Texto Esteban Ierardo (fotos Laura Navarro y Esteban Ierardo)
Crónica sobre Tomar, la ciudad templaria en Portugal. Un lugar donde la historia medieval y renacentista continúa a flor de piel.
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Galería de Tomar, la ciudad templaria
En Portugal, se respiran los aires marinos de sus antiguas conquistas. En Lisboa aún, en las calles, en las líneas de subte, en bares, se aprecian imágenes de carabelas, a la manera de las que navegaron hacia los nuevos territorios americanos, africanos o asiáticos. Pero en la geografía lusitana también palpitan formaciones de piedras prehistóricas, ruinas romanas. O la cautivante huella templaria.
La presencia de los templarios es viva en la ciudad de Tomar, a 137 kilómetros al noreste de Lisboa. Llegamos a su estación de tren luego de un intricado viaje de conexiones y esperas desde Oporto, la ciudad bañada en uno de sus márgenes por el río Duero. Nos recibe la cordial dueña de la cómoda casa que, de forma muy económica, alquilamos un par de días. Sin que lo planeásemos, la vivienda se encuentra exactamente en el comienzo del camino hacia el Castillo de Tomar, y el contiguo e impresionante Convento de Cristo.
En el centro de la Plaza, descansa la estatua de Gualdim Pais (1118-1195), gran Maestre del Temple en Portugal. En una noche de luna, descubrimos a Pais, en pose solemne y con su investidura caballeresca.
Los caballeros templarios son la famosa orden de caballería integrada por monjes guerreros que, en la edad media, se encomiendan a la cruz y las luchas en el contexto de las cruzadas contra los infieles (los musulmanes que acechaban en Tierra Santa, en Medio Oriente). La Orden de los Pobres Compañeros de Cristo del Templo de Salomón (en latín: Pauperes Commilitones Christi Templique Salomonici), también llamada la Orden del Templo, aunque se usa más su forma afrancesada: Orden del Temple). La orden es fundada en 1118 o 1119 por nueve caballeros franceses liderados por Hugo de Payns, luego de la primera cruzada, la única que conquista Jerusalén, en 1099. Su meta inicial es proteger las vidas de los cristianos que peregrinaban a Jerusalén. Su lema es Non nobis, Domine, non nobis. Sed Nomini Tuo Da Gloriam («No a nosotros, Señor, no a nosotros. Sino a tu nombre sea dada la gloria).
Reconocida por el patriarca latino de Jerusalén Garmond de Picquigny, a la orden se

le otorga la regla de los canónigos agustinos del Santo Sepulcro. En 1129, durante el Concilio de Troyes, la Iglesia católica reconoce oficialmente a la orden. En 1147, el papa Eugenio III acuerda que los templarios pueden llevar en su manto blanco una cruz roja patada, que simboliza el martirio de Cristo.
En su historia de tres siglos, la Orden adquiere gran poder; potencia militar en el terreno de combate, fama de bravura, y obediencia incondicional al Papa; fuerza económica producto de múltiples donaciones de territorios, en los que los templarios devienen virtuales señores feudales; crean también un antecedente del cheque y la banca para el traslado seguro de caudales a través de Europa. Se convierten en una suerte de Estado dentro de los incipientes Estados nación de la baja edad media. Y, lo más inquietante, son prestamistas. Acreedores de poderosos reyes. El caso del rey de Francia. Grande es su deuda con la Orden del Temple. Con gran seguridad, esto motiva que el rey francés Felipe IV, el hermoso, inicie una suerte de antecedente de las campañas de fake news actuales. Una operación de mentiras y desprestigio. Su primer objetivo: socavar la imagen de los templarios; segundo: disolver la orden con el apoyo del Papa Clemente V. Se los somete entonces a juicio. Se quema viva a su cúpula dirigente. Finalmente se los neutraliza como amenaza, y como acreedores…
En 1314, el último Gran Maestre, Jacques de Molay, y otros altos miembros de la Orden, son quemados como herejes penitentes. En las afueras de París.

Los cargos que se fraguan para barrenar la honra templaría son ejemplos de una viva imaginación distorsionadora de la realidad. Se esgrimen contra los templarios 127 acusaciones, algunas de ellas: veneración en secreto de un culto demoníaco, escupir el crucifijo, haber pactado con los musulmanes, etc.
Luego de la disolución de la Orden, su leyenda alcanza su apogeo. Los templarios, se imagina, son los custodios del Santo Grial. Escapan a Escocia, o a América. Lo históricamente seguro es que Portugal es su principal refugio. Allí se reinventan como la Orden de Cristo.
En 1319, el rey Don Dinis confiere a la nueva orden los privilegios y propiedades templarias portuguesas. Disfrazado, el Temple así resurge en el reino portugués. La diferencia en este caso es que la máxima autoridad de la Orden no rinde obediencia al Papa, sino a la corona portuguesa que nombra al Gran Maestre.
