La postverdad y la dictadura del relato

Por Avelino Muleiro

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Una crítica a la sociedad de la postverdad, sus manipulaciones y confusión entre lo real y lo simulado, lo verdadero y lo falso. Y una reivindicación de la fuerza filosófica crítica de Sócrates a Habermas.

                                                             

La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad, aunque  se piense al revés (Antonio Machado)

En la Grecia clásica, Platón, a través de su célebre alegoría de la Caverna, nos advertía sobre el peligro de confundir las sombras con la realidad. Actualmente, los muros de esa caverna son las pantallas de la televisión, los móviles, las tabletas y las redes sociales, donde el poder proyecta sombras estratégicamente diseñadas para sus propios fines. Para Platón, la política debía estar guiada por la aletheia (la verdad), pero la praxis contemporánea parece preferir la doxa (la opinión) manipulada.

La situación actual en la que nos movemos, política y socialmente, ha sido presagiada y fundamentada a finales del pasado siglo por la filosofía posmoderna. En esa trinchera encontramos a Jacques Derrida, Michel Foucault, Jean Baudrillard, Jean-François Lyotard y Gianni Vattimo, quienes señalaban que estábamos en una etapa de la historia en la que se desconfía de los grandes relatos y se fragmenta la realidad en múltiples y pequeñas perspectivas. Uno de ellos, Jean-François Lyotard, en su libro La condición posmoderna (1979), explica que en la sociedad contemporánea ya no creemos en los grandes relatos -metanarraciones- que antes daban sentido global a la historia y al conocimiento. Aquellos relatos totalizadores pretendían explicar el rumbo de la humanidad (el progreso inevitable de la razón ilustrada, la salvación religiosa como sentido último de la historia, el avance ético en la sociedad…). La vida pública contemporánea ha desplazado su eje explicativo del hecho al relato, ha pasado de la aportación de pruebas y argumentos, a la sumisa adhesión del mensaje. No es que los hechos ya no importen, es que han sido superados por las emociones que los interpretan.

Los grandes relatos de la historia de la humanidad, reconocidos e impulsados por la Ilustración del siglo XVIII, han sido dinamitados por la posmodernidad y reducidos a fragmentos marginales y periféricos. La gran verdad se ha roto en mil pedazos, por eso no hay una sola historia, sino piezas sueltas que no encajan en un todo coherente. Hoy, el relato es una construcción narrativa diseñada para apelar a las emociones más que a los datos, y se ha erigido como el recurso absoluto y fundamental del debate público.

David Lyon explica en su libro postmodernidad que “la cultura de masas ha difuminado la distinción entre lo real y lo imaginario”. Los postmodernos juzgan que la ciencia se consideraba en el pasado como la piedra de toque del conocimiento legítimo, pero ahora ha perdido su supuesta unidad. Los intelectuales ya no legislan -escribe Zygmunt Bauman-, solo interpretan. En conclusión, todo lo que queda son “redes flexibles de juegos de lenguaje”. Y la idea de que la realidad se está descomponiendo en imágenes lleva a Baudrillard a decir que “la vida se disuelve en la televisión”. Y Vattimo denuncia que el desarrollo de los medios de comunicación basados en las nuevas tecnologías puede fomentar unas formas de poder muy peligrosas. Todas estas ideas, nacidas de filósofos de finales del siglo XX, han conducido a que hoy nos cuestionemos de manera radical la naturaleza de la realidad y su significado.

En la era de la hipercomunicación, estamos asistiendo a un fenómeno paradójico: mientras más acceso tenemos a la información, más esquiva se vuelve la realidad. La información actual se centra en el relato, una construcción narrativa diseñada estratégicamente para recurrir a las emociones y ocultar los datos. El relato está empoderado y se ha instalado socialmente como el soberano absoluto del debate público. Y no cabe duda de que es hijo de la política, cuya finalidad no consiste en interpretar los hechos, sino en modificarlos, someterlos y sustituirlos por la ideología. Solo la ignorancia de la sociedad puede cuestionar que la política actual, en especial la del nuevo cesarismo, ha perfeccionado el arte de la post-verdad intentando crear una realidad maleable y alternativa a los hechos empíricos. Si los datos económicos son desfavorables por una gestión errónea, el relato se encarga de cambiar el marco de referencia cargando el fracaso en el adversario político. Si hay un escándalo de corrupción, se crea una narrativa y un relato de persecución institucional.

La verdad ha dejado de ser un consenso social basado en argumentos racionales y en evidencias empíricas para consolidarse en una bandera política y en un dogma de lealtad ideológica. Y eso nos lleva a encontrarnos con personas para quienes es más importante pertenecer a su comunidad política que tener argumentos racionales. Para ellas, contradecir al líder del partido basándose en hechos objetivos lo sienten como una traición.

