Por Esteban Ierardo

En el lejano sur, la tierra se cubre de un manto de espesa nieve y hielo. La superficie de la Antártida oculta secretos geográficos, geológicos. El gran continente antártico despierta un atávico asombro ante lo remoto, lo desconocido y lo difícilmente accesible. Y también alimenta las pretensiones de influencia y presencia geopolítica.
I. Hacia el continente blanco.
Cuando el Homo sapiens apareció misteriosamente en este planeta —de una forma no del todo explicable—, la distancia antártica permanecía intacta en su lejanía de vientos ásperos, feroz frío y presencia solemne. Solo en el siglo XIX los ojos europeos cartografían su inmensidad.
Hoy, el aura romántica o indómita de lo antártico poco importa. Su presencia ya no es lo extraño que nos recuerda lo poco comprensible de esa región y de nuestra propia existencia. Hoy, la Antártida es, como casi toda geografía, solo un hecho geopolítico; una intriga respecto a su estatus, a su realidad actual entre los países que la reclaman y a su futuro.
El ser que conoce desde muy antiguo la amplitud antártica es el charrán ártico (Sterna paradisaea). Es un ave extraordinaria, bella, elegante y de perfecto diseño natural de solo 100 gramos de peso. Posee alas largas, afiladas y aerodinámicas para recorrer miles de kilómetros en su proceso anual de migración, el más largo de todo el reino animal. Es capaz de cambiar de dirección con increíble agilidad, un auténtico artista del movimiento en la altura. Cada año, desde la lejanía ártica, recorre más de 70.000 kilómetros hasta la Antártida. Se queda allí durante el verano y luego regresa al norte planetario para vivir un segundo verano. Busca la luz, el calor, los soles plenos y la calidez aérea.
Si pudiera pensar a la manera humana, el charrán podría confirmarnos ciertas características de la geografía antártica: su extensión aproximada, en verano, es de 14,2 millones de kilómetros cuadrados por lo que es el quinto continente más grande del mundo (superando en tamaño a Europa y Oceanía). Pero en el invierno, el mar aledaño se congela, y así se duplica hasta cerca de 30 millones de kilómetros cuadrados. El 98% del territorio está cubierto por una capa de hielo de casi 2 kilómetros de espesor. El 90% del hielo terrestre y el 70% del agua dulce del planeta se concentran aquí. Es un «desierto helado» porque las precipitaciones anuales no superan los 50 mm. En su realidad geológica palpita una naturaleza fantástica: bajo el hielo se alzan las Montañas Gamburtsev, que se pliegan con el tamaño de los Alpes; se esconde el Lago Vostok, a cuatro mil metros de oscura profundidad; y el Monte Erebus se corona como el gran volcán activo de la región austral. Hace millones de años, este territorio perteneció al supercontinente Gondwana, hasta su histórica división.
II. Primera visión del mapa geopolítica actual de la Antártida
Primero atenderemos a una visión de conjunto de la realidad geopolítica antártica. Por cientos de miles de años, la gran extensión de hielo y nieve no se refleja en los ojos humanos. Esto cambia a partir de los siglos XIX y XX, cuando el territorio ingresa formalmente a la cartografía. La ambición nacional y la caza de ballenas y focas despiertan el interés de algunos países. Así se constituyen siete reclamos de soberanía territorial; en primer lugar, los de Argentina (1904), Chile (1940) y el Reino Unido (1908) (1), cuyos sectores quedan casi totalmente superpuestos en la península Antártica. Esta superposición genera rispideces, agitaciones diplomáticas e incluso pequeños incidentes militares en las décadas de 1940 y 1950.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Argentina y Chile lanzan expediciones para la reafirmación de su soberanía, instalan banderas y pintan carteles. Como respuesta, en 1943 Inglaterra envía una misión militar secreta: la Operación Tabarin. Los soldados británicos colocan banderas del Reino Unido donde se reposan los símbolos patrios argentinos y chilenos, y también destruyen refugios e infraestructura de estos países. En 1948, las tensiones entre Argentina y Gran Bretaña aumentan por las islas Shetland del Sur. Ante esto, el gobierno argentino envía una importante fuerza naval compuesta por dos cruceros de guerra (ARA 25 de Mayo y ARA Almirante Brown) y seis destructores, logrando detener los avances británicos por un tiempo. En 1952 se produce el primer incidente bélico con uso de armas de fuego en la Antártida: en Bahía Esperanza, el Destacamento Naval argentino Esperanza impide el desembarco de un pequeño contingente británico. Al año siguiente, en 1953, un contingente de 35 Royal Marines fuertemente armados con ametralladoras y gases lacrimógenos desembarca en la isla Decepción, donde destruye una edificación y captura a dos marineros argentinos que luego son deportados a las islas Malvinas.

