Por Esteban Ierardo

Suele repetirse que el constitucionalismo moderno tiene un punto de partida arquetípico situado en la Constitución de Estados Unidos de 1787. Pero en la inspiración de ese documento constitucional fundacional se unieron, de forma especial, la influencia de la sabiduría política de los iroqueses y el precedente de la notable Constitución de Córcega redactada por Pasquale Paoli que, en un sentido estricto, es el verdadero comienzo de la organización constitucional y democrática en Occidente.
1.La Confederación iroquesa: la sabiduría indígena también era política.
Las fuentes de los procesos históricos no suelen ser antecedentes lineales, sino precedentes que se bifurcan. Una de estas curiosas bifurcaciones ocurre entre la democracia indígena iroquesa y la primera constitución de Córcega de Pasquale Paoli, que convergen en el constitucionalismo norteamericano iniciado con la Constitución de 1787. Padres fundadores como Franklin y Jefferson encontraron en los iroqueses y en el líder corso una inspiración crucial para el pensamiento político fundacional de las Trece Colonias, los primeros asentamiento de colonos en la costa este del actual Estados Unidos que luego se expandiría hacia el Pacífico.
El «gobierno federal» de los iroqueses, conocido formalmente como la Confederación Iroquesa (o Haudenosaunee), posee una narrativa fundacional basada en la leyenda del Gran Pacificador. Según el relato, este hombre humilde unió a cinco naciones en guerra perpetua bajo una sola ley: la Gran Ley de la Paz. Esta constitución oral de 117 artículos cohesionó a las naciones bajo principios de equilibrio de poder y consenso, creando una de las democracias participativas más antiguas y menos valoradas del mundo.
El sistema funcionaba a través del Gran Consejo, la máxima autoridad «federal», integrada originalmente por 50 jefes (sachems) de las naciones miembros. Su función era determinar la política exterior, decidir sobre la guerra y la paz, y dirimir disputas internas. La multitud del pueblo iroqués se organizaba en las Seis Naciones: inicialmente cinco (Mohawk, Oneida, Onondaga, Cayuga y Seneca) y, a partir de 1722, los Tuscarora.
Las decisiones en el Consejo no se legitimaban por mayoría, sino por unanimidad. Las discusiones seguían un orden estricto: primero exponían los «Hermanos Mayores» (Mohawk y Seneca), luego los «Hermanos Menores» (Oneida y Cayuga), mientras que los Onondaga oficiaban como «Guardianes del Fuego» con poder de veto o arbitraje final.
En el sistema iroqués destaca el rol de las mujeres: las llamadas Madres del Clan. Ellas eran las verdaderas depositarias de la autoridad política y social en una sociedad que funcionaba como un matriarcado. Cada clan tenía su matriarca, y tanto el linaje como la propiedad y los títulos se heredaban por vía femenina. Ellas determinaban el nombre de los recién nacidos y velaban por que nadie pasara necesidad al distribuir alimentos y manejar el uso de las tierras.
La Gran Ley de la Paz otorgaba a las Madres del Clan el derecho sagrado de elegir a los sachems. Las mujeres buscaban hombres de sabiduría, paciencia que los blindaba antes el ácido de las críticas. Si un jefe ignoraba los consejos de su Madre del Clan o actuaba contra los intereses del pueblo, ella podía despojarlo de «sus cuernos» (símbolo de autoridad), quedando así destituido. Además, poseían un significativo poder de veto, especialmente en la declaración de guerras: podían impedir conflictos al negar la distribución de raciones de combate (como el maíz seco), prohibiendo en la práctica la partida de los guerreros.
Benjamin Franklin fue uno de los grandes promotores de la integración federal entre las trece colonias. Su vínculo con los iroqueses comenzó mucho antes de la independencia. En 1744, durante la firma del Tratado de Lancaster, Franklin trabajó como impresor de las actas. Allí registró el consejo del líder iroqués Canasatego: «Somos una Confederación poderosa; si observan la misma unión que nosotros, tendrán mucha más fuerza».
Aunque en aquel tratado la diplomacia iroquesa debió ceder territorios a Maryland y Virginia bajo presión, el evento supuso el reconocimiento de la Nación Iroquesa como una potencia soberana por parte de Gran Bretaña. Franklin comprendió entonces la inteligencia política del consejo de Canasatego: la unidad era superior a la autonomía aislada de cada colonia. Esta idea cristalizó en el Plan de Unión de Albany de 1754, donde Franklin argumentó que si seis naciones de «salvajes» (según la terminología de la época) podían formar una unión estable, por qué no podrían hacerlo doce colonias inglesas. Propuso entonces un Gran Consejo con representación proporcional, un calco de la estructura de los 50 sachems.
