La batalla por el Ártico.

Por Esteban Ierardo

La batalla geopolítica por el Ártico constituye uno de los frentes estratégicos más complejos de la actualidad. El acelerado cambio climático y el consecuente derretimiento de los hielos han transformado un océano históricamente infranqueable en un escenario de intensa competencia económica, comercial y militar.

En lo alto del planeta se concentran casquetes de hielo expandidos por miles de kilómetros. El Ártico ocupa unos 140 millones de kilómetros cuadrados. Una mitad del año la luz solar brilla en días sin noches, el sol de medianoche; en la otra mitad, reina la noche polar. Entre verano e invierno las temperatura son más extremas.

La palabra Ártico proviene del griego antiguo arktikós (ἀρκτικός), que significa «relativo a la Osa» o «norteño», un término nacido de la astronomía antigua. Al navegar, los griegos observan el cielo nocturno que muestra las constelaciones de la Osa Mayor y la Osa Menor, orientadas hacia la Estrella Polar. La región terrestre bajo estas constelaciones inmóviles debe llamarse Arktikos (la tierra cerca de la Osa). Por pura simetría y equilibrio planetario, se deduce que debe existir lo contrario en el sur: el territorio antarktikós (lo opuesto a la Osa), origen del nombre de la Antártida.

En términos geográficos, el límite del Ártico fluctúa actualmente alrededor de los 66° 33′ 46″ de latitud Norte, la línea imaginaria conocida como el Círculo Polar Ártico. Sin embargo, también se emplean otros criterios para determinar el área ártica: un factor climático, donde el Ártico comienza en las zonas donde la temperatura media del mes más cálido del año (julio) no supera los 10 °C; y un factor ecológico, ya que la región inicia su majestuosa presencia al norte de la línea de árboles, donde el gran frío impide su crecimiento y solo permite la tundra como vegetación.

Los territorios que habitan dentro del Círculo Polar Ártico pertenecen a ocho países: Canadá, Estados Unidos, Dinamarca, Islandia, Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia. Todos son miembros del Consejo Ártico, el principal foro intergubernamental para la cooperación en la región septentrional, creado en 1996 mediante la Declaración de Ottawa. Quedan fuera de su mandato los asuntos de seguridad militar.

Rusia ejerce su soberanía sobre la línea de costa ártica más extensa del mundo, a lo largo de toda la Siberia septentrional. Canadá domina sus archipiélagos al norte, así como los territorios de Nunavut, Yukón y los Territorios del Noroeste. La presencia de Estados Unidos en el Ártico se da exclusivamente a través de Alaska, mientras que a Dinamarca le pertenece el territorio autónomo de Groenlandia. Por su parte, la gran masa continental de Islandia está justo al sur del círculo polar, pero su pequeña isla septentrional de Grímsey es atravesada directamente por este. El norte de Noruega y el archipiélago de Svalbard se encuentran en el Ártico, al igual que la región de Laponia en Suecia y la región más septentrional de Finlandia, conocida como la Laponia finlandesa.

Hoy, el cambio climático trae un lento derretimiento de lo antes congelado. Para 2050, el Océano Ártico se podría quedar sin hielo. Disminuye la superficie del territorio blanco. De a poco se abren vías navegables donde antes el hielo cerraba el paso y eventualmente atrapaba a los navegantes y sus navíos. En 2014, por primera vez, un carguero lleva 23000 toneladas de níquel de Canadá a China sin necesidad de ser escoltado por un rompehielos. El descongelamiento y la mayor navegabilidad en el Ártico encienden las ambiciones de dominio geopolítico de la región. Chinos y rusos proyectan una gran ruta marítima en el Ártico para el más rápido transporte de mercaderías desde Asia hacia Europa y América. Estados Unidos y Canadá, también ansían participar en el control de esa nueva vía líquida. Esta es una de las razones que revive la importancia geoestratégica de Groenlandia, todavía nominalmente bajo la soberanía danesa.

El magnetismo geopolítico y geográfico de la nieve y el agua que rodea al Polo Norte nos alzan a la aventura de comprender mejor su rareza y singularidad.

I. Esos recursos tan deseados

El Mar de Kara, parte del Océano Glacial Ártico, en su fondo marino se encuentran grandes reservas de gas u petróleo. (Wikimedia)

Recorrer el Ártico es una experiencia de áspera y majestuosa belleza. Pero en la frialdad de los conflictos geopolíticos, el Ártico atrae por sus grandes riquezas minerales y sus combustibles fósiles: el petróleo y el gas. El recurso más abundante del Ártico que aún no ha sido descubierto ni explotado es el gas natural. Se estima que aquí se concentra el 30 % de las reservas mundiales de gas no descubiertas (unos 1.669 billones de pies cúbicos), situadas en su mayor parte en el Ártico ruso, específicamente en las cuencas de Yamal y el mar de Kara. También representa una reserva muy importante de subproductos líquidos derivados del procesamiento de gas.

Por otro lado, el Ártico posee el 13 % de las reservas mundiales de petróleo no descubiertas, con unos 90.000 millones de barriles de crudo que esperan ser extraídos. En este caso, el recurso se halla principalmente en el Ártico norteamericano (Alaska y el norte de Canadá) y en las costas de Groenlandia.

La nueva «fiebre del oro» que se aproxima, impulsada por la transición hacia nuevas energías y la innovación tecnológica, lo cual se relaciona con los minerales críticos para producir baterías de autos eléctricos, turbinas eólicas y tecnología militar. Estos minerales son, fundamentalmente, las llamadas tierras raras, como el neodimio, el praseodimio y el disprosio.

Groenlandia se perfila como la gran panacea gracias a sus inmensos yacimientos, capaces de satisfacer en el futuro una cuarta parte de la demanda mundial de estos elementos. Suecia y Noruega también poseen reservas millonarias. Asimismo, el paladio es crucial para la industria automotriz y electrónica; en el Ártico siberiano, en la región de Norilsk, Rusia extrae cerca del 40 % del paladio global.