A estos incidentes militares se suma, en tiempos de la Guerra Fría, el temor a que Estados Unidos o la URSS realicen pruebas nucleares en la región, lo que acelera la firma de un acuerdo internacional: el Tratado Antártico de 1959. Este documento es firmado en Washington por doce países: Argentina, Australia, Bélgica, Chile, Estados Unidos, Francia, Japón, Noruega, Nueva Zelanda, Reino Unido, Sudáfrica y la Unión Soviética (cuyos derechos fueron asumidos por Rusia tras su disolución). Siete de estos países reclaman soberanía territorial (Argentina, Australia, Chile, Francia, Noruega, Nueva Zelanda y el Reino Unido), mientras que los otros cinco no pronunciaban ningún reclamo y solo pretenden la libre investigación científica. Tanto Estados Unidos como la Unión Soviética optan por no reconocer ningún reclamo ajeno y se reservan el derecho de hacer el propio en el futuro.
La Antártida no le pertenece a ningún país, nadie ejerce su soberanía sobre allí; su presencia se justifica por razones de exploración histórica, proximidad geográfica o el compromiso a una instalación solo con propósitos de investigación científica. Así, las bases del acuerdo, que entra en vigencia en 1961, establecen el uso pacífico del continente (sin instalación de bases militares), la desnuclearización (sin posibilidad de ensayos nucleares ni depósito de residuos radiactivos), el «congelamiento» de los reclamos de soberanía ya existentes junto con la cancelación de toda posibilidad de realizar nuevas reclamaciones, y el consenso en torno a la libre investigación científica dentro de un contexto de cooperación internacional.
Luego, lo acordado avanza a través del Sistema del Tratado Antártico, mediante el Protocolo de Madrid sobre Protección del Medio Ambiente Antártico, en 1991. Esta extensión del Tratado original convierte al continente helado del sur en una «reserva natural consagrada a la paz y a la ciencia», y se prohíbe, de forma indefinida, la extracción de recursos mineros o de petróleo.
Y el charrán ártico no suspende su vuelo.
Desde su altura entrevé el horizonte, en parte llano y de puro blanco, y en parte plegado en la forma de nevadas montañas. Entre las costas irregulares, en las que se separan abruptamente la blancura y lo azulado de las quietas aguas marinas, se distribuyen numerosas estaciones de los países que pretenden que su bandera no deje de flamear en la distancia. Una de esas estaciones, la más extraña, es la Estación de Investigación Halley VI del Reino Unido, fundada en 1958 e inaugurada oficialmente en 2013. La presencia humana allí se amolda a una estación que parece «caminar», montada sobre patas hidráulicas gigantes equipadas con esquís. Modelos anteriores de asentamiento en el lugar se destruyeron por la nieve acumulada y el desplazamiento del hielo. Esto se repitió con las versiones de la I a la V de la Estación Halley, hasta que se decidió cambiar al fin. El nuevo diseño se mueve con la nieve y el hielo, se eleva hidráulicamente e incluso puede ser remolcada por tractores a otra ubicación, como ocurrió en 2017 cuando la zona en la que se encontraba se vio amenazada con desprenderse como un iceberg. Se la desplaza así 23 kilómetros tierra adentro; de allí su «caminar». Su estampa arquitectónica es singular: parece un tren o una estación espacial oruga con ocho módulos interconectados de colores azul y rojo.

La Estación Princess Elisabeth, de Bélgica, es cero emisiones. La aerodinámica de su diseño le permite retener el calor al punto de que carece de calefacción interna; su fuente calórica es únicamente la energía solar, eólica e incluso el calor corporal de los científicos. Por otro lado, la insólita unión de 134 contenedores de carga marítima transformados le da vida a la Estación Bharati de la India, creada en 2012. Posee una carcasa de aluminio similar a una nave espacial monolítica, capaz de resistir vientos de más de 200 km/h.
El pájaro desplaza su prodigioso cuerpo hiperligero de diseño natural. Y mientras se adentra en el continente salvaje, bajo sus alas regresan, de vuelta, los exploradores intrépidos.

