacio silencioso e inmenso.

 Y en las noches, al volver a la casona, Tom se cruzaba con el hombre que recogía la basura de la calle. Por la frecuencia de sus encuentros, empezaron a saludarse.

– Usted viene del norte, ¿no?

-Sí, ¿cómo lo sabes?

-Bueno, fácil, por su acento. Y además no me sorprendería que usted haya sido astronauta o que todavía lo sea en su corazón- . Tom quedó muy sorprendido, y escuchó-: Bueno, es también fácil darse cuenta: usted siempre mira para arriba, hacia la luna, las estrellas, como si quisiera volver allá, ¿no?

– ¿Cómo te llamas?

-Francisco, el barrendero, pero no cualquier barrendero, el de su cuadra.

Tom se río.

-Pues Francisco, eres el más «vivo», como dicen acá, que he conocido hasta ahora. Me encontré con varias personas de esas que se dicen cultas, nunca les dije a qué me dedicaba, y nunca se dieron cuenta de lo que me dices.

– Bueno, es que le falta lo que acá decimos «calle».

El astronauta y el barrendero se rieron. Desde entonces, casi todas las noches, Tom intercambiaba algunas palabras con Francisco; este le comentaba cosas de su vida «sin grandes aventuras», de sus hijos, y le decía lo que sabía de las personas de la zona por su manera de caminar o por su modo de mirar; y también le aseguraba que su escoba era lo único que le permitía dominar “su cielo”, el del pan, el del día a día; y también le dijo que, a su manera, estaba pensando todo el tiempo, y que sabía que nuestra única compañía fiel y permanente es la soledad, y otras observaciones parecidas. Tom le confirmó que era el tipo más inteligente que había conocido hasta ahora en la ciudad del sur.

 Y antes de dormir, encendió su tablet; se conectó a Internet y la IA Gémini para hacer imágenes sintéticas. Puso un prompt: «un astronauta, abre una puerta, afuera un cohete espera».  La IA le dio lo pedido. Tom grabó la imagen y, casi todos los días, en algún momento, la contemplaba.   

 Los meses pasaron, mientras continuaba sus nuevas rutinas: ir a ciertos cafés, leer lo que antes no pudo leer en su tablet, reunirse con sus conocidos, con los que sentía que nada importante podía compartir; y, cuando regresaba, a la noche, hablaba con Francisco, su único interlocutor que sentía que entendía sin necesidad de palabras.

Y la última vez que vio la imagen del astronauta por IA, el cohete parecía más «real», estaba más cerca, algo de humo salía de sus tubos. 

Transcurrió un nuevo año.

Los pocos parientes de Tom en el país del norte le preguntaban cuándo volvería. «Quizá, alguna vez». Y encontró un perro callejero, lo llamó Neil. Lo adoptó, lo convirtió en su amigo. Tuvo que pedir especial permiso en la casona. Luego de algunas idas y vueltas, se lo concedieron. Los buenos modales de Neil, su talante tranquilo, lo ayudaron a que pasase casi desapercibido. Con Neil, Tom caminó y descubrió nuevas calles. Le atraía la variedad de estilos de los edificios, los escaparates, las vidrieras, el flujo de las personas, los automóviles. En su tablet, en cafés o en su habitación, leía a Bradbury y a un escritor de la ciudad del sur que había escuchado antes, cuando era aún astronauta. De a poco, se atrevía a leerlo en castellano, pero siempre con una ventana abierta a una versión inglesa; se trataba de un escritor ciego en sus últimos años, autor de un cuento de un misterioso título: «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius».

Y en una vereda, junto a un árbol, encontró un muñequito de Astroboy, el niño-robot con cohetes en sus piernas. Colocó en una repisa de su habitación ese hallazgo que lo religaba a su infancia. Y en su tablet vio, otra vez más, al astronauta cuando abre una puerta y luego aparece el cohete próximo a despegar.

Y seguía encontrándose con Francisco. Una vez, el barrendero le mostró su escoba. La levantó, la orientó hacia el cielo: «En esta escoba llegaré alguna vez, allá arriba», le dijo entre risas.

