
Carlo Rovelli, es un físico teórico italiano, autor del notable libro Siete Breves Lecciones de Física (2014). Aquí explica cuestiones fundamentales de la física moderna para lectores no especializados. En su último capítulo «Nosotros», insiste en nuestra pertenencia a la magnitud superior del cosmos. Una posición relevante para la filosofía, la ciencia, y nuestra relación con esa realidad mayor.
Los capítulos de Siete Breves Lecciones de Física transitan temas fundamentales, como la teoría de la relatividad, la mecánica cuántica, la arquitectura del cosmos, la física de las partículas, la naturaleza del espacio, y la probabilidad, el tiempo, el calor, y los agujeros negros. Cada capítulo puede ser leído de forma independiente.
Carlo Rovelli es defensor de la teoría cuántica de la gravedad y la física de bucles. En el último capítulo del libro mencionado «Nosotros», aquí presentado, insiste en la importancia de:
» Somos parte integrante de la naturaleza, somos naturaleza, en una de sus innumerables y variadísimas expresiones. Eso es lo que nos enseña nuestro creciente conocimiento de las cosas del mundo. Lo específicamente humano no representa nuestra separación de la naturaleza, es nuestra naturaleza».
El paso por la física, la astrofísica, la astronomía y la cosmología, es camino hacia la compresión de nuestra pertenencia al inabarcable, y en definitiva misterioso, universo.
Y si bien este no es, aún, un texto olvidado, bien podría serlo en poco tiempo. Por lo que de forma preventiva, lo situamos, además de las secciones de Filosofía y Ciencias…, también en Textos olvidados.
E.I
Nosotros, por Carlo Rovelli (en Siete breves lecciones de física, ed. Anagrama)
Después de haber ido tan lejos, desde la estructura profunda del espacio hasta el límite del cosmos que conocemos, quisiera volver, antes de concluir esta serie de lecciones, a nosotros mismos.
¿Qué lugar ocupamos nosotros, seres humanos que perciben, deciden, ríen y lloran, en este gran fresco del mundo que ofrece la física contemporánea? Si el mundo es un pulular de efímeros cuantos de espacio y de materia, un inmenso juego de construcción de espacio

y partículas elementales, ¿qué somos nosotros? ¿También estamos hechos sólo de cuantos y de partículas? Pero, entonces, ¿de dónde viene esa sensación de existir de manera singular y en primera persona que experimenta cada uno de nosotros? Entonces, ¿qué son nuestros valores, nuestros sueños, nuestras emociones, nuestro propio saber? ¿Qué somos nosotros, en este mundo inmenso y rutilante?
No puedo pensar siquiera en tratar de responder en serio a tal pregunta en estas sencillas páginas. Se trata de una pregunta difícil. En el gran cuadro de la ciencia contemporánea hay muchas cosas que no entendemos, y una de las que entendemos menos somos nosotros mismos. Pero evitar esta pregunta como quien no quiere la cosa implicaría, creo, pasar por alto algo esencial. Me he propuesto explicar cómo aparece el mundo a la luz de la
ciencia, y en el mundo también estamos nosotros.
«Nosotros», seres humanos, somos ante todo el sujeto que observa este mundo, los autores, colectivamente, de esta fotografía de la realidad que aquí he intentado componer. Somos nodos de una red de intercambios, de la que este libro es una pieza, en la que nos pasamos unos a otros imágenes, instrumentos, información y conocimiento. Pero también somos parte integrante del mundo que vemos; no somos observadores externos: estamos
situados en él. Nuestra perspectiva de él es interna. Estamos hechos de los mismos átomos y de las mismas señales de luz que se intercambian los pinos en las montañas y las estrellas en las galaxias.
A medida que ha ido aumentando nuestro conocimiento, nos hemos ido haciendo cada vez más conscientes del hecho de que formamos parte, y una parte pequeña, del universo. Eso es algo que aconteció ya en los siglos pasados, pero que se ha producido de manera creciente en el último siglo. Creíamos estar en un planeta en el centro del cosmos, y no lo estamos. Creíamos ser una raza aparte en la familia de los animales y de las plantas, y hemos descubierto que descendemos de los mismos padres que todos los demás seres vivos que nos rodean. Tenemos bisabuelos comunes con las mariposas y los alerces. Somos como un hijo único que crece y descubre que el mundo no gira sólo a su alrededor como creía de pequeño: tiene que aceptar ser uno más. Reflejándonos en los demás y en las otras cosas, descubrimos quiénes somos.