III. La gran exploración

Antártica deriva del griego antiguo ἀνταρκτικός (antarktikós), que significa «opuesto al norte» o «enfrente de la osa». Para navegar, los antiguos navegantes griegos recurrían a la constelación de la Ursa Maior (Osa Mayor) y a la Estrella Polar. Lo que se encontraba en esa dirección era arktikós (el Ártico, la tierra del norte). Sin embargo, ya Aristóteles deduce que, por una cuestión de simetría, el norte debía ser compensado por una masa de tierra austral. Esa región es lo opuesto a la Osa Mayor, es decir, lo que «está enfrente del norte»: antarktikós, la Antártida.
En la Antigüedad clásica, y también en el Renacimiento, se la llama Terra Australis Incognita. En 1820, expediciones europeas descubren la todavía misteriosa y recóndita geografía antártica. Con una escasa diferencia de tiempo, tres expediciones (una rusa, la británica de Bransfield y la estadounidense de Palmer), luego de largas travesías, acercan sus proas hasta las costas antárticas.
La expedición rusa de Fabian Gottlieb Benjamin von Bellingshausen es enviada por el zar Alejandro I a descubrir el probable séptimo continente. Dirige la navegación desde su nave insignia, la Vostok. Su tripulación, de casi doscientos hombres, es muy calificada. Cruza el Círculo Polar Antártico y descubre una barrera de hielo que se interna en tierra firme. Para llegar hasta el avistamiento polar extraordinario, la expedición navega, ida y vuelta, durante más de dos años seguidos. Ya antes de pisar tierra, cartografía la isla Pedro I y la Tierra de Alejandro I —en honor al monarca que ordena la expedición—, aquella tierra que, en un principio, se cree una isla. Hoy, uno de los asentamientos antárticos es la Base Bellingshausen (estación de investigación científica rusa fundada en 1968), y también lleva su nombre el mar de Bellingshausen, en el océano Antártico occidental.

La gran era de la exploración alcanza al continente a comienzos del siglo XX con el noruego Roald Amundsen, el primero en arribar al Polo Sur el 14 de diciembre de 1911, solo pocas semanas antes que el británico Robert Falcon Scott. Al regresar, Scott y sus hombres se desorientan y, de a poco, son devorados por los invisibles colmillos de la nieve. Ralph Vaughan Williams, el gran compositor británico, le dedica su séptima sinfonía, la «Sinfonía Antártica» (2).
Entre 1896 a 1890 el primer mapa con el nombre de «Antárctica» es publicado en Edimburgo por el cartógrafo escoces John George Barrholomew.
Los exploradores de antaño protagonizaban una épica de la devastación o la resistencia. La Expedición Imperial Transantártica (1914-1917), liderada por Sir Ernest Shackleton, es la más grande epopeya de supervivencia. En 1914, el buque Endurance queda atrapado en el vientre flotante de gruesas placas de hielo marino. Primero, los expedicionarios soportan diez meses en la nave, hasta que esta es triturada por la presión del hielo y se hunde. Durante cinco meses sobreviven en campamentos alimentándose de pingüinos y focas. Al final, comen también a sus perros de trineo.
Para salir de allí, recurren a tres botes y, en una navegación entre hielos y grandes olas, llegan a la isla Elefante, totalmente deshabitada. Shackleton sabe que nadie vendrá por ellos. Entonces, acondicionan el mejor bote, el James Caird, y acometen un viaje heroico de 1300 kilómetros para llegar hasta las islas Georgias del Sur. La travesía es de un rigor increíble: tormentas huracanadas, inmensas olas y un solo sextante para orientarse; la visión de las estrellas hace el resto. Arriban a la parte deshabitada de las Georgias. Shackleton y otros dos hombres atraviesan una cordillera y logran llegar hasta un asentamiento ballenero. Desde allí finalmente partiría una nave, el escampavía Yelcho de la Armada Chilena, comandado por el piloto Luis Pardo Villalón, para rescatar al resto de los hombres que esperaban en la Isla Elefante. Solo 28 viajeros volverían tras dos años de aislamiento. La expedición no cumple su misión, pero produce algo más glorioso que la exploración en sí: demostrar la capacidad humana para no perecer ante la adversidad extrema.
El charrán gira en su vuelo y vuelve hacia la costa. Se posa sobre un promontorio rocoso, no muy lejos de donde, en su tumba líquida, descansa (descubierto en 2022). En su quilla sumergida permanece el recuerdo de la genuina hazaña con la que se clausura la edad heroica de la exploración del remoto mundo de hielo.