Entre las «estrellas» minerales también se encuentran el zinc, el níquel y el hierro. Alaska posee una de las minas de zinc más grandes del mundo, mientras que el Ártico sueco produce más del 93 % del mineral de hierro de la Unión Europea (lo que cubre cerca de una cuarta parte del consumo total del bloque). En el subsuelo y la tundra descansan además minerales tradicionales, piedras preciosas en abundancia: los diamantes sobresalen en la zona ártica de Canadá —el tercer productor mundial de diamantes en bruto, compitiendo con los depósitos siberianos de Rusia—, mientras que el oro y el platino esperan ser explotados en los subsuelos de Alaska, el norte de Canadá y Groenlandia.

Toda esta gran riqueza es parte decisiva de las ambiciones que los países proyectan sobre la región ártica. A esto se suman otros factores de fricción que analizaremos en la sección V, Todos quieren el Ártico.

II. El permafrost y un gran océano.

El casquete polar Artico

El gran continente de agua y hielo necesitó alrededor de 500 millones de años para su formación, mediante grandes glaciaciones, movimientos de placas tectónicas y fragmentación de supercontinentes. El resultado es un profundo océano cubierto de hielo y rodeado de masas continentales.

Hace cien millones de años, el gran supercontinente Pangea terminó por colapsar; es entonces cuando las masas terrestres de América del Norte, Eurasia y Groenlandia comienzan a separarse. El Océano Glacial Ártico actual se forma hace 60 o 55 millones de años. Durante la época del Eoceno, este océano era un mar cálido sobre el que flotaba un helecho llamado Azolla que absorbió grandes cantidades de dióxido de carbono y que, al morir, se hundió, provocando un efecto invernadero inverso que enfrió el planeta. Al comenzar el Período Cuaternario, hace unos 2.6 millones de años, se produjo la última gran glaciación, que formó el actual casquete de hielo marino y la capa de hielo de Groenlandia (esta última de hasta 3 kilómetros de espesor).

El Ártico contiene una gran plataforma continental, una de las más extensas del mundo, frente a Siberia. Allí yacen grandes reservas de gas y petróleo. En el fondo submarino se encuentran tres grandes cordilleras; una de ellas es la Dorsal de Lomonósov, un fragmento continental sumergido de 1.800 kilómetros de largo, con picos de 3.000 a 3.700 metros. Lomonósov es uno de los puntos calientes de la disputa geopolítica. Rusia, Canadá y Dinamarca reclaman que la Dorsal de Lomonósov está unida a sus territorios.

En el Ártico, el permafrost es un suelo congelado que actúa como un «cemento artificial» a lo largo de miles de kilómetros de costa. Pero hoy, el calentamiento global en el Ártico es cuatro veces más rápido que en el resto del planeta. Por eso, el suelo del permafrost se está derritiendo. Las playas y acantilados de Alaska y Siberia se desmoronan a velocidades alarmantes; en algunas zonas críticas, la línea de costa retrocede a más de 20 metros por año. Esto destruye infraestructura nativa, oleoductos y bases militares. Al descongelarse el permafrost, las bacterias liberan grandes cantidades de dióxido de carbono y metano a la atmósfera, un proceso que acelera el efecto invernadero.

La erosión del permafrost en la costa ártica de Alaska (© Servicio Geológico de los Estados Unidos/Christopher Arp)

III. La épica de la exploración.

El HMS Erebus en el hielo, obra de François Etienne Musin (1846), en el Museo Marítimo de Greenwich.

La exploración del Polo Norte siempre fue un llamado a la épica. El catalizador del empeño explorador: la búsqueda de los Pasajes del Noroeste y del Nordeste para abrir rutas comerciales que conecten Asia con América del Norte. Luego, el interés por el conocimiento científico y el deseo de alimentar el orgullo nacional también impulsan las exploraciones. Además, la audacia vikinga contribuye a esta odisea de descubrimientos.

El viaje hacia el Ártico ya empieza con los antiguos griegos. El explorador Piteas de Marsella, alrededor del año 325 a.C., cruza Gran Bretaña y se acerca al círculo polar ártico. Hay que imaginar su fascinación cuando descubre el sol de medianoche y el mar congelado. La mitología también ofrece un viaje alternativo e imaginario hacia el norte. Se habla entonces de Hiperbórea, un reino imaginario y utópico cuyo nombre significa «más allá del viento del norte (Bóreas)». Bóreas es el dios del viento frío e invernal, cuyos soplos entre las montañas de Tracia congelan el mundo conocido. Hiperbórea es un paraíso norteño, con un sol que brilla sin ocultarse jamás; un rumor que quizá circula entre viajeros que se desplazan hacia el sur, trayendo noticias del sol de medianoche ártico.

Ya en tiempos medievales, desde los fiordos de Noruega, los drakkers vikingos despliegan sus velas. Con una mezcla de pericia y fortuna, en el siglo X, los vikingos liderados por Gunnbjörn Ulfsson y luego por Erik el Rojo llegan al Ártico, a la península del Labrador en Canadá y a las costas de Groenlandia.

En la búsqueda del Paso del Noroeste y Nordeste destacan varias expediciones claves, como la de Willem Barents (1596), quien da su nombre al mar de Barents; Henry Hudson (1610) llega hasta la actual bahía de Hudson; allí, su tripulación, atemorizada por el invierno ártico, se niega a avanzar, se subleva y deja a Hudson a su suerte. También es esencial la mención de la célebre y trágica expedición en aras del Paso del Noroeste de Sir John Franklin (1845) con los buques HMS Erebus y HMS Terror y 128 hombres. Las naves queda atrapadas por la garras heladas de las aguas congeladas. Y toda la tripulación, uno por uno, mueren debido al frío, el escorbuto y el envenenamiento por plomo de las conservas mal selladas.

