Las trampas de la dialéctica (*)

Por Avelino Muleiro

Un artículo que contribuye a entender las condiciones para debates racionales y constructivos que eviten el Metabasis eis allo genos (cambiar de asunto), en la expresión de Aristóteles, en los Segundos Analíticos, ante la imposibilidad de contraargumentar con fundamento.

                                                                                                                                             

SUPONGAMOS QUE en un tema relacionado con los atributos de la bondad y la omnipotencia divina, en una clase de Teodicea, un alumno le plantea al profesor de filosofía que le explique el problema del mal en el mundo. ¿Se entendería que el profesor le respondiese que el mal es un problema que solucionan los médicos, cuya profesión es curar los males que provocan las enfermedades? Evidentemente, no. Tal respuesta sería una flagrante desconexión lógica, que analizada desde un enfoque filosófico sería un auténtico disparate. Sin embargo, este dislate se repite de forma recurrente en el debate público.

Frustra debatir con personas que, en lugar de refutar los argumentos con contraargumentos válidos, incurren en el cambio de tema. Suele suceder constantemente en los medios audiovisuales y en los parlamentos políticos, y es lo que Aristóteles, en los Segundos Analiticos, llamaba Metabasis eis allo genos (cambiar de asunto). Traducido del griego, significa literalmente el «tránsito a otro género»; es decir, el arte de eludir el núcleo de una cuestión saltando a un plano completamente distinto y que nada tiene que ver con lo que se está discutiendo.

Las tácticas de intimidación o escapismo para anular al rival no son inventos de la televisión moderna ni de los medios de comunicación, ya existían en la Atenas del siglo IV a.C. Aristóteles analiza este fraude intelectual después de que su maestro Platón criticara en varias ocasiones esta tramposa estrategia utilizada por los sofistas:

“Trasímaco, mientras dialogábamos, había intentado muchas veces asaltar la palabra para interrumpir, pero había sido contenido por los que allí estaban sentados, que querían oír el diálogo hasta el fin… Pero no bien hubimos hecho una pausa… no pudo ya estarse quieto, sino que, concentrándose en sí mismo como una fiera, se lanzó sobre nosotros como para hacernos pedazos» (República).

“Sócrates quiere saber qué hace exactamente Gorgias, así que le dice a Querefonte que le pregunte quién es (es decir, cuál es su arte u oficio). Cuando Querefonte empieza a interrogar a Gorgias, Polo se mete en medio e interrumpe, desviando el foco de la pregunta concreta de Sócrates para lanzar un discurso elogiando la retórica” (Gorgias).

Actualmente, esta falacia no es un error inocente que utilizan los oradores y los tertulianos, sino que es la estrategia metódica de nuestros platós de televisión y de nuestros parlamentarios desde sus escaños.

Donde mejor se palpa este despropósito es en la jungla de las tertulias: interrumpir para no escuchar. Cuando un analista o invitado intenta desplegar un argumento sólido, justificando su postura, exponiendo una idea o aportando datos incómodos, se activa de inmediato el protocolo de la demolición: la interrupción constante. Muchas veces incluso con la aquiescencia y complicidad del moderador del debate.

No se interrumpe para matizar el dato, se interrumpe para cambiar las reglas del juego. Si se está hablando de la corrupción de un partido, el tertuliano afín a ese partido o el militante político saltará con un “¿Y qué me dices de lo que hizo el partido opositor con la subida de impuestos cuando gobernaba hace veinte años?”. Se abandona el tema del debate técnico para saltar al género del ataque ad hominem, al “tú más” y, sobre todo, a no dejar concluir la argumentación del interlocutor. Es el desvío calculado.

Refutar la opinión del adversario se ha vuelto demasiado difícil para las mentes indolentes e ideológicas; es mucho más fácil secuestrar la conversación, desviar el debate hacia otra vía y obligar al rival a defenderse de una acusación nueva.

El espectador asiste estupefacto a un ruido ensordecedor donde nadie responde a lo que se le pregunta. En las tertulias televisivas, la interrupción busca cambiar el código del programa porque pasa de ser un debate de ideas a una pelea de pugilismo verbal. Y el espectador ya no juzga quién tiene más razón, sino quién se ha mostrado más dominante y agresivo, que para él será el ganador por puntos.