Durante la época del gran idealismo alemán, Schelling pudo pensar que el hombre representaba la cumbre de la naturaleza, el punto sublime donde la realidad toma conciencia de sí misma. Hoy, desde la perspectiva de nuestro saber sobre el mundo natural, esa idea nos hace sonreír. Si somos especiales, lo somos del modo en que lo es cada uno para sí mismo, o cada madre para su hijo. Pero, desde luego, no para el resto de la naturaleza. En el mar inmenso de galaxias y estrellas, somos un apartado rincón
infinitesimal; entre los infinitos arabescos de formas que componen lo real, nosotros no somos más que un garabato entre muchos.
Las imágenes que nos construimos del universo viven en nuestro interior, en el espacio de nuestros pensamientos. Entre esas imágenes — entre lo que logramos reconstruir y comprender con nuestros limitados medios— y la realidad de la que formamos parte, existen innumerables filtros: nuestra ignorancia, la limitación de nuestros sentidos y nuestra
inteligencia, o las propias condiciones que nuestra naturaleza de sujetos, y sujetos concretos, impone a la experiencia. Sin embargo, dichas condiciones no son universales como imaginara Kant, deduciendo de ello, obviamente sin razón, que la naturaleza euclidiana del espacio e incluso la mecánica newtoniana habían de ser verdaderas a priori. Lo son a posteriori de la evolución mental de nuestra especie, y están en constante evolución. No sólo aprendemos, sino que aprendemos también a cambiar gradualmente
nuestra estructura conceptual y a adaptarla a lo que aprendemos. Y lo que aprendemos a conocer, aunque lentamente y a tientas, es el mundo real del que formamos parte. Las imágenes que nos construimos del universo viven en nuestro interior, en el espacio de nuestros pensamientos, pero describen más o menos bien el mundo real del que formamos parte. Seguimos huellas para describir mejor este mundo.
Cuando hablamos del Big Bang o de la estructura del espacio, lo que hacemos no es una continuación de los relatos libres y fantásticos que los hombres se han contado por las noches alrededor del fuego durante centenares de milenios. Es la continuación de algo distinto: de la mirada de esos mismos hombres, a las primeras luces del alba, buscando entre el polvo de la sabana las huellas de un antílope; escudriñando los detalles de la realidad para deducir aquello que no vemos directamente, pero cuyas huellas podemos seguir. Conscientes de que siempre podemos equivocarnos, y, por lo tanto, dispuestos en todo momento a cambiar de idea si aparece una nueva huella, pero sabiendo también que si somos valientes lo entenderemos bien y encontraremos lo que buscamos. Eso es la ciencia.
La confusión entre estas dos actividades humanas distintas, inventar relatos y seguir huellas para encontrar algo, es el origen de la incomprensión y la desconfianza hacia la ciencia de una parte de la cultura contemporánea. La diferencia es sutil: el antílope cazado al amanecer no está muy lejos del dios antílope de los relatos de la noche. Es una lábil frontera: los mitos se nutren de la ciencia y la ciencia se nutre de los mitos. Pero el valor cognoscitivo del saber permanece. Si encontramos al antílope, podremos comer.
Nuestro saber refleja, pues, el mundo. Lo hace más o menos bien, pero representa el mundo que habitamos.
Esta comunicación entre nosotros y el mundo no es algo que nos diferencie del resto de la naturaleza. Las cosas del mundo interactúan de continuo unas con otras, y al hacerlo el estado de cada una de ellas lleva la huella del estado de aquellas otras con las que ha interactuado: en ese sentido, están constantemente intercambiando información unas con otras.
La información que un sistema físico tiene sobre otro sistema no tiene nada de mental o de subjetivo: es solo el vínculo que la física determina entre el estado de algo y el estado de alguna otra cosa. Una gota de lluvia contiene información sobre la presencia de una nube en el cielo; un rayo de luz contiene información sobre el color de la sustancia de la que proviene; un reloj tiene información sobre la hora del día; el viento transmite información sobre una tormenta cercana; un virus del resfriado tiene información sobre la vulnerabilidad de mi nariz; el ADN de nuestras células contiene toda la información sobre nuestro código genético, que hace que me parezca a mi padre, y mi cerebro bulle de información acumulada durante mi experiencia. La materia prima de nuestros pensamientos está constituida por una riquísima información recogida, intercambiada, acumulada y constantemente elaborada.