Respecto al Paso del Nordeste, el científico sueco Adolf Erik Nordenskiöld (1878-1879) lo navega con éxito hasta el estrecho de Bering en el buque Vega. Más tarde, la expedición del noruego Roald Amundsen en el Gjøa (1903-1906) navega por primera vez el mítico Paso del Noroeste completo a bordo de un pequeño balandro de 47 toneladas. En el ámbito de las reclamaciones, los estadounidenses Frederick Cook (1908) y Robert Peary (1909) afirman haber conquistado a pie el Polo Norte. Peary, junto con Matthew Henson y cuatro inuits, es considerado por mucho tiempo el único en dar pruebas de la proeza, aunque esto es desestimado después. Así, la primera llegada no controvertida al Polo Norte geográfico corresponde nuevamente a Roald Amundsen y su equipo en 1926, quienes lo logran por aire en un dirigible. Finalmente, los primeros seres humanos en pisar el ansiado hielo del Polo Norte son los integrantes de la expedición científica soviética de 1948, encabezada por Aleksandr Kuznetsov, quienes arriban al lugar en tres aviones.

Décadas más tarde, en 1969, Wally Herbert atraviesa a pie y con trineos de perros el Polo Norte desde Alaska hasta Svalbard. Por último, el rompehielos soviético Arktika (1977), de propulsión nuclear, se convierte en el primer buque en quebrar la superficie de hielo flotante hasta alcanzar el mítico Polo Norte.

La gran épica de la exploración de las regiones árticas indómitas. De todas las expediciones que nombramos, la de Franklin y sus hombres es quizá la más trágica. Entre 2014 y 2016, los buques naufragados , el HMS Erebus y el HMS Terror, fueron finalmente hallados en el fondo del Ártico canadiense. Las tradiciones orales de los inuit sobre el hundimiento de los barcos no son tenidas en cuenta por mucho tiempo, siendo consideradas solo leyendas o folclore. Pero, durante 30 años, el historiador inuit Louie Kamookak recopila los recuerdos de los ancianos de su comunidad y vuelca sus datos en los mapas occidentales. Así se encuentran las naves hundidas en un grado apreciable de conservación. En 1984 se hallan tres momias muy bien conservadas pertenecientes a tres miembros jóvenes de la expedición. Cuando parten en sus navíos hacia el Ártico profundo, los navegantes no saben que morirán, pero su huella de valor en la soledad ártica remota queda grabada en el hielo. La locura de hallar lo desconocido es la energía necesaria para atravesar la sombra de la muerte de la cual, finalmente, los expedicionarios no escapan. El valor extremo quiere ir más allá del horizonte.

IV. Los «dueños» del Ártico

Aureora boreal en la Peninsula de Yamal

La tensión geopolítica aumenta entre parte de los países con reconocida presencia ártica.

Rusia es, sin duda, la mayor presencia en el Ártico. La ciudad de Múrmansk es la más poblada del mundo por encima del Círculo Polar Ártico, la virtual capital del universo ártico con 300000 mil personas, y un puerto libre de hielo todo el año gracias a las corrientes atlánticas. Cerca, en la península de Kola, a orillas del mar de Barents, en el pueblo de Teroberka, se filma la película Leviatán (2014), dirigida por Andréi Zviáguintsev. Por la trascendencia del film, este asentamiento rural se convierte en un centro turístico. Hacia el este, cubierta por el permafrost, la península de Yamal es una de las mayores reservas de gas natural del planeta, con inmensas plantas de licuación que procesan el combustible que Rusia exporta al mundo. En Siberia, la ciudad minera de Norilsk extrae níquel, cobre y paladio, en uno de los depósitos más ricos de la Tierra.

El dominio ruso sobre el Ártico se proyecta sobre sus archipiélagos, en los que se despliega una red de bases militares diseñadas en forma de trébol y con propósitos defensivos y de proyección. Muy cerca del Polo Norte, en la Tierra de Francisco José, se alza la base de Nagurskoye, con cientos de soldados que pueden subsistir un año entero mientras custodian una pista de aterrizaje para bombarderos estratégicos con capacidad nuclear. Al este, en Nueva Zembla, se encuentra un antiguo escenario de pruebas atómicas soviéticas donde se detonó la Bomba del Zar (1), la explosión nuclear más potente de la historia, con una potencia en megatones de unas 3300 veces más potente que la bomba de Hiroshima. En las Islas de Nueva Siberia está la base Severny Klever, que vigila la Ruta Marítima del Norte. Y justo frente a las costas de Alaska, la Isla de Wrangel (2) —la principal reserva de osos polares del mundo— alberga potentes sistemas de radares que escanean los movimientos de la OTAN en el estratégico estrecho de Bering.

En la base de Severomorsk, la Flota del Norte rusa resguarda sus submarinos nucleares y alberga la única flota de rompehielos nucleares del planeta. Estos verdaderos titanes de acero abren grandes rutas líquidas a través del océano Ártico en camino hacia el Polo Norte, convirtiéndose en piezas de alto valor geopolítico para el control del ‘techo del mundo’ por parte de Moscú. En 2019, los rusos inauguraron la primera central nuclear flotante del mundo, el Akademik Lomonosov, en el puerto ártico de Pevek. En previsión de la demanda energética futura para la explotación del Ártico, la empresa estatal rusa Rosatom proyecta la fabricación de hasta 15 centrales nucleares flotantes a lo largo de la Ruta del Mar del Norte.

Noruega también posee islas importantes en la región ártica. Bajo la soberanía del país escandinavo se halla el archipiélago de Svalbard, cuya isla principal es Spitsbergen. Esta isla tiene una regulación especial: por el Tratado de Svalbard de 1920 se otorga a decenas de países firmantes el derecho a explotar sus recursos en igualdad de condiciones. Por eso Rusia mantiene aquí un yacimiento minero propio llamado Barentsburg. Esta convivencia no excluye la fricciones: Noruega ha arrestado a 7 rusos por sacar fotos en instalaciones militares en Svalbard. Y otro detalle significativo: Svalbard alberga el famoso Banco Mundial de Semillas (3). A Noruega también pertenece la isla de Jan Mayen, una isla volcánica sin población civil permanente, solo con una estación meteorológica y de navegación militar.

Dinamarca es el pequeño país de la gran isla: Groenlandia, la isla más grande del mundo. Tiene una alta autonomía, pero está bajo soberanía danesa. Desde Copenhague se gestiona la defensa y la política exterior de la inmensa isla, de cuya conflictividad con Estados Unidos luego aludiremos. La isla de Hans, una pequeña roca deshabitada en el canal de Kennedy (entre Groenlandia y la isla de Ellesmere), fue objeto de una disputa pacífica con Canadá (la llamada «Guerra del Whiskey»), que terminó con el acuerdo de dividir la isla en dos partes.