Bajo el rey Alfonso I de Portugal, Gualdim Pais inicia, en el 1160, la construcción del castillo en Tomar en el margen derecho del río Nabão. Dos años después, concede fueros a los pobladores del castillo, y alienta el asentamiento de una población a los pies del castillo, que se convierte, además, en la sede de la Orden en el país.
Y en 1190, durante el reinado de Sancho I, el califa Yusuf II, en la continuidad del ímpetu musulmán por apoderarse de Portugal, lanza un brioso ataque. Cruza la línea del Tajo. Destruye localidades a su paso. Llega ante la Puerta Sur del castillo. Intenta forzar la entrada. Pero la defensa templaria es feroz. Esparcen sangre por doquier. Matan o mutilan a sus agresores. La puerta se rebautiza como Puerta de la Sangre.
Y comenzamos el recorrido. En la calle Rua Serpa Pinto, la principal del casco histórico de Tomar, encontramos un negocio especializado en “mercancía templaria”: caballeros por doquier con sus capas esmaltadas por la cruz roja. Espadas. Yelmos. Postales del castillo. Laura se maravilla con los guerreros ahora reducidos a amables sourvenirs, como también le encantara luego unos muñecos mecánicos que trabajan sin descanso en otro negocio. La dueña del lugar nos ve un tanto fastidiada de que solo saquemos fotos, y no compremos.
Roswell se convirtió en la localidad del merchandising Ovni luego del famoso incidente allí de la supuesta caída de una nave alienígena; la moderna Pompeya es inseparable de la ciudad cubierta por la infernal lava del Vesubio; o la Atenas contemporánea no puede divorciarse de la Acrópolis. La Tomar actual, por su parte, convive con la identidad templaria mantenida por pura inercia, por una circunstancia recibida, o por un conveniente atractivo turístico.
En la misma calle Rua Serpa Pinto, en el n. 127, encontramos también una joya de los bares antiguos preservados: el Paraiso. Me sorprende una opinión que encuentro de este lugar en Tripadvisor de un portugués residente en Macao, China:
“¿Quieres encontrar la mejor cafetería del mundo? No, no está en París, Nueva York, Río de Janeiro o Lisboa. Se llama justamente «Paraíso» como en el ritmo final de la Divina Comedia de Dante, y está en Tomar, el centro geográfico de Portugal y su territorio místico más misterioso”. Sinceramente, esa misma impresión nos da.
En sus mesas en las calles, un señor sostiene sobre unos de sus brazos una magnífico papagayo. El dueño de la vistosa ave parlanchina vivió muchos años en Zaragoza, España, habla incluso con cierto tono español; y nos dice que tiene el gran pájaro, que es muy longevo, vive muchos años, para heredarlo a sus nietos.

En la atmósfera de Paraiso sobresalen retazos vintages, entre columnas de piedra, mesas y cómodas sillas de patas de metal, que retrotraen al visitante a las décadas del 50’ o el 60’, aunque el establecimiento fue fundado en 1911. Casi en la entrada, un mostrador de
madera se une con unos estantes de los que cuelgan diversas revistas pretéritas. En una de las tapas se ve a una joven y radiante Jacqueline Kennedy. En la barra, como es habitual, se alojan botellas antiguas y se acomoda una caja registradora vetusta, pero aún en funcionamiento; y la oferta gastronómica son unos bocados increíblemente sabrosos y baratos, unas tostas crocantes de jamón y queso.
Ese bar entrañable es parte también de la cultura de encuentros sociales del lugar, rápidamente lo advertimos. Pero lo que realmente buscamos es la pronta inmersión en el camino de ascenso hacia el castillo que domina toda la región, como marcial faro de piedra.
Por eso, al día siguiente, al levantarnos, columbramos un entramado de nubes grises que se apiña en las alturas. La pálida luz solar, no nos detiene para iniciar
la marcha por el sendero, que empieza a pocos metros de la puerta de la casa que temporalmente habitamos. Subimos por el camino jaspeado de piedras, flanqueado de árboles, hasta llegar a la entrada del castillo. Dentro, descubrimos un jardín bien cuidado, y los restos interiores de la construcción templaria. Gualdim País, el gran maestre de la Orden templaria en Portugal, recibió del rey Alfonso Henriques (el rey Alfonso I de Portugal) el encargó de la construcción de un castillo como contención de los ataques musulmanes por la vieja ruta romana que unía Santarem y Coimbra. Al remover las piedras para la edificación marcial se hallan lápidas romanas y restos de una ciudad musulmana del siglo XII luego reconquistada por espadas cristianas. Como es habitual, el trabajo de los picapedreros y artesanos involucrados en el esfuerzo y mérito por la construcción se disuelven en la niebla del anonimato.