IV. Geopolítica antártica siglo XXI

Hasta ahora, la geopolítica antártica nutre una ilusión: un prominente ámbito geográfico en el que las naciones pueden convivir en paz, compartiendo información de exclusivo valor científico bajo la dimensión del Sistema del Tratado Antártico (STA). Era de esperar que, en algún momento, esta rareza en las relaciones internacionales —semejante a la extrañeza geográfica del continente blanco— deba dar indicios de agotamiento e ingresar a un cono’ de sombra de crecientes amenazas. En el siglo XXI aumentan los estragos cada vez más evidentes del cambio climático, la escasez de recursos y los tentáculos que afilan la competencia entre las grandes potencias. La concordia antártica es un sueño en proceso de un brusco despertar hacia una vigilia tensa y alejada de todo idealismo, tal como lo impone la mirada estrictamente realista sobre la incapacidad humana para el entendimiento noble.
Las razones para la inminente desaparición del sueño de la paz antártica son la disputa por los recursos naturales y la proyección de la tensión global geopolítica sobre las amplitudes heladas del Polo Sur. El Protocolo de Madrid prohíbe la explotación minera y petrolera comercial por tiempo indefinido, pero los recursos que duermen en la Antártida son demasiado tentadores. La Antártida es, primero, una reserva crucial de agua dulce: el 70 % del vital elemento del planeta se encuentra aquí en forma de hielo, lo que condena a la región a ser el foco de futuras disputas en un mundo acechado por el estrés hídrico global. Asimismo, el continente nevado alberga masivos depósitos de cobre, hierro, carbón, uranio e incluso tierras raras; una generosa cantera para proveer a la tecnología cibernética actual. Por su parte, estudios rusos han estimado colosales reservas potenciales de petróleo de unos 511.000 millones de barriles en el mar de Weddell, a lo que se sumaría mucho más gas en otras latitudes antárticas. Finalmente, China y Noruega se entregan con entusiasmo a la pesca industrial de krill antártico para la elaboración de suplementos de omega-3 y alimentos acuícolas para el sistema de cultivo y crianza de animales y plantas que viven en el agua. peces, mariscos, crustáceos y algas. en espacios controlado. Así se elude los llamados internacionales a la estricta protección ambiental de la región.
La Antártida no puede permanecer en un aislamiento respecto a la geopolítica de la confrontación. La actual guerra entre Rusia y Ucrania quiebra la cooperación anterior entre países occidentales y del Este en el marco del Tratado Antártico. Se impone así la desconfianza respecto a los proyectos científicos del adversario. En esta dirección, Rusia y China aumentan su infraestructura antártica y se encuentran entre las principales potencias polares a las que, claro, se debe agregar Estados Unidos. Y en el contexto de una nueva guerra fría en marcha en el país del águila calva y la nación del tigre y el dragón arrecia una creciente competencia geopolítica por el control estratégico del Atlántico Sur, y zona Malvinas, como vía de acceso clave a la Antártida.
China no tiene reclamos formales, pero adhiere al Sistema del Tratado Antártico desde 1983. Tiene cinco bases científicas creadas entre 1985 y 2024. Este país ha aumentado su inversión para fortalecer su presencia en el continente lejano, lo que se expresa en dos rompehielos avanzados, perforaciones en el hielo —como la perforación récord de agua caliente de más de 3400 metros de profundidad en el lago subglacial de Qilin— y la construcción de pistas de aterrizaje en el hielo para sus aeronaves polares.
Por su parte, la presencia de Rusia en la Antártida se ampara en el Tratado Antártico, y el país se reserva el derecho a reclamar territorio si este acuerdo quedara sin efecto. Opera diez estaciones científicas en el continente blanco, de las cuales cinco funcionan de manera permanente durante todo el año; entre ellas destaca la Estación Vostok, un complejo de 3000 metros cuadrados ubicado en el lugar donde se registró la temperatura récord de -89,2 °C. Bajo el área rusa se halla el Lago Vostok, al que ya nos hemos referido, y Rusia lidera sus investigaciones.

