Por Esteban Ierardo

Una película distinta que evoca la estética de Terrence Malick. Un film de profundidad existencial y gran belleza visual, donde un humilde leñador logra superar la tragedia gracias a su apertura al mundo.
El bosque es el reino del árbol. Todo allí convive con la mirada de la madera. En el film Sueño de trenes (2025), Robert Grainier (Joel Edgerton) respira cerca de Bonners Ferry, en Idaho. Llega ahí, como muchos otros, por abrir puertas al paso del ferrocarril Great Northern. Sin padres, nada puede encontrar para él en la escuela. Lo que debe encontrar es la supervivencia de su cuerpo. Al principio vaga sin horizonte en los ojos. Conoce a Gladys Olding. Casamiento, amor, una niña, Kate, y el sonido áspero de sus martillazos para construir una cabaña.
Robert trabaja, primero, en extender el camino de vías para las locomotoras de humo, rugidos mecánicos, del ferrocarril Spokane International. Presencia la muerte injusta, inexplicable, de un trabajador chino arrojado al vacío. Su espectro lo acompañará entre la frontera de los vivos y de los muertos. También, los trenes perturbaran sus sueños como un misterioso bólido que arrolla a alguien, un desconocido anónimo, frágil en la noche.
Lo único que le queda a Robert es lo más cercano: el trabajo estacional en la industria maderera. Para esta tarea, debe separarse de Gladys y Kate por largos periodos. Robert tala los árboles como una mera imposición para sobrevivir. Ve a otros leñadores morir aplastados bajo los troncos. El lugar de su sepulcro se anuncia en la soledad del bosque solo con un par de botas clavadas en los maderos. Robert trabaja dando muerte a nuevos árboles, aunque no alcanza a comprender ese acto. Es el oficio del leñador.
Así conoce a otro colega: Art Peeples. Es viejo y reflexivo. Sin necesidad de pensar mediante la lógica o los conceptos, entiende poco a poco, tras sus largas jornadas internado en el bosque denso, que los árboles que han visto el filo de su hacha no están simplemente ahí, inertes. Algo habla en ellos. Algo parecido a la culpa nubla sus ojos, hace temblar sus manos y modela su voz. Un día, muere golpeado por una rama. ¿El castigo del bosque? Algunos leñadores así lo sienten.

La narración de la ruda nobleza de Robert, de su entorno de personas y bosque, fluye con momentos de voz en off, con una cadencia poética e intimidad lirica de los paisajes en la América rural, que le infunde el director Clint Bentley. Bentley adapta la novela corta homónima de 2011 de Denis Johnson, y confiesa, sin traumas, que su estética mucho debe a su admirado Terrence Malick. Apela al estilo contemplativo del cineasta de El árbol de la vida. La fotografía ensaya una poética inmersión en el ambiente natural. La historia no discurre en el cauce convencional sino que se ramifica en recuerdos, impregna la vida dentro de la naturaleza, enciende sentimientos profundos entre el hombre y la mujer, aviva una época emocional.
Mientras Robert sigue trabajando con su hacha y sus brazos entre los troncos, transcurre la Primera Guerra Mundial. Ya no quiere estar con el hacha en la mano; acuerda con Gladys dejar la tala y cultivar la tierra, levantar un aserradero. Pero cuando está cerca del cambio de rumbo, el destino le recuerda que el poder lo tienen los dioses del aire, del humo y del fuego. El impío dios de las llamas llega con el látigo abrasador del incendio y quema a su esposa, a su hija, a los animales, la cabaña.

Robert llora sobre la tierra quemada. Se consuela imaginando que Gladys y Kate escaparon a alguna parte cuando llegó el gran fuego. Espera que vuelvan. Lo acompaña un indio, Ignatius Jack, que ya no vive de los búfalos sino de una tienda. Hablan en la noche de los espíritus, de las voces, de la vida que no se entiende. Robert reconstruye su cabaña. Cuando una niña sola y desesperada pide auxilio en la noche, Robert cree que es Katie quien vuelve. Pero no. Una ilusión. El deseo de que lo ilusorio sea real. El autoengaño no supera la separación.
Robert debe trabajar porque los humanos han construido sociedades en las que el alimento no es un obsequio de la Madre Tierra, sino un producto a comprar. Vuelve a la tala. El tiempo ha pasado y ya no rinde igual; es más viejo y aparecen nuevas tecnologías que pueden prescindir de su esfuerzo. La retirada ante lo que no se puede evitar es una decisión tan inevitable como el sentirse separado. Ahora trabaja como cochero para la gente del pueblo. Lleva a Claire, una mujer del Servicio Forestal a su lugar de trabajo: un mirador para escudriñar las señales del cielo en aras de mejorar las predicciones meteorológicas. Ella comprende que él es un solitario, con huesos cargados de dolor, y recuerdos ahogados en melancolía. Su duelo lo ha convertido en un ermitaño. Robert no deja de caminar por el bosque, no renuncia al regreso de los muertos. Pero los muertos están mejor del otro lado, quizá arropados en luces y nuevos caminos que no comprendemos.
..El tiempo de la soledad no se cansa de ser así, y no se cansa de pasar y pasar. Su hogar inmediato es siempre su nueva cabaña de maderas encastradas tras el incendio. Los años le entregan un mundo que cambia: viaja en el Great Northern hacia Spokane y, a través de las ventanas, distingue bosques y nubes que cabalgan como caballos invisibles. En la ciudad, ante el prodigio de la televisión, Robert contempla el vuelo espacial de John Glenn.

En la ciudad también hay entretenimientos, una vida desconocida para la roca y el árbol. En un día de primavera, alguien le ofrece la magia de volar. Robert vuela en un biplano como un niño, dando bucles y giros, renacido, mientras el narrador aclara que el solitario, el que espero fiel un regreso que nunca se produjo, murió tranquilo, en 1968, sin herederos.
En el aire, Robert sonríe como nunca antes, «mientras perdía toda noción de arriba y abajo, se sintió, por fin, conectado con el todo».
La separación aplasta la piel del ser humano. Saberse separado de lo que se ama, de la casa grande que se ve en varios momentos de contemplación y reflexión. Son infinitas las experiencias que hacen que revivamos nuestro estar en esa separación, en lo separado de lo común existencial. Pero la conciencia de lo separado no es un estado permanente e inalterable.
Robert, el que siempre vivió en la separación, por el tren, por las vías, se une con la ciudad. Hay un avión y le paga a su piloto para descubrir qué es volar. Entonces descubre que no es que el cielo esté arriba y la tierra abajo. Cuando Robert vuela entiende que toda noción de “arriba y abajo” son falsas. La tierra y el cielo están cerca, unidos, integrados, en un tipo de inteligencia donde no existe el ‘nosotros y el afuera’, sino el todo y nosotros como uno de los ríos por los que pasa el agua inmensa.

(*) Actualmente este film puede verse en Netflix. Y el texto aquí presentado es una versión con modificaciones y más amplia que pertenece a nuestro libro en construcción La inteligencia de las mil caras.