Pero si los tertulianos son los alumnos aventajados de esta trampa dialéctica, los políticos y los gobiernos son los catedráticos de la metabasis aristotélica. Cuando a un gobierno o a un líder político se le piden explicaciones legítimas sobre una trama de corrupción, una mordida o una flagrante falta de ética, la respuesta estándar ya no es la asunción de responsabilidades. La respuesta es la pirueta argumentativa: la metabasis de la subida de las pensiones, de la reducción del paro, de la defensa del trabajador, del crecimiento del PIB, de la presunción de inocencia o de la selección nacional de fútbol recientemente campeona del mundo.

Esta táctica de distracción masiva parece tener un objetivo claro: el cansancio y agotamiento del ciudadano. Cuando todo se mezcla, cuando las respuestas nunca enlazan con las preguntas, la verdad se difumina en una pelea de reproches cruzados. Y en este pugilismo erístico, el ciudadano desconecta y acaba asumiendo que todos son iguales.

Dialéctica versus erística

En realidad, este modelo no forma parte de la dialéctica del debate, sino de la erística. Platón y Aristóteles lo han dejado absolutamente claro.

Platón, en el Eutidemo y el Sofista, explica que la dialéctica consiste en descubrir la verdad o examinar la validez de una idea de forma razonada, mientras la erística busca ganar la discusión a toda costa, humillar al rival o aparentar sabiduría (sofista). La dialéctica es el método supremo de la filosofía porque es el camino del diálogo, de preguntas y respuestas, que permite elevarse desde el mundo de las apariencias y de las opiniones hasta el conocimiento de las ideas verdaderas. El dialéctico busca la luz, coopera con su interlocutor y está dispuesto a ser refutado si eso lo acerca a la verdad.

En cambio, la erística proviene de Eris, la diosa griega de la discordia. Es el arte de la disputa por el mero placer de ganar el argumento. Platón la consideraba una degeneración de la filosofía practicada por los sofistas. No importa si lo que se dice es verdadero o falso; el erístico usa falacias, ambigüedades lingüísticas y trucos verbales para acorralar al oponente y quedar como el ganador ante el público.

Aristóteles, en Tópicos y Refutaciones sofísticas, explica que la dialéctica es un método legítimo de argumentación racional. Sirve para examinar problemas, defender posiciones e ideas de forma ordenada, y sigue reglas lógicas estrictas. La erística, sin embargo, es una pseudodialéctica, porque los argumentos erísticos tratan de parecerse a los razonamientos dialécticos válidos, pero no lo son. Normalmente, los erísticos utilizan premisas que solo son opiniones falsas o utilizan razonamientos que parecen lógicamente correctos, pero esconden falacias.

En un mundo hiperconectado a las redes sociales y a Internet, pero a menudo tan polarizado e ideologizado, la visión de Aristóteles cobra más fuerza que nunca. Cuando el lenguaje se degrada en la erística, se convierte en propaganda o se usa solo para atacar interrumpiendo las argumentaciones, y conduce a que la sociedad se fragmente. Por eso apelo a releer al estagirita, que nos invita a revalorizar la palabra no como un arma de división, sino como ese espacio común donde el diálogo y la empatía hacen posible la convivencia. Entendernos a través del lenguaje en su versión dialéctica no es solo una opción social de convivencia, es lo que nos hace plenamente humanos.

No deberíamos perder de vista el horizonte que nos marcó Aristóteles en su Política: “los seres humanos no solo somos animales que vivimos en grupo, sino algo mucho más profundo: somos zoon politikon, animales políticos. Y lo propio de la política es el lenguaje, que representa la clave de la sociedad, porque gracias a él elaboramos las leyes, concebimos la moral, creamos los valores y fundamos la justicia.

La dialéctica del debate tiene que facilitar la posibilidad de llegar a acuerdos racionales sin recurrir a la violencia. A ningún tipo de violencia. Incluida la verbal.

(*) Fuente: Avelino Muleiro, Las trampas de la dialéctica, texto republicado desde Masticadores, página nacida en Cataluña, que Jr Crivello dirige y con numerosos colaboradores en el mundo.

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