El Ártico estadounidense se sitúa es el norte de Alaska, por encima del Círculo Polar Ártico, determinado por la mencionada línea imaginaria ubicada a los 66°33′ N. Ciudades y comunidades como Utqiaġvik (Barrow), Kotzebue y Deadhorse están dentro de este límite. Aquí, como en otras poblaciones árticas, se experimenta el fenómeno del sol de medianoche en verano (semanas sin que se ponga el sol) y la noche polar en invierno (semanas de oscuridad total). En estas regiones, el frío es tan intenso que los árboles no crecen.

Y Canadá es el otro país con directa presencia en el Ártico, ya que casi el 40 % de su territorio está en la región. En términos geográficos es la segunda «superpotencia ártica», solo superada por Rusia. Canadá posee el Archipiélago Ártico Canadiense, con más de 36 000 islas. El país de la hoja de arce cuenta con diversos sitios militares en el norte. En la isla de Ellesmere se encuentra el asentamiento humano permanente más septentrional del mundo, CFS Alert, a solo 817 kilómetros del Polo Norte.

La presencia militar canadiense no es la de las bases poderosas e intimidantes, el ocultamiento de submarinos o bombarderos nucleares. Su soberanía ártica se ejerce principalmente por los Canadian Rangers, una unidad de reserva del ejército con unos 5.000 miembros en total (de los cuales cerca de 1.800 patrullan activamente el extremo norte profundo). La gran mayoría son indígenas e inuit locales, con una milenaria tradición de adaptación a las extremas regiones árticas. Patrullan la región en motos de nieve bajo temperaturas de -50 °C. Estos especiales soldados desarrollan un conocimiento único sobre la fauna y la geografía del Ártico.

Todos los años, Canadá repite la Operación Nanook, maniobras de supervivencia en la tundra y de combate, con la participación de soldados y países aliados de la OTAN, como Estados Unidos y naciones escandinavas.

V. Todos quieren el Ártico

En el lecho marino del Polo Norte una cápsula de titanio con una bandera rusa en 2007.

En la historia de la política exterior, se llama El Gran Juego (The Great Game) a la gran rivalidad geoestratégica, diplomática y de espionaje, en el siglo XIX, entre el Imperio Británico y el Imperio Ruso por el control de Asia Central. Hoy se habla de un incipiente «nuevo Gran Juego» en la región ártica. Para situar nuevamente al Ártico dentro del conflicto geopolítico es necesario primero entender este proceso desde la posguerra. En la Guerra Fría, las heladas extensiones árticas se convierten en uno de los principales escenarios de la disuasión nuclear. Aquí Groenlandia adquiere una importancia crucial que su vastedad estéril a veces puede invisibilizar.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, el perfil estratégico de Groenlandia comienza a ser fundamental para la seguridad norteamericana. La presión de la Casa Blanca conduce a Dinamarca a renunciar a su tradicional neutralidad y unirse a la OTAN en 1949. Por eso, en 1951, Estados Unidos y el país escandinavo firman un pacto bilateral secreto mediante el cual los norteamericanos adquieren el derecho de construir instalaciones militares en la isla. Así surge la Base Aérea de Thule (hoy Pituffik). Para su conclusión, Dinamarca contribuye obligando a la población inuit del pueblo de Uummannaq a abandonar la zona por la fuerza.

En su plenitud, en la base viven más de 10.000 soldados para sostener la actividad de los bombarderos estratégicos y operar los radares diseñados para detectar el vuelo de misiles balísticos soviéticos. Bajo el amparo de la potencia americana, se emprenden proyectos nucleares secretos: Camp Century, construido en 1959 bajo la fachada de un centro de investigación científica, funciona como una base subterránea que alberga el primer reactor nuclear móvil del mundo; y el hipersecreto Proyecto «Gusano de Hielo» (Project Iceworm). Este último consiste en la excavación de una red de 4.000 kilómetros de túneles ocultos bajo el hielo para esconder hasta 600 misiles con ojivas atómicas apuntando al inmenso país de la hoz y el martillo. Sin embargo, la glaciología conspira contra la concentración de ese gran poderío nuclear: el constante movimiento de los glaciares hace real el peligro de colapso de las estructuras, por lo que el ejército estadounidense evacúa el complejo misilístico en 1967. Muchas toneladas de residuos tóxicos permanecen, aún hoy, bajo la nieve.

Los problemas llegan a su pináculo al año siguiente, cuando un bombardero norteamericano B-52 se estrella en el hielo marino cerca de la base de Thule con cuatro bombas de hidrógeno. El impacto provoca una grave contaminación por la liberación de seis kilogramos de plutonio altamente tóxico. La recolección de los escombros congelados por parte de trabajadores locales sin equipos de protección adecuados provoca, varios años después, denuncias por altas tasas de cáncer, infertilidad y enfermedades respiratorias. El plutonio residual se deposita en los sedimentos marinos del fiordo; los inuit protestan debido a que su subsistencia depende de la caza y el consumo de mamíferos marinos, peces y moluscos, especies que muestran niveles alarmantes de contaminación.

Los componentes de tres de las bombas son hallados, pero no los de la cuarta. Hasta hoy no se sabe con absoluta certeza su destino final; se presume que, debido al intenso incendio del combustible tras el choque, la capa de hielo se derrite y la sección pesada de la cuarta bomba se hunde en el fondo de la Bahía de North Star.

La trascendencia pública del accidente pone al descubierto el acuerdo secreto previo entre los gobiernos de Dinamarca y Estados Unidos. El gobierno danés insiste formalmente en mantener a Groenlandia como una zona libre de armamento nuclear y amenaza con tensionar su permanencia en la OTAN. Presionado, Washington debe negociar un nuevo acuerdo en mayo de 1968, por el cual acepta la prohibición explícita de introducir, almacenar o sobrevolar armas nucleares en el territorio groenlandés, aunque Estados Unidos logra mantener la operatividad de sus radares de alerta temprana.