Rusia y China aumentan sus antenas y sistemas de satélites con un supuesto propósito científico, pero esto es denunciado por EE. UU. y Australia (3) como un «uso dual» con fines de espionaje, telemetría de misiles y seguimiento de satélites militares.
Rusia y China insistentemente han bloqueado en foros del Tratado Antártico las propuestas occidentales para crear nuevas Áreas Marinas Protegidas, con el fin de salvaguardar sus intereses en la pesca comercial del kril.
Pero el que podría ser el mayor frente tormentoso se agita desde el descubrimiento de las grandes reservas de petróleo en el Mar de Weddell, que superan en diez veces las del Mar del Norte. Esta concentración de «oro negro» se halla en una región en la que se superponen los reclamos de soberanía de Argentina, Chile y el Reino Unido. El Protocolo de Madrid del Tratado Antártico prohíbe la explotación comercial y minera; sin embargo, la perspicacia impone advertir que lo que se disfraza de libre investigación científica oculta proyecciones futuras de recursos a explotar. Los análisis sobre la conflictividad geopolítica antártica insisten en que nada impide que todo lo que se investiga y descubre, al amparo del deseo de conocimiento científico, sea la fachada para el relevamiento de riquezas de posible apropiación futura.
Argentina y Chile tienen una presencia histórica muy arraigada en suelo antártico. Aquí se acomoda con cierta brusquedad otro foco potencial de tensión, porque el reclamo territorial del Reino Unido se superpone con el de los países sudamericanos. Por eso, Argentina actualmente inicia una estrategia de presencia sobre la ocupación británica en las islas Malvinas, la construcción de una base naval en Tierra del Fuego y planes de mayor soberanía en el Atlántico Sur.
La imagen de lejanía inaccesible de la Antártida ha disminuido en las últimas décadas por las sistematización de las visitas turísticas mediante los cruceros, lo cual conspira contra la protección ambiental y con el añadido de la posibilidad de introducción de especies ajenas al hábitat antártico.
Para una mirada realista y ajena a todo idealismo, la geopolítica crítica sobre la Antártida devela cómo las misiones de «prospección científica» pueden ser instrumentalizadas para trazar mapas de recursos mineros e hidrocarburos con miras a futuros reclamos y apropiaciones, ante la eventualidad de un cambio en las reglas de juego. Aunque el Tratado Antártico no tiene fecha de caducidad, el año 2048 marcará un hito significativo: a partir de entonces, cualquier miembro consultivo podrá solicitar una revisión del Protocolo de Madrid y de su prohibición de la explotación minera. En ese momento clave, podría ocurrir un profundo cambio en el estatus geopolítico antártico, mutando su condición de «reserva científica mundial» hacia un modelo de coexistencia extractiva regulada, similar al régimen que actualmente administra los fondos marinos internacionales.
V. La extraña geología y geografía de la Antártida

