Por Esteban Ierardo

Giambattista Tiepolo (1696-1770) fue el último gran genio del fresco europeo y la figura máxima del Barroco en su última etapa. Su estilo transformó techos y bóvedas en escenarios infinitos, que acercan un cielo abierto poblado de ángeles y personajes mitológicos, mediante una luminosidad radiante y el uso del trampantojo, una técnica ilusionista que «rompe» la arquitectura real.
Heredero del colorismo veneciano, Tiepolo perfeccionó la perspectiva aérea (usando tonos fríos para simular distancia) y el sotto in su (pintura vista desde abajo), logrando que sus composiciones parecieran flotar. Sus obras maestras incluyen la Residencia de Wurzburgo en Alemania (el fresco más grande del mundo), el Palacio Labia en Venecia y el Palacio Real de Madrid, donde trabajó para Carlos III hasta su muerte. Junto a sus hijos, Giandomenico y Lorenzo, formó una dinastía artística que marcó el cierre de una era antes del avance del Neoclasicismo.
LA CASA vuela. Recorre el cielo. Desde abajo es posible distinguir los contornos de la vivienda suspendida y la fisonomía de María. Un tumulto de ángeles, algunos con trompetas, regalan ligereza y velocidad a la casa en la que vivió Cristo en su niñez. Por el concurso de las fuerzas mágicas, por la libertad de la fantasía, la casa es trasladada desde Tierra Santa hasta Loreto, en Italia.
La obra original fue un fresco pintado entre 1743 y 1745 en el techo de la nave de la Iglesia de Santa Maria di Nazareth (también conocida como la Iglesia de los Descalzos o Scalzi), en Venecia. Lamentablemente, fue destruido durante la Primera Guerra Mundial, por un bombardeo austriaco, en 1915. El óleo sobre lienzo original como estudio previo para el fresco se conserva en las Galeria de la Academia de Venecia. Y otro estudio preparatorio detallado se halla en el Getty Museum en Los Ángeles, Estados Unidos.
El creador de la magia ilusionista de la casa voladora: Giambatista Tiépolo (1696, 1770), el último gran exponente de la pintura barroca. Su maestro es Gregorio Lazzarini, pero la impronta más honda en él es la de los genios venecianos de la primera mitad del siglo XVI: el Tiziano, el Tintoretto, el Veronés.
La obra del Tiépolo es ampliamente aceptada y requerida en su época. Multitud de encargos de diversas ciudades europeas inundan al artista. En Wurzburgo refulge el testimonio más acabado de su arte: el fresco del techo sobre la escalera de la Residencia de Würzburg, la obra de mayor tamaño del Tiepolo, que cubre una bóveda de unos 600 metros cuadrados sin soportes intermedios, prodigio arquitectónico de Balthasar Neumann que venció todas las dudas sobre su consistencia. El tema es la representación de Apolo y los cuatro continentes (Europa, América, Asia y África). Apolo está en el centro del Olimpo. En los bordes de la bóveda: las alegorías de los continentes conocidos con sus animales y figuras exóticas representativas (como un elefante para África o un cocodrilo para América). El artista incluye retratos de personas reales, como el rostro del arquitecto Neumann, con uniforme militar sobre un cañón, y un autorretrato del mismo Tiepolo. La obra acusa un calculado efecto visual para que al subir la escalera imperial, el espectador perciba la lenta transición de la oscuridad a la luz.

Y en Madrid recibe los pedidos del rey Carlos III. Pinta al fresco varios techos del Palacio Real de Madrid y los cuadros para el altar del convento de San Pascual, en Aranjuez. Allí abandona esta existencia acompañado por sus dos hijos, también pintores. En Madrid sufre cierto aislamiento por las intrigas en su contra de los partidarios de su competidor en el favor real, el pintor neoclásico Mengs.
En Rembrant o Caravaggio los claroscuros absorben especialmente el espacio de la imagen, testimoniando así unos de los rasgos de estilo más acusados del barroco. Pero en el Tiépolo el claroscuro cede a la preeminencia de los colores claros. La claridad de su pincelada, la preponderancia de la coloración nacarada, contrasta con Rubens o Tiziano. Tiépolo introduce la iluminación por partes del lienzo. El efecto luminoso está orientado principalmente hacia la manifestación de lo divino, su resplandeciente irrupción en la altura celeste. Son numerosos los cielos que se abren allí donde el techo se clausura en su inmovilidad. Lo celeste que despeja obstáculos, vulnera lo cerrado y se expande en una amplitud poblada de figuras ingrávidas, etéreas, ahítas de gracia. Reiteración de la típica maniobra del barroco ilusionista que exhibe un cielo abierto en las cúpulas de las iglesias. El Tiépolo es pródigo en este tipo de ilusionismo, promovido por el misticismo militante de la contrarreforma.
Lo mismo que el Canaletto, el Tiépolo crea muchas imágenes de Venecia, inscriptas en el género de las vedute. La temática mitológica como acicate particular de su pictórica no es tan frecuente como en Correggio, o luego en Canova. Pero una de sus obras sintetiza o funde la imaginería típica barroca con el universo mítico-visual de la antigüedad pagana. Es La apoteosis de Hércules, en el museo Thyssen-Bormeniza.