Las profundidades marinas del Ártico también son el ámbito secreto de circulación de submarinos atómicos, principalmente de la Unión Soviética, y de sus ejercicios de lanzamiento de misiles.

Cuando la URSS se disuelve en diciembre de 1991, la región ártica conoce un nuevo período de vientos estables y libres de la rispidez de los antiguos conflictos. En 1996 se crea el Consejo del Ártico, estableciendo el principio de la región como una zona de paz y cooperación internacional. Esta condición ideal comienza a oscurecerse en 2007, cuando una bandera rusa de titanio es colocada en el lecho marino del Polo Norte para evidenciar los reclamos de derechos territoriales de Moscú. Actualmente, el proceso de calentamiento global y el consecuente deshielo progresivo reactivan las pulsiones conflictivas de la Guerra Fría, un quiebre de la cooperación que ya se vislumbra desde tragedias militares en la región, como el accidente del submarino nuclear Kursk en el año 2000 (4)

Una de las cuestiones que es preciso observar sobre el horizonte geopolítico y conflictivo en el Ártico es un aspecto central de los acuerdos sobre el derecho del Mar. Las riquezas naturales árticas se hallan en un 84% bajo el lecho marino. La Zona Económica Exclusiva de los países ribereños extiende su soberanía económica hasta las 200 millas náuticas de su costa. Hoy, Rusia, Canadá, Dinamarca y Estados Unidos pujan por demostrar científicamente que sus plataformas continentales se extienden más allá de ese límite, con el propósito de expandir sus pretensiones soberanas hasta el Polo Norte geográfico y asegurar el control de las riquezas ocultas en el fondo del mar.

Hoy, Rusia es el país con mejores posibilidades de imponer sus reclamos. En febrero de 2023, la Comisión de Límites de la Plataforma Continental (CLCS) emite un dictamen favorable a Rusia. Mediante el rigor científico de argumentos geológicos, la ONU acepta que la cordillera de Lomonósov y la elevación de Mendeléyev (enormes cordilleras submarinas que cruzan el océano) pertenecen a la extensión del territorio continental siberiano. Así se convalidan alrededor de 1,7 millones de kilómetros cuadrados de lecho marino ártico que se propaga hasta el Polo Norte geográfico y se aproxima a las puertas de las zonas económicas de Canadá y Groenlandia

Además de Rusia, otros países reclaman una conexión física con el Polo Norte desde el fondo del mar. Es el caso de Canadá, Dinamarca y Estados Unidos. En el escenario de Noruega, Suecia y Finlandia, ¿no podrían estos países tener también pretensiones sobre el «techo del mundo»? La realidad geográfica demuestra que las costas europeas que dan al Océano Ártico pertenecen exclusivamente a Noruega y a Rusia. Además, Noruega es dueña del archipiélago ártico de Svalbard, pero su plataforma continental se sitúa muy lejos del Polo Norte. Tras presentar sus estudios científicos en 2006, Noruega fija los límites definitivos de su suelo marino en 2009 bajo las recomendaciones de la ONU, quedando oficialmente al margen de cualquier reclamo por el punto central del Polo Norte. En el caso de Suecia y Finlandia, ambos países carecen de costa oceánica ártica y solo tienen salida al Mar Báltico, lo que los excluye por completo de la disputa sobre el suelo marino de la región profunda.

En el caso de Canadá, se agrega el conflicto sobre sus pretensiones en el Pasaje del Noroeste, la ruta marítima que, a través de sus islas árticas, une los océanos Atlántico y Pacífico. Canadá reclama el pasaje como aguas internas, lo que le da el derecho a regular el tráfico marítimo con todo el beneficio económico que esto supone. Pero Estados Unidos y la Unión Europea rechazan la soberanía canadiense; según su interpretación, el Pasaje del Noroeste es un estrecho internacional de libre tránsito y no una ruta comercial nacional. Con el derretimiento de los hielos por el cambio climático, el aumento del tránsito comercial crece inexorablemente y Canadá se prepara instalando nuevos radares y construyendo nuevos buques de patrulla.

Por otro lado, el Reino de Dinamarca funda sus pretensiones en su territorio autónomo groenlandés. La gran isla es el candente centro geopolítico del Atlántico Norte y la puerta de acceso y salida de las rutas comerciales transárticas hacia Europa y América del Norte. Además, la inmensa isla posee algunos de los depósitos de tierras raras no explotados más grandes del mundo, clave para romper el monopolio comercial de Pekín. Su valor geoestratégico en materia de seguridad para América del Norte y Europa es fundamental; no hay que olvidar que alberga la instalación estadounidense de Thule, hoy llamada oficialmente Base Espacial Pituffik desde 2023 por decisión del Departamento de Defensa de EE. UU. Este nombre, en lengua inuit, significa «el lugar donde atamos los perros». Si en la Guerra Fría la base tiene en su apogeo a miles de soldados, hoy su dotación ronda entre 150 y 650 personas. La base ya no pertenece a la Fuerza Aérea, sino a la Fuerza Espacial de los Estados Unidos, y su rol actual es ser el «Ojo del Ártico». Mediante un monitoreo del cielo las 24 horas con alta tecnología, su misión consiste en detectar de forma inmediata y calcular la trayectoria de misiles balísticos intercontinentales, rastrear las nuevas armas hipersónicas, vigilar satélites en órbita polar y localizar basura espacial peligrosa.

La posible expansión rusa en el Polo Norte, el derretimiento del hielo ártico y la consecuente apertura de nuevas rutas de navegabilidad comercial y militar generan que Groenlandia despierte un renovado interés geopolítico tanto para los norteamericanos como para los europeos.

A finales de 2023, Estados Unidos anunció la extensión unilateral de su plataforma continental alaskeña en el Ártico. Lo hizo según su propia interpretación de los datos científicos y bajo el derecho internacional consuetudinario, ya que el país no ha ratificado la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar (UNCLOS). Dado que Washington no ha ratificado la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR), Rusia y otros países rechazan de plano esta pretensión por carecer de legalidad internacional según los cánones multilaterales aceptados. La ONU no otorga territorio, pero es la instancia legítima que valida la corrección de los datos científicos ofrecidos por los Estados. El derecho internacional también determina que los países deben negociar de forma bilateral para acordar sus fronteras definitivas.