Franklin admiraba que los iroqueses no tuvieran reyes y que sus líderes fueran servidores, no dueños del pueblo. Advirtió que, mientras una flecha se quiebra fácilmente, un fajo de flechas adquiere una consistencia pétrea; de ahí nace el símbolo del águila calva sosteniendo 13 flechas en el Gran Sello y en el Escudo de Armas de los Estados Unidos.
Incluso el mecanismo del impeachment (destitución) fue inspirado por la capacidad de las Madres del Clan para remover jefes. En 1776, mientras el Congreso Continental se reunía en Filadelfia tras el estallido de la guerra, una delegación iroquesa fue invitada al Independence Hall. Los delegados coloniales los llamaban «nuestros hermanos», y un jefe iroqués pronunció un discurso deseando una amistad eterna.
Thomas Jefferson también sintió admiración por la organización federal iroquesa, destacando la resolución pacífica de conflictos y la libertad de expresión. Observó que en sus consejos nadie era interrumpido y todos tenían voz. En su obra Notes on the State of Virginia, reconoció que mantenían el orden sin prisiones ni policía. Lamentablemente, esta admiración no impidió que, años después, los indígenas fueran manipulados y forzados a ceder sus tierras ante la expansión hacia el Oeste.
Finalmente, en octubre de 1988, la Resolución Concurrente 331 reconoció que la federación de las trece colonias originales fue claramente influenciada por el ejemplo del sistema político de la Confederación Iroquesa. Diversos principios democráticos incorporados en la Constitución estadounidense tienen su origen en la Gran Ley de la Paz de las Seis Naciones iroquesas. El ascendiente iroqués fue reconocido en su momento por figuras como Franklin, Jefferson y Washington, como antes observamos. Y como también adelantamos, se destacó la influencia directa iroquesa en el símbolo de unidad plasmado en la imagen de las flechas atadas (un haz de flechas) que representa la fuerza de la Unión.
2. La Constitución de Córcega de 1755.

Otra fuente fundamental de inspiración para la arquitectura constitucional moderna proviene de la filosofía de la Ilustración: el reconocimiento de los derechos individuales impulsado por el liberalismo de John Locke y la división de poderes de Montesquieu. En este contexto, la visionaria Constitución de Córcega de 1755, redactada por Pasquale Paoli, introdujo la práctica de un gobierno sustentado en la división de poderes y el voto décadas antes de que se redactara la Constitución de EE. UU.
Paoli se inspiró en la emancipación política del ciudadano promovida por los filósofos de la Ilustración. La Constitución de Córcega fue el primer intento de llevar la filosofía ilustrada a la realidad de un gobierno moderno. Pero, a su vez, los corsos ejercieron influencia sobre los pensadores ilustrados y solicitaron formalmente a Jean-Jacques Rousseau que redactara un proyecto de constitución para la isla. El autor del Emilio aceptó y escribió el Proyecto de Constitución para Córcega (1765).
Rousseau, en su Discurso sobre las ciencias y las artes, ya insistía en la decadencia moral de Europa. La hipocresía, la banalidad y el materialismo hacían, a ojos de Rousseau, que los franceses fueran incapaces de dar un salto real hacia una república democrática. Sin embargo, para él, los corsos estaban libres del lodo de los vicios modernos. Así, en su proyecto, propuso que Córcega debía ser una sociedad agrícola y autosuficiente, en continua distancia del comercio, el dinero, el lujo y la dependencia económica exterior.
Esta organización reflejaba su idea de que los valores rurales (el campo y la agricultura) eran inmunes a la debacle moral de las grandes ciudades. De hecho, Rousseau proponía a los corsos una democracia directa y rural que evitara la centralización del poder y mantuviera el cordón umbilical con la tierra como vehículo de comunidad. Las leyes solo tendrían valor real si las metas de la patria corsa se imponían a la pléyade de intereses privados; la virtud era la esencia del tejido social. En la formación del ciudadano, como también insistía Rousseau, la educación era la viga maestra fundamental.
Este proyecto nunca llegó a aplicarse, pues en 1768 Córcega fue invadida por Francia tras el Tratado de Versalles firmado con Génova. El texto de Rousseau presentaba claras diferencias con la realidad de Paoli: mientras la Constitución de 1755 fomentaba el comercio y creaba una moneda propia (el soldo, un símbolo de soberanía estatal ); el enfoque de Paoli era más pragmático, buscando la independencia efectiva y el reconocimiento internacional, lejos del idealismo agrícola extremo de Rousseau.