Y en una avenida histórica, Tom se sorprendió por el contraste entre un moderno edificio de cristal, liso y centellante, y otro contiguo, rematado por una mansarda y una cúpula. ¡Tantas cúpulas había en la ciudad del sur! Esas estructuras de medio domo que, en la arquitectura religiosa en especial, simbolizan el cielo. Entonces pensó en los “pegamentos” de la vida que nos fijan a la realidad horizontal. Extrañó el ascender, el subir, no por las escaleras de un edificio o el ego, sino a través del encendido cohete que quiere la libertad que no duerme en los sueños. Y recordó la primera vez que vio a través de una de las ventanas de la Estación Espacial. Entonces, se sintió de nuevo un niño, lleno de asombro y alegría, en el momento de contemplar la Tierra como una esfera inmersa en el gran espacio, decorada de continentes, mares, casquetes polares, cadenas montañosas, desiertos. En las noches resplandecían las ciudades y, en el día, la única construcción humana visible no es la muralla china, sino el campo de invernaderos de Almería, en el sur de España, conocido como el «mar de plástico». La mayor concentración de invernaderos del mundo, con más de 30.000 hectáreas. Un modelo de agricultura intensiva, la llamada «huerta de Europa”. Nada más se apreciaba en órbita de la presencia del sapiens que se cree sustituto del universo.

Tom permaneció por un minuto de vuelta allí, suspendido en el espacio en torno al planeta incendiado de vida y ecosistemas. Desde entonces, sintió un dolor en el pecho, como un pequeño temblor entre músculos y huesos que, recurrente, iba y venía.

Y, algunas veces, junto con Neil, Tom se dejaba llevar por las calles. Llegó hasta un barrio de casas multicolores, con un puente comprado a los ingleses. Vio murales, escenas marinas. Y pensó en el mar, el gran río cercano, la ciudad, la soledad de todos los seres en todas partes, todos los plásticos y aluminios, robles, misiles, monos y ciudades. Todo aquello flotaba y giraba, junto al planeta, en el espacio exterior. El espacio terrible, frío, glorioso. El misterioso receptáculo de cada partícula de materia desparramada en el cosmos.

Y, en una bolsa plástica, recogió las heces de Neil. Reparó en el contraste entre lo sublime y las excrecencias. Los extremos en los que siempre se mueve el humano: lo más ideal y la vecindad de lo fecal. Pero, más allá de los desechos, la sensación de lo ideal se renueva en la atmósfera inundada de sol y en la milagrosa potencia de la existencia.

Y Tom y Neil empezaron la vuelta. Por un momento, sintió de nuevo la fuerte puntada en el pecho. Comenzó a llover. Al llegar hasta la esquina de la casona, Francisco acarició a Neil. Luego vio el cielo tormentoso. Permaneció callado un rato. Después le dijo a Tom: «El cielo está cubierto, ya no se ve la Luna ni las estrellas».

Tom contempló el firmamento cerrado, recorrido por murallas de nubes estiradas y plomizas. El viejo astronauta sintió de nuevo la nostalgia y el dolor en el pecho.

-Así es, mi amigo -le dijo a Francisco, mientras por el rostro de los hombres resbalaban las gotas sin nombre. Luego, Tom miró al barrendero mientras este contemplaba los primeros relámpagos. Después le dio un abrazo y un apretón de manos.

-Quizá si hay otra vida, en la próxima seamos hermanos. Tomá esta tablet; si no la querés, dásela a uno de tus hijos -dijo Tom.

Alegre, Francisco aceptó el regalo.

Y Tom volvió a la casona. Se metió en su habitación. Le dio de comer a Neil. A través de las ventanas retumbaban los truenos. Se recostó. Pensó en su juventud pasada. Recordó a Melany. En su pecho, sintió un puente para llegar a otra orilla, ya concluido.

Y cerró sus ojos. Los abrió de nuevo. Presintió una luz extraña y lejana. Cerca, en una pared, se acomodaba un casco con visor y un traje resplandeciente.

Y la puerta se abrió plenamente. Y Tom se alegró, y se puso en marcha. El cohete lo esperaba.

(IA Bing)

Fuente: Ficción perteneciente al libro «Cuentos de la era digital», inédito.

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