Moscú corre con ventaja y lleva «poderosos trineos» en la disputada carrera por el Ártico y el control de la Ruta del Mar del Norte. Para consolidar sus pretensiones, Putin impulsa la construcción de la Flota de Rompehielos Nucleares del Proyecto 10510 (Líder), diseñados para abrir canales en hielos de más de 4 metros de espesor. Actualmente, Rusia ya cuenta con rompehielos de la clase Arktika y es el único operador global de este tipo de navíos atómicos. También se proyecta la construcción de rompehielos de combate. Hoy por hoy, Estados Unidos no cuenta con ningún rompehielos nuclear, aunque mediante el acuerdo ICE PACT junto a Canadá y Finlandia, proyecta la construcción futura de hasta 90 naves. pero de propulsión convencional. Así, la superioridad de Rusia en medios tecnológicos para la proyección de su soberanía sobre el Ártico es abismal.

A pesar de esto, Rusia puede encontrar un competidor ártico inesperado en su supuesta aliada: China.

El gigante asiático se halla a miles de kilómetros del Círculo Polar, pero en su Libro Blanco de 2018 se autodefine como un «Estado casi ártico» (5). Las usinas de interés del gigante asiático en la región se encienden por varias razones. La «Ruta Polar de la Seda», un proyecto para acortar entre un 30% y un 35% el tiempo de traslado de sus ingentes mercancías de exportación en comparación con los canales de Suez o Malaca. China funciona como un canal de inversión clave para financiar la infraestructura de proyectos energéticos en la península rusa de Yamal. Por otro lado, Pekín ya cuenta con dos rompehielos operativos propios y estudia intensamente toda la región con perspectiva estratégica y militar bajo la fachada de investigaciones científicas.

Luego del comienzo de la guerra con Ucrania, Rusia debe darle a China presencia en el Ártico debido a su necesidad de financiamiento. Moscú necesita con desesperación los mercados y los capitales chinos para la explotación y salida del gas natural licuado (GNL) de la península de Yamal. Pero esta alianza obligada no impide un conflicto en ciernes, cuyo principal meollo es la discusión sobre la soberanía jurídica de las rutas comerciales del Ártico. Rusia entiende que la Ruta del Mar del Norte es su posesión geográfica histórica; por ende, se adjudica el derecho a otorgar o denegar autorizaciones para su navegación, cobrar peajes y organizar el tránsito mediante la escolta obligatoria de sus rompehielos nucleares. Por el contrario, China defiende el principio internacional de libre tránsito marino, argumentando que la navegación no debe estar atada al control exclusivo de ningún Estado, tampoco de Rusia.

Ante el temor de una expansión china, Rusia le niega sistemáticamente el permiso para construir estaciones científicas propias a lo largo de sus 24.000 kilómetros de costa ártica, y solo le permite participar en expediciones conjuntas bajo financiamiento chino. La inteligencia rusa teme el espionaje del gigante asiático y trata de neutralizar posibles estrategias de Pekín orientadas a conocer la avanzada tecnología de sus rompehielos nucleares.

El juego en el tablero de la confrontación geopolítica en el Ártico promete partidas complejas que difícilmente se resolverán por un acuerdo de «tablas».

VI. Laponia, los inuits, otras consecuencias del deshielo y el futuro.

Laponia es una región de blanca belleza, hábitat de los renos y del único pueblo aceptado como «indígena» de Europa: los samis. Es un territorio transnacional compartido por Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia. Su parte rusa corresponde a la península de Kola (óblast de Múrmansk). Como en el resto del Ártico, en la nevada blancura lapona se hacen sentir con fuerza los efectos del deshielo y de los cambios ambientales. El conflicto fronterizo en el norte, ya superado entre Rusia y Finlandia, dio lugar en el marco de la Segunda Guerra Mundial a la Guerra de Laponia (1944-1945), cuando los finlandeses expulsaron a las tropas nazis en retirada.

En la vastedad ártica, el calentamiento global conspira contra la supervivencia de los inuit y los saami. Los ancianos indígenas ya no pueden «leer» el hielo de forma segura debido a un comportamiento climático cada vez más imprevisible. Las rutas migratorias de los rebaños de caribúes y renos se alteran, lo que dificulta la caza tradicional y desestabiliza su dieta. Esto los obliga a consumir alimentos procesados provenientes del sur, perjudicando gravemente su salud metabólica.

Los inuit padecen especialmente los estragos climáticos en el Ártico. El hielo que se deshace elimina antiguas autopistas heladas para el transporte y la caza; entonces, los inuit también deben recurrir a alimentos procesados, más costosos y poco saludables. El derretimiento del suelo congelado del permafrost hace colapsar viviendas y obliga a la reubicación de pueblos costeros enteros ante el avance del mar. Ya no hay lugar para las tradiciones de predecir el clima de los ancianos (Elders).

Los contaminantes como pesticidas, mercurio y microplásticos llegan al Ártico por las corrientes de aire y agua. Las sustancias tóxicas contaminan a los animales de los que depende la dieta inuit. Por otro lado, a medida que se expanden la minería y el transporte marítimo, aumentan las presiones de corporaciones y gobiernos nacionales para explotar y tomar el control de estas tierras ancestrales. Al igual que la contaminación, esto perjudica por igual a samis e inuits.

Las transformaciones en el hábitat árticos de los inuits, además de daños orgánicos, impactan en la psicología y producen la «solastalgia» o angustia ambiental. La pérdida de los hábitos de desplazamiento, caza y vida al aire libre genera una sensación de aislamiento y depresión, lo que deriva en un aumento de las tasas de suicidio en las comunidades árticas. Organizaciones como el Consejo Circumpolar Inuit (ICC) reclaman continuamente a las grandes potencias por estos flagelos.