Con su Constitución de Córcega, Paoli decapitó el pesado cuerpo del absolutismo con la afilada hoja de una democracia moderna. Su parlamento era elegido por un derecho de asombrosamente avanzado para la época, ya que permitía el voto de todos los hombres mayores de 25 años, y de viudas y mujeres solteras, acercándose a una noción de sufragio universal que adelantaba derechos que solo se plasmarían en el siglo XX. El ejemplo corso avivó el fuego de la pasión independentista en las Trece Colonias, al pulverizar el derecho divino de los reyes y emplazar en la escena política el principio de la soberanía popular. Esta idea bebía del contractualismo del siglo XVII de Locke y se nutría del Contrato Social (1762) de Rousseau.
Benjamin Franklin, quien ya admiraba la originalidad política de los iroqueses, sintió una fascinación similar por la figura de Paoli. Su lucha, primero contra Génova y luego contra Francia, despertó un «volcán de libertad» cuyas cenizas llegaron a Europa y América. En el texto constitucional corso, Franklin y otros Padres Fundadores reconocieron un precursor directo de lo que más tarde acordarían en el Congreso Continental de Filadelfia.
La influencia de Paoli fue tal que los «Hijos de la Libertad» —quienes encendieron la rebelión contra la corona inglesa en el célebre Motín del Té— lo veneraban como a un héroe. En 1768, realizaban brindis en su honor y, más tarde, bautizaron con su nombre a sus hijos y a ciudades enteras, como Paoli, en Pensilvania.
Franklin conoció los detalles de la gesta corsa a través del libro de James Boswell, An Account of Corsica (1768). Boswell, amigo de ambos, fue el puente que difundió la energía revolucionaria de Paoli entre Londres y Filadelfia, presentándolo ante la élite intelectual como «el hombre más grande de la tierra» y un símbolo de la libertad contra la opresión. Así, Paoli adquirió una estatura épica equivalente a la que más tarde tendría George Washington.
En 1755, desde la isla de Córcega, asomó un proceso extraordinario: la primera proclamación de derechos dentro de un formato constitucional y republicano donde los representantes eran elegidos por el pueblo. Este texto definió una estructura basada en la separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Sobre la soberanía y la autodeterminación, la constitución afirmaba que la nación corsa se había despojado del yugo genovés para recuperar su «libertad antigua». Establecía con claridad: «La forma de gobierno del Estado de Córcega es democrática, y la soberanía reside en el pueblo mismo», determinando que el Consejo de la nación se compondría de representantes elegidos por cada parroquia.
En los años de conmoción revolucionaria en Córcega, se escribe la particular historia de la relación entre Napoleón y Paoli. Napoleón nació en Ajaccio poco después de la invasión francesa. En su juventud, el futuro vencedor de Austerlitz veneraba a Paoli como héroe nacional; en sus cartas lo exaltaba como «padre de la patria». De hecho, Carlo Bonaparte, padre de Napoleón, había sido ayudante de campo de Paoli. Tras el estallido de la Revolución Francesa y el regreso de Paoli a Córcega en 1790 después de su exilio en Inglaterra, Napoleón buscó trazar una alianza con él. Sin embargo, Paoli era probritánico y desconfiaba tanto de los Bonaparte como de los violentos jacobinos con quienes el joven militar simpatizaba.
Finalmente, en 1793, Paoli tomó distancia definitiva de la Convención Francesa, mientras los Bonaparte se mantenían leales a Francia. La familia Bonaparte fue declarada «traidora a la patria» y su casa en Ajaccio fue saqueada, convirtiendo a su isla natal en un hogar de imposible regreso. Es muy probable que, de no haber mediado estos hechos, Napoleón se hubiera quedado en Córcega para luchar por la constitución que Paoli había dado a la isla. Al no poder hacerlo, debió buscar su destino en Francia y, en esa búsqueda, y entre cientos de miles de cadáveres, se convirtió finalmente en Emperador. Ya en su exilio final en Santa Elena, Napoleón reconoció que, a pesar de haber terminado como enemigos mortales, Paoli fue quien formó su carácter en sus primeros años.
Paoli formuló así una «constitución madre» de la política moderna y, a su vez, fue la figura indirecta que impulsó la creación de Napoleón como personaje histórico esencial. En 1807, en Londres, Paoli finalmente abandonó esta tierra de conflictos y ambiciones inagotables. Así, mediante un análisis sustentado en estas relaciones, llegamos a la comprensión de la insólita convergencia entre la isla de Córcega y la Confederación Iroquesa como fuentes determinantes en la formación del constitucionalismo moderno.