La geopolítica nos acostumbra a no percibir la geografía en su pura presencia. Siempre mezclamos nuestros mapas de soberanías y conflictos con la antigüedad prehumana de territorios y mares. La geopolítica antártica no debe hacernos olvidar su extraña y fascinante singularidad telúrica.
Hoy, gracias a la investigación geológica en el fondo marino y las cadenas montañosas, se sabe que hace 90 millones de años, durante el período Cretácico, la Antártida es una selva templada. Se hallaron bosques fósiles y esqueletos de dinosaurios. Este bioma antiguo, ante el largo invierno polar de cinco meses, ingresa en una etapa de hibernación para sobrevivir debido a un potente efecto invernadero global que rige entonces en el planeta.
Los vientos catabáticos que recorren el gran continente son únicos en la Tierra. No se producen por tormentas o cambios en la presión atmosférica, sino por la fisonomía de la geografía y la fuerza de la gravedad en el extremo sur.
En contraste con el blanco níveo de la Antártida, el fuego y la lava volcánica son frecuentes y abundantes: existen casi 140 volcanes. Entre ellos sobresale el Monte Erebus, en actividad constante, que es el cráter volcánico más austral del planeta que pulsa gases junto a microcristales de oro. Cerca del Erebus late un lago de lava líquida continuo, cuyo calor geotérmico taladra una red de cuevas subterráneas. Allí la temperatura es cálida y alberga numerosos microorganismos extremófilos. El espesor del hielo oculta inmensas estructuras geológicas que no han sido alcanzadas por la luz solar desde hace millones de años. En esta situación se encuentra la Cordillera Gamburtsev, sepultada bajo más de 3 kilómetros de hielo, con fisonomías orográficas semejantes a los Alpes europeos en una extensión de más de 1200 kilómetros. Algo similar ocurre con los Antartandes: la cordillera de los Andes no concluye en Sudamérica, sino que se sumerge en el océano, reaparece geológicamente en la Península Antártica y cruza el continente bajo el nombre de Montes Transantárticos.
La Antártida es la gran cubierta de un recipiente helado que encubre rarezas geológicas, como el cañón del Glaciar Denman, que con sus 3400 metros bajo el nivel del mar es el punto terrestre más profundo del planeta, superando por mucho al Gran Cañón del Colorado. En la superficie, el continente es un desierto por sus escasísimas precipitaciones, pero en su interior contiene más de 400 grandes lagos subglaciales y caudalosos ríos ocultos e interconectados que, por la inmensa presión, pueden fluir hacia arriba. El calor que emana de la Tierra derrite la base de los glaciares, alimentando estos cuerpos que concentran el 70% del agua dulce del planeta. El Lago Vostok es la perla lacustre sumergida máxima: ubicado a 4000 metros de profundidad, tiene una extensión de casi 16 000 kilómetros cuadrados y permanece aislado de la atmósfera terrestre desde hace unos 15 millones de años. En sus aguas dulces, marcadas por una oscuridad extrema y altas concentraciones de oxígeno aprisionado, habitan bacterias, hongos y organismos pluricelulares aislados del resto de la evolución.

El gran peso de la capa helada (unos 26 trillones de toneladas de hielo) genera tal presión que hunde la corteza terrestre antártica hasta 1 kilómetro hacia el interior del manto superior.
La Isla Decepción, en las islas Shetland del Sur, es el cráter activo de un volcán sumergido en cuyo litoral emerge vapor ardiente. Entre las aguas del océano a 0 °C y la superficie costera próxima se produce un impactante contraste térmico: si se excava unos centímetros en la arena volcánica de la costa (como en Bahía Péndulo), el agua subterránea brota a más de 60 °C. Aquí es posible bañarse en aguas termales a escasos metros de la aspereza helada de los icebergs.
En la región oriental del continente, debajo de una capa de hielo de un kilómetro, los satélites de la NASA detectaron la Anomalía de la Tierra de Wilkes. Se trata de un cráter de impacto oculto de unos 500 kilómetros de diámetro. De confirmarse definitivamente que fue causado por un asteroide, este objeto habría sido tres o cuatro veces más grande que el de Chicxulub en México, el cual extinguió a los dinosaurios. El impacto ocurrió hace unos 250 millones de años y habría provocado la gran extinción masiva del Pérmico-Triásico, la mayor catástrofe biológica de la historia de la Tierra, que estuvo a punto de erradicar toda la vida del planeta (4).
El asombro por la rareza antártica no se agota. En el centro de la Antártida se halla la Gran Meseta, una llanura de hielo a más de 3000 metros de altura donde el aire en contacto con el suelo se enfría al extremo. Por simple gravedad, al descender este aire denso y helado, se encajona en los valles entre montañas y glaciares. Este efecto embudo genera ráfagas catabáticas violentas que escalan velocidades récord de más de 320 km/h.
Y en mitad del continente helado se extiende lo increíble: los Valles Secos de McMurdo, una extensión de 4800 kilómetros cuadrados de tierra marrón, roca desnuda y lagos congelados, sin trazo de nieve alguno. En la zona se encuentra la Base McMurdo, la estación científica y logística más grande de toda la Antártida, bajo el control norteamericano que puede operar con 1200 personas en verano. operada por Estados McMurdo fue vicealmirante Archibald William McMurdo (1812–1875), un oficial naval y explorador escocés, en cuyo honor reciben su nombre los accidentes geográficos e infraestructuras de una particular geografpia antártica que resulta «alienígena» en contraste con el resto del paisaje blanco. Su existencia es consecuencia de tres factores geológicos: primero, la muralla Transantártica, la colosal cadena montañosa que rodea el valle y obstruye el avance del hielo y los glaciares de la Gran Meseta Oriental; segundo, la humedad cero provocada por el Efecto Föhn, que surge cuando los vientos catabáticos bajan de la meseta hacia los valles y, en ese movimiento, el aire se comprime, se calienta y deviene en una corriente extremadamente seca que evapora todo resto de nieve o hielo.