Consecuencias nefastas de la posverdad

La posverdad se ha convertido en un instrumento habitual del discurso político contemporáneo. Y la posverdad no consiste simplemente en mentir, sino en desplazar los hechos para que pierdan relevancia frente a las emociones, los miedos o las identidades colectivas. Cuando el sentimiento pesa más que la evidencia, el debate público deja de ser un espacio de razonamiento común y se transforma en un campo de adhesiones viscerales. Pero, los perjuicios sociales en este campo de batalla son profundos.

En primer lugar, la post-verdad erosiona la confianza. Si todo puede ser reinterpretado según convenga, la ciudadanía pierde las referencias estables para juzgar la realidad, y la desconfianza no afecta solo a los políticos, sino también a la ciencia (negacionistas) y a las instituciones. Una sociedad que duda sistemáticamente de los hechos empíricos compartidos se vuelve frágil y fácilmente manipulable.

En segundo lugar, la post-verdad conduce a la polarización. Los relatos políticos buscan convencer a la ciudadanía reforzando la identidad del propio grupo frente a la oposición ideológica. Y así, la verdad deja de ser un punto de encuentro y pasa a ser una bandera. Este fenómeno se observa en distintos contextos políticos actuales, desde el estilo comunicativo y directo de Donald Trump hasta la retórica belicista de Vladimir Putin, donde el relato emocional se impone a la verificación objetiva.

Consecuentemente, la post-verdad debilita la responsabilidad y la convivencia democrática y su expansión no es un fenómeno aislado, sino el clima cultural que permite el auge de formas políticas de corte cesarista. Si los hechos son subjetivos, también lo son las promesas políticas incumplidas, lo que implica que la ciudadanía se vuelva más receptiva a soluciones autoritarias que prometen orden en medio de la confusión, dejando de evaluar la acción pública por sus efectos y pasando a hacerlo por la intensidad del discurso. En cierto modo, este clima recuerda el diagnóstico del ocaso cultural que Spengler anunciaba en La decadencia de Occidente, el auge de liderazgos carismáticos y la primacía de la voluntad sobre la razón, como he reflejado en mi artículo sobre “El retorno de los Césares”. Parece claro que hoy el relato movilizador se impone a la contrastación objetiva; la doxa platónica vence a la aletheia.

De Sócrates a Habermas

Qué necesario es volver a los griegos y reivindicar figuras como Sócrates, el tábano de Atenas, que dedicó su vida a cuestionar las certezas subjetivas de los sofistas, aquellos personajes que jugaban a ser políticos y pretendían saberlo todo. Con su método mayéutico, el maestro de Platón buscaba despojar al discurso sofista de sus adornos retóricos para llegar a la esencia de las cosas. El político actual es la antítesis del ideal socrático, pues no busca que el ciudadano piense por sí mismo, sino que acepte el dogma precocinado.

Y si queremos filósofos actuales, qué mejor que acudir a Jürgen Habermas que, frente a la expansión de la post-verdad, ofrece un criterio normativo claro: la legitimidad democrática nace del diálogo racional y de la posibilidad de justificar públicamente las decisiones. Cuando el discurso político sustituye los argumentos por apelaciones emocionales o relatos estratégicos, se debilita la esfera pública y se erosiona el suelo común de hechos compartidos. La post-verdad, indica Habermas, no es solo una patología del lenguaje político, sino una amenaza estructural a la democracia porque “rompe las condiciones mismas que hacen posible el entendimiento entre ciudadanos libres e iguales”.

Su teoría de la “acción comunicativa” explica que comunicarse no es manipular ni persuadir a cualquier precio, sino buscar entendimiento. La política de la posverdad usa  el lenguaje estratégicamente para ganar poder, no para acercarse a la verdad. Un gobierno es legítimo si sus decisiones pueden ser aceptadas racionalmente por los ciudadanos. La posverdad rompe la armonía social, porque si no hay hechos compartidos, solo quedan bando enfrentados.

La filosofía, que en su etapa posmoderna sembró las dudas que dieron pie a la posverdad del siglo XXI, es hoy la única capaz de guiarnos fuera de este laberinto político. Como un nuevo Teseo, utilizando la razón y los hechos objetivos como el hilo de Ariadna, la filosofía ofrece hoy el pensamiento crítico como la herramienta indispensable para reconstruir una sociedad absolutamente democrática.

(*) Fuente: Avelino Muleiro, «La postverdad y la dictadura del relato», texto republicado desde Masticadores, página nacida en Cataluña, que Jr Crivello dirige y con numerosos colaboradores en el mundo.

Izquierda, Sócrates; derecha. Habermas.

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