Pero también el termostato de mi instalación de calefacción «siente» y «conoce» la temperatura de mi casa, y, por lo tanto, tiene información sobre ella, y apaga la calefacción cuando hace suficiente calor. ¿Cuál es la diferencia entre el termostato y yo, que «siento» y «sé» que hace calor, decido libremente si encender o no la calefacción, y sé que existo? ¿Cómo puede el constante intercambio de información en la naturaleza producirnos a nosotros mismos y producir nuestros pensamientos?
El problema sigue abierto de par en par, y las posibles soluciones sobre las que se discute actualmente son tan numerosas como bellas. Ésta, creo yo, es una de las fronteras más interesantes de la ciencia, donde están a punto de producirse grandes progresos. Hoy, nuevos instrumentos nos permiten observar la actividad cerebral en acción, y cartografiar las intrincadas redes del cerebro con impresionante precisión. En 2014 se realizó la primera cartografía completa de la estructura cerebral fina («mesoscópica») de un mamífero. Asimismo, no solo los filósofos sino también los neurocientíficos están discutiendo ideas precisas sobre la forma matemática de las estructuras que pueden corresponder a la sensación subjetiva de la conciencia.
Una de las teorías más hermosas, en mi opinión, es la desarrollada por un brillante científico italiano que trabaja en Estados Unidos, Giulio Tononi. Se llama «teoría de la información integrada», y es un intento de definir de manera cuantitativa la estructura que debe tener un sistema para ser consciente; un modo, por ejemplo, de diferenciar qué cambia realmente en el mundo físico cuando estamos despiertos (conscientes) y cuando estamos dormidos sin soñar (no conscientes). Es, desde luego, una tentativa. No disponemos todavía de una solución convincente y consensuada a la pregunta de cómo se forma la conciencia de nosotros mismos, pero me da la impresión de que la niebla está empezando a disiparse.
Hay una cuestión en particular, con respecto a nosotros mismos, que a menudo nos deja perplejos: ¿qué significa que seamos libres de tomar decisiones si nuestro comportamiento no hace sino seguir las leyes de la naturaleza? ¿Acaso no hay contradicción entre nuestra sensación de libertad y el rigor con el que ahora hemos comprendido que se desarrollan las cosas del mundo? ¿Acaso hay algo en nosotros que escape a las regularidades de la naturaleza y nos permite apartarnos de ellas y eludirlas con nuestro libre pensamiento?
No, no hay nada en nosotros que escape a las regularidades de la naturaleza. Si algo en nosotros violara dichas regularidades, ya lo habríamos descubierto hace tiempo. No hay nada en nosotros que viole el comportamiento natural de las cosas. Toda la ciencia moderna, de la física a la química, de la biología a las neurociencias, no hace sino reforzar esta observación.
La solución a la confusión es otra; cuando decimos que somos libres, y es cierto que podemos serlo, eso significa que nuestros comportamientos vienen determinados por lo que sucede en nuestro propio interior, en el cerebro, y no se ven constreñidos por el exterior.
Ser libres no significa que nuestros comportamientos no estén determinados por las leyes de la naturaleza: significa que vienen determinados por las leyes de la naturaleza que actúan en nuestro cerebro. Nuestras decisiones libres están libremente determinadas por los resultados de interacciones fugaces y riquísimas entre los miles de millones de

neuronas de nuestro cerebro: son libres cuando es la interacción de estas neuronas la que las determina.
¿Significa eso que, cuando decido, soy «yo» quien decide? Sí, por supuesto, porque sería absurdo preguntarse si «yo» puedo hacer algo distinto de lo que decide hacer el conjunto de mis neuronas: como supo comprender con maravillosa lucidez el filósofo holandés Baruch Spinoza en el siglo XVII, ambos son lo mismo. No hay un «yo» y «las neuronas de mi cerebro»: se trata de una misma cosa. Un individuo es un proceso, complejo, pero estrechamente integrado.
