Por Eduardo Haene (1)

En 1767, en la Ensenada de Barragán, Provincia de Buenos Aires, llega la histórica expedición francesa de Louis-Antoine de Bougainville empeñada en dar la vuelta al mundo. La expedición, tiene en parte, fines científicos. El botánico a bordo es Philibert Commerson, quien viaja con un asistente. Y ocurre que esa asistente es, en realidad una brillante naturalista, Jeanne Baret (1740-1807), la notable botánica y exploradora francesa, la primera mujer en dar la vuelta al mundo.
Nacida en la región francesa de Borgoña, era de origen muy humilde; su padre era jornalero y seguramente analfabeto. Philibert Commerson era seguramente su pareja oculta. La fascinante investigación que presentamos aquí fue publicada por la muy valiosa Revista Histopia, editada en Buenos Aires, dirigida por la historiadora Teresa Fuster, y dedicada principalmente a textos de temática histórica. Su autor, Eduardo Haene, docente de la Facultad de Agronomía en la Universidad de Buenos Aires. Aquí presentamos una versión sin su cuerpo de citas y con la totalidad de sus ilustraciones.
Para VERSIÓN COMPLETA (con citas y todas sus ilustraciones) en REVISTA HISTOPIA:
Introducción
A fines del invierno de 1767, parte de la tripulación de la expedición francesa de circunnavegación comandada por Louis-Antoine de Bougainville desembarcó en la Ensenada de Barragán, en las proximidades de la actual ciudad de La Plata. Entre los integrantes de aquel contingente se encontraba el botánico Philibert Commerson, acompañado por un supuesto joven asistente. Durante su estadía, ambos recorrieron la incipiente Buenos Aires y diversos ambientes naturales de sus alrededores con el propósito de recolectar ejemplares vegetales destinados a enriquecer las colecciones botánicas europeas. Aquello que observaron los habitantes de la colonia española distaba de la realidad. El supuesto ayudante era en verdad Jeanne Baret, quien viajaba disfrazada de hombre para poder formar parte de la expedición, ya que las regulaciones navales francesas de la época prohibían la presencia de mujeres a bordo de los buques.

¿Cómo habrán transitado Jeanne Baret y Philibert Commerson las calles de la Buenos Aires colonial? ¿Qué habrá ocurrido cuando pudieron alejarse de las miradas ajenas durante sus recorridas por bosques, pajonales y pastizales pampeanos? ¿Y cuál fue el destino de las plantas recolectadas en este remoto sector de América del Sur cuando el engaño fue descubierto y ambos fueron obligados a permanecer en una isla del océano Índico? Estas preguntas permiten reconstruir una historia singular en la que se entrelazan exploración científica, aventura y transgresión de las normas sociales de su tiempo.
Escudriñamos, exploramos, este capítulo de una mujer en el Buenos Aires colonial cuyo amor por la botánica demoró siglos en florecer.
El viaje
En 1766 Luis XV, rey de Francia, autorizó la realización del primer viaje de exploración de su país alrededor del mundo. El comandante de tal aventura fue el parisino Louis Antoine de Bougainville (1729-1811) que ya contaba con notable experiencia militar en América. Además de combatir contra las fuerzas inglesas en América del Norte, había dirigido la instalación de una colonia francesa en las Islas Malvinas en 1763, hoy conocida como Puerto Soledad.
La expedición de circunvalación del planeta zarpó en diciembre de 1766 en la fragata Boudeuse. Luego partió el buque de carga L’Étoile, que en junio de 1767 se sumó a la Boudeuse en Río de Janeiro. Allí viajaban los protagonistas de nuestra historia: el botánico Philibert Commerson y su ayudante, Jeanne Baret. Es en Brasil donde coleccionan la hoy conocida Santa Rita, que en 1789 sería descrita como Bougainvillea, un nuevo género para la ciencia en honor al comandante francés. En esos días Commerson debió quedar embarcado por un problema de salud. Fue Baret quien descendió a tierra y colectó esta planta.

Retrato de Louis de Bougainville realizado por Jean Pierre Franquey4la planta que le fue dedicada: Bougainvillea, la Santa Rita cultivada (Foto: E. Haene).