En los valles de McMurdo se halla otra manifestación de lo extraordinario: el Lago Don Juan, el cuerpo de agua más salado de la Tierra (superando con creces al Mar Muerto). Posee una salinidad tan extrema que sus aguas nunca se congelan, incluso a -50 °C. Finalmente, la extrema sequedad del ambiente barre con las bacterias de descomposición, razón por la cual se han encontrado en la zona cuerpos de focas completamente momificados y disecados por el viento a lo largo de los siglos.
En la región de los Valles Secos también se propaga en el aire otra singularidad extraordinaria: bajo el glaciar Taylor mana una cascada de líquido rojo vivo, como si fuera sangre que brota de una pared de hielo blanco. En su avance, hace dos millones de años, el glaciar absorbió agua marina bajo una capa de hielo de 400 metros. Así se constituyó un acuífero subglacial aislado, sin luz solar ni oxígeno, con una alta concentración de sal y muy rico en hierro ferroso disuelto. Cuando el agua salada sale al exterior y entra en contacto con el oxígeno, el hierro se oxida rápidamente, adquiriendo un intenso rojo carmesí que simula lo que parece una desconcertante cascada de sangre.
n la otredad antártica, el llamado a la curiosidad se aviva con la investigación sobre sus microorganismos extremófilos, los cuales desafían los límites biológicos de la Tierra. En un ejemplo prodigioso de adaptación, estos microorganismos resisten la congelación celular, la radiación ultravioleta extrema, la salinidad extrema y la ausencia total de luz solar para sobrevivir. Sus procesos bioquímicos de supervivencia despiertan un gran interés debido a la posibilidad de extrapolar sus capacidades a otros ámbitos (5)
Asimismo, la geografía antártica en su conjunto compone condiciones excepcionales que la convierten en un espacio terrestre con fuertes conexiones para la investigación astrobiológica. Sus paisajes son la contraparte de lunas heladas como las de Júpiter (Europa) y Saturno (Encélado), o del propio subsuelo de Marte. Una vida extraterrestre a nivel microbiano podría asemejarse, por lo tanto, a la de los extremófilos antárticos.
Un muy recomendable documental sobre la Antártida es Encounters at the End of the World (Encuentros en el fin del mundo), del inefable Werner Herzog, estrenado en 2007. Aquí entrevista a científicos abocados al estudio, justamente, de organismos extremófilos. También presenta hipnóticas imágenes subacuáticas del fondo marino antártico filmadas por el músico y biólogo Henry Kaiser. Y en una escena memorable, filma a un pingüino que perdió la orientación y que, en lugar de volver con los suyos, se aleja decidido en un paisaje extenso y desértico hacia una muerte segura, pero también hacia lo salvajemente desconocido (6).
La geología del gigante helado es imponente y fascinantemente extraña. En 2024, un equipo de geólogos alemanes encontró, bajo la espesa armadura helada antártica, un río de alrededor de 1.600 kilómetros de longitud que interrumpió su ocultamiento de más de 30 millones de años.