Cuando decimos que el comportamiento humano es imprevisible, decimos la verdad, puesto que es demasiado complejo para poderlo prever, sobre todo por nosotros mismos. Nuestra intensa sensación de libertad interior, como Spinoza supo ver sagazmente, viene del hecho de que la idea y las imágenes que tenemos de nosotros mismos son extremadamente más toscas y desvaídas que el detalle de la complejidad de lo que ocurre en nuestro interior. Somos una fuente de asombro para nosotros mismos. Tenemos cien mil millones de neuronas en nuestro cerebro, tantas como las estrellas de una galaxia, y un número todavía más astronómico de uniones y combinaciones en las que éstas pueden encontrarse. De todo eso no somos conscientes. «Nosotros» somos el proceso formado por esta complejidad, no ese poco del que somos conscientes. Ese «yo» que decide es el mismo «yo» que se forma —de un modo que, ciertamente, todavía no está del todo claro, pero que empezamos a entrever— reflejándose a sí mismo, autorrepresentándose en el mundo, reconociéndose como punto de vista variable situado en el mundo, a partir de esa impresionante estructura que gestiona información y construye representaciones que es nuestro cerebro.
Cuando tenemos la sensación de que «soy yo» quien decide, nada puede ser más correcto: ¿quién si no? Yo, como quería Spinoza, soy mi cuerpo y cuanto sucede en mi cerebro y en mi corazón, con su inmensa y para mí mismo inextricable complejidad.
La imagen científica del mundo, que he explicado en estas páginas, no está, pues, en contradicción con nuestro modo de sentirnos a nosotros mismos. No está en contradicción con nuestro modo de pensar en términos morales, psicológicos, con nuestras emociones y sentimientos. El mundo es complejo, y nosotros lo captamos con distintos lenguajes, apropiados para los diversos procesos que lo componen. Cada proceso complejo puede afrontarse y comprenderse con lenguajes diferentes a niveles diferentes. Los diversos lenguajes se entrecruzan, entrelazan y enriquecen mutuamente, como los propios procesos. El estudio de nuestra psicología se perfecciona comprendiendo la bioquímica de nuestro cerebro. El estudio de la física teórica se nutre de la pasión y de las emociones que conducen nuestra vida.
Nuestros valores morales, nuestras emociones, nuestros amores, no son menos verdaderos por el hecho de formar parte de la naturaleza, de ser compartidos con el mundo animal, o por haberse desarrollado y venir determinados por los millones de años de evolución de nuestra especie. Antes bien, son, por ello mismo, más verdaderos; son reales. Son la compleja realidad de la que estamos hechos. Nuestra realidad es el llanto y la risa, la gratitud y el altruismo, la fidelidad y las traiciones, el pasado que nos acosa y la serenidad. Nuestra realidad está constituida por nuestras sociedades, por la emoción de la música, por las ricas redes entrelazadas de nuestro saber común, que hemos construido juntos. Todo ello forma parte de esa misma naturaleza que describimos. Somos parte integrante de la naturaleza, somos naturaleza, en una de sus innumerables y variadísimas expresiones. Eso es lo que nos enseña nuestro creciente conocimiento de las cosas del mundo.
Lo específicamente humano no representa nuestra separación de la naturaleza, es nuestra naturaleza. Es una forma que ha adoptado la naturaleza aquí en nuestro planeta, en el juego infinito de sus combinaciones, de su mutuo influenciarse e intercambiarse correlaciones e información entre sus partes. Quién sabe cuántas y qué otras extraordinarias complejidades, en formas quizá absolutamente imposibles de imaginar por nosotros, existen en la inmensidad del cosmos…

Habiendo tanto espacio allá arriba, resulta pueril pensar que en este rincón periférico de una galaxia de las más banales hay algo especial. La vida en la Tierra no es más que una muestra de lo que puede suceder en el universo. Y nuestra alma no es más que otra.
Somos una especie curiosa, la única que queda de un grupo de ellas (el «género Homo») constituido por al menos una docena de especies curiosas. Las otras especies del grupo se han extinguido ya; algunas, como los neandertales, hace poco: no han pasado ni treinta mil años. Se trata de un grupo de especies evolucionadas en África, afín a los jerárquicos y pendencieros chimpancés, pero todavía más a los bonobos, unos pequeños chimpancés pacíficos, alegremente promiscuos e igualitarios. Un grupo de especies que en repetidas ocasiones salió de África para explorar mundos nuevos, y que ha llegado lejos, hasta la Patagonia, hasta la Luna. No somos curiosos contra natura: somos curiosos por naturaleza.