El viaje de Bougainville representó una producción importante. Tenía el desafío de hallar nuevas rutas de acceso a Oriente, descubrir territorios desconocidos para los europeos, generar bases para la colonización, hallar recursos novedosos, reunir información científica, entre otros. Por aquellos años España, Francia e Inglaterra lideraban expediciones científicas a lo largo del mundo. Bougainville conformó un equipo integrado por especialistas de distintas disciplinas. La expedición contaba con el astrónomo Pierre-Antoine Véron (1736-1770), responsable de realizar observaciones que permitieran mejorar la determinación de posiciones geográficas; el cartógrafo Charles Routier de Romainville (1742-1792), encargado del relevamiento y la elaboración de mapas; y el ya mencionado naturalista Philibert Commerson (1727- 1773), uno de los botánicos más destacados de su época, quien solicitó sumar a un joven ayudante… Fue la primera expedición de este tipo en sumar un naturalista. La expectativa despertada en el mundo académico por este tipo de emprendimientos resultaría notable en países como Francia, donde residía parte del elenco más encumbrado de los científicos del mundo. Cabe recordar que entre 1749 y 1788 el naturalista francés Georges-Louis Leclerc (1707-1788), más conocido como conde de Buffon, publicó los 33 volúmenes de su monumental Histoire naturelle, générale et particulière (Historia natural, general y particular), una de las obras científicas más influyentes del siglo XVIII. En ella reunió y sistematizó gran parte del conocimiento disponible sobre la naturaleza, incluyendo aspectos de zoología, botánica, geología y antropología. La magnitud de esta empresa editorial refleja el creciente interés de la Ilustración por catalogar y comprender el mundo natural, contexto intelectual en el que se inscribieron las grandes expediciones científicas de la época.

Itinerario del viaje alrededor del mundo de la expedición francesa entre el 15 de diciembre de 1766 y el 16 de marzo de 1769.

Portada del libro “Voyage autour du Monde par la Fregatta du roi La Boudeuse et la Flûte L´ Étoile en 1766, 1767, 68 à 69 pour De Bougainville”.
Buenos Aires en el siglo XVIII
En 1767 la expedición francesa llega a Buenos Aires.
El fray Pedro José de Porras comenta que Buenos Aires en 1753 “tiene más de media legua de largo, y con poca diferencia otro tanto de ancho, sin admitir en esta cuenta las muchas quintas y granjas que la rodean. El agua del río es bellísima. Tendrá la ciudad 20.000 almas de comunión”. Alonso Carrió de la Vandera, conocido como “Concolorcorvo”, estima para 1770 una población de 22.000 personas. En la obra de 1770 del Padre Antoine Touron apunta “las calles son rectas, muy largas y anchas; las casas tienen un solo piso, casi todas tienen jardín, donde se ven las plantas y cantidad de árboles frutales de la misma especie que en Europa, con algunas del país”. Bougainville aporta “los alrededores de Buenos Aires están bien cultivados”. Y agrega: “las cercanías cultivadas no se extienden muy lejos; a distancia de 3 leguas de la ciudad se hallan ya campañas inmensas, abandonadas a una multitud innumerable de ganado yeguarizo y vacuno”. Y al hablar de los yaguaretés nos aporta un dato interesante de la vegetación: “No hay gran cantidad de tigres, excepto en los lugares boscosos, y sólo los hay en las riberas de los ríos”.
Según Bougainville la llanura dominada por el pastizal pampeano en el Buenos Aires de 1767 arrancaba a 14,5 km (3 leguas) de la ciudad. Esta distancia hacia el oeste coincide hoy con el límite del territorio porteño. En la actual región metropolitana de Buenos Aires, hacia fines del siglo XVIII había una matriz de pastizal con ganado asilvestrado intercalado con incipientes poblados con chacras como San Isidro, San Fernando y Matanza.
En las lomas se instalaron cultivos, pastizal natural con ganado y casas, mientras que en los bajos se mantenía la vegetación natural. Hay evidencias hasta la segunda mitad del siglo XIX que indican que en las calles y mercados porteños se vendían ejemplares frescos de las dos especies de perdices del pastizal pampeano: perdiz chica (Nothura maculosa) y colorada (Rhynchotus rufescens). Humedales, banquinas y potreros, ofrecieron una red de refugios naturales para gran parte de la biodiversidad en ese período. Este entretejido de chacras y campos fue el escenario de las exploraciones botánicas de Baret y Commerson.