La edificación militar nace así con murallas dobles y torres almenadas. Dentro del perímetro del castillo se construye la iglesia redondeada –la Charola–, que luego visitaremos. Con los años se edificaron otros edificios cuyo volumen configuraría un convento imponente de magnífico valor patrimonial.
Trepamos hasta las alamedas. La moderna Tomar se extiende en la planicie circundante como un don de calles, casas, el río Nabao y su cristalina procesión líquida, y los árboles nacidos al pie del cerro que se eleva en su importancia estratégica de otrora. Es imposible no imaginar la guardia de soldados templarios vigilando los alrededores, a la espera de amenazas tan ineludibles como las columnas de árida y zumbona arena de una tormenta en el desierto. Comprobamos la solidez de las murallas que quedan en pie, y al darnos por satisfechos, nos encaminamos hacia la construcción monumental que palpita junto al castillo.
El Convento de Cristo. Antes de entrar, nos encontramos con una familia española. Nos dice dónde se encuentra la entrada. Pero al advertir nuestro castellano raro para sus oídos, revelamos nuestra procedencia, y la señora que atentamente nos orienta en el lugar, nos comenta que conoce Buenos Aires, que la visitó hace un tiempo. Tiene familiares aquí, descendientes de los españoles que llegaron en su momento como inmigrantes ansiosos de pan y esperanza. Nos dice, para nuestra sorpresa, que el icono de la gran ciudad al borde de río más ancho del planeta, no debiera ser un obelisco sino un bandoneón, por su afinidad sanguínea con el tango. Observación curiosa. Y quizá acertada.
Y entramos al Convento. Convento y castillo fueron declarados Patrimonio de la Humanidad, en 1983. Su fachada exterior es sobria y austera, su interior prolífico y laberíntico en sus claustros silenciosos, fríamente majestuosos.
Llegamos hasta el corazón simbólico del lugar: La Charola (girola), del siglo XII. Su modelo es la Rotunda do Santo Sepulcro (Iglesia del Santo Sepulcro) de Jerusalén, construido en tiempos del infante Enrique el Navegante, gran maestre de la orden de Cristo. La magnificencia decorativa del lugar oficiaba como lugar de oración y meditación dentro del convento, en una teatralizada cercanía al esplendor divino. Las paredes circulares se decoran con pinturas y frescos. Retoños de la arquitectura manuelina, llamada así por el reinado de Manuel I de Portugal (1495-1521), que alentó este estilo. El conjunto impresiona como piedra y color que rebosa un imantado resplandor propio.
Caminamos varias veces alrededor de la Rotonda. Imaginamos a los monjes del pasado que caminaban en círculos. En su recorrido, con las manos unidas en actitud orante, cabizbajos y con los ojos cerrados, seguramente se sumergían en un silencio interior, y en la llamada de una luz metafísica. Inducida en parte por un ambiente sacro y visionario, disfrutaban zambullirse en su mundo íntimo, pero a condición de olvidar el dilatado mundo extramuros. La introspección quiere distinguir la propia alma, pero ya no aprecia el rostro más claro y ardiente del sol.
El Convento de Cristo fue la sede templaria. Su conjunto es construido entre los siglos XII y XVII. El poder de la Orden se hace arquitectura y símbolo en la inmensidad del edificio religioso, en el que se extienden seis claustros con una diversidad estilística que integra rasgos románicos, góticos, manuelinos, renacentistas, manieristas… La fisonomía conventual final es trazada en 1530 por Juan de Castillo, bajo el mandato del Prior de Convento, Fray Antonio de Lisboa, y con parecidos al Ospedale Maggiore de Milán. Durante las invasiones francesas (1809), el convento sufre una fuerte mengua patrimonial.
Caminamos por los claustros, por los pasillos interiores. Hay muy pocos visitantes.

Una escalera espiralada, contigua al claustro principal, bañada por un fúlgido retazo de luz solar de la mañana, impresiona como una sucesión de peldaños que parecen subir o bajar a algo desconocido. Muchos pasillos se alisan en paredes azulejadas. Sus líneas se proyectan y pierden en un lejano punto de una ventana en el fondo. Parecen una invitación a un avanzar con paso lento y respetuoso, hacia el resplandeciente foco luminoso de las ventanas. Ventanas a veces laterales y abiertas hacia el patio interior conventual, o hacia las adyacencias de rocas y árboles. En los costados de muchos pasillos se encastran los que eran los dormitorios. Decenas de almas entraban y salían de esos recintos estrechos, para deambular por los pasillos, los claustros, la Rotonda, el comedor o refectorio. En todos los casos los animaba la pura rutina solitaria, o quizá, en algún raro caso, la expectativa de unirse con la luz que hay detrás de la luz del cielo.