El mito heroico de Heracles es un abigarrado conjunto de relatos de aventuras y pruebas. Heracles, la gloria de Hera (Hércules en su versión latina). Heracles, hemitheoi, mitad humano y mitad divino por su genealogía híbrida, nacido de una mortal, Alcmena, y del dios Zeus. La irrupción vengadora y violenta de Hera lo sume en la locura destructora, en la ceguera colérica en la que mata a su esposa e hijos. En las costumbres de la Antigua Grecia, las manchas de la culpa asesina, el estrago del homicidio, puede ser purificado por una senda ritual.
Heracles recibe su posible vía de purificación mediante su célebre ciclo de doce pruebas, propuesta por Apolo desde su oráculo de Delfos. El héroe le sirve a su primo Euristeo, el timorato y tribal, su contraparte psicológica.
Heracles labra el mito arquetípico de lo heroico griego. Heroico es la consumación plena de la potencialidad humana, o la coronación del hombre al devenir divinidad. Esto último es el caso de Heracles, quien luego de racimos de aventuras, vislumbra el fin del camino al ser sorprendido por la llamada prematura de la muerte. Antes, pasa por muchas pruebas: lidiar con la matanza de monstruos (el león de Nemea, el jabalí de Erimanto, la hidra de Lerna); el viaje fines terrae a los confines; la llegada a la isla donde pace el ganado de Gerión; o la isla de las Hespérides; o su visita al Hades, donde captura del can cerbero, y a la mítica tierra de los Hiperbóreos en persecución de la cierva Cerinia. O su arribo a las lejanas montañas del Cáucaso para liberar al Prometeo encadenado.
Tras las muchas aventuras, y luego de traspasar los límites del mundo conocido, Heracles descansa en el afecto femenino. La vida matrimonial compartida con Deyanira. La mujer enamorada, esposa fiel, con la que comparte el cruce de un angosto río en el que un centauro oficia de botero. El centauro Neso. Lo centáurico es lo instinto: el placer no es lo prohibido, es lo natural. Para que se consume lo placentero sin prohibición es necesario un estímulo. La belleza próxima de Deyanira solivianta el deseo del centauro. Éste se lanza entonces hacia la satisfacción. El héroe apela a la maza o la flecha. Hiere de muerte al centauro. El agonizante pide a Deyanira que se acerque para un último deseo. Le obsequia entonces un supuesto filtro para reavivar la pasión del amor cuando éste se debilite.
Esa debilidad surge cuando Heracles se aleja de ella. Deyanira le envía a su esposo una prenda tejida por ella como obsequio, como prenda de recuerdo del afecto antes compartido. Antes, rocío el tejido con el filtro amoroso. El héroe acepta el regalo. Se viste con la prenda, pero la tela rociada no contenía una mágica sustancia reavivadora del eros, sino un ácido letal. El dcamino seguro hacia la muerte.
Heracles entonces comprende, y espera su muerte con determinación épica. Se convierte en director y espectador de su propio deceso. Construye una hoguera, pide a su hijo que encienda el fuego. Pero éste se niega. Interviene entonces su dios padre. Con su rayo enciende la llama. El héroe se arroja a las llamaradas. En ligeras cenizas asciende al Olimpo. Allí se reconcilia con Hera. Renace por un simulacro de segundo nacimiento. Ahora es un Dios. Es la apoteosis de Heracles, su ascenso a una nueva vida purificada y espiritualizada.
Este es el mito elegido por Tiepolo para su evocación barroca. El héroe avanza en un carro visible desde una perspectiva en contrapicado, de abajo para arriba. El carro es movido por el centauro Neso. La agresión del centauro inicia el camino hacia la muerte apoteótica. El drama acontece en la altura de un cielo poblado en sus bordes por ángeles.
Es el cielo barroco ingrávido y cristiano. La elevación es escenario de la apoteosis victoriosa del héroe pagano. El ilusionismo del cercano cielo cristiano como imaginería escénica para expresar una gesta heroica pre-cristiana. La síntesis entre la representación del cielo cristiano, y la conquista de la inmortalidad de un héroe-dios de la imaginación mítológica. El universo mítico renacido por la reapropiación artística del Tiepolo que, como la imaginación neoclásica, movía sus pinceles atraído obsesivamente por lo pagano irrecuperable.


Para una apreciación completa de la obra del Tiepolo:
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EL FRESCO EN EL TECHO MÁS GRANDE DEL MUNDO: GIAMBATISTA TIEPOLO EN LA RESIDENCIA WURZBURG