Ya muy poco queda de la vida inuit (o esquimal) sin la interferencia sofocante de la civilización moderna, como lo muestra el primer largometraje documental de la historia del cine: la película que Robert Flaherty filma con los inuit en el Ártico canadiense, Nanuk, el esquimal (cuyo título original en inglés es Nanook of the North), estrenada en 1922.

Los inuit son los primeros en la historia en relacionar el cambio climático con la violación de los derechos humanos, dando origen al «litigio climático«. Asimismo, su incansable activismo internacional conduce al Convenio de Estocolmo, un tratado internacional que intenta evitar la acumulación de sustancias contaminantes en los animales del Ártico y los propios inuit (6).

Las transformaciones climáticas crecientes en el territorio lapón internacional y en el Ártico pleno debieran hacer entender la conveniencia de la cooperación, como advierte Tim Marshall en Prisioneros de la geografía:

«Los Estados árticos saben que viven en un paraje inclemente, no tanto por las facciones enfrentadas, sino por los desafíos que plantea la geografía. En el Ártico hay más de 14 millones de kilómetros cuadrados de océano, un territorio que puede ser oscuro, peligroso y letal. Si estás por allí, la realidad es que todos los países son conscientes de que, para poder prosperar en la región, tal vez tengan que cooperar. Esto es especialmente necesario en temas como los recursos pesqueros, el contrabando, el terrorismo, las operaciones de búsqueda y rescate, y las catástrofes medioambientales».

Pero todo parece indicar el avance y la continuidad de las disputas por el reconocimiento de la extensión de las plataformas continentales de los países árticos, y la tendencia hacia la presencia militar en la región ártica. Charles Emmerson, en The Future History of the Arctic, observa cómo el Ártico pasó de ser una zona mítica e inalcanzable para los exploradores del siglo XIX a un espacio estratégico militar durante la Guerra Fría. La identidad y el orgullo nacional están involucrados en el ansia de dominio de la zona por parte de Rusia o Canadá, por ejemplo.

Birgitta Evengård, destacada experta en enfermedades infecciosas de la Universidad de Umeå, analiza en el libro The New Arctic las enfermedades emergentes y las alteraciones biológicas en el Ártico. Debido al aumento de las temperaturas, garrapatas, mosquitos y otros vectores de enfermedades migran hacia el norte, lo que incrementa patologías como la tularemia y la borreliosis (enfermedad de Lyme) en humanos y animales. Por milenios, bacterias y virus han permanecido dormidos bajo la capa helada y ahora se liberan debido al deshielo del suelo en el permafrost. Esto aumenta el peligro de brotes de ántrax, como ya ocurrió con el desentierro de renos muertos que estaban congelados. Asimismo, el deshielo altera el agua dulce mediante la contaminación bacteriana de origen animal, mientras que los veranos más cálidos promueven la proliferación de parásitos en carnes de caza o pesca que no han sido debidamente congeladas.

Los osos polares son parte de la fauna seriamente perjudicada por el deterioro de los ecosistemas árticos. Estos grandes depredadores necesitan las plataformas de hielo marino para cazar focas; sin embargo, al acortarse las temporadas de hielo estable, se ven obligados a pasar más meses en tierra firme ayunando. Este ayuno prolongado reduce drásticamente su masa corporal, el tamaño de las camadas y la supervivencia de sus crías. Desesperados por la falta de alimento, los osos se aventuran en zonas pobladas por humanos en busca de basura y suministros, convirtiéndose así en una amenaza recíproca. Como consecuencia, las poblaciones de osos se fragmentan y reducen su diversidad genética. Además, el estrés por desnutrición los expone a nuevos virus y a los contaminantes químicos que las corrientes marinas globales esparcen por todo el ecosistema ártico.

VII. Otra mirada del gran techo ártico.

Un rompehielos ruso avanza en el Ártico, rompe hielos de tres metros de grosor (Foto: Poseidon Expeditions)

El Ártico es una región de poderosa presencia, uno de los lugares con la magia de lo remoto. Pero el ser humano lo reduce a un sueño más de poder e influencia.

Como si se reactivara otra fase de la Guerra Fría, todo lleva a la militarización de la zona. Rusia reabre decenas de bases militares de la era soviética con actualizados sistemas de defensa antiaérea. Noruega tiene satélites dedicados exclusivamente al control de los movimiento en el Ártico. Finlandia y Suecia se han integrado a la OTAN, y esta alianza se halla empeñada en reanimar ejercicios militares en el mar de Barents. Estados Unidos presiona para tener más presencia en Groenlandia, dentro de la lógica geopolítica de defensa y seguridad ante la privilegiada posición rusa en la vasta área ártica. Así, la posibilidad de incidentes bajo el lecho marino y en la superficie marina aumenta.

Más allá de la geopolítica y su red de conflictos, y del cambio climático, al Ártico lo podemos apreciar desde la magnificencia de su geografía y el recuerdo de las grandes expediciones. En la épica ártica vive todavía la salvaje audacia de los exploradores que, sin comunicaciones satelitales, se internaron entre los hielos y el agua marina. Aquellos navegantes que no temblaban ante lo desconocido y que aceptaban el gran desafío. Como antes dijimos, la fatídica expedición de Franklin es el arquetipo del valor extremo en los rigores del Ártico; una osadía que pagaron con una muerte lenta y desesperada.

En el Ártico no humano, el depredador terrestre más grande del planeta, los osos polares, cazan focas entre el hielo, y buscan la supervivencia otro mamíferos marinos y terrestres (7). Más de 150 especies de aves vuelan y se reproducen al norte del Círculo Polar Ártico. Entre ellas se encuentra el extraordinario charrán ártico. Es un ave pequeña, de apenas unos 100 gramos de peso, que todos los años migra desde el verano ártico hasta la Antártida para luego regresar. Por un diminuto localizador GPS, se determinó que vuela más de 90.000 kilómetros en una ruta en forma de «S», y no en línea recta, para aprovechar mejor los vientos.

