Por María Rodríguez Velasco.

En este excelente artículo se traza un ejemplo de la fértil interacción creativa entre la literatura y el cine. Patricia Highsmith (1921–1995) fue la notable escritora del género de suspenso y el thriller psicológico, con un vasto talento para explorar la pisque humana dominada por la amoralidad, la culpa y la obsesión.
Hablar de emociones es adentrarse en terreno pantanoso. No se toman tan en serio como la sangre cuando brota de la herida, la fractura de un hueso ante una caída o la altura y el peso de cualquier persona. A menudo, se las excluye de todo aquello que se cuantifica y que, por tanto, se considera válido, objetivo. Se las relaciona con la sensiblería y la debilidad, pero es un error subestimarlas ya que son reacciones psicofisiológicas a estímulos concretos y representan modos de adaptación. ¿Y qué es la adaptación si no inteligencia?
Hace varias semanas localicé el documental “Amando a Highsmith” (Eva Vitija-Scheidegger, 2022) rodado a partir de los diarios personales de la escritora estadounidense y de los testimonios de aquellos que la conocieron de manera más íntima. Este comienza con la voz de la actriz Gwendoline Christie parafraseando a la novelista: Las mejores historias son aquellas compuestas solo por las emociones del autor. Aunque un libro de suspense esté perfectamente pensado, habrá escenas que, seguramente, el escritor haya experimentado en primera persona.
Patricia Highsmith (Texas, 1921-Suiza, 1995) ocupa, sin duda, un lugar destacado en la literatura negra. Con más de una veintena de novelas y una decena de relatos, ha servido de inspiración a muchos cineastas. Probablemente, su trayectoria vital jugó un importante papel a la hora de desarrollar en profundidad la psicología de sus personajes principales; atractivos a ojos del lector y/o espectador, a pesar de su condición de psicópatas. Ella misma llegó a reconocer que, desde niña, aprendió a odiar. Poco a poco, canalizó toda su frustración, toda su rabia, a través de la escritura. Una sensación de abandono persistente, fruto de unos vínculos parentales de apego poco seguros, la culpabilidad por una orientación sexual que no cumplía las expectativas de la época, los fracasos amorosos y esa tendencia a la sociopatía, contribuyeron al mantenimiento de ciertos patrones autodestructivos, pero también a una creatividad creciente.

Más adelante, un viaje a Europa determinó el nacimiento de uno de sus más célebres asesinos: Tom Ripley. Su primera aparición fue en El talento de Mr. Ripley (1955), encarnado por Alain Delon en “A pleno sol” (René Clement, 1960). Una suplantación de identidad y los paisajes italianos de Nápoles, Ischia, Procida y Roma, además de un ascenso al estrellato de su protagonista, son sólo algunos de los detalles a recordar. Treinta y nueve años después, Anthony Minguella retomó el argumento, con Matt Damon, Gwyneth Paltrow, Jude Law y Cate Blanchett, consiguiendo cinco candidaturas a los Premios Oscar (2000). Highsmith obtuvo el Gran Premio de Literatura Policíaca y estuvo nominada al Premio Edgar a la mejor novela. La serie “Ripley” continuó con una coproducción entre Alemania y Francia, conocida como “El amigo americano” (Wenders, 1977), donde Dennis Hooper se metió en la piel del protagonista de El juego de Ripley (1974). Y, entre 2002 y 2021, actores como John Malkovich o Andrew Scott han vuelto a interpretarlo en cine, radio y televisión.
Alfred Hitchcock se apresuró a comprar los derechos de Extraños en un tren (1951) en cuanto esta la publicó, pues contempló enseguida la posibilidad de un largometraje. No obstante, no le encargó el guion a ella sino que eligió a Raymond Chandler. Tampoco se rodeó de un elenco de estrellas, pero sí de intérpretes muy competentes, para la proposición de un crimen perfecto, donde la intriga y la perversidad acompañan hasta el final. De hecho, en España fue censurada durante catorce años al ser calificada como “morbosa en extremo y desagradable en alto grado”.

. El recorrido es amplio y su narrativa se ha tomado como referente cinematográfico desde siempre. En 1962 publicó El grito de la lechuza y, más de veinte años después, Claude Chabrol decidió llevarla a la gran pantalla, contando con Christophe Malavoy y Mathilda May en su reparto principal. Consiguió captar el sentido original del texto, que recrea la obsesión de un artista hacia su vecina y el placer que le procura espiarla. Del mismo modo, Atenas y su Acrópolis, junto al trío formado por Viggo Mortensen, Kirsten Dunst y Oscar Isaac, fue el punto de partida de una producción presentada en 2014 por Hossein Amini, basada en Las dos caras de enero (1961).

Sin embargo, su segunda obra, El precio de la sal, fue la que marcó un antes y un después. La editó bajo el pseudónimo de Claire Morgan, ya que en la década de los cincuenta del siglo pasado su temática era, al menos, controvertida. Hasta 1989 no se atrevió a reeditarla con su verdadero nombre y otro título, que Todd Haynes mantuvo para su película de 2015. Obtuvo seis nominaciones a los Oscar y el Premio a la Mejor Actriz en el Festival de Cannes. Nos referimos a Carol, que narra una historia de amor entre dos mujeres y que supuso una vuelta de tuerca al planteamiento tradicional. Su final no es trágico y eso significa que no se condena moralmente a sus protagonistas. Además, está muy alejada del género que ella desarrolló a lo largo de su carrera literaria. Al parecer, la escribió sin dilación al llegar a casa, después de una jornada laboral en unos grandes almacenes. Le bastó la visión de una mujer rubia, que entró en el establecimiento a comprar una muñeca. Elegante, misteriosa. Solo dijo como se llamaba y dejó una dirección para que mandaran el juguete. Jamás volvió a verla.

En el mundo del cine, pocos escritores han sido tan escogidos como Patricia Highsmith. A la complejísima tarea de la adaptación de un guion hemos de sumarle, en este caso, la maestría de la autora. No utiliza recursos fáciles, como el sadismo físico; ni describe a personajes estereotipados, porque rechaza lo verosímil y prefiere sorprender a través de una actuación ilógica. Leía a Wilde, Sartre, Nietzsche, Kierkegaard, Fromm y Menninger; pero también era una adicta a hacer listas de todo tipo, sin sentido, ni objetivo. Dejó escondidos en su casa dieciocho diarios y treinta y ocho cuadernos personales, que no compartió hasta el momento de su muerte. Como ella solía decir, le interesaban los planos opuestos, el bien y el mal, la construcción y la destrucción. Puede que, por ello, sus argumentos alcancen la inmortalidad. La escritora, en uno de sus muchos momentos de trabajo.

También en esta página sobre Patricia Highsmith, su personaje Ripley y una serie que adapta su historia:
Recomendaciones: Ripley, una mente criminal amante del arte.
(*) Fuente: María Rodríguez Velasco, Patricia Highsmith, la literatura y el cine , texto republicado desde Masticadores, página nacida en Cataluña, que Jr Crivello dirige y con numerosos colaboradores en el mundo.