Podemos interpretar que Commerson y Baret se alojaron en la aldea que representaba Buenos Aires en el siglo XVIII, ubicada en el actual casco histórico de la ciudad. Las costas del río de la Plata estaban a mano para sus incursiones, donde habría sauzales, seibales y pajonales. Hacia el Riachuelo podrían acceder a pastizales salinos. Árboles del bosque de tala y restos de esta formación aún perduraban en las barrancas hacia el norte y sur de aquel Buenos Aires. El pastizal pampeano más próximo lo hallarían en los bajos y caminos de la zona con quintas. Si sus recorridos las hicieron caminando, habrían logrado relevar las tres ecorregiones del lugar: pastizal pampeano, bosques de tala (Espinal) y ambientes ribereños propios de la ribera y Delta del Paraná. Su estadía tuvo lugar durante una época de escasa floración, lo que probablemente limitó la cantidad y diversidad de ejemplares botánicos que pudieron incorporar a sus colecciones.
Estadía porteña
El gobernador de Buenos Aires era el militar español Francisco de Paula Bucarelli (1708- 1780) quien había llegado al país en agosto de 1666. Tuvo a su cargo el regreso de los jesuitas europeos desde las misiones del Río de la Plata. Cumplió así la orden impartida en febrero de 1767 por el rey Carlos III de España de expulsar de América a estos religiosos. Louis-Antoine de Bougainville, durante su permanencia en Buenos Aires, fue testigo de la llegada de los jesuitas. En su libro donde relata la expedición alrededor del mundo, Bougainville brinda en detalle la magnitud del emprendimiento jesuítico en la región y la eficacia de Bucarelli para concretar con astucia y por la fuerza la orden recibida. La información de primera mano de un episodio histórico en la administración del territorio americano, seguramente era de interés para comunicar a Francia en pleno auge colonizador.
El Étoile, la embarcación de carga donde se alojaban Baret y Commerson, llegó a la Ensenada de Barragán el 10 de septiembre de 1767. Recién el 8 de octubre pudo ingresar al puerto para ser reparada. Debieron pasar la carga del Étoile a otros navíos facilitados por Buccarelli, donde interpretamos que estarían los herbarios. Los arreglos ocuparon todo el resto del mes y el 31 de octubre parten con rumbo a Montevideo para emprender nuevamente su periplo.
Según relata Glynis Ridley, durante la escala previa en Montevideo, Jeanne Baret y Philibert Commerson pasaban las noches a bordo del Étoile. Pero entre el 10 de septiembre y el 31 de octubre posiblemente gran parte de este período haya residido en Buenos Aires, donde Bougainville estaba instalado. La pareja de botánicos tuvieron unos 50 días para realizar exploraciones biológicas por los campos bonaerenses. Entre fines de invierno y la primera mitad de la primavera en Buenos Aires observamos el inicio de condiciones favorables para la reproducción de la vida silvestre. Hay un elenco reducido de plantas silvestres que crecen en el período frío y concentran su floración en los meses de permanencia de la expedición. En la actualidad ese grupo de especies contiene un alto porcentaje de plantas del viejo mundo. Justamente Ridley apunta que a Baret y Commerson les llamó la atención al encontrarse en el Río de la Plata con la cicuta (Conium maculatum), oriunda de Europa y norte de África. Desde inicios de la conquista llegaron semillas como “polizontes” mezcladas con las de los cereales y otros cultivos. Pronto se propagó la cicuta por América y se convirtió en maleza.
Durante la segunda mitad de la primavera concentra su floración parte de las plantas nativas y la nidificación de muchas aves silvestres. Recordemos que el estudio sistemático del reino vegetal se basa en las características de flores y frutos. Se colecta casi exclusivamente plantas con órganos reproductivos.

Mapa del Río de la Plata en la obra de Louis-Antoine de Bougainville con el relato de su viaje alrededor del mundo en el siglo XVIII.
Baret y Commerson en la pampa
La confección de un herbario constituye una tarea minuciosa que exige rigurosidad técnica y numerosos cuidados en cada una de sus etapas. Durante las salidas de campo se recolectaron ejemplares completos de las especies herbáceas y fragmentos representativos de las especies de mayor porte, especialmente ramas o tallos provistos de flores y/o frutos. Estos materiales resultan fundamentales para la correcta identificación taxonómica y para su posterior conservación en las colecciones científicas. El material fresco se presenta entre papeles para proceder a su prensado. Es clave disponer el follaje lo más abierto posible para evitar superposiciones que dificulten el proceso de secado. Los órganos más suculentos, requieren la realización de cortes para guardarlos en planchas finas y, en algunos casos como las cactáceas, retirar la parte central más hidratada. Lo ideal es realizar estas operaciones de inmediato, para que las hojas no se marchiten o plieguen.
