Recordando La fiesta de Babette

Por Esteban Ierardo

Algunas películas quedan grabadas no solo en las retinas sino en el alma. Una de ellas, al menos para quien esto escribe, es La fiesta de Babette.

A veces, un banquete como agasajo de la buena comida, restablece el espíritu de comunidad. Para explorar esta posibilidad podríamos concurrir a una fiesta. La fiesta de Babette… 

  Casi siempre apacible, la aldea resplandece sobre una planicie de la Juntlandia danesa, cerca del mar. En la aldea de Berlevaag un predicador pontifica la palabra de Dios. Es protestante. Tiene dos hijas. Sus nombres: Martine y Filippa, por Martín Lutero y Felipe Melanchton, respectivamente. Clara celebración de la fe protestante.

  Las hijas del pastor son especialmente hermosas. Los ojos masculinos buscan el encuentro con la hierba de sus ojos azules y su rubia cabellera. Pero cada pretendiente que pide la mano de alguna de las señoritas fracasa. “Mis hijas son mis dos manos, y usted no querrá sacarme algunas de ellas…”, afirma siempre el pastor. Las mujeres son un instrumento de la egoísta autopreservación paterna. Entonces, aceptan su destino de renuncia al matrimonio, y al discurrir del eros sobre su piel. Desconfían del goce. Subliman el placer sexual en obras de caridad, o en los cánticos de loas al dios de la Biblia.

   Y como un inesperado temblor de tierra, llega, una vez, una mujer francesa: Babette. Una chef caída en desgracia por los turbulencias politicas de Francia. Babette: la cocinera, acaso una communard, la chef del café Anglais, el restaurante parisino más famoso.  Es recibida con hospitalidad en la aldea Y es tomada como sirviente por las hijas del pastor por una carta de Achille Papine, cantante de ópera y viejo pretendiente de Phillippa. El placer de la emigrada es cocinar, servir, llevar la felicidad a los demás por un banquete.

Y la cocinera practica otra religión secular: el agradecimiento. No es indiferente al afecto recibido. Un inesperado billete de lotería la premia con una pequeña fortuna. Esa buena noticia le dará la capacidad para comprar mucha comida que se convertirá en un festín. Un rito de agradecimiento, a través de un banquete, a los que la recibieron con amabilidad.

  La fiesta de Babette, film de Gabriel Axel de 1987, es adaptación de la novela de la escritora danesa Karen Christence Blixen, de seudónimo literario Isak Dinensen.  En 1952, Dinensen escribe el cuento El banquete de Babette, incluido en Anécdotas del destino (1958). Otro cuento de este libro, “Una historia inmortal”, fue adaptado por Orson Welles, con Jean Moreau (1966). En Out of Afric (1985),de Sydney Pollac, Meryly Steeep encarna a Dinensen.  La adaptación de Axel fue premiada en Cannes, y en 1988 recibió el Óscar a la mejor película extranjera.

   Babette emplea sus saberes culinarios para brindar una gran comida a los principales vecinos de la aldea. Todos ellos son discípulos del pastor, el padre de las otrora bellas muchachas Martine y Filippa y ahora mujeres de edad avanzada. Todos desconfían de la gula, del pecado de la comida excesiva, que oculta un peligroso halago de sí mismo, como en  Los pecados capitales, del Bosco.

Los habitantes de la aldea sólo están acostumbradas a guiso de bacalao y una modesta sopa de cerveza. Pero la comida de Babbette, con sus platos y bebidas refinados, desmorona diques represivos. La dulzura de los vinos y la exquisitez de los platos sumergen a los comensales en un paraíso de delicias culinarias. Y como aclara el teniente Lorenz Loewenhiel, uno de los invitados, viejo enamorado de Martine, un hecho físico, el acto de la comida, puede convertirse en hecho espiritual.

Y el placer del buen comer genera una intensidad equiparable al goce erótico. Y lo erótico, como lo subraya en su discurso del médico Erixímaco, en el Banquete platónico, es fuerza universal porque se encuentra en todas las cosas: “…en los cuerpos de todos los animales y en todo lo que crece sobre la tierra y, por así decir, en todos los seres; el dios tan grande y admirable, apunta a todo, tanto a las cosas humanas como a las divinas” (Platón, Banquete, Buenos Aires, ed. Losada, p, 63 (introducción, notas  y traducción de  Victoria Juliá).

  Si el placer alimentario conduce a una forma de goce erótico, este goce nos abre, así, a una vida que se amplia, se universaliza hacia todo lo que crece en la tierra, hacia todos los seres. Un placer que debe desligarse del exceso imprudente o intemperancia. El propio Erixímaco advierte: “es tarea ardua el hacer uso de los deseos que se relacionan con la cocina, para producir placer sin enfermedad” (Ibid., p. 66.).

 Y como fuerza de integración o cohesión, el eros puede actuar en la dimensión horizontal de lo humano, como impulso restaurador de la comunidad. El placer erótico por la comida en La Fiesta de Babette se muta en eros de la reunificación comunitaria. Antes del festín, distintos miembros de la congregación disputaban entre sí, se hacían a mutuos reproches. Entre ellos, imperaba la desunión, la hostilidad.

Tras el banquete renace la comunidad anteriormente atrofiada. Hombres y mujeres danzan bajo una clara luz de luna, en una noche fría. Se liberan de la vida puritana y represiva. Por la senda del sabor, de la lenta e intensa degustación, de una alimentación erotizante, acontece un conocerse de otra manera, fuera de una religión dogmática. Ahora, al menos por una noche, son seres liberados del temor a lo placentero, se reconcilian con un placer físico restaurador que trae bienes espirituales: la comunidad, y la espiritualidad del placer sensual, de la materialidad que nutre; del alimento que deviene celebración del acto mismo de la existencia.  

  La fiesta de Babette confirma una de nuestras afirmaciones preliminares en este ensayo: el banquete cuyo goce degustativo y material deriva en cierta forma del eros, como fuerza sensual de la reintegración.

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