El Convento de Cristo irradia excelencia artística. Y un simbolismo modelado por la historia. Junto a su anexo el castillo, y su aliento templario medieval original, el Convento simboliza la fuerza de la Reconquista ante la ocupación mora. Luego, gracias al boato arquitectónico manuelino, el edificio representa la orgullosa apertura portuguesa al mundo en sincronicidad con la construcción de su imperio de ultramar. En el costado de una de las paredes exteriores, vemos La ventana do capitulo, ventana con un enrejado decorado en sus bordes en estilo manuelino, con visos de renacimiento que continúa y supera
el gótico, con sus cuerdas de firmes nudos, caracolas, que se enrollan como serpientes en torno a un par de barras verticales en un conjunto que semeja la exuberancia vegetal de un árbol, y que rebosa movimiento y vitalidad precedida por una austera cruz de Cristo. Notable exponente del arte manuelino realizado entre el 1510 a 1513, por el arquitecto Diego do Arruda.
La atmósfera meditativa del lugar atrajo al gran poeta portugués Fernando Pessoa, quien visitaba el Convento y que se decía «templario». También se hacían presentes entre los claustros, adeptos al espiritismo, como el astrólogo británico Alastair Crowley.
A Laura le gusta detenerse en las ventanas, acompañar con su mirada la silueta remota del horizonte colmado por el día. Y llegamos hasta el refectorio. Allí están de nuevo, las decenas de monjes, en su frugal comida, en silencio, mientras escuchaban la lectura de algún pasaje bíblico, ¿en qué pensarían en esos momentos? ¿En Dios? ¿En su destino de encierro, y que quizá hubieran querido otra suerte con viento, vino, mujeres y pasiones grandes como el mar? ¿En la nostalgia de su tierra de origen? ¿En la duda? ¿En el deseo de confesar lo inconfesable? Con sus gestos y miradas, siguen circunspectos, acomodándose en los bordes de la larga mesa de pulcro mármol.
Luego llegamos a un estrecha puerta que se alarga hacia un tramo de oscuridad. Al bajar nos encontramos con las cisternas del edificio. En su techo, lleno de moho y
manchas de humedad, se muestra un oculo por el que se concentraba el agua de lluvia.
Al salir del convento, nos reencontramos con la silueta del castillo, con sus recuerdos de sangre, las exclamaciones de adoración a Cristo, y las amenazas a los seguidores de Alá.
En la noche, llegamos a la Iglesia de Santa María de Olival en Tomar, del siglo XII, también construida por orden de Gualdim Pais. Sitio de entierro de caballeros templarios. La lápida original del descanso de Pais en la iglesia, del 1195, conserva una inscripción gótica . En la fachada se abre una hipnótica roseta. Su interior es sencillo. Arcos apuntados con columnas sin capiteles. La capilla se comba en una bóveda de crucería gótica.
Vemos la indicación de los numerosos caballeros templarios, cuyos huesos descansan allí desde la edad media. Es imposible no sentir la proximidad a través de los siglos
de esos rudos hombres, seguramente de pocas palabras y analfabetos, cuya única lengua fue la espada, el vértigo de los combates, y la amistad con la muerte siempre cercana.
Cuando todo esto visitamos falta muy poco para navidad. Luces y estrellas cuelgan sobre algunas calles, o se adhieren como hiedra en algunas paredes. Una inopinada fanfarria comunal se nos aparece. Salvo su conductor, todos son muy jóvenes; cada uno con su instrumento, flauta, trompeta, o trombón. Desfilan con sus jocosos acordes por la arteria principal de la zona histórica. Animan el entorno con su música festiva.
Volvemos al café Paraiso.
Con Laura, repasamos la epopeya y tragedia de los templarios. Sabemos que la ciudad vive a espaldas de la herencia templaria; eso es solo un eco, un susurro y una marca turística, o algo que sobrevive por la pura conservación inercial de lo antiguo. Sonreímos, porque llega de nuevo el portugués, que vivió en España, con su papagayo de magnéticas plumas azules y rojas. Y vemos las personas que van y vienen, con sus siluetas brumosas de soledad, cada humano encerrado en su propio mundo . Nos dejamos llevar un poco más por el juego de la cercanía templaria. Nos alegramos por sus huellas en la ciudad. Pero luego no podemos evitar sentir la larga sombra de lo perdido.


















sencillamente agradecer, por su comentario relacionado de los pobres caballeros de Cristo y de la belleza en arte del convento de Cristo, la narración en su texto hizo volar mi imaginación en esta historia, espero lograr visitar esta belleza.
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Hola Pilar, me alegro mucho que tengas ahora el proyecto de visitar Tomar luego de leer la crónica. El lugar y su relación con los templarios te sería muy grato. El Convento de Cristo es extraordinario. Que siga el entusiasmo y muchos saludos!
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