El herbario de campo está compuesto por dos tapas, imaginamos que en aquellos años serían de madera fina, y sogas para atarlas. A medida que se van sumando ejemplares, la carpeta toma volumen y peso. Abrir las tapas para sumar material a la intemperie implica ser metódicos y evitar desorganizarlo con el viento. Ante un aguacero habrá que retornar evitando humedecerlo.
Es posible imaginar a Commerson concentrado en la búsqueda de ejemplares que considerara novedosos o de particular interés científico, mientras Baret se ocupaba de gran parte de las tareas asociadas a su incorporación al herbario, incluyendo la recolección, preparación y acondicionamiento inicial de los especímenes. Podemos entender la curiosidad de la tripulación al ver los trabajos de los naturalistas del viaje. Bougainville rescatará algunas de esas imágenes al momento de su despedida, donde le llamaba la atención la figura de Baret cargada con un herbario voluminoso. La colección botánica del Museo Nacional de Historia Natural de París cuenta con 1.735 ejemplares colectados por la pareja francesa. Se incluyen aquí tanto el material obtenido en la expedición de Bougainville como el procedente de las salidas efectuadas una vez abandonada esta comitiva.
El “muchacho” era una mujer
La crónica del viaje escrita por Bougainville nos deja un testimonio de primera mano del momento en que Baret es descubierta: “Mientras estábamos entre las grandes Cícladas (Tahití), unos asuntos me llamaron a bordo del Étoile, y tuve la oportunidad de comprobar allí un hecho muy curioso. Desde hacía algún tiempo corría en ambos barcos el rumor de que el criado del señor Commerson, llamado Baret, era una mujer. Su contextura, el tono de su voz, su mentón sin barba, su esmero de no cambiarse nunca de ropa ni de hacer sus necesidades delante de nadie, varias otras pistas habían hecho crecer la sospecha. Sin embargo, ¿cómo reconocer a una mujer en este incansable Baret, en ese botánico -ya muy experimentado- a quien habíamos visto acompañando a su patrón en todas sus herborizaciones, en medio de las nieves y en las montañas heladas del Estrecho de Magallanes, y llevando incluso en estas difíciles marchas provisiones de alimentos, armas y herbarios con un coraje y una fuerza tal, que la vista del naturalista, le había valido el apodo de “burro de carga”? Fue necesario que una escena vivida en Tahití transformara la sospecha en certeza. Commerson fue allí a coleccionar plantas mientras Baret lo seguía con los herbarios bajo el brazo, apenas había desmontado cuando los tahitianos la rodearon, gritaron que era una mujer y querían hacerle los honores de la isla. El caballero de Bournand, que estaba de guardia en tierra, se vió obligado a acudir en su ayuda y escoltarla hasta el barco. Desde entonces fue muy difícil impedir que los marineros a veces mostraran pudor. Cuando fui a bordo del Étoile, Baret, con los ojos bañados en lágrimas, admitió que era una mujer. Me aseguró que en Rochefort (el puerto de partida del Étoile) había engañado a su jefe al vestirse con ropa de hombre en el mismo momento de embarcar. Me dijo que en París ya había servido como lacayo a un ginebrino. Nacida en Borgoña y huérfana, la pérdida de un juicio la había reducido a la pobreza y ello la había hecho disimular su sexo. Al embarcarse sabía que el viaje daría la vuelta al mundo por lo que había despertado su curiosidad. Ella siempre se comportó a bordo con la mayor prudencia. No es ni fea ni bonita y no tiene más de veinticinco o veintiséis años. Hay que admitir que, si los dos barcos hubieran naufragado en alguna isla desierta de este vasto océano, la suerte de Baret habría sido muy peculiar”. Recordemos que la tripulación constaba de unos 200 hombres.
Ridley analiza los diarios de viaje de tres integrantes de la expedición francesa y deja al descubierto una versión más cruda de la realidad. En Nueva Irlanda, una isla de Oceanía, los integrantes de la tripulación comprueban el género de Baret y la someten a vejámenes.