Si jugáramos a identificarnos con esta ave u otras, recorreríamos el Ártico desde arriba, sin un fuselaje que nos separe del entorno. Volaríamos así, sintiendo el viento enérgico y los rayos del sol sobre la inmensidad blanca y helada. Veríamos a los osos polares y a los rompehielos —esos otros ‘animales’ producidos por el hombre que, de estar solos, nunca sobrevivirían en la región del gran frío—. Y el ave vería más allá del horizonte la Tierra que se curva hacia abajo, y quizá, a su manera, el ágil pájaro sospecharía la oscuridad escondida del gran mar, en parte congelado y en parte sin hielo. Visiones del reino del agua, la luz, el espacio, la nieve y los caminos de vientos. El Ártico, en lo alto del planeta, cuyo cielo cobija las auroras boreales y se abre al gran espacio.

El charran artico

Notas

(1) La Bomba del Zar o «Gran Iván» es la bomba nuclear más potente detonada por la Unión Soviética durante la Guerra Fría el 30 de octubre de 1961 como una demostración de poder ante los Estados Unidos. Se trata de una bomba de hidrógeno de 50 megatones (equivalente a 50 millones de toneladas de TNT), mas de tres mil veces mas potente que la arrojada por Little Boy sobre Hiroshima. La bomba fue lanzada en el archipiélago de Nueva Zembla, en el océano Ártico ruso. El hongo nuclear se elevó a una altura de 64 kilómetros, y la onda expansiva dio tres veces la vuelta al mundo.

(2) Isla de Wrangel esta a a 140 km de la costa de Siberia, de la que la separa el estrecho de De Log. Esta isla es el lugar de una de las grandes tragedias de la historia ártica. En 1921, desembarca a la una expedición de cinco colonos para reclamar la soberanía canadiense sobre la isla. El intento fue un fracaso, solo sobrevive la mujer inuit Ada Blackjack, que es rescatada por un barco en 1923, que lleva a otros colonos. Pero en 1924 la Unión Soviética  los desaloja, y crea un asentamiento que continua hasta la fecha.

(3) El Banco Mundial de Semillas de Svalbard (conocido también como la «Bóveda del Fin del Mundo»), creado en 2008, está diseñado para salvaguardar la biodiversidad de los cultivos humanos ante cualquier catástrofe global o local. Se halla a unos 1.300 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, y a unos 130 metros de profundidad en el interior de una montaña de roca arenisca en la isla de Spitsbergen, en el archipiélago noruego de Svalbard.

(4) El 12 de agosto de 2000 en el mar de Barents se hunde el submarino nuclear ruso K-141 Kursk de 154 metros de largo, con la muerte de sus 118 tripulantes. Durante la practica de lanzamiento de torpedos se produjo un accidente que hunde el submarino a 108 metros de profundidad. 23 marineros sobrevivieron a las detonaciones y se refugiaron en el compartimento número 9, en la popa. Allí permanecen atrapados a ciegas en el fondo del océano. El teniente capitán Dmitry Kolesnikov asume el mando, y escribe escribe una nota manuscrita en un papel que guarda en su bolsillo: «Está muy oscuro para escribir, pero voy a intentarlo. Parece que no tenemos posibilidades de salvarnos… Saludos a todos, no desesperéis.» Fibnalmnentre, todos mueren asfixiados.

(5) El Libro Blanco de la Política Ártica de China de 2018 es un hito histórico porque revela las ambiciones de Pekín en la región polar. Aquí China se autodefine como un «Estado cercano al Ártico» (Near-Arctic State). Se reconoce la soberanía de las ocho naciones tradicionalmente árticas (como Rusia, Canadá o Estados Unidos). Pero, a la vez, se afirma que más allá de las zonas económicas exclusivas (ZEE), el océano Ártico constituye un «bien común de la humanidad», por lo que la ruta marítima internacional y sus fondos marinos colindantes no deben ser usados en exclusividad por el grupo de países árticos.

(6) En 2005, los inuit de Canadá y Alaska presentaron una petición histórica ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Fue un reclamo a Estados Unidos, que, en ese momento, era el mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo y se negaba a ratificar el Protocolo de Kioto. En 2007, la CIDH aceptó realizar una audiencia pública informativa en 2007 donde los cazadores inuit testificaron directamente. Asi desde el Artico y el activismo de los inuits, comienza la era de los «litigios climáticos», las demandas climáticas basadas en derechos humanos. Las presiones y difusión de las anomalidad en la vida ártica, por el Consejo Circumpolar Inuit consiguió la firma del Convenio de Estocolmo, el tratado internacional que protege a los animales del Ártico y de los propios inuit de la acumulación de químicos e insecticidas industriales.

(7) El ecosistema ártico está habitado por animales con capas gruesas de grasa, pelajes impermeables y cambios de color estacionales para sobrevivir al congelamiento extremo. Entre las principales especies árticas se encuentran mamíferos marinos como el oso polar, el narval, las morsas y las focas. Entre los mamíferos terrestres destacan el caribú o reno, el zorro, la liebre y el lobo árticos, además del lemming, un pequeño roedor que vive bajo la nieve en invierno. Por último, entre las aves se encuentran el búho nival y el mencionado charrán ártico.

Oso polar en el Artico (Cordon Press)

Bibliografia

Richard Sale y Eugene Potapov,The Scramble for the Arctic: Ownership, Exploitation and Conflict in the Far North, Frances Lincoln (Londres, Reino Unido), 2010.

Birgitta Evengård, Joan Nymand Larsen y Øyvind PaascheThe New Arctic
Springer International Puyblishing, 2015

Charles Emmerson, The Future History of the Arctic: How Climate, Resources and Geopolitics are Reshaping the North, and Why It Matters to the World, PublicAffairs, 2010

Tim Marshall, Prisioneros de la geografía, Todo lo que hay que saber de política mundial a partir de diez mapas, ed. Península,

Geopolítica polar: conquistar un continente que no existe https://elordenmundial.com/geopolitica-polar-un-continente-que-no-existe/

Kristin Heske, El Ártico en disputa. Desafíos y oportunidades para la gobernanza del Alto Norte, Universitat de Barcelona (UB) – Máster en Estudios Internacionales

La lucha por el Ártico (de varios autores/artículos académicos. Universidad Pontifica.

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