VI. La ambición humana y de la Antártida a Marte.

A pesar de su lejanía y difíciles condiciones climatológicas, la Antártida irradia cierta cercanía por su el aumento de la información en el sistema digital de las comunicaciones, y la expansión del turismo que lleva hasta sus costas. Pero también el «efecto de cercanía antártica» repercute más por la proyección de la posibles y seguramente inevitables conflictos que, más tarde o más temprano, oscurecen la radiante blancura del continente.
Pero, como ocurre ante toda sustitución del territorio real por la oscura configuración geopolítica, el motivo de las disputas —las tierras, las montañas, los lagos, los minerales, el aire, el cielo y sus nubes de libertad salvaje— pertenece a otro tipo de realidad: el de la Tierra como presencia plena en su independencia, en su singularidad, belleza o capacidad para despertar lo sublime (una geopoética), o su condición de extender un puente entre nuestro mundo y la realidad extraplanetaria (una geocósmica).
Esto último, en el caso de la Antártida, se asocia con el extraño y diverso ambiente de los Valles Secos de McMurdo como lugar de preparación para futuras expediciones espaciales. Por eso, el continente blanco es considerado el mejor «análogo terrestre» de Marte. Durante el invierno antártico, las bases se sumergen en un aislamiento absoluto; las temperaturas caen por debajo de los -70 °C y la oscuridad es total durante meses, una situación en la que sería físicamente imposible realizar operaciones de rescate o enviar suministros. Es bajo estas condiciones extremas que las distintas agencias espaciales estudian los efectos psicológicos del confinamiento prolongado, la privación sensorial, la alteración de los ritmos circadianos o la vida en grupo bajo extremo estrés, en una vije, como el a Marte que suraria tres años de pduracion.
En la base Vostok, Rusia investiga la resistencia del cuerpo humano en condiciones de privación sensorial y alteraciones del sueño. Al ser Vostok el lugar más frío del planeta, aquí puede simularse el estrés biológico de las tripulaciones que se aventurarán a viajes en el espacio profundo. La perforación del lago Vostok, con su todavía desconocido reservorio de posible vida subacuática, emula las exploraciones de océanos extraterrestres congelados.
Entre los años 2007 y 2011, Rusia realizó el experimento Mars-500, una simulación de las condiciones psicológicas y fisiológicas de un viaje a Marte orientada a entender los efectos del aislamiento prolongado en seis voluntarios (tres rusos, dos europeos y un chino). Por su parte, la NASA realiza pruebas de espectrómetros y sistemas de detección biológica para las misiones de los modernos rovers, como Curiosity y Perseverance. En este marco, se practica la perforación a gran profundidad (similar a la del lago Vostok o el lago Qilin) para obtener muestras de microorganismos extremófilos que podrían tener equivalentes en Marte o en las lunas congeladas de Júpiter y Saturno.
En una misión futura a Marte, la comunicación con la Tierra puede tener un retraso de hasta 20 minutos. Por lo tanto, es necesario practicar protocolos de asistencia médica de emergencia, cirugía robótica a distancia y sistemas de reciclaje de agua y oxígeno para la supervivencia en hábitats espaciales.
Asimismo, de cara a las misiones de la serie Tianwen para viajar a Marte (7), China halla en la Antártida condiciones ideales de prueba. En sus bases, el país instala cada vez más antenas y observatorios espaciales que, por su ubicación próxima al polo sur, permiten monitorear mejor las naves espaciales futuras. En el medio antártico, los científicos chinos también estudian los efectos de la hipoxia (falta de oxígeno) y el frío extremo, lo que ayuda al diseño de hábitats para la vida de los taikonautas en la Luna y Marte.
Además de estar contaminada por las típicas ambiciones geopolíticas, la Antártida es una región geocósmica capaz de preparar la mente y el cuerpo humano hacia los primeros viajes interplanetarios. Se convierte en un horizonte geopoético cuando regresamos a su percepción desde la pura y árida presencia de rocas, aguas, hielo, nieves, geologías y vientos catabáticos. Su fauna —sin reptiles ni mamíferos terrestres— se manifiesta en pingüinos, cetáceos y focas. Allí habita el krill antártico, un crustáceo de pocos centímetros sin cuya abundancia todo el ecosistema de ballenas, aves y pinnípedos se despedazaría.
Y entre las aves, junto al albatros errante, los petreles o los skuas, destaca ese gran y ágil visitante, el charrán ártico: el señor de los cielos que navega en el mar de aire por miles de kilómetros desde el polo norte hasta el polo sur. Identificado con su altiva mirada, el gran continente antártico se vislumbra como una inmensidad rotunda, inmanejable y estremecedora. Ese sublime panorama nos recuerda lo artificial del pretendido deseo humano de tener todo bajo su garra por los combustibles, los recursos estratégicos o las ambiciones de influir y ser más; mientras tanto, en el reino helado, lo antiguo y extremo compone una música ruda y poética incapaz de ser traducida en palabras.
En esa inmensidad, el pingüino que Herzog encuentra con su cámara halla también su destino: uno muy distinto a toda ansia humana de seguridad y fuerza.

Citas (en preparación)