Pese a la contrariedad que le habrá generado este asunto, Bougainville relata el episodio con un estilo bastante neutro, incluyendo alguna ironía sutil al final. Descubierto el engaño, fueron obligados a desembarcar en las Islas Mauricio, en el océano Índico, donde la pareja se casó y el herbario estuvo depositado varios años. Desde allí, hicieron exploraciones botánicas en la Isla de Madagascar.
Después de la muerte de Commerson, Baret se casó con un oficial francés, Jean Duberna, en Mauricio. Logró regresar a Francia en 1774 con las 30 cajas de herbario. Las plantas porteñas junto a un valioso material cuidadosamente mantenido tanto en barcos como en una isla oceánica, llegaron finalmente a manos de científicos. En pocas décadas se develaron las novedades botánicas, donde los especialistas encontraron muchas especies desconocidas para la ciencia hasta ese momento.
El bautismo de nuevas especies de flora y fauna con los materiales obtenidos en estos viajes a tierras remotas era una tarea apasionante para los científicos de entonces. Esto nos permite anticipar el fracaso personal que habrá vivido Bougainville cuando quedó demorada la llegada a Francia del material botánico novedoso reunido por Baret y Commerson en América y Polinesia.
Jeanne Baret se convirtió en la primera mujer en dar la vuelta al mundo. Se le concedió una pensión estatal a partir de 1785 en reconocimiento a su valentía y contribuciones. Falleció en 1807 a los 67 años.
Nuevas miradas
En el Índice Internacional de Nombres de Plantas hay 119 especies bautizadas en honor a Commerson. En el «Catálogo de las Plantas Vasculares del Cono sur», que abarca América Austral, figuran 12 nombres científicos vigentes dedicados al botánico francés. Entre ellos hay una papa silvestre (Solanum commersonii), común en Buenos Aires.
En sus anotaciones de campo Commerson propuso bautizar un árbol malgache con el nombre Baretia, en honor a su mujer. Cuando los taxónomos franceses se encontraron con este material, el género ya tenía nombre. Por lo cual, no se tuvo en cuenta esta denominación dedicada a Baret.
En el siglo XXI, más de doscientos años después, algunos científicos empiezan a comprender que los honores académicos recibidos por Commerson al dedicarle especies, corresponden también a los esfuerzos de su pareja, Jeanne Baret. Como es habitual, cada planta herborizada es acompañada por una tarjeta donde figura la procedencia del material, fecha de colecta, algunos apuntes del hábitat y/o la apariencia en vivo, y el nombre del colector. El herbario de Commerson solo figura él como colector. Por lo tanto, en los trabajos científicos, cuando transcriben los datos de las tarjetas de herbario de esta pareja de botánicos, se comunican exclusivamente a Commerson. Sería oportuno que, de aquí en adelante, cuando deba citarse este material se explicite “Jeanne Baret y Philibert Commerson” como los colectores. Un acto de justicia menor, pero merecido.
La figura de Jeanne Baret comenzó a recuperar visibilidad a partir de finales del siglo XX. En 1995, Carole Christinat contribuyó a rescatar su historia del relativo olvido en que había permanecido durante más de dos siglos15. Posteriormente, la escritora Glynis Ridley publicó en 2010 una biografía que aportó nuevos elementos para comprender la magnitud de su participación en la expedición de Bougainville y su papel en la historia de la botánica.
Estos trabajos despertaron un renovado interés por su legado y pusieron de manifiesto una deuda histórica por parte de la comunidad científica. Como reconocimiento, en 2012 se describió una nueva especie de Perú y Ecuador, denominada Solanum baretiae, en homenaje a la colaboradora de Philibert Commerson durante la expedición de Bougainville. El reconocimiento alcanzó posteriormente una dimensión aún mayor con la creación del género Baretia, representado por Baretia lanata, una especie endémica de Chile.
Jeanne Baret comenzó a ocupar el lugar que le corresponde en la historia de la ciencia: el de una investigadora y botánica cuya contribución fue durante mucho tiempo invisibilizada en un ámbito científico tradicionalmente dominado por hombres.
Ayer y hoy
En la Argentina del siglo XX, las investigadoras también se enfrentaron a las limitaciones sufridas por Baret. Buno Geller expone dos experiencias recogidas por Diana Maffia: una oceanógrafa que debía estudiar los materiales que le proveían de los barcos donde no le dejaban navegar y una espeleóloga que debió disfrazarse de hombre para ingresar a las minas donde está vedado el ingreso de mujeres. Sandra Knapp, botánica del Museo de Historia Natural de Londres, apunta “las contribuciones de las mujeres a menudo se pasaban por alto en favor de las de sus colegas masculinos, una tendencia que continúa hoy”.