Hace cien mil años que nuestra especie partió de África, quizá movida precisamente por esa curiosidad, aprendiendo a mirar cada vez más lejos. Sobrevolando África de noche me he preguntado si uno de aquellos lejanos antepasados nuestros, irguiéndose y poniéndose en camino hacia los abiertos espacios del norte, y mirando al cielo, habría podido imaginar a un lejano nieto suyo volando por aquel mismo cielo, preguntándose por la naturaleza de las cosas, movido todavía por su misma curiosidad.
Creo que nuestra especie no durará mucho. No parece tener la madera de las tortugas, que han seguido existiendo iguales a sí mismas durante cientos de millones de años, cientos de veces más de lo que llevamos existiendo nosotros. Pertenecemos a un género de especies de vida breve. Nuestros primos se han extinguido ya todos. Y nosotros causamos daños. Los cambios climáticos y medioambientales que hemos provocado han sido brutales, y difícilmente nos perdonarán.
Para la Tierra será un pequeño parpadeo irrelevante, pero no creo que nosotros salgamos indemnes; tanto más cuanto que la opinión pública y la política prefieren ignorar los peligros que estamos corriendo y esconder la cabeza bajo el ala. Probablemente seamos la única especie de la Tierra consciente de la inevitabilidad de nuestra muerte individual: me temo que pronto habremos de convertirnos también en la especie que verá llegar conscientemente su propio final o, cuando menos, el fin de su propia civilización.
Según afrontemos, más o menos bien, nuestra muerte individual, así afrontaremos la caída de nuestra civilización. No es muy distinto. Y, desde luego, no será la primera civilización que se desploma: los mayas y Creta pertenecen ya al pasado. Nacemos y morimos como nacen y mueren las estrellas, tanto individual como colectivamente. Ésa es nuestra realidad. Para nosotros, precisamente por su naturaleza efímera, la vida es preciosa. Porque, como escribe Lucrecio: «Nuestro apetito de vida es voraz; nuestra sed de vida, insaciable» (De rerum natura, III, 1084).
Pero, inmersos en esta naturaleza que nos ha hecho y que nos lleva, no somos seres sin hogar, suspendidos entre dos mundos, solo parcialmente parte de la naturaleza, con la nostalgia de otra cosa. No; estamos en casa.
La naturaleza es nuestro hogar y en la naturaleza estamos en casa. Este mundo extraño, variopinto y asombroso que exploramos, donde el espacio se desgrana, el tiempo no existe y las cosas pueden no estar en ningún sitio, no es algo que nos aleja de nosotros: es solo lo que nuestra natural curiosidad nos enseña de nuestro hogar. De la trama de la que nosotros mismos estamos hechos. Estamos hechos del mismo polvo de estrellas del que están hechas las cosas, y ya sea cuando nos hallamos inmersos en el dolor, ya sea cuando reímos y resplandece la alegría, no hacemos sino ser lo que no podemos dejar de ser: una parte de nuestro mundo.
Lucrecio lo expresa con palabras maravillosas:
odos hemos nacido de la semilla celeste;
todos tenemos el mismo padre,
uien la tierra, la madre que nos alimenta,
recibe límpidas gotas de lluvia,
ego produce el luminoso trigo,
y los árboles lozanos,
raza humana,
y las estirpes de las fieras,
ciendo los alimentos con los que todos nutren
sus cuerpos, para llevar una vida dulce
gendrar la prole…
(De rerum natura, II, 991-997)
Por naturaleza amamos y somos honestos. Y por naturaleza queremos saber más. Y seguimos aprendiendo. Nuestro conocimiento del mundo sigue aumentando. Hay fronteras, donde estamos aprendiendo y donde arde nuestro deseo de saber. Están en las profundidades más diminutas del tejido del espacio, en los orígenes del cosmos, en la naturaleza del tiempo, en el sino de los agujeros negros, y en el funcionamiento de nuestro propio pensamiento.
Aquí, en el límite de lo que sabemos, en contacto con el océano de cuanto no sabemos, brillan el misterio del mundo, la belleza del mundo, y nos dejan sin aliento
Fuente: Carlo Rodelli, «Para terminar: Nosotros», en Siete lecciones de física, ed. Anagrama