Ocho investigadoras organizaron una muestra en el Museo Argentino de Ciencias Naturales destinada a visibilizar la trayectoria y los aportes de dieciséis mujeres que desarrollaron su labor científica en esa institución. A través de colecciones de caracoles, arañas, fósiles, estrellas de mar y otros organismos, la exhibición puso de relieve el trabajo de especialistas que, a lo largo del siglo XX, contribuyeron significativamente al estudio, documentación y valorización del patrimonio natural argentino. La iniciativa permitió rescatar del olvido a numerosas pioneras de las ciencias naturales, cuyas contribuciones habían permanecido en gran medida invisibilizadas en los relatos tradicionales de la historia de la ciencia. El contenido de esta valiosa experiencia fue posteriormente editado en forma de libro, ampliando su alcance y contribuyendo a la difusión de estas trayectorias científicas entre un público más amplio.
En consonancia con esta iniciativa, confiamos en que la recuperación de la memoria del paso de Jeanne Baret por Buenos Aires en 1767 contribuya al reconocimiento de su aporte al conocimiento botánico de la región. El ramillete de especies colectadas por Jeanne y Philibert en Buenos Aires puede ser un punto de partida para contar historias reales y curiosas. Cuando nos hallamos aquí con una malva de zorro bautizada “Sphaeralcea bonariensis”, a partir del material colectado por la pareja francesa, descubrimos un motivo para contar un capítulo más humano de las ciencias botánicas. Todavía quedan poblaciones silvestres de este subarbusto en territorio porteño, por ejemplo, en los playones ferroviarios de Colegiales y Palermo, el campus de la Facultad de Ciencias Veterinarias y la Isla de la Paternal.
Por un momento, Buenos Aires se transformó en la gran aldea de los tiempos de la colonia. Vemos alejarse del caserío a dos hombres, uno cargado con unas carpetas voluminosas. En pocas horas, se encuentran en cañadas donde se mantiene el pastizal pampeano. Se detienen. Una planta con pétalos de tonos minios, como solía apuntar Ángel L. Cabrera, les llama la atención. Tiene flores hermosas. Commerson sospecha que puede ser una especie nueva para la ciencia. Algo dialogan entre ellos. Disfrutan el hallazgo. Expresan sus puntos de vista sobre la planta. Ambos proceden a colectar ramas floridas. Baret despliega sus carpetas en el suelo y ubica con sumo cuidado cada pieza entre papeles. Mientras, su compañero hace anotaciones. De pronto, levantan la vista y comprenden que están en un parque urbano del siglo XXI. Se hallan rodeados de personas curiosas que tratan de entender quiénes son estos señores vestidos con camisas de lino y abrigados con chaquetas de antaño. Sorprendidos, los botánicos ensayan una presentación en francés, que pocos o nadie entiende. Enseguida entonan un castellano antiguo con acento galo. Así arranca un diálogo que puede tomar los más variados rumbos. Pero siempre surge la intriga de quién es el compañero de Commerson. Pidiendo un compromiso de mantener el secreto, Baret confiesa su situación. La conversación alcanza su punto más álgido. Surgen anécdotas divertidas. Momentos de tensión vividos a bordo en alta mar. Preocupaciones por no ser descubiertos. También aprovechan y comentan el valor de la flora nativa que están encontrando. De repente, es tiempo de partir. Algunos no quieren despedirse sin darle ánimo a Baret en su empresa. Otros le piden revelarse. Parten. Baret se detiene y vuelve sobre sus pasos para entregarles a cada uno una tarjeta que dice: “Sphaeralcea bonariensis. Buenos Ayres, 1767. Jeanne Baret y Philibert Commerson”
(1) Docente de la Facultad de Agronomía, Universidad de Buenos Aires, Av. San Martín 4453 – C1417DSE – Ciudad Autónoma de Buenos Aires – Argentina; de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, Universidad de Belgrano, Zabala 1837 -C1426DQG- Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina; y de la Universidad Nacional Raúl Scalabrini Ortiz, Juan Bautista de La Salle 600, San Isidro. eduardohaene@hotmail.com

(*) Publicado originalmente en Revista Histopia, Año VIII, Número 45